Ver en formato PDFII. LA CAMPAÑA DE TARAPACÁ.

El Perú ha sido un país situado en condiciones tales que en su historia una invasión victoriosa sobre su territorio ha dependido del dominio del mar. Los medios de transporte y de comunicación terrestre son ahora mejores, gracias a los caminos y a los servicios aéreos, pero entonces el país era un vasto conjunto de compartimientos estancos, abiertos sólo en la costa por los puertos. Así podía hablarse de la zona aislada de Tarapacá, con sus puertos de Iquique y Pisagua, la zona aislada de Tacna y Arica, con el puerto de este último nombre, la zona aislada de Lima, con el puerto del Callao y bahías adyacentes, sin haber entre ellas una línea de comunicación. En el sur, necesitaban pasar prácticamente todos los medios de subsistencia por Iquique y Pisagua pues el territorio del salitre no los producía.

La riqueza enorme de Tarapacá, su importancia simbólica como territorio meridional del Perú, vecino de aquel que Chile arrebatara a Bolivia y la amenaza inminente de una invasión decidieron al comando peruano a concentrar una parte de sus tropas allí, a la vez que situaba otro ejército en la zona de Arica-Tacna. Hubiera sido tremendo y humillante no proceder así. El historiador militar Ekdahl, sin embargo, juzga que la abrumadora inferioridad en el mar colocaba al ejército peruano-boliviano en una situación de peligrosísimo aislamiento; que el desideratum estratégico de los aliados debió ser concentrar sus efectivos militares en el teatro de operaciones en el centro del Perú mientras restablecían el equilibrio naval, o lograban la superioridad de los mares, o conseguían un nuevo aliado, o mejoraban la defensa. En suma, juzga gravísimo error llevar todas sus fuerzas movilizadas al extremo sur del país, sin tener líneas de comunicación para, enseguida, dividirlas en dos regiones separadas. Los chilenos podían haber atacado a la capital con lo cual hubieran decidido allí la guerra y aun cuando no lo hubiesen hecho y hubieran sido vencidos en la zona de Tarapacá, si luego conservaban la energía de continuar luchando, se iban a encontrar los aliados, en el mejor de los casos, en la misma situación. Carecieron, además, ellos, sigue diciendo Ekdahl, de un servicio de etapas terrestres entre los ejércitos y el centro del Perú. Pero al leer estas apreciaciones se debe observar que como el objetivo chileno era, precisamente, Tarapacá, aparte del efecto moral de abandonar sin lucha tan preciado territorio, la consecuencia de una retirada aliada de allí en esas condiciones, hubiera sido quizá, pese a cuanto dice Ekdahl, dar de hecho fin a la guerra.

CAPTURA DE PISAGUA

Como el Ejército de Tarapacá se concentró en Iquique y sus inmediaciones, el ministro de Guerra chileno Rafael Sotomayor, que dirigía el ejército, decidió combatirlo desembarcando al norte de Iquique. Con ello se interponían los invasores entre Tacna y Tarapacá; impedían la unión de las fuerzas acantonadas separadamente en las dos zonas; cortaban asimismo, la retirada de los aliados desde Tarapacá; y se ponían en aptitud de batir por separado a los refuerzos que podían enviarse desde Tacna.

No se decidió Sotomayor por un desembarco en Iquique donde tenía que combatir frontalmente con el grueso del ejército enemigo antes de situar entierra la artillería, los caballos y los bagajes. El puerto de Pisagua, ubicado a 85 kilómetros al norte de Iquique, situado, por lo tanto, en la posición estratégica buscada, tenía la ventaja de contar con el ferrocarril de 73 kilómetros que lo ponía en comunicación con Dolores, uno de los tres pozos de agua potable en la árida región salitrera. Los otros dos pozos eran Pozo Almonte, conectado por vía férrea con Iquique, y San Lorenzo, cuya Comunicación ferroviaria era con Patillos, punto situado al sur de Iquique y, por lo tanto, inservible para los objetivos de la invasión. Otro lugar posible de desembarco era Caleta Buena; pero estaba demasiado cerca del ejército aliado que podía movilizarse sobre las fuerzas invasoras antes de que concluyeran las operaciones de desembarco y afianzamiento sobre el terreno conquistado; con el agravante de que la marcha sobre Iquique desde ahí no podía ser por ferrocarril y no hubiera contado con servicios de agua potable.

