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MIGUEL GRAU
INTERPRETACIÓN Y HOMENAJE
El primero de los textos que estudiará el presente
ensayo es el del sermón de Monseñor José Antonio Roca y Boloña en la catedral de
Lima el 29 de octubre de 1879.
Después de la primera generación ochocentista de clero liberal simbolizado por Rodríguez
de Mendoza y el Luna Pizarro juvenil, después también de la segunda generación cuyo
sello distintivo quiso Bartolomé Herrera fuese la doctrina de la soberanía de la
inteligencia, apareció una tercera generación desde finales de los años 860 hasta
el primer decenio de nuestra centuria. Allí estuvieron dos grandes amigos de toda
la vida: Manuel Tovar, de muy humilde origen y José Antonio Roca y Boloña, proveniente
de una rica familia de la alta burguesía. Les tocó discutir, en nombre del catolicismo
ultramontano y vaticanista con los personeros de un liberalismo ya muy mitigado
después de las grandes y encendidas polémicas 1854, 1856 y 1857. La década de los
870 trajo en Lima el florecimiento simultáneo de varios periódicos caracterizados
por su, gran formato y por su alto tiraje mucho más leídos que sus predesores como
órganos informativos y como instrumentos para la orientación popular. Aquellas salas
de redacción no fueron como las de nuestro primer siglo XIX trincheras o barricadas,
sino cátedras y tribunales. Correspondieron a una, época próspera y fecunda en el
periodismo capitalino tan injustamente vilipendiado en nuestros días. Desde el diario
La Sociedad Roca, Tovar y otros, con su firma o desde la penumbra de lo no firmado,
que en los periódicos modernos suele producir a veces joyas sin marcas de fábrica,
dignas de las antologías como un romancero anónimo, se enfrentaron a Miró Quesada,
Carranza, Pazos, Del Valle, Aramburú, los Chacaltana y demás colaboradores en El
Comercio, El Nacional, El Heraldo.
Entre los temas de su discusión estuvieron la infalibilidad del Papa y otras doctrinas
del Concilio Vaticano I y la unidad italiana obtenida gracias a la ocupación de
Roma en 1870. A veces el debate se trasladó a la Universidad de San Marcos, donde
Tovar y Roca y Boloña polemizaron, en más de una oportunidad, con dos médicos, José
Casimiro Ulloa y Celso Bambarén. Este último se jactaba de ser enemigo personal
de Jesucristo.
El prestigio de Roca y Boloña como orador y escritor lo llevó a la Academia de la
Lengua y atrajo hacia él la atención reverente del gran público. Fue autor de numerosos
sermones y panegíricos propios de su rango eclesiástico, y también su voz sonora
de riquísimos tonos fortificó, alimentó en momentos de penuria el sentimiento nacional,
por ejemplo en las exequias del héroe José Gálvez Egúsquiza en 1866, ante los despojos
mortales del Presidente Balta en 1872 y en 1878 tras el asesinato de Manuel Pardo.
La amistad que ligó a Roca y Boloña y Grau fue muy antigua e íntima. No faltan quienes
aseveran que hubo entre ellos la relación de confesor a confesado. El Comercio del
25 de julio de 1934 publicó un grabado con una imagen de Santa Rosa, regalada por
este sacerdote, que el comandante del Huáscar llevó a un lugar preferente en su
cámara. Su dedicatoria, a la vez pesimista y afectuosa, dice así: "Miguel: Que esta
santita nuestra te acompañe y si no te regresa con vida que te traiga lleno de gloria".
La estampa presenta cinco perforaciones de bala y está manchada con sangre. Perteneció
más tarde a Rafael Grau por donación de su propia madre y, luego, a la señora Elena
Price de Grau.
No extraña, pues, encontrar a Roca y Boloña en la ceremonia efectuada en la Catedral
de Lima a sólo tres semanas de la batalla de Angamos con motivo del duelo nacional
ordenado por el Congreso. Fue uno de los más famosos entre los sermones que integran
la obra de ese gran orador. De acuerdo con lo que ocurriera en anteriores grandes
ocasiones y mucho más .aún, estuvo él movido por una honda emoción patriótica con
olvido total de recientes y menudos debates doctrinarios, pues lo que ansiaba entonces
era la unión de todos los peruanos. El cálido estilo sostenido por epítetos redundantes
tuvo mucho de las modulaciones de un órgano y hace recordar a la música de las misas
tradicionales, hoy desterrada por las nuevas generaciones. Diríase que estamos frente
a una liturgia musical, también con algo de las melodías ricamente movidas del canto
gregoriano, como en una misa de difuntos donde el Kyrie es severo acatamiento a
la voluntad de Dios, el Agnus expresa humildad y el Credo majestad.
