Ver en formato PDFV. SIGNIFICADO DE LA CAMPAÑA NAVAL. 

Se ha mencionado aquí, más de una vez, cómo los ministros norteamericanos Gibbs y Christiancy y el almirante Rodgers coincidieron en un inicial escepticismo acerca de las posibilidades del Perú en la guerra. Sin embargo, pronto se llegó a comprobar que las tropas peruanas podían ser transportadas al teatro de la guerra en el sur. De este modo, logró realizarse la reunión de las fuerzas de los aliados que según los observadores antedichos, la escuadra chilena pudo haber estado en condiciones de impedir. Fue una victoria estratégica inicial del Perú que evitó la posibilidad inminente de una rápida y aplastante acción chilena.

Pronto se evidenció también que no sólo las tropas peruanas eran conducidas al teatro de la guerra, sino que el Huáscar por la pericia de su comando, burlaba a la escuadra enemiga y detenía la invasión. La guerra quedó de hecho estabilizada entre mayo y octubre de 1879. La rapidez y la eficiencia del Huáscar fueron el factor dominante en esta etapa. Perú y Bolivia habían podido unir sus fuerzas en el sur. Los beligerantes carecían de los suficientes medios de transporte. Las distancias eran grandes. Con los bombardeos y el bloqueo del litoral, más perjudicados venían a resultar los neutrales que los beligerantes. Habían sufrido una postergación indefinida los planes de invasión del. Perú. El statu quo así creado era tácitamente una victoria defensiva peruana.

Esta situación era propicia para una gestión de paz. Parecía imposible que tanto Chile como los aliados pudieran soportar indefinidamente los gastos de la guerra.

LA GESTIÓN PETTIS.

En junio de 1879 el ministro americano en La Paz, Newton Pettis, comenzó a actuar. El gobierno le sometió el 15 de ese mes una propuesta de mediación. Pettis, sin instrucciones de su gobierno, acogió entusiastamente la iniciativa. Razones de orgullo nacional lo llevaban a desear que Estados Unidos evidenciara su autoridad moral en América del Sur deteniendo la guerra; y razones de vanidad personal hacíanle gozar con la idea de contribuir decisivamente a esta solución. La propuesta de mediación sugerida por el canciller boliviano era dura para Chile porque implicaba la desocupación del litoral "reivindicado". Luego el diferendo sería sometido, según los beligerantes quisieran, al arbitraje del gobierno de Estados Unidos o de la Corte Suprema de Washington o de los ministros Norteamericanos en Lima, Santiago y La Paz.

La salud de Pettis se alteró con el clima de altura y los gobiernos peruano y boliviano aprovecharon para darle toda clase de facilidades con el objeto de que viviese en un clima de costa. Pettis viajó a Mollendo y luego a Lima, donde se unió al ministro Christiancy en su gestión.

Christiancy no simpatizó con Pettis. Le pareció un hombre demasiado confiado y entusiasta, excesivamente vanidoso y superficial. Pero cualesquiera que fuesen sus defectos, Pettis era de un dinamismo extraordinario. En Lima se entrevistó, acompañado con Christiancy, con el canciller Irigoyen. Este le planteó el problema de la iniciativa en la mediación. Bolivia no podía auspiciarla, dijo Irigoyen, porque había visto violado su suelo. No podía ella provenir del Perú al que Chile declaró la guerra por haber interpuesto su propia mediación. El Perú estaba listo a aceptar la gestión si Chile la proponía en los términos planteados por Bolivia. El norteamericano J.G. Meiggs, hermano de don Enrique, muy unido al gobierno peruano, aconsejó a Pettis trasladarse a Chile. Pettis no trepidó en emprender el viaje, a pesar de que seguía sin autorización. En Arica conversó con los Presidentes Prado y Daza y salió muy complacido de la entrevista con ellos.

Los puntos de vista de los países contendores parecían irreconciliables. Perú y Bolivia querían las fronteras anteriores a la guerra; y Chile, las fronteras existentes en ese momento preciso. Es decir, los aliados demandaban como cuestión previa la desocupación del litoral boliviano, incluyendo Antofagasta y Mejillones; y Chile el acatamiento de la ocupación. El canciller Hunneus pareció también en determinado momento de sus entrevistas con Pettis, extrañamente severo con el Perú y benévolo con Bolivia. "Transaremos con Bolivia y en cuanto al Perú que decida el Congreso" llegó a ser su fórmula. Era la época en que todavía creía Chile en la posibilidad de separar a Bolivia del Perú y hasta de convertirla en aliada suya; maniobra bien percibida por los diplomáticos norteamericanos y la cancillería del Rímac.

Pero, a pesar de todo, las hazañas del Huáscar impedían la victoria chilena y fortalecían la alianza Perú-boliviana. La estabilización de la guerra no era, además la única razón para las ilusiones de Pettis. Las ofertas de mediación de Inglaterra, Alemania y Francia habían escollado antes de concretarse. Algo análogo había ocurrido no sólo con la del Ecuador sino con la que entabló en nombre de su gobierno el colombiano Arosemena. Los países europeos tenían una traba en su lejanía geográfica y en la vastedad de sus intereses económicos en los países en lucha que los hacían sospechosos de parcialidad según la cuantía de esos intereses y que les restaba, en todo caso, energía y libertad. Los países sudamericanos, a su vez, carecían del suficiente poder como para imponerse como mediadores. Estados Unidos presentaba la ventaja de su mayor proximidad, de la similitud en sus instituciones, de su ausencia de fuertes vínculos económicos en aquella época y de su autoridad moral y política.

Pettis llegó a proponer a Chile se retirara del sur del paralelo 23. Es decir, esbozó una fórmula transaccional: Chile se quedaría en Antofagasta y abandonaría Mejillones.

La prensa chilena le era hostil y extendía su enemistad a Estados Unidos y a la doctrina Monroe. El Mercurio de Valparaíso de 14 de agosto de 1879 le dijo muy claramente que el litoral era chileno por la fuerza del derecho y de los acontecimientos y que Chile tenía que saldar sus cuentas con el Perú.

Sin embargo, personajes del gobierno chileno conversaban con Pettis. Si continuaba esta guerra de correrías marítimas, bombardeos de puertos y gastos cuantiosos sin resultados decisivos podría ocurrir probablemente que el cansancio o el agotamiento abrieran el camino de la mediación. Ya con fecha 29 de agosto el ministro de Hacienda peruano Químper, dijo que no había cómo pagar al ejército; y fue, después de mucho esfuerzo, que ese servicio pudo ser atendido.

Vastas complicaciones internacionales asomaban en el horizonte. No faltaba quienes pensaban en una intervención armada de Inglaterra, Francia y Alemania en conexión con los tenedores de bonos y demás intereses en el guano y el salitre.

El 8 de octubre perdió el Perú al Huáscar y las esperanzas de paz quedaron desvanecidas. Era sólo un buque (decía Christiancy en su nota del 14 de octubre) y él solo había reducido a la escuadra chilena a la impotencia. Su pérdida galvanizaba el poder ofensivo de Chile. Las gestiones de paz habían tenido como base la esperanza de que Chile tarde o temprano las aceptaría si el statu quo de la guerra se prolongaba. Pero el statu quo estaba roto. El problema inmediato del Perú era intentar la resurrección de su marina. Aun suponiendo que lo lograra decía Christiancy, difícil sería tener otro Grau: "Hombres como él son raros en todas partes".