El plan de Sotomayor fue tomar Pisagua con una fuerza aplastante, hacer avanzar al ejército al interior con rapidez utilizando el ferrocarril de Agua Santa y establecerlo en una oficina donde abundara el agua con lo cual quedaba afianzada y organizada una base de operaciones en aquel puerto. Poco después de la captura del Huáscar empezó el movimiento de avance de los chilenos acampados en Antofagasta, cuyos efectivos habían sido reforzados con contingentes del Sur y con los obreros de las salitreras que les sirvieron de inmejorables guías. Más o menos diez mil hombres, con ochocientos de caballería y treinta cañones de campaña, se dirigieron a Pisagua el 28 de octubre en quince transportes convoyados por cuatro buques de guerra. Los mandaba el general Erasmo Escala, con el ministro de Guerra Rafael Sotomayor.

Al arribar los chilenos a Pisagua el 2 de noviembre, encontraron una heroica resistencia en la débil guarnición compuesta por unos 800 bolivianos de la división mandada por el general Pedro Villamil y unos 500 guardias nacionales y otros habitantes de la localidad, al mando del coronel Isaac Recavarren (2 de noviembre). La dirección general de la defensa estuvo a cargo del general Juan Buendía que sin saber lo que iba a ocurrir, hallábase de visita en Pisagua para asistir al bautizo de las baterías o con motivo de la noticia de que 195 bolivianos pretendían retirarse, según una versión que Buendía no confirma en su memoria recientemente publicada. El combate se inició al bombardear la ciudad los buques de guerra, cuyos cañones cubrieron el desembarco de los soldados, después de haber logrado el silencio, de los improvisados fuertes. Los rifles no podían combatir con los cañones. La superioridad numérica de los atacantes era abrumadora. Un precipicio escarpado y arenoso corona la pequeña ciudad de Pisagua, edificada al borde de la playa y de donde sube en zig zag el ferrocarril. El salto de los chilenos acabó por dominar a la pequeña fuerza defensora, parapetada tras de las rocas, los sacos de carbón y la vía férrea. El incendio de más de 40.000 quintales de salitre consumó la derrota. Se retiraron los peruanos hacia Agua Santa, al final de aquella línea la lucha había durado siete horas. Los, batallones bolivianos Victoria e Independencia; se dirigieron a su país.

Entre quienes se distinguieron en el combate de Pisagua estuvo Hortensia Ceballos de Ruiz. Su esposo, su padre y sus dos hijos pelearon en esta jornada. La familia Ruiz era una de las más acaudaladas del puerto y acaso por ello su casa fue asaltada con especial afán por los invasores con el fin de saquearla. Allí estaba Hortensia y para no caer viva en poder de ellos se suicidó con una bayoneta que le alcanzó su esposo Alejandro Ruiz. Este murió entonces con toda la familia.

Los defensores de Pisagua marcharon al sur a pie para reunirse con el resto del ejército aliado pero cometieron el error de no inutilizar las tres locomotoras y muchos carros del ferrocarril allí existentes ni a los víveres y forrajes, los postes del telégrafo y los estanques todo lo cual fue luego aprovechado por el enemigo. Así recibió éste el obsequio de los mejores elementos en el desierto: la movilidad y el agua.

La ciudad de Pisagua conoció los horrores del saqueo, José Francisco Vergara, personaje de tanta importancia en esta campaña de cuyas memorias recientemente editadas ya se ha hecho mención, escribe en ellas: "Al día siguiente (del combate) desembarcamos con el general (Erasmo Escala), y recibí la primera impresión de los horrores de la guerra porque nos encontramos en presencia de un cuadro verdaderamente infernal. La beodez, el incendio, la matanza, el pillaje y cuanto puede idearse de odioso estaba allí a nuestra vista con gran escándalo mío. Luego vi que el general en jefe era impotente para remediar el desorden, no por falta de voluntad para hacerlo sino por incapacidad para mandar".

Se ha dicho que con la captura de Pisagua "la puerta del Perú fue sacudida de sus goznes". Estratégicamente este acontecimiento vino a ser muy importante, pues con la captura de dicho material los chilenos estuvieron en condiciones de penetrar en el interior, pudiendo al mismo tiempo, surtirse del recurso para combatir la sed. Además, el ejército aliado que estaba en Tacna quedó cortado del de Tarapacá.

En un reconocimiento que hicieron en Jermania en la línea del ferrocarril y en la zona de Agua Santa, posición importante dentro del camino de Iquique a Arica y el valle de Tiliviche, unos 175 soldados chilenos de caballería mandados por un coronel y espléndidamente montados, hallaron a unos 94 hombres pertenecientes a la retaguardia de las tropas que habían combatido en Pisagua, armados sólo con carabinas y en pobres cabalgaduras. Simularon los invasores una retirada para luego atacar y masacrar a sus adversarios. Quedaron muchos muertos en el campo entre ellos el jefe peruano teniente coronel José Buenaventura Sepúlveda. Ni uno solo era chileno. Episodio incidental poco importante en relación con tantos acontecimientos notables; pero lúgubre augurio sobre lo que ocurría en las campañas terrestres.