Hoy se otorga gran importancia al exordio del discurso de valor histórico y se le
llama la codificación de la ruptura del silencio y de la lucha contra la afasia.
Roca y Boloña llegó a ser famoso por lo sorprendente o lo inesperado de sus exordios.
Aquí se atrevió a ir a una síntesis audaz, ya que transportó a las frases de obertura
palabras a las que lógicamente hubiese correspondido ser las epilogales. Empezó
diciendo así: "El infortunio y la Gloria se dieron una cita misteriosa en las soledades
del mar sobre el puente de la histórica nave que ostentaba nuestro inmaculado pabellón
tantas veces resplandeciente en los combates".
Como lo hiciera otras veces, procuró Roca y Boloña en su texto que no lo cegara
el cariño y que no lo perturbase la pasión; y, fiel al precepto clásico, quiso ser
el más amigo de sus amigos, en este caso Grau, y al mismo tiempo un inflexible amigo
de la verdad histórica tal como la entendió.
En este sermón, como en otras de sus piezas oratorias, funciona una caudalosa lengua
emocional organizada, como dicen los lingüistas, en zig-zag o en diente de sierra,
ya que junto a la exaltación de tipo nacional aparece lo que se llama un paragramatismo,
es decir un discurso dramatizado con párrafos dobles acompañados por citas bíblicas,
interrogaciones y exclamaciones, apóstrofes a Dios, a la Patria y a los caídos en
la lucha. Todo esto, aliado de la narración sintética y objetiva de las hazañas
del Huáscar y la referencia o algunos rasgos de su jefe. Así, por ejemplo, la caridad
que salvó, vistió y alimentó a los náufragos de la Esmeralda; la notable carta a
la viuda de Prat, episodios no conocidos como las recomendaciones en favor de los
prisioneros confinados en Tarma a fin de que se les auxiliase en lo que hubiera
menester, obligándose él a satisfacer el dispendio con su propio y escaso peculio;
los esfuerzos para atribuir las hazañas del monitor a todos los que lo tripulaban:
el aplazamiento en el uso de las insignias de la alta clase que el Parlamento le
otorgó, pues no quería abandonar el comando de la nave a la que le unían tan numerosos
recuerdos y el más íntimo afecto. En esta última referencia Roca y Boloña aludió
incidentalmente a una de las características del Huáscar. El barco, el jefe, los
oficiales, predilectos discípulos suyos y la tripulación, cada uno tuvo su idiosincrasia,
y uno por uno merecen el homenaje respetuoso de la historia; pero aquellas peculiaridades
quedaron inmersas dentro de una íntima alianza, un modo de vivir comunal y el buque
formó parte de un todo al que sus hombres dirigieron y amaron. Y, ¿cómo era esa
nave, muralla móvil, la única muralla que impidió durante seis meses avanzar al
invasor? La caracterizaban tremenda deficiencias. Ellas aparecen nítidamente retratadas
en el libro Revelaciones históricas sobre la guerra y la paz en el Perú por A. Castro
y Luna Victoria (1884), cuando trascribe la narración pavorosa de Julio Octavio
Reyes, corresponsal del diario La Opinión Nacional, sobre la tempestad que el monitor
soportó durante seis horas frente al puerto chileno de Huasco el 6 de agosto de
1879, al extremo de quedar por unos largos momentos tumbado hacia babor y allí lo
cogió una ola de veintidós pies de altura. A pesar de todo, logró al día siguiente
burlar al blindado enemigo Blanco Encalada y el transporte Itata.
Roca y Boloña hizo puntual referencia de la renuncia que Grau hizo de los goces
del Almirantazgo, surge una comparación. En el codicilo del testamento del héroe
naval británico Horacio Nelson; escrito, dice textualmente, poco antes de la batalla
de Trafalgar, a la vista de los flotas combinadas de España y Francia, distantes
sólo en unas diez millas, hay una mención a los servicios de su amante Emma Hamilton
al Estado; y el codicilo termina así: "Si yo hubiese podido remunerar esos servicios
no apelaría al país; pero como no me ha sido posible, dejo a Lady Emma Hamilton
en herencia al rey y a la patria a fin de que le den ampliamente lo necesario para
mantener su posición social. Encomiendo también a la beneficencia de mi Patria mi
hija adoptiva Horacia Nelson Thompson". Sabemos por el sermón de Roca y Boloña que
Grau, católico sincero, recibió los santos sacramentos con ejemplar fervor e hizo
sus disposiciones últimas antes de salir a campaña porque sabía muy bien que se
iba a sacrificar por el Perú. Y en aquellas disposiciones finales (acotamos nosotros)
nada pidió para su esposa ni para los ocho hijos de ese matrimonio, ocho sobrevivientes
de diez. Debe editarse lo que Grau escribió. Habría que mencionar también el codicilo
que nunca quiso añadir a su testamento, la ausencia de un cualquier pedido de remuneración
a su larga y no acaudalada familia.
