|
|
VIII.
EL PERÚ Y CHILE EN SU EVOLUCIÓN REPUBLICANA.
Si se sumaban los totales de la extensión geográfica y número de habitantes, los
países aliados, Perú y Bolivia, presentaban superioridad sobre Chile. Si se estudiaban,
en cambio, factores menos visibles pero más influyentes el cuadro ofrecía un aspecto
distinto.
Chile concluyó su guerra de la Independencia en 1818, en plazo relativamente breve
y no tuvo, a consecuencia de ella, problemas internacionales, pues los auxiliares
argentinos se retiraron muy pronto sin intervenir en la política interna. Así pudo
vivir durante muchos años aislado, como un largo y angosto barco anclado en el extremo
sur de los Andes. Entre tanto, en el Perú, después de haber sido vencidos los españoles
en una cruenta guerra a cuya hoguera, atizada por las luchas internas entre los
mismos peruanos, hubo que echar gran cantidad de hombres, dinero, joyas y riqueza
urbana, agrícola, ganadera y minera, el país encaró de inmediato lacerantes problemas
de definición nacional primero frente a Colombia e, inmediatamente después, frente
a Bolivia en una nueva secuela de trastornos prolongada durante quince adicionales
años con huellas notorias en las décadas posteriores. Circunstancias de orden social,
económico y hasta racial, así como el problema de la distancia geográfica, crearon
peculiares dificultades para el desarrollo del Perú. La aristocracia chilena, que
había dirigido el proceso de la Independencia y cuyos bandos o facciones nunca tuvieron
los patéticos desgarramientos de la nobleza peruana, llegó al fin a armonizar y
cohesionar desde 1831, los focos directivos de Santiago y Concepción, no muy alejados
geográficamente entre sí. Mientras tanto, en el desarticulado Perú, los centros
vitales de Lima y Arequipa vivían de hecho en mundos distintos; y la clase dirigente
civil no tuvo forma organizada hasta cuarenta años más tarde con Manuel Pardo. La
Constitución chilena de 1833 expresó el firme propósito de obtener primero estabilidad
dentro de una estructura legal y hacer surgir, al amparo de ella, el orden administrativo,
y parece sobria, recia y hasta dura en contraste con las ilusas Cartas políticas
del Perú de esa época, inclusive la de Huancayo de 1839. Hubo en Chile tres Presidencias
sucesivas de diez años: las de Prieto, Bulnes y Montt. Ellas hacen pensar en lo
que pudieron significar en el Perú tres decenios análogos de Gamarra, Castilla y
Manuel Pardo. En los cuarenta y ocho transcurridos desde 1831 hasta 1879 seis Presidentes
se sucedieron constitucionalmente en Chile: Prieto (1831-41), Bulnes (1841-51).
Montt (1851-61), Pérez (1861-71) y luego hasta 1879 Errázuriz y Pinto. El Perú,
en cambio, tuvo en el mismo período veinte gobernantes aparte de algunos interinos
y accidentales. Ninguna insurrección triunfó en Chile desde 1830, a pesar del estallido
de tres guerras civiles; en el Perú dentro del mismo plazo, trece regímenes surgieron
violentamente y sólo siete Presidentes por la vía legal sin consolidar un previo
trastorno del orden público. (Orbegoso. Menéndez, Echenique, San Román, Pezet, Pardo
y Prado). Esta desproporción estadística era mucho más considerable en el caso de
Bolivia. Por otra parte, Chile con una clase dirigente en forma, no sólo había sabido
conservar la paz y la continuidad de los gobiernos sino también establecer la estabilidad
institucional y administrativa y afianzar su sentido de afirmación nacional. En
el Perú atolondrado y engreído con la riqueza del guano después de 1842, la obra
de Castilla y de otras figuras de su tiempo surge como esfuerzos personales, a veces
instintivos o intuitivos o imperfectos tratando de dar al país, según la frase precisa
de Mariano Felipe Paz Soldan, páginas de gloria, obras de utilidad y espíritu de
progreso aunque sin perder por ello su condición de herederos y partícipes dentro
de una realidad inestable y formativa, sin embargo, a pesar de todo, los observadores
europeos pudieron decir como lo prueba el testimonio del viajero francés Grandidier,
que, hacia 1860, era el Perú y no Chile el primer país de la costa del Pacífico
de la América del Sur.