Los chilenos avanzaron hacia el interior y ocuparon Agua Santa. Eran alrededor de seis mil hombres con treinta y cuatro cañones y dos ametralladoras.

CAPTURA DE LA "PILCOMAYO".

Pocos días después de la toma de Pisagua, el 17 de noviembre de 1879, el blindado chileno Blanco Encalada capturó a la cañonera Pilcomayo con su comandante Carlos Ferreyros frente a la quebrada de Tambo.

EL EJÉRCITO DE TARAPACÁ.

Habíase estado concentrando el ejército de Tarapacá desde fines de marzo con tropas de línea, gendarmería de Puno y Arequipa, adolescentes salidos de la Escuela de Cabos, guardias nacionales, o sea civiles armados de aquellas ciudades y otras milicias locales, incluyendo la columna Loa compuesta por bolivianos anteriormente dedicados a las faenas del salitre. El general en jefe era el general Juan Buendía, limeño, nacido en 1814 y descendiente de los marqueses de Castellón. Sus sesenta y cinco años parecían rejuvenecerse gracias a su cortesía y a su afabilidad. Al hablar del ejército de Tarapacá, dice el historiador chileno Vicuña Mackenna: "Sus jefes eran, por lo común, sobresalientes (se refiere, sin duda, a los jefes de divisiones y de Cuerpos). Sus oficiales, mediocres. Su tropa, buena; pero, en general bisoña. La infantería de batalla, y digna de medirse con el soldado chileno. La artillería, escasa y deficiente. La caballería, miserable. El armamento del ejército de Tarapacá se caracterizaba por la variedad. Al lado de rifles Comblain, Chassepot, Remington y Peabody, tenía el Minié peruano y el Chassepot reformado o "rifle peruano", más 22 carabinas Henry de la caballería. Las municiones escasas son la explicación de la falta de fogueo durante todo el tiempo que precedió, de abril a noviembre, a las operaciones militares.

Bloqueada toda la costa salitrera, quedó el agua racionada; los comestibles alcanzaron desde abril elevados precios; faltaban elementos de movilidad para la conducción de materiales, como para las operaciones estratégicas y tácticas de la guerra; había apuros de dinero por la crisis fiscal, agravada con los choques entre el Poder Ejecutivo y el Congreso y a causa de la necesidad de pagar, vestir y armar al ejército de Daza. Después de la pérdida del Huáscar estas angustias fueron todavía mayores.

Frente a todas estas circunstancias, se explica lo que dice Vicuña Mackenna de este ejército: "Su personal tomado en conjunto y como entidad militar era digno de respeto; pero a diferencia del ejército de Chile no tenía armas ni municiones, ni víveres, ni dinero, ni movilidad, ni retirada".

Tarapacá era una tumba. Estratégicamente hablando era aquél un ejército perdido porque no tenía base de operaciones, ni líneas de comunicación, ni línea de retirada".

La elogiosa referencia del historiador chileno a los jefes del ejército de Tarapacá no es compartida por muchos contemporáneos suyos en lo que respecta al generalísimo de dichas tropas Juan Buendía. Según Paz Soldán, era buen militar, pero blando y suave, al extremo de que sus órdenes fueron desobedecidas. Los rumores llegados a Lima motivaron el cambio de Buendía (dice este historiador, que fue ministro de gobierno de Prado), fue designado el general Fermín del Castillo pero "los que pertenecieron a la pasada administración y el ministro de guerra lograron archivar el nombramiento". Fueron públicas y notorias las divergencias entre Buendía y algunos jefes; el general La Cotera, disgustado por ellas, regresó a Lima.

Al ejército peruano de Tarapacá fue agregada una división boliviana al mando del general Carlos Villegas que marchó por tierra desde Arica a Iquique; y otra al mando del general Pedro Villamil, transportada en barcos después de burlar la vigilancia de la escuadra chilena y que pasó, como se ha dicho antes, a Pisagua. Las disidencias entre peruanos y bolivianos surgieron de inmediato.

Al desembarcar los chilenos en Pisagua se colocaron, según ya se ha visto, entre los dos ejércitos, el de Buendía y el de Prado y Daza.

EL PLAN ALIADO. SALIDA DE DAZA DE ARICA.