Paso a ocuparme del segundo autor mencionado en esta incompleta recopilación histórico-literaria
sobre los intérpretes de Grau. Desde el siglo XVI la ciencia empezó a ser en Europa
una creciente fuerza rival de la religión y de las artes; y a través del siglo XVIII
cesó de ser el privilegio de una cerrada élite y ejerció creciente influencia en
la mente de las personas cultas. Hacia la última parte del siglo XIX, llegó a obtener
para muchos un lugar supremo. Se creyó que, si a la ciencia obedece el universo
físico, que si de ella derivaban los crecientes adelantos en la técnica y en la
economía, de su seno también podía salir el secreto de una teoría absoluta. A la
razón como elemento básico se quiso unir inevitablemente la búsqueda de la verdad.
Así surgió una certeza que el tiempo desmiente: la batalla contra los elementos
irracionales en el espíritu humano y en el mundo entero estaba ya ganada o en víspera
del triunfo y el progreso total; era una fuerza inexorable.
Quien mejor simbolizó esta actitud tardíamente llegada al Perú fue Manuel González
Prada. No sólo propugnó su admiración absoluta a la ciencia, atemperada, años más
tarde, por ráfagas de un escepticismo estoico y patético. Negó además con desprecio
y sarcasmo a la religión. La fe en el progreso, al que llamó sol sin occidente,
lo condujo a las más radicales consecuencias también en el orden social y predicó
la redención de los desheredados, de los humildes y entre nosotros, con un significado
precursor, la de los indios.
Ante el Perú se reveló como el más severo de los disidentes de nuestra historia
y le aplicó con elocuencia despiadada su teoría del pus y su teoría de los árboles
nuevos.
La tesis del pus consistió en la afirmación enfática de una repugnancia sin atenuantes
para la realidad nacional en sus diversos hombres, cosas e instituciones. ("En el
Perú -dijo- donde se aplica el dedo brota el pus"). La tesis de los árboles nuevos
tuvo como base también sus propias palabras: "Que vengan árboles nuevos a dar flores
nuevas y frutos nuevos", anexas a su llamamiento para que los jóvenes fueran a la
obra y los viejos a la tumba. Sin embargo, el planteamiento de estas fórmulas implicó
frente al pasado un negativismo rotundo, o sea una ceguera para los factores heterogéneo
s y condicionantes dentro de los que se mueve de modo inevitable la compleja realidad
del acontecer. Así fue como se situó en esa posición no científica ni serena, la
del fiscal en un film truculento o un melodrama, que tanto ha condenado en nuestros
días Lucien Febvre: el fiscal que demanda los castigos más severos contra todos
los autores y sus comparsas de la historia en actitud no relativista, desacorde
con el culto de la ciencia que teóricamente González Prada preconizó. Y así se dio,
por lo menos en más de una oportunidad, el lujo de desheredar a sus antepasados.
Sin embargo esta bilis negra, para hablar con un lenguaje antiguo, tuvo tres límites.
Ante la guerra del Pacífico no adoptó la actitud de impugnación, de condena acerba,
tampoco conocida, del pequeño grupo chileno de positivistas, o sea de adeptos de
Augusto Comte, cuya jefatura ejerció Juan Enrique Lagarrigue. Reaccionó ante esta
catástrofe como un gran patriota. Y predijo que el futuro nos debía una victoria.
Y anunció que el país en escombros y totalmente abatido después del tratado de Ancón,
cuando el vivir en este país, todo el vivir en realidad no era sino un no morir,
tendría su hora félix, que él, en esa etapa primera de su obra, ligó a la revancha
de acuerdo con las ideas de la lucha por la existencia, la crueldad de la naturaleza,
la supervivencia del más fuerte y la necesidad de la fuerza, imperantes a fines
del siglo XIX.
Pero el cientificismo que González Prada proclamó y que el crítico italiano Alessandro
Martinengo ha estudiado en detalle desde el punto de vista de la honda influencia
que ejerció sobre su vocabulario, no traspasa los linderos de la literatura, aunque
la enriquece considerablemente. Las obras y los autores citados en su libro Páginas
libres provienen en gran parte de aquel mundo; clásicos griegos y latinos, clásicos
y contemporáneos españoles, y sobre todo grandes figuras de la lengua francesa.