Al concluir Castilla su último período en 1862 la elección de San Román debió significar
lo mismo que la de su contemporáneo José Joaquín Pérez, en Chile, un gobierno que
abriera el camino a la pacífica alternabilidad de los partidos en el poder. Pero
San Román murió y el conflicto con España que sobrevino en seguida (y que Chile
afrontó sin variar su régimen político) costó al Perú ingentes sacrificios por los
trastornos internos, los gastos y la guerra misma.
LA FECHA DE LA MUERTE DE CASTILLA.
Poco después murió Castilla. Había dejado la Presidencia en 1862, es decir diecisiete
años antes de la guerra de 1879. Esta distancia cronológica le quita responsabilidad.
Bismarck no tiene relación con la derrota de Alemania en la primera gran guerra
civil de Occidente surgida en 1914, dieciséis años después de su fallecimiento;
Stressemann, canciller alemán, ganador del Premio Nobel de la Paz en 1926, carece
de ligamen con el régimen nazi imperante en Alemania, apenas siete años más tarde;
y a Raymond Poincaré "premier" de Francia hasta 1929, no se le puede imputar la
crisis sufrida por su patria en la década siguiente, a partir de 1939.
LA COINCIDENCIA ENTRE LA CRISIS ECONÓMICA Y HACENDARIA
Y EL SURGIMIENTO DEL CONFLICTO BOLIVIANO-CHILENO.
La crisis económica y hacendaria surgió en el Perú vinculada a los empréstitos de
emergencia de 1865, 1866 Y 1868 y, sobre todo, a los grandes empréstitos de obras
públicas de 1870 y 1872 que hicieron ascender los intereses de la deuda exterior
del país en 1875 a 300 millones de soles, cuando ya no fue posible pagarlos. De
allí sobrevinieron luego las constantes dificultades con los tenedores ingleses
de bonos cuyas importantísimas gestiones contra los esfuerzos armamentistas del
Perú en los angustiosos años de 1879 y 1880 y cuyo apoyo a la ocupación chilena
de Tarapacá será preciso esclarecer plenamente algún día.
Por otra parte, la primera empresa chilena en territorio salitrero la llamada Compañía
Explotadora del Desierto, de Francisco Puelma y José Santos Ossa, fue organizada
sólo en 1866, fecha del primer tratado de límites entre Bolivia y Chile, o sea cuatro
años después del último período de Castilla. Puelma y Ossa, a través de la llamada
Compañía Explotadora de Atacama, recibieron del gobierno de Bolivia una gran concesión
de terrenos el 2 de setiembre de 1868, un año después de la muerte del caudillo
tarapaqueño. Y al conflicto que sobrevino pretendió poner fin la ley boliviana de
noviembre de 1872. Sólo a raíz de estos hechos empezó la política de alianza entre
el Perú, Bolivia y Argentina.
Además, desde el final de la década de los 860 y coincidiendo con la creciente crisis
económica y hacendaria del Perú y con los nuevos problemas internacionales creados
en la lucha por el salitre, surgieron importantes acontecimientos de significado
mundial.
EL DESARROLLO INDUSTRIAL Y LA REVOLUCIÓN EN ARMAMENTO
EN LA SÉTIMA DÉCADA DEL SIGLO XIX.
El desarrollo alcanzado por la producción del acero dió lugar al crecimiento de
la siderurgia y de la industria pesada. Eso, entre otras consecuencias de orden
técnico y económico, trajo una decisiva revolución en el armamento, cuya importancia
en las décadas finales del siglo XIX señalan historiadores recientes como John Neff.