Los aliados entonces decidieron avanzar por ambos frentes. Daza fue encargado de dirigirse al sur desde Tacna por la vía de camarones a llamar la atención de los chilenos por retaguardia, sea para obligarlos a debilitarse dividiendo sus fuerzas, sea para tomarlos entre dos fuegos, sea para reforzar al ejército de Buendía a cuya cabeza se pondría el Presidente. Reunió este primero un consejo de guerra de jefes bolivianos, donde ya surgieron algunas voces discrepantes; marchó luego de Tacna a Arica, donde demoró tres días en nuevas juntas, mientras los soldados consumían barriles de bebidas alcohólicas. Después de estos tres días de "báquico estacionarismo en Arica", Daza emprendió la marcha el 11 de noviembre (y no el 8, como se había acordado al principio) a las once de la mañana bajo un sol abrasador. Una correspondencia de Arica publicada en El Nacional de Lima habla en forma entusiasta del desfile que entonces tuvo lugar. "A la cabeza estaban los granaderos de Daza o Colorados, setecientos soldados de musculatura y talla hercúleas, veteranos escogidos todos con sus altos morriones y chaquetas punzó y pantalones blancos, (decía el corresponsal) con sus robustos pies desnudos (calzaban ojotas) y con sus Remington apoyados en sus anchas manos y fuertes brazos. La Décima de César y los Granaderos de Napoleón (agregaba) no causarán efecto más importante que el Colorados". Lo seguían los llamados "amarrillos" de Sucre por el color de sus trajes de bayeta, el Aroma 4° o "verdes" de Cochabamba, el Viedma de esa ciudad, ciento cuarenta artilleros armados de carabina, los coraceros de Daza y otros regimientos. Serían unos 3.000 hombres de infantería mal contados. La artillería fue dejada en Tacna. El montonero tacneño Gregorio Albarracín, que marchó a la descubierta de cien jinetes tuvo bajo su comando al único destacamento peruano en esta expedición.

Los jefes más ilustrados de la llamada Legión Boliviana acusaban a Daza y al comandante de su Estado mayor, general Casto Arguedas, de ignorar los conocimientos más comunes y rudimentarios de la profesión, especialmente en lo concerniente a la organización militar. Daza tenía, a su vez, recelos y prevenciones contra varios de sus subordinados inmediatos. Se vivía en este ejército en un ambiente de suspicacias y de chismes. Al salir de Arica los soldados no fueron obligados a llenar sus cantimploras con el agua salvadora de los arenales y "los que llevaban algo en ellas (dice el general boliviano Juan José Pérez) era vino o aguardiente". En vez de marchar de noche, dadas las condiciones del desierto, como se le aconsejó, Daza insistió en marchar de día aseverando que con ello evitaba los peligros de la deserción de sus soldados.

AVANCE Y RETIRADA DE DAZA.


Duro es el paso por las quebradas que están entre Arica e Iquique cuya distancia es de 41 leguas peruanas. Laderas que parecen muros, aguas nauseabundas, insectos implacables hállense en su inmensidad desolada que el sol calcina durante el día. Tres enormes grietas, oasis y abismos, cortan en diversos parajes esta altiplanicie: Vítor, la más septentrional, Chiza y Camarones. La travesía debía ser hecha en cinco días, tiempo que sólo para los soldados de las serranías podía servir para cumplir tan difícil itinerario. Aquel ejército no tenía servicios de aprovisionamiento ni de sanidad. La falta de víveres hizo estragos desde el principio. La primera noche acampó en una altura medanosa a cinco leguas de Arica. Al segundo día durmió en Chaca, en la quebrada de Vítor, después de atravesar cinco leguas en una pampa de arena. EI 13 se detuvo en un médano de la misma pampa. El 14 por la noche llegó a la quebrada de Camarones no lejos del mar. Allí descansó dos días y sufrió deserciones. El 16, Daza telegrafió a Prado: "Desierto abruma, ejército se niega a pasar adelante". Por fin, Prado contestó: "Recibido parte del ejército; mañana estará en Agua Santa donde probablemente se dará batalla. Sea cual fuere el éxito del combate, ya que el ejército de camarones no puede avanzar, creo conveniente, si a usted le parece, que comience a regresar a la mayor brevedad". Prado no pudo o no creyó conveniente ponerse a la cabeza de sus tropas ordenando a Daza que lo esperase y previniendo de ello a Buendía con el fin de evitar que el ejército de Tarapacá empeñara la batalla. Alegres dianas fueron tocadas en el campamento de Daza y a las cinco de la tarde los batallones comenzaron a desfilar, en ascenso, lento, por la cuesta de camarones hacia Arica.