Aparecen además muy sólidos sus contactos -hecho muy raro entonces en Lima- con
escritores alemanes, ingleses y, en menor proporción, italianos. Las citas de rusos
son escasas. Trabajando libremente en su propio hogar, sin que lo interrumpiesen
compromisos o convencionalismos de tipo social o académico, González Prada buriló
una obra que se expresó tan sólo a través de artículos esporádicos o de discursos
cortos o de poemas concentrados, nunca por medio de tratados voluminosos. Quiso
hacer su propia antología. Trajo al Perú lo que Roland Barthes ha llamado el artesanado
del estilo, a cuya fabricación se consagró el literato como el orfebre de antaño
en su taller para desbastar, pulir y engarzar su material a costa de muchas horas
de soledad, de fatiga y de tristeza. La forma cuesta mucho, dijo Paul Valéry con
una frase hoy repetida con frecuencia por los estructuralistas.
Dos años después de firmada la paz de Ancón, González Prada publicó un ensayó sobre
Grau en el diario El Comercio y luego en el folleto que con motivo del 64 aniversario
de la Independencia Nacional, el 28 de julio de 1885, editó la Sociedad Administradora
de la Exposición bajo el título Recuerdo a los defensores de la Patria. Tuvo este
opúsculo, además, las colaboraciones de Luis Carranza, Ricardo Palma, José Antonio
de Lavalle, J. Viterbo Arias, R. García y Enrique E. Carrillo.
Cuando el gran pensador radical escogió libre y espontáneamente a Grau como tema
que después de sucesivas correcciones incluyó en el libro Páginas libres de 1894,
lo hizo porque creyó que estaba en el más alto nivel de sus exigencias éticas y
estéticas y de acuerdo con su culto a la razón y en contraste vivo con su tesis
del pus y de los árboles nuevos en el Perú.
El mundo de Roca y Boloña y el de González Prada fueron totalmente antagónicos.
Entre el púlpito severo de la Catedral las tertulias ruidosas e irreverentes del
Círculo Literario hubo astronómica distancia. Sin embargo, ambos -en 1879 y 1885-
coincidieron en rendir homenaje al comandante del Huáscar; y a pesar de ser contemporáneos
suyos, percibieron nítidamente su grandeza en la majestad y en los detalles que
ella albergaba, cuando la acción del tiempo aún no había permitido el efecto acumulado
de enjuiciamientos sucesivos y no había empezado la resaca de los años que otorga
a los hechos de los hombres una perspectiva adecuada.
Las primeras palabras del ensayo sobre Grau suenan como un pistoletazo: "Epocas
hay en que todo un pueblo se personifica en un solo individuo. El Perú de 1879 no
era Prado, ni La Puerta, ni Piérola: era Grau".
González Prada el díscolo, el segregado, el libertario, el altivo se exhibe como
un peruano más cuando afirma: "Todos volvían los ojos al comandante de la nave,
todos le seguían con las alas del corazón, todos estaban con él". El empleo del
adjetivo "todos", que cuatro veces repite este literato tan cuidadoso en su estilo,
nos debe conducir a una reflexión. El panfletario que en el libro Horas de Lucha
se esmeró en ofrecer una versión horizontal o segmentada de los peruanos según los
distintos y odiosos grupos en que los dividió, aquí aparece agrupándolos amorosamente
en un sentido vertical aliado o alrededor del héroe. El lector adivina que González
Prada había vívido con intensidad aquel año fatídico las alternativas de sorpresa,
esperanza, fervor, orgullo, entusiasmo, ansiedad y finalmente dolor que el Huáscar
suscitó.
El breve esquema biográfico que hace en seguida podría ser completado en nuestro
tiempo, como es natural, gracias al aporte de muchos especialistas; pero continúa
válido. A través de ese relato y de los párrafos siguientes, el anunciador parece
que ha decidido ausentarse de su discurso; diríase que la historia se cuenta sola.
Frases y párrafos hállanse unidos como las moléculas de un claro líquido. Las palabras
nada tienen de excesivo, de arbitrario o de teatral, no se desprenden del terreno
de la vida diaria. Rasgos físicos o espirituales del héroe, cosas por él dichas,
detalles que gentes desprevenidas calificarían como poco importantes, son trazados
con una infalible seguridad que reposa en un modo objetivo de pensar o de escribir
tan grato a los lectores de sensibilidad moderna. Y con muy sencillos elementos,
que tienen algo de la parquedad de un despacho telegráfico elevado a la más alta
categoría estética, en páginas que deleitan y seguirán deleitando al público selecto,
y hieren y seguirán hiriendo los corazones de la gente común, queda diseñada una
figura a quien circunda ese don misterioso que Max Weber llamó el carisma, o sea
un poder personal, extraño, con un hechizo singular, no asequible a cualquier otro,
un algo atractivo; sin embargo fácil de ser percibido y de ser aceptado con entusiasmo.