Apareció en el mar el acorazado. En el Pacífico sudamericano, los monitores comprados
por Pezet en 1864 ya eran superiores a los barcos con los que Castilla ("Nelson
del Pacífico", según la burla de Fuentes) había hecho de la escuadra peruana la
primera de esa costa, como el vapor de ruedas Rímac o la fragata Amazonas a la que
hiciera Castilla dar la vuelta al mundo. Pero esos monitores resultaron, a su vez,
muy inferiores al blindado español Numancia llegado a América del Sur en 1865, símbolo
de un avance en la técnica de la construcción naval y tampoco pudieron compararse
con los dos blindados que Chile terminó de construir en astilleros ingleses en 1874,
con lo cual aseguró desde ese año y sólo desde entonces el predominio del mar para
el caso de un eventual conflicto con el Perú. En el material bélico de tierra, el
insurgir de la industria pesada trajo el predominio de la artillería de campaña
y de nuevas armas de fuego para la infantería. Un nuevo tipo de guerra de movimientos
que ya se diseñara en la lucha entre norte y sur, de 1861 a 1865, en Estados Unidos,
quedó definido en la contienda entre Prusia y Austria en 1866, y, sobre todo, entre
Francia y Prusia en 1870 y 1871. El armamento para el ejército que Castilla renovó
al enviar a Francisco Bolognesi a Europa y al traer artillería de Prusia, aun antes
de que la batalla de Sadowa pusiera de moda a ese país (adquisición que está mencionada
en el texto de la memoria del Ministerio de Guerra de 1862), resultó inservible
y anticuado al aparecer los nuevos cañones Krupp y los nuevos tipos de fusil con
los que la ciencia y la técnica industriales iban aumentando la capacidad destructiva
del hombre, más tarde elevada a un grado inverosímil. El coronel sueco Eckdahl en
su historia militar de la guerra del Pacífico comenta que, al empezar la guerra
de 1879, Chile contaba con un rifle nuevo y de tipo único, el Comblain. La primera
batalla de la fase terrestre de la guerra, la batalla de San Francisco (dice textualmente
Gonzalo Bulnes) fue un avance de la infantería peruana-boliviana contenido por la
artillería chilena. Los cañones Krupp, cuyo número llegó a treinta en la batalla
de Tacna según Vicuña Mackenna y cuyo modelo, según Bulnes, era de 1873, jugaron
en esa jornada también un papel importantísimo y tal vez decisivo. Para la campaña
de Lima los chilenos trajeron setenta cañones Krupp, mientras que los peruanos no
tenían ninguno efectivo.
LOS FACTORES QUE CONDUJERON A 1879.
Así sorprendió al Perú confiado del final de la pródiga década de 870 brusca, inesperada,
incontenible, brutal, tremenda la invasión. Para precipitarla actuó, por cierto,
el ímpetu de acometida chilena. Actuó también la política ciega de Daza en el manejo
del conflicto salitrero. Pero, además de eso, el Perú se encontró dentro de desfavorables
condiciones por factores remotos y factores inmediatos. Como factores remotos cabe
mencionar: la política de alianzas internacionales sin una adecuada preparación
militar, y naval, el tratado secreto con Bolivia que no permaneció secreto; la crisis
económica, la nacionalización de las salitreras de Tarapacá que tanto encono produjo
en Chile las oscilaciones diplomáticas; la pérdida pasiva del dominio naval cuando
Chile adquirió sus dos blindados. Como factores inmediatos están entre otros: la
demora o debilidad en la acción de la legación peruana en Bolivia para contener
a Daza en las primeras etapas del conflicto boliviano-chileno; la falta de tiempo
para haber coordinado una acción pacifista junto con otras cancillerías americanas
o europeas, por lo demás, cautas ante el conflicto; la intensidad tremenda en las
reacciones sentimentales o impulsivas de la opinión pública en los tres países,
y que en el Perú no podía con sus gritos de entusiasmo evitar el desarme, dar millones
ni acallar los odios de facción; las dificultades humanamente insuperables de la
misión Lavalle maniatada por no aceptar la suspensión de impuesto boliviano y la
expropiación de las salitreras chilenas y además, considerada como sospechosa por
la existencia del tratado secreto de antemano conocido por Chile. Todo eso sin aludir
a otras circunstancias de estructura interna.
EL ESTADO EMPÍRICO Y EL ABISMO SOCIAL.
El Perú iba a ser el país atacado e invadido en esta guerra y, por consiguiente,
el que más severamente debía afrontar su prueba. Para no poder resistir las tensiones
a ella inherentes tenía dos fallas esenciales que si continúan existiendo, pueden
Ilevarlo a nuevas catástrofes frente a las grandes pruebas del futuro: la supervivencia
del Estado empírico y la del abismo social.
