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II.
LAS DOS ESCUADRAS.
James Wilson King publicó en Boston en 1880 y en 1881 una descripción de la construcción,
el poder y el armamento de los barcos que componían todas las marinas de guerra
del mundo. La escuadra chilena contaba con dos acorazados, el Almirante Cochrane
y el Blanco Encalada (gemelos, fabricados en Hull en 1874, 3.650 toneladas, 2.920
H.P., seis cañones Armstrong de 250 libras y otros cañones y blindaje de 9 pulgadas);
las corbetas Chacabuco y O'Higgins, construidas en 1867 (1.670 toneladas, 800 H.P.,
tres cañones Armstrong de 150 libras y cuatro de a 40 y 70), y los buques de madera
Esmeralda, reliquia de la guerra de 1866, Covadonga, capturada a los españoles en
esa guerra, Magallanes y Abtao. Además de sus barcos de guerra, Chile tuvo a su
disposición una excelente flota de transportes a vapor entre los cuales se destacaron
el Rímac y el Matías Cousiño. La oficialidad de esta escuadra habíase entrenado
en el extranjero. Un año antes de la guerra el Cochrane había sido enviado a Inglaterra
para recibir algunas reparaciones y limpiar sus fondos. El uniforme y las ordenanzas
navales chilenos eran de modelo norteamericano. Bolivia carecía de poder naval.
La armada peruana cuyos jefes y oficiales tenían el uniforme según el modelo inglés,
estaba formada principalmente por los barcos adquiridos por Pezet quince años antes,
o sea la fragata blindada Independencia, construida en 1865 por Samuda, Poplar,
en el Támesis, de 2.004 toneladas, 550 H.P., un cañón de 250, uno de 150 y otros,
armadura de cuatro pulgadas y media; el monitor blindado Huáscar, construido en
1864 por Birkenhead Iron Works, Inglaterra de 1.100 toneladas, 300 H.P., 2 cañones
de 300, 2 de 40 y otros, armadura de cuatro pulgadas y media y la corbeta de madera
Unión, de 1.150 toneladas. Además de estos barcos tenía la Pilcomayo, de 600 toneladas,
y dos viejos monitores, el Atahualpa y el Manco Cápac, que servían como guardacostas
o baterías flotantes y estaban estacionados permanentemente el uno en el Callao
y el otro en Arica. El personal subalterno era inadecuado; la Escuela de Grumetes
del Callao había sido clausurada poco antes de la guerra.
De los buques comprados por Pezet se había perdido la corbeta América en el maremoto
de Arica el 13 de agosto de 1868.
Las diferencias a favor de la escuadra chilena eran múltiples: en la juventud de
las naves, en la modernidad de elementos bélicos, en el tonelaje, en el número de
buques y sus cañones a flote, en la cantidad y calidad de sus transportes, en el
desplazamiento de las unidades, en el espesor del blindaje, (que no podía ser perforado
ni por los más poderosos de los anticuados cañones peruanos). País de costa larga
y accesible, a la que otrora llegaron los conquistadores españoles, la expedición
libertadora y las huestes peruano-chilenas de la Restauración, sin embargo, el Perú-excepto
en los tiempos de Ramón Castilla y de la guerra del 66- había carecido de conciencia
naval.
LAS GESTIONES PARA ADQUIRIR BARCOS.
Inútiles resultaron, a veces por falta de crédito, a veces por insuficiencia del
dinero disponible, a veces por la eficacia de las maniobras diplomáticas chilenas,
a veces por querellas políticas y personales, las gestiones para reforzar la escuadra
hechas por Canevaro, Rosas, Goyeneche, Luciano Benjamín Cisneros (ministro en Italia):
Aníbal Villegas, Pflucker y Rico, Simón G. Paredes, los marinos Alejandro Muñoz
y Ulises Delboy y otros peruanos abnegados en Europa; y José Carlos Tracy, Astete,
Elmore y Alvarez Calderón en Estados Unidos. Estas gestiones se prolongaron hasta
las batallas de San Juan y Miraflores. Hubo esperanzas, que luego resultaron defraudadas,
en barcos pertenecientes a Francia, España, Turquía, Portugal, Dinamarca, Italia,
Grecia, China y Brasil.
El gobierno argentino, afanado en conseguir blindados, se convirtió en un momento
en competidor del Perú.
En el capítulo relativo a los aspectos económicos de la guerra se tratará de la
colecta popular para comprar barcos y de la misión de Julio Pflucker y Rico.
Esta colecta reunió unas 120.000 libras esterlinas, suma insuficiente.
El gobierno francés tenía en venta dos acorazados relativamente poderosos, el Solferino
y el Gloire. Los comisionados peruanos trataron de comprar este último por medio
de un agente de Nicaragua. Pero la legación chilena descubrió la treta y una nota
oficial que dirigió al ministro de Relaciones Exteriores de Francia bastó para suspender
la venta.
Las negociaciones para adquirir en Turquía el acorazado Fehlz-Bolend tuvieron como
intermediario a un banquero griego. Varios políticos y palaciegos recibieron dinero
para inducir al sultán a suponer que este personaje intentaba comprar el barco con
el fin de venderlo a Japón. Un marino inglés que, bajo el título de Hobbart Baja,
estaba al servicio de Turquía, deseoso de evitar a dicho país la pérdida de una
de sus mejores unidades navales, optó por advertir a la legación chilena en Londres
sobre el negocio en vísperas de que fuese concluido en Constantinopla. El escritor
chileno Raúl Silva Castro ha publicado en su libro sobre Alberto Blest Gana datos
sobre la correspondencia entre este diplomático y novelista chileno y su gobierno
para impedir la operación proyectada. Un funcionario chileno fue enviado a Constantinopla
cuya finalidad era la de que "mediante un estipendio de no menos de tres mil libras
esterlinas (dice Silva Castro) influyese en el ánimo del sultán para que éste no
accediera a vender buques al Perú".