Cuando, en un acápite, González Prada destaca la generosidad de Grau ante el adversario,
origen de diversas críticas, es de lamentar que no conociera la carta del Almirante
a doña Manuela Cabero de Viel, la hermana de su esposa doña Dolores Cabero de Grau,
que casó con el capitán de fragata chileno Oscar Viel. Allí afirma: "Te aseguro,
querida hermana, que cada día estoy más contrariado por no verle todavía un término
a esta guerra que siempre he considerado y considero hoy mismo como fratricida o
guerra civil". Una vez más, Grau evidencia que así como no tenía miedo, tampoco
tenía odio y que aun en la lucha desigual era, a pesar de todo, hombre de concordia
en este país donde hay tantos hombres de rencor.
Los últimos párrafos del ensayo de González Prada señalan un cambio total en lo
que podríamos llamar los contornos de su pensamiento. Surge una gran fuerza explosiva
para la condena de los descalabros y de las miserias terribles o grotescas exhibidas
en la guerra y sobre todo antes de ella, así como la profecía de una futura victoria,
en la que hay que ver la exigencia previa para una auténtica regeneración colectiva,
según ha explicado con acierto Hugo García Salvattecci, con la finalidad de que
(según palabras del mismo González Prada) la generación naciente no sea lo que nosotros
somos hoy: "enterradores de muertos y lamentadores de infortunios".
Todos sabemos cómo, hacia 1901, González Prada evolucionó del republicanismo radical
hacia la doctrina anarquista. Se necesita trabajar más sobre su influencia en el
nacimiento de la organización laboral peruana. Son muy conocidos esos versos suyos
que dicen: "Patria, feroz y sanguinario mito execro yo tu bárbara impiedad", contradichos
por la realidad de nuestro tiempo. Nuestra generación ha visto en la pantalla de
la televisión la llegada de los hombres a la Luna y hemos oído a Neil Armstrong
cuando desde esa distancia exclamó que veía a la tierra como una isla en el espacio,
una isla pequeñísima aunque es el único lugar donde podemos vivir. Y sin embargo,
a pesar el maravilloso avance en los transportes y en las comunicaciones en la interdependencia
mundial y del desarrollo casi planetario de una economía mixta burocrática o capitalista
y siempre transnacional, de otro lado vemos nacer nuevos Estados y florecer inesperadas
naciones en Africa, en Asia y en las pequeñas y ya antiguas colonias francesas,
holandesas e inglesas de América, cuyos hombres y banderas son tantos, que muchos
no los identifican siempre. Hasta ahora la tan celebrada Comunidad Económica Europea
no ha llegado a ponerse de acuerdo ni sobre el urgente problema de la serpiente
monetaria o sea la interrelación de sus divisas; y en zonas periféricas de aquellos
viejos Estados aparecen jóvenes movimientos ansiosos de señalar los desniveles internos
en el reparto de las cosas sociales, culturales, económicas y políticas; naciones
sumergidas que se declaran interdictas y sometidas a un colonialismo interno. Son
casos como en la Gran Bretaña, los de Gales y Escocia, esta última zona muy valiosa
ahora por el petróleo del Mar del Norte. Por otra parte, no mueren los enfrentamientos
de valones y flamencos en Bélgica; y los autonomismos catalán y vasco en España
acaban de resucitar. En la parte más septentrional de América se intensifica el
debate entre anglocanadienses y francocanadienses. Y en el Cercano Oriente que vio
emerger de nuevo al milenario Estado de Israel, tan moderno en su avance técnico,
tan singular por su ensambladura religiosa y con cierta similitud paradojal con
Esparta y con Atenas, vibra a la vez la beligerancia de los arabismos nacionales,
cuya complicada gama incluye, por ejemplo, el izquierdismo de Siria y de Libia y
el derechismo de Saudi Arabia multimillonaria, mientras Egipto, con Sadat, olvida
la mística militar socialista de Nasser, y los palestinos, a través de actos de
terrorismo a veces desesperados o, como en los últimos tiempos, por medio de complejas
maniobras ante las superpotencias, buscan fanáticamente la obtención de una tierra
propia. En suma, el nacionalismo que González Prada, al final de su vida, creyó
deshecho, actúa como una de las fuerzas más potentes de nuestra época confusa y
plagada de turbulencias. Enciende las aspiraciones de los pueblos no desarrollados
en todo el universo, y sus consignas múltiples simbolizan el repudio a formas diversas
de opresión, si bien, para no ser pesimistas, es dable creer que, a la larga, no
será incompatible con libres coexistencias y adecuadas integraciones.
Volviendo a González Prada, a pesar del repudio final que él
hizo de sus opiniones patrióticas, jamás se desdijo de su elogio de Grau, que en
nuestra literatura está ungido por una rara jerarquía, gracias a su influencia fundacional.