El Estado empírico quiere decir el Estado inauténtico, frágil, corroído por impurezas
y por anomalías. Es el Estado con un Presidente inestable, con elecciones a veces
amañadas, con un Congreso de origen discutible y poco eficaz en su acción, con democracia
falsa.
Estado empírico quiere decir, asimismo, que en él no abundan como debieran las gentes
capaces y bien preparadas para la función que les corresponde ejercer en la administración
y que no hay garantías para formar esos cuadros o para permitirles actuar. Estado
empírico hasta llegar a lo increíble era el que había despilfarrado millones locamente
en la época de las consignaciones y luego en la época de los grandes empréstitos
para desembocar en la bancarrota. Estado empírico era el que carecía de institutos
armados medianamente organizados, de mandos competentes, oficialidad bien formada,
tropa debidamente atendida, equipo moderno, servicios de administración eficientes.
Si no se hubiera abusado del crédito externo y si el aparato presupuestal hubiese
sido medianamente aceptable, se habrían conseguido los barcos y las armas que en
vano se buscaron a última hora en el extranjero. Si los jefes militares hubiesen
tenido la experiencia profesional y técnica que poseía buena parte de los jefes
navales, no habría existido los graves errores del comando en Pisagua, San Francisco,
San Juan y Miraflores.
Es un símbolo el siguiente dato del historiador Paz Soldán: "El Estado Mayor peruano
era depósito de los jefes y oficiales del deshecho del ejército". Y adquiere también
valor profundo la anécdota que Barros Arana cuenta: después de la batalla de Tarapacá
los oficiales peruanos hurgaban ansiosamente los bolsillos de sus adversarios muertos,
para buscar los planos y mapas que les eran indispensables en su marcha por ese
territorio que era del Perú. El Estado era empírico y reposaba sobre un abismo social:
he aquí, en una frase, la explicación del desastre. La despreocupación de la época
republicana por el problema indígena originó la ausencia de una mística nacional
en esa masa, a pesar de las grandes pruebas de abnegación dadas por vastos sectores
de ella.
En suma, el peruano del siglo XIX no había tecnificado el aparato estatal ni había
abordado el problema humano del Perú y en ese sentido sí cabe responsabilidad a
quienes lo gobernaron desde la Independencia. La derrota, la ocupación, el aniquilamiento
de la riqueza pública y privada, la amputación de la heredad nacional vinieron a
ser una expiación.
¿ESTABA LA GUERRA PERDIDA DE ANTEMANO?
Lavalle y uno que otro dirigente peruano creyeron que la guerra estaba perdida de
antemano. Consta como ha de manifestarse también en otro capítulo en la correspondencia
guardada en el Archivo Nacional de Washington que, tanto los diplomáticos norteamericanos
en Lima Gibbs y Christiancy como el almirante Rodgers, consideraban, desde el primer
momento que el Perú sería vencido por su debilidad naval y militar. Rodgers profetizó
una fulminante victoria chilena. Cuando vio efectuarse la reunión de las fuerzas
de los aliados en el sur la interpretó como una inicial y sorprendente victoria
estratégica. Ocurrió algo más. La guerra logró ser estabilizada por el Huáscar durante
cinco meses, hasta octubre y fue duramente luchada durante cuatro años. Rodgers
en 1882 se asombraba no de que el Perú perdiera sino de que hubiese seguido combatiendo.
LA HISTORIA QUE PUEDO SER Y NO FUE.
Si en el período del 20 al 42 el Perú aparece luchando, desangrándose, bajando y
subiendo en un proceso de definición nacional, el período de 1842 a 1866, más o
menos, y aun en años siguientes, se presenta caracterizado por el apogeo y, en medio
del apogeo, por la prodigalidad. Con la fácil riqueza del guano y del salitre tuvo
entonces el Perú todo lo que suele darse en los aristócratas acaudalados: cordialidad
en el trato, generosidad en el gasto, abundancia en la dádiva, falta de cordura
para ordenar los propios asuntos, despreocupación por el mañana. ¿Fue ello inevitable?