En España la acción de la diplomacia peruana fue directa y trató de hacer valer
el argumento de que el pacto de tregua indefinida vigente entre la antigua metrópoli,
Chile y el Perú (antes de firmarse el tratado peruano-español de paz en 1879) no
impedía, según los principios del desarrollo Internacional, la venta de materiales
de guerra a uno o a ambos beligerantes. El rey Alfonso XII no aceptó esta interpretación
y comunicó a la legación chilena en París el proyecto peruano manifestando, al mismo
tiempo, su firme propósito de mantener una estricta neutralidad durante la guerra
del Pacífico.
Una de las probabilidades más ciertas estuvo acaso relacionada con la misión del
capitán de navío Luis Germán Astete para adquirir en Nueva York el blindado Steven
Battery. A este buque se refirió también con esperanza el general Prado en su manifiesto
de Nueva York. Dice Joaquín Torrico en su informe en nombre de la comisión investigadora
por los gastos de la guerra, nombrada en la época de Iglesias, que nada faltaba
sino pagar el blindado para la cual se telegrafió a los agentes financieros del
Perú en Europa con la finalidad de pedirles 750.000 dólares; pero que los comisionados
contestaron "a mediados de enero de 1880 que habiendo tenida la República un cambio
de gobierno no podían poner a su disposición los fondos que pedía". Según otras
opiniones el Stevens Battery era inservible. Se trataba de una batería naval mandada
a construir por el acaudalado norteamericano Robert L. Stevens en Heboken, al norte
de Nueva Jersey, frente a Nueva York, al lado derecho del río Hudson. Stevens construyó
esta batería bajo caprichosas ideas y la destinó a ser vendida al gobierno de estados
Unidos; pero su ofrecimiento fue rechazado por considerar que se trataba de un artefacto
inservible, según informes de la marina ratificados posteriormente por un delegado
de la casa constructora de John Elder en Inglaterra. Stevens obsequió por testamento
su batería al Estado de Nueva York pero éste no podía tener marina propia y la rechazó.
Piérola tampoco aceptó la oferta para que el Perú comprase el Stevens Battery y
que todavía no había sido concluido. Primó la idea de que no hubiera podido jamás
llegar hasta las aguas del Pacífico y de que no se trataba de un buque destinado
a atravesar los mares sino a defender el puerto de Nueva York. El 29 de setiembre
de 1880 el Stevens Battery fue rematado a un armador de ese puerto por 55.000 dólares,
con el fin de aprovechar el hierro y la madera.
Lo ocurrido en Dinamarca es otro episodio típico de aquel momento. En virtud de
recomendaciones apremiantes de Luciano Benjamín Cisneros, ministro en Italia comenzó
Aníbal Villegas, cónsul en Hamburgo, a hacer en mayo de 1879 diligencias con el
objeto de ver si se podía obtener algún buque de guerra. Logró al fin el dato de
que era factible adquirir la fragata blindada Dinamarca. Los marineros peruanos
aprobaron este barco aunque su velocidad no era grande y se consiguió la bandera
de un país no beligerante; pero el gobierno danés rehusó porque era de un Estado
tan pequeño que no ofrecía la garantía necesaria para sumir la responsabilidad eventual
del caso. Esta dificultad pareció obviada cuando se logró que dicho gobierno aceptara
el negocio con un comerciante autorizado. Los marinos Muñoz y Delbo se manifestaron
también satisfechos con un buque blindado más pequeño y que también podía comprarse
en Dinamarca pero no antes que la fragata. En agosto de 1879 el asunto parecía en
camino a un buen resultado. Pero los señores Canevaro y Cisneros (informados por
Villegas de lo que ocurría) manifestaron que no podían hacer el depósito de 20.000
libras esterlinas exigidos como cuestión previa; y además, surgió la esperanza de
obtener una nave mejor. La correspondencia sobre la negociación aquí referida conservada
en el archivo Villegas duró hasta noviembre de 1879 sin que se concretase nada.
Falta estudiar en detalle, con los documentos necesarios, la acción para la compra
de unidades navales destinadas al Perú en esta guerra. El único barco que llegó
fue después de firmada la paz (otro quedó entregado a los acreedores) fue (con fondos
de los donativos populares) el crucero Lima, construido en 1880 en los astilleros
de Kiel, con 1.790 toneladas, 77.70 m. de largo y 10.30 m. de ancho y 5.70 m. de
altura, 2 hélices, 2.000 caballos de fuerza, 4 cañones de 10 mm. y 2 ametralladoras,
14 nudos de andar por hora. Los transportes Chalaco y Constitución que junto a la
Lima, conformaron la nueva marina peruana después de la guerra con Chile fueron
construidos en 1884 (San Francisco) yen 1866 (Newcastle) respectivamente.
La escuadra no logró, pues, ser reforzada durante la guerra. A pesar de las ilusiones
albergadas en el Perú y también en Bolivia consta en la correspondencia guardada
en el Archivo Nacional de Washington que, tanto los diplomáticos norteamericanos
residentes en Lima, Gibbs y Christiancy como el almirante Rodgers, jefe de la flotilla
del Pacífico, consideraron desde el primer momento que el Perú perdería la guerra
por su debilidad en el mar.
Tampoco alcanzaron el éxito esperado los torpedos que W. R. Grace adquirió en Estados
Unidos del ingeniero John Louis Lay, famoso durante la guerra de secesión; de la
United States Torpedo Company y de la fábrica Herreshobb.
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