En una carta de Alfredo González Prada, hijo del gran panfletario, a mi muy estimado
amigo Oscar Grau Astete, a quien tanto "debo en la árida y larga pero cordial e
inolvidable etapa de elaboración de los materiales para el presente trabajo, carta
fechada en Nueva York el 2 de febrero de 1943, al enviarle algunos libros, dijo
así: "Efectivamente una de las más bellas cosas que mi padre escribió fue su elogio
de Grau. De pocos compatriotas nuestros escribió líneas encomiásticas; pero con
Grau su pluma no escatimó alabanzas. Lo conoció personalmente. Hasta hizo con él
un viaje en el Huáscar y lo recordaba siempre con vivísima simpatía".
Se ha incrementado en el Perú de los últimos tiempos una contracultura negativa,
heterodoxa, iconoclasta. Ella cumple a veces una tarea compensadora frente a lacras
entronizadas o frente a la deletérea atmósfera de mentiras convencionales; y otras
veces se desborda hasta llegar a los extremos de gozar en la autoflagelación. Pero
quien precisamente desató entre nosotros ese fenómeno que Marcuse llamó el Gran
Rechazo, y que suele parecer, sobre todo entre los jóvenes, el comienzo de un furioso
vendaval, o sea González Prada, sigue y seguirá erecto, perenne e irrevocable en
el homenaje a la memoria de Grau.
Hablé antes de un sacerdote y de un panfletario radical. A la convocatoria de esta
noche no podían faltar los historiadores. Voy a mencionar a dos de los más eminentes
de nuestro siglo XX: José de la Riva-Agüero y Raúl Porras Barrenechea. Aristócrata
con mucho de los grandes señores de antaño, pero por su propia voluntad ubicado
como beligerante contrarrevolucionario en las turbulencias que las dos grandes guerras
mundiales provocaron, el uno; gran señor también el otro, atado en cambio por las
necesidades de la vida a la carrera diplomática y a la docencia en colegios y en
la universidad. Capaces fueron cada uno a su manera del estudio minucioso y analítico
del pasado; y al mismo tiempo hábiles para unir a él el sentido de la interpretación.
Así, pues, ambos cronológica y espiritualmente son anteriores a la época del resentimiento
contra la literatura, que predomina en la historiografía contemporánea. Dueños de
la minuciosidad datística y, en sus mejores momentos, del don para otorgar vida
a lo que ya no existe, hubieran podido hacer suyas, en distintas ocasiones, las
inolvidables palabras de Marc Bloch: "Guardémonos de privar a nuestra ciencia de
la poesía que le es intrínseca". Poesía, cabe agregar, que reside en la imaginación,
facultad capaz de hacer al pasado preguntas esenciales y de recoger trozos de vida
hundidos en las profundidades del tiempo, rescatándolos de las tinieblas de los
documentos para acercarse a la muerte. Todo ello enmarcado necesariamente dentro
de la fidelidad a las fuentes, pero sin desmedro de la más amplia libertad ulterior
para interpretaciones y apreciaciones variadas y a veces polémicas.
Si en el lenguaje de Riva-Agüero -permítase una herejía anglófila ante un escritor
tan castizo- es posible reconocer algo de lo que se llama en Inglaterra el estilo
de Cambridge, con su acento grave, con sus períodos amplios y caudalosos, con su
fuerza contundente, con su peso dialéctico, en la prosa de Porras, contemporáneo
del post-modernismo, hállase algo del estilo de Oxford, o sea un llamado íntimo
al corazón y a la imaginación, que utiliza con ágil elegancia el adjetivo relampagueante
e inesperado y origina el matiz, la alusión, la sugerencia.
Riva-Agüero dedicó a Grau el discurso pronunciado en la Sociedad Entre Nous el 29
de julio de 1934 con motivo del centenario del nacimiento del héroe; y Porras trató
del mismo tema con materiales y acento propios veinte años después, el 8 de octubre
de 1954 en el Club Nacional. Aquí no hubo ni siquiera lo que en una frase alemana
se llama el saqueo de un pedacito de pan. Cada uno de estos historiadores poseía
su personalidad y su estilo y cada uno tenía mucho que decir. A lo expuesto por
Porras no agrego hoy ningún comentario. Erudito de raza, empapado en la cultura
peruana, incapaz de querer imitar a nadie, supo demostrar, en aquella ocasión como
en muchas, que su inteligencia tenía ángel, en este caso caracterizado por el don
del corazón conmovido y de la palabra armoniosa. Su evocación de las peripecias
del Gran Almirante y de "la vieja y querida enseña del Huáscar (dijo), en el que
todos hemos navegado idealmente y aprendido la congoja y el orgullo de ser peruanos,"
no sólo emula las páginas clásicas donde hizo el redescubrimiento de tantas figuras,
como por ejemplo Sánchez Carrión, sino resulta una novedosa lección sobre historia
republicana, que él conocía muy bien por fuentes no sólo directas sino propias.