Y aun si lo fue ¿podemos imaginar una trayectoria distinta?
Un escritor francés escribió un ensayo titulado Napoleón venció en Waterloo, es
lo que se llama la "ucronía". A la manera de él cabe soñar en una historia que pudo
ser y no fue, en una historia imaginada pero verosímil, en una historia que contara
lo que hubiese ocurrido si el siglo XIX peruano no hubiera sido (como en realidad
fue) un siglo de oportunidades perdidas y de ocasiones no aprovechadas. Supóngase
que en los manuales de esa historia de lo que pudo haber ocurrido, se leyeran estas
o parecidas palabras: "Durante los años anteriores a 1879 llegó a promulgarse una
Constitución realista y útil y los asuntos del Estado dejaron de ser manejados empíricamente
y comenzaron a ser tratados con criterio técnico. La hacienda pública reposó sobre
un maduro plan tributario y el crédito externo del país pudo permitir cualquier
operación de emergencia. El problema indígena fue abordado cuidadosamente y se elevaron
el nivel de vida y la capacidad productiva del hombre peruano. La aptitud de crear,
circular y consumir riqueza creció paulatinamente entre ellos. Hubo correlación
silencios, continua y eficaz entre el "país legal" y el "país profundo". El comando
militar y la acción diplomática estuvieron al servicio de un coherente definido
y sistemático plan internacional. Dos nuevos blindados, el Mariscal Castilla y el
Dos de Mayo llegaron de Inglaterra para incrementar la escuadra. Comisiones especiales
estudiaron las características de la guerra franco-prusiana de 1870 y las lecciones
de ella aprovechables en América del Sur. Una instrucción pública en creciente expansión
se caracterizó por ser adecuada a las circunstancias del ambiente y por ser sana
en sus esencias y en sus virtualidades y por eso desde las aulas escolares y universitarias
se fue aumentando el estudio constructivo del Perú.
Estas cosas y otras parecidas podrían haber dicho los manuales al hablar de la época
anterior a 1879. Pregúntense, serena y lúcidamente, cuando estén a solas los peruanos,
hijos o nietos o bisnietos de los hombres que lucharon en aquella guerra terrible,
pregúntense con franqueza y sin mezquindades, con seriedad y sin acrimonia, sacudiendo
con manos trémulas a la esfinge severa de la Historia: ¿Qué dirían, qué dirían esos
manuales al llegar a 1879?
LA INVENCIBLE CRISIS ECONÓMICA Y HACENDARIA DE
1879.
De los ingresos ordinarios en el Presupuesto del Perú, ya estaban en parte consumidos
en abril de 1879, los que correspondían al salitre, cuyo territorio ocupó Chile
desde noviembre. En lo que atañe a los del guano, se habían pedido adelantos y luego
ya nada se obtuvo después de dicha invasión y de los conflictos entre los grupos
de presión más adelante mencionados. Las fuentes normales de ingresos eran reducidas;
entre ellas el porcentaje más alto correspondía a las aduanas, de incierta situación
por la campaña naval.
Los donativos patrióticos crearon gran entusiasmo colectivo. Mujeres hubo en Lima
que, no teniendo otra cosa que ofrendar a la Patria, cortaron las trenzas de sus
cabelleras y las ofrecieron al que más dinero entregase por ellas. Fue grande el
entusiasmo demostrado en los donativos destinados a las tómbolas patrióticas dirigidas
por señoras de la alta sociedad. Esto condujo a la entrega de las cosas más diversas,
desde objetos de arte hasta chucherías ofrecidas con la mejor voluntad. Sin embargo,
el volumen de dicho aporte cuyo sincero patriotismo era indudable, no podía resolver
la grave y urgente situación. Tampoco significó una solución la entrega por los
empleados públicos de una parte de sus sueldos y pensiones reducida en un 20 por
ciento, según un decreto del 21 de abril de 1879. Los conventos de religiosos y
los monasterios de religiosas de la diócesis de Lima contribuyeron con el 25% de
sus rentas. El empréstito nacional, cuyo monto autorizó el Congreso hasta por ocho
millones de soles, ofreció graves dificultades, entre otras razones porque habíase
reducido grandemente la capacidad de ahorro en el país. Sólo dio S/. 1.056.915.75
en billetes fiscales. Lima ocupó el primer puesto con S/.922.126.33 seguida por
Lambayeque y La Libertad. Las cifras más bajas vinieron de Ancash (S/. 1.350) y
Ayacucho (S/. 550.40).