Tiene, además, para quien la lea, la magia rara de hacer prender de nuevo las luces
más bellas de la juventud. Concluida esta aleccionadora lectura, cuya elocuencia
en ningún momento desborda la estricta verdad histórica, quisiéramos aplaudir de
pie, como solían a veces aplaudir a Porras sus discípulos cuando terminaba sus clases.
Por razones que no implican una diferenciación jerárquica, trataré con más detalle
del aporte de Riva-Agüero.
En curiosa y reiterada analogía con González Prada, aunque desde un ángulo totalmente
opuesto y sin revanchismo, el autor de Paisajes Peruanos fue el 29 de julio de 1934,
como lo hiciera otras veces, al ejercicio voluntario de una magistratura que bajo
la luz lunar de su última época erguida altivamente sobre decepciones cívicas y
personales, optó por la lucha viril, a fuego graneado y cuerpo a cuerpo, contra
aquello que para su sincero criterio derechista era lo malo en nuestra sicología
colectiva y en nuestra trayectoria republicana. Al entrar en el tema por él escogido,
dedicó algunas reflexiones a los orígenes inmediatos de la guerra con Chile. Hizo
una breve referencia al incumplimiento o no realización de probabilidades objetivas,
o sea a la historia que pudo ser y no fue, cosa aparentemente frívola si no la hubiesen
llevado al rango de una ciencia los nuevos historiadores de la econometría de Estados
Unidos, al crear la co unter-factual history, es decir la reconstrucción del ayer
bajo el supuesto de que una hipótesis alternativa, una variable importante lo hubiese
modificado: por ejemplo, qué habría ocurrido en la vida de dicho país ante la ausencia
de los ferrocarriles o si no se suprime la esclavitud.
Llegó ya el momento de cerrar mi lista de hoy.
Cuando se inauguró en Lima el monumento de Victorio Macho el 28 de octubre de 1946
era Presidente de la república, elegido en democráticos comicios, el Dr. José Luis
Bustamante y Rivero. Esta coincidencia fue feliz para la imagen histórica del héroe,
ya que tocó hablar entonces en nombre de la Nación a quien sumaba, al Iado de la
dignidad de la investidura, la dignidad de su persona intelectual y moral. En aquellos
días el Perú sin darse cabal cuenta, había contradicho el hábito inveterado de ir
al desperdicio de sus hombres superiores.
Alejado desde el punto de vista cronológico de la guerra del 79, como no lo estuvieron
el sacerdote y el panfletario, y lejos también del terreno profesional que cultivaron
el autor de La historia en el Perú y el de Fuentes históricas peruanas, el Presidente
Bustamante expresó lo que hubiera podido calificarse como un homenaje institucionalizado,
la voz de la conciencia de la Nación, al aire libre y desde la cima adonde legítimamente
sus conciudadanos lo llevaron. Pero su palabra, respirando el aire puro de la altura,
estuvo muy lejos del brillo barato de tantos discursos oficiales. Como lo ha hecho
deliberadamente siempre, se dirigió a la inteligencia y a la sensibilidad de todos
los peruanos conscientes de entonces y del futuro sin un solo halago a sus pasiones
inferiores o a sus intereses subalternos, por todo lo cual si algunos pueden discrepar
de él en temas que, por cierto, no podrían en modo alguno ser éste, le deben, por
lo menos, respeto.
Aquel discurso del Presidente Bustamante fue una auténtica oración. Muchos lo saben
de memoria y está en el nivel de los mejores elogios a Grau. Recordaré aquí sólo
dos pasajes. Uno es aquel donde desarrolló bellamente la idea de que el heroísmo
puede esconderse en cualquier campo de las actividades del humano vivir porque,
aclaró, hay héroes humildes y grandiosos, de hogar y de epopeyas. "Tan pronto la
acción heroica se exterioriza en provecho de un semejante en desgracia como responde
a los llamados de una Patria en zozobra". Pero las alas y la garra de su pensamiento
se superan a sí mismas en la invocación final. "Vuestra nave minúscula ha crecido,
Almirante -dijo-, y hay un sutil poder de fuego que envidian los cañones en el silencio
austero de sus cubiertas desmanteladas. No fue infructuoso vuestro sacrificio ni
un vano gesto la inmolación de quienes, con vos, cayeron en la brega; vuestras sombras
augustas presiden nuestros mares; y hay un altar para vuestro busto en cada nave
de nuestra flota, y un rincón de emoción en cada pecho de nuestros marinos".
Cada vez resulta más notoria en la nueva historiografía, cuya fecha de maduración
ha sido ubicada entre 1950 y 1960, la tendencia que pretende ir más allá del individuo
y del acontecimiento. En sus diversas expresiones, indaga, ordena, compara e interpreta
a las sociedades dentro de sus mecanismos económicos, de dominación, vinculación
o dependencia internas y externas; se atreve a diseñar cómo nacen, se desenvuelven,
chocan y perecen las culturas; busca preferentemente a las de abajo más que a los
de arriba; le interesan la mujer y el niño, superando una tradicional masculinización,
escarba en el pasado los distintos modos de nacer, vivir, trabajar, gozar, odiar,
sufrir y morir; bucea en la salud, en la enfermedad, en la epidemia y en la alimentación,
porque -según ha dicho Lévi Strauss- la cocina es otro de los lenguajes a través
de los cuales se expresa el hombre; quiere reconstruir casas, chozas, palacios,
hospitales, manicomios, cuarteles, conventos, presidios, campos de labranza; halla
significación valiosa en las variantes del clima, en la demografía, en los medios
de comunicación y de transporte, en los sembríos, en los muebles, en los utensilios,
en los instrumentos; se entromete en lo que creyeron, leyeron, festejaron, cantaron,
dijeron o soñaron las gentes de antaño; trata, en fin, que la complejidad de la
vida misma se convierta en campo histórico inteligible. El historiador debe estar
allí donde están la carne y el alma humanas. Y todo esto lo hace a través de síntesis
audacísimas o por medio de monografías cuidadosas, en algunos casos respaldadas
por la computadora, ese futuro lenguaje universal.
Nada de lo anterior señala la defunción de la biografía. Por el contrario, dicho
género puede obtener vitalidad fresca por sus implicancias socio-económicas e inclusive
con el auxilio de la historia de las mentalidades y de las nuevas corrientes de
sicología individual y de sicología social, así como del sicoanálisis cuidadosamente
empleados. Tampoco ha quedado en abandono la semblanza caracterológica, que es una
de la formas de la metahistoria. A este último género he limitado mi disertación
de hoy.
En tomo a Miguel Grau, figura tutelar de la Marina peruana, existe una bibliografía
nacional y extranjera abrumadora, sin contar canciones y poesías populares aún no
coleccionadas. Muchos entre quienes estudiaron de veras a tan singular varón han
forjado, con trozos de papel aparentemente frágiles y volanderos como el aire, una
estatua cuya belleza plástica el bronce, el mármol o la tela del pintor jamás superarán.
Con criticable silencio ante aportes muy valiosos, mi atrevimiento se ha limitado
hoy apenas a glosar los textos en lo que comprometieron su juicio en relación con
este personaje, cinco de semejantes figuras intelectuales, en tiempos muy diversos.
No debemos entender estos documentos, y los demás que inciden sobre el mismo tema,
como letras muertas y cerradas cuando, por el contrario, llevan en sí un mensaje
de apertura. La vigencia de ellos no depende de un orden inmóvil y codificado que
se encierra en la expresión de cosas exactas y en el empleo racional del lenguaje
dentro de un circunscrito territorio-literario. Importa mucho tratar de ir a una
descifración de las significaciones hondas del testimonio. Conocer la información
es útil; pero no basta. Más allá de todas las tentativas para comprobar lo que hay
en el determinismo literal del texto, cabe ir a una crítica que no sea traducción
sino perífrasis, indagar acerca de la articulación teórica permanente, en cierto
modo alegórica, que comprende los signos superiores de las frases, abarque el residuo
esencial de las palabras y busque el significado de los significados; todo lo cual
ha de llevamos, en este caso, dentro del enfoque de estos cinco testimonios plurales
-repito- y hasta antagónicos, al descubrimiento de un entretejido signo unitario.
Vana sería ante la figura de Grau cualquier tentativa que para capitalizada hicieran
las jaurías de las pasiones políticas o los fanatismos de las ideocracias. También
las divisiones sociales resultan en este caso superadas por la hondura, la permanencia,
la autenticidad fundamentales de los valores humanos aquí visibles y que incluyen,
entre otros elementos, el sentido de la dignidad ante el peligro y la muerte, el
desprecio sistemático del provecho utilitario, el ordenamiento de la conducta de
acuerdo con los imperativos de la buena conciencia. Muchas cosas cambiarán; muchas
cosas deben cambiar en el Perú; pero no la gloria de Grau.
Cuando vivimos en medio de una crisis honda y universal en este país olvidadizo,
evocar a Grau en su significado más profundo implica nada menos que provocar esa
actitud por los griegos llamada catarsis, o sea una limpieza o descarga. Sobre todo
en días de honda incertidumbre colectiva. Debemos recordado como antídoto frente
a cualquier tipo de conducta desorganizada o irracional; y también como un reproche
a la decadencia de la moral pública y la moral privada.
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