El empréstito extranjero sobre la base del guano y el salitre resultó, pese a las
leyes dictadas al respecto, imposible por la bancarrota que, de hecho, habíase producido
desde antes; por la intransigencia de los acreedores británicos; por la actitud
firme del canciller británico Lord Salisbury que advirtió al comisionado fiscal
peruano su desacuerdo con cualquier empréstito de este país que no atendiera al
pago a sus acreedores; y por la rapidez con que Chile ocupó la zona de Tarapacá
de donde eran extraídos ambos abonos.
No se puede entender bien la tragedia económica del Perú desde los comienzos de
la guerra con Chile sin saber algo de la situación internacional de la venta del
guano, la única fuente de importancia, junto con el salitre, para la Hacienda Pública.
El guano era entonces sacado, ya no de las islas de Chincha y otras del litoral
sino principalmente como se ha dicho, del departamento de Tarapacá.
Graves querellas ocurrieron en seguida por la calidad de los guanos; por los incidentes
entre los sucesivos inspectores fiscales, de un lado y Dreyfus y la Peruvian por
otra parte acerca de los precios; y por la feroz competencia entre estas dos empresas
rivales.
La Peruvian Guano Company Ltd. no quiso o no pudo hacerse cargo del saldo de toneladas
de guano de mejor calidad que retenía Dreyfus en virtud de contratos anteriores
a partir de 1869, con derivaciones en 1870, 1872 y 1874, acerca de cuyos complicados
efectos económicos no estaba de acuerdo con el gobierno peruano. Fracasó el proyecto
del comisionado Carlos Pividal para unir ambas empresas. La enemistad entre ellas
tuvo resultados funestos. Según la Memoria de la Peruvian Guano Co. de 1878, las
ventas "no habían producido lo bastante ni aun para cubrir sus propios desembolsos".
Esta entidad discutía hasta acerca de los precios de ese abono, cuya calidad -según
ella- era muy inferior.
Cuando llegó el primero de enero de 1879, los tenedores de bonos afrontaron el hecho
de que -por segunda vez- al Perú le era imposible pagarles nada.
Ellos hicieron múltiples esfuerzos contra Dreyfus que poseía un guano que consideraban
suyo. "Los tribunales ingleses, franceses y belgas" -dice Joaquín Santa Cruz- "oyeron
demandas contra Dreyfus; y todos ellos, unánimes, reconocieron a éste su derecho
de pagarse con preferencia con los guanos que exportaba". Citamos estas palabras
que de alguna manera, van contra la leyenda negra pintada sobre Dreyfus.
La Peruvian Guano rehusó aceptar los encargos sobre ventas de guano de mejor calidad
y sobre reserva de los inferiores para manipularlos o mezclarlos; y no quiso efectuar
dichas operaciones. Aunque tenía en su poder considerables existencias del abono,
impuso condiciones sobre los precios y sobre los cargamentos que llegaban de Pabellón
de Pica (Tarapacá) y de Lobos. Más aun, ya decidida la guerra de Chile por la muerte
de Grau y la captura del Huáscar en octubre de 1879, protestó las letras giradas
por el gobierno peruano por cuenta de las mesadas sucesivas a las que estaba obligada
por su contrato, y se llegó a satisfacer las obligaciones que se había impuesto
en 1876 cuando tenía en su poder prenda pretoria en la existencia de más de 700.000
toneladas de guano acumuladas en sus depósitos de Europa. A la generalidad de los
tenedores de bonos ingleses se les hizo creer -dice Santa Cruz- que no había saldo
alguno para repartirlo con motivo de la resistencia del Perú a no autorizar la venta
de guanos inferiores. Sin embargo, la Peruvian Guano se reembolsaba los gastos ocasionados
por las exportaciones con el producto de las ventas, cuyos precios fijaba ella arbitrariamente
y, como éstas no eran pocas, la cuenta general crecía sin cesar. Los más importantes
miembros de la Peruvian resultaron beneficiados con la especulación.
La guerra con Chile estalló, como se dijo, en abril de 1879. Ya habían transcurrido
-repetimos- dos semestres en que el Perú no abonaba los intereses de su deuda externa.
Una nota del Ministro inglés Lord Salisbury, del 16 de mayo de 1879, al Ministro
del Perú en Londres expresó, según ya se recordó también, la más enérgica oposición
a un arreglo para obtener el dinero que dicha contienda urgentemente requería en
nombre de los "compromisos contraídos con los tenedores de bonos de este país",
pues ellos los calificaron de "ruinoso a sus intereses". Lo primero que había que
hacer, en concepto de Lord Salisbury era pagar a los acreedores británicos; y sólo
después hacer gastos con la renta del guano para la defensa nacional (Santa Cruz,
1881).
Así resultó vano el acuerdo del Consejo de Ministros de 28 de febrero de 1879 que,
consta en el acta reproducida a continuación:
"Reunido el Consejo de Ministros bajo la Presidencia del Jefe de Estado, manifestó
el Ministro de RR.EE. y Presidente del Consejo el estado de la cuestión chileno-boliviana
y los temores a que ella daba derecho a averiguar. Dio lectura a un telegrama recibido
de Valparaíso que ha hecho desaparecer toda duda sobre el verdadero carácter de
la ocupación de Antofagasta por tropas chilenas y dos blindados de la misma nacionalidad
a título de reivindicación; leyó igualmente toda la correspondencia relativa a este
asunto recibida en el Ministerio; agregó que la falta de un ultimátum, por parte
del Gobierno chileno, la omisión de declaración de guerra y la ignorancia oficial
en que estaba el Gobierno peruano de tales sucesos, envolvía un serio peligro y
que, en consecuencia, creía necesario que el Consejo de Ministros, en previsión
de toda emergencia, dictase las disposiciones convenientes en la hora actual. Tomado
en seria consideración este asunto, acordó el Consejo que se autorizara, por telegrama
al segundo Vice-Presidente de la República que se hallaba en Europa, Don José Francisco
Canevaro, para que de acuerdo con los Comisionados Fiscales señores don José Araníbar
y don Emilio Althaus, y los agentes diplomáticos del Perú en Europa procediesen
inmediatamente a comprar uno o dos blindados de guerra superiores o iguales a los
chilenos, cueste lo que cueste y buscando fondos de cualquier modo, que se pidiera
al mismo señor Canevaro 12 torpedos "Whitteadg" y cuatro condestables de primera
clase que debía remitirse sin perdida de tiempo por el itsmo de Panamá". (Actas
de Consejos de Ministros, 1879).
Fue esta la primera de las múltiples tentativas para el reforzamiento de la escuadra
entre 1879 y 1880, asunto no definitivamente esclarecido que escapa a los límites
del presente trabajo y que encontró el insalvable obstáculo de que la deuda externa
peruana no había sido pagada. En 1864, en cambio, frente al conflicto con España,
bajo una mejor situación económica, resultó posible adquirir cuatro naves de guerra.
La Peruvian Guano Co. no sólo impidió decisivamente en varias oportunidades los
esfuerzos para armar al Perú en 1879, sino se negó a cumplir las órdenes o sugerencias
del gobierno de Lima en octubre y noviembre de dicho año. Por otra parte, cuando
los señores Francisco Rosas y J.M. de Goyeneche llegaron a las bases para un contrato
con la Sociedad General de Crédito Industrial, que representaba a la sección francesa
del comité internacional de tenedores de bonos peruanos (7 de enero de 1880), protestaron
Dreyfus y la Peruvian; y el dictador Piérola anuló este arreglo para suscribir,
equivocadamente, unos laudos en exceso favorables a dicha casa. Ella, sin embargo,
quedó impotente ya que la Peruvian se negó a la entrega de su "stock" y conservó
para sí todos los guanos. Además, Dreyfus no tuvo la fuerza necesaria para enfrentarse
a sus rivales, principalmente a la Sociedad General Industrial y a los tenedores
británicos de bonos. El Crédito Industrial estuvo apoyado fervorosamente por peruanos
enemigos de Piérola. |
|