El general boliviano Juan José Pérez (ya mencionado, muerto más tarde en la batalla de Tacna) reveló que Daza, temeroso de sucumbir o de que se debilitase en la expedición el batallón "Coloradas" engañó a Prado al comunicarle que los soldados no querían seguir avanzando; y que a los soldados les hizo creer que Prado los llamaba para defender el morro de Sama, es decir el litoral norte de Tacna. Y agrega que cuando se presentó ante Daza el batallón "Colorados" (predilecto suyo y apoyo principal en el poder) inquiriendo cómo es que tenían que contramarchar en frente del enemigo sin haber vengado a sus hermanos caídos ya en la guerra, la respuesta fue embustera.

"Van ustedes a sucumbir en el desierto y yo los quiero como a mis hijos para consentir en ese sacrificio estéril", les dijo Daza y agregó que había recibido la llamada de Prado para defender el morro de Sama. "Nos llaman para defender el morro de Sama", repitieron los "Colorados", y accedieron a emprender la retirada.

Según otros testimonios, también de origen boliviano, el secretario de Daza, José Rosendo Gutiérrez, dejó el telegrama en que solicitaba la retirada antes de salir de Arica y Daza recibió el telegrama de Prado autorizándola cuando ya la había iniciado. La idea de llegar a Camarones y contramarchar parece concebida en Arica, madurada en el trayecto y confidencialmente acordada entre los íntimos de Daza antes del consejo de guerra, dice el historiador boliviano Mercado Moreira que ha dedicado recientemente un libro a este enojoso asunto.

Daza en su manifiesto de París (París, junio de 1881) trató de defenderse y aseveró que la opinión unánime de los jefes reunidos en consejo de guerra decidió el regreso a Arica por razones de carácter político interno, con el objeto de luego justificar el golpe de Estado y que a él le produjo este voto dolor y vergüenza. Enseguida cuenta que avanzó con un pequeño grupo a unirse al ejército del sur hasta que tuvo conocimiento de haberse librado la batalla de San Francisco. Este último dato es falso; pero es cierto, en cambio, que se adelantó con algunos ayudantes hasta Chiza y luego hasta Tacna, lugares ocupados antes por Albarracín y es cierto también que el 19 un fugitivo le comunicó la noticia de esa derrota. A Tana debía haber llegado Daza con todo su ejército el 16. Tana era un miserable lugar con unos cuantos ranchos; pero hallábase a tres leguas de Tiliviche cuyas dos haciendas tenían alfalfares y quintas de recreo. Entre Tiliviche y Jazpampa, donde estaban los chilenos, la distancia era apenas de dos leguas.

¿POR QUÉ SE RETIRÓ DAZA?

¿Por qué dio Daza la orden de retirada? el ejército tenía todavía agua, víveres y forrajes aunque escasos. Las perspectivas de encontrarlos aumentaban si se decidía a avanzar en el camino hacia San Francisco. Los carros de traición o de connivencia con los chilenos fueron voceados en forma violenta y reiterada por muchos bolivianos encabezados por los generales Camacho y Pérez y también por testimonios peruanos; a éstos se sumó el historiador italiano Caivano con su característica vehemencia. Las gestiones hechas por Salinas Vega y René Moreno sirvieron como antecedente para tan grave acusación. En realidad no hay pruebas para ella y si bien El Mercurio de Valparaíso del 18 de noviembre publicó un telegrama diciendo que se habían tomado las medidas necesarias para que los dos ejércitos aliados no se unieran, pudo referirse a providencias de carácter militar. Las fuerzas chilenas, como ha de verse luego, se alarmaron mucho ante el avance de Daza. Lo que parece haber primado en Daza es el deseo de retener sus tropas, sobre todo los "Colorados", y no exponerlos, ya que constituían su único apoyo en el poder, inducido por el ansia de evitar para su investidura política y militar los peligros de una campaña tan distinta a las que él había conocido en su vida de soldado revoltoso. A estos sentimientos debió unirse la preocupación ante lo que podían tramar sus enemigos en el propio ejército y en Bolivia si él se enfrentaba a los chilenos en una operación estratégica, penosa, complicada, difícil y de resultados dudosos. Vicuña Mackenna afirmó que Daza tuvo miedo a los chilenos. Ekdahl lo rectifica y expresa que temió, más bien, al desierto y a la oposición en Bolivia. En todo caso su actitud no admite defensa. "A nuestro juicio (dice Mercado Moreira) la orden de la retirada de Camarones fue un acto de cobardía y de inconsciencia imperdonables".

LA DIVISIÓN CAMPERO.

Una división boliviana al mando del general Narciso Campero debía amagar a los chilenos por la frontera de Atacama. Avanzó con excesiva lentitud. Al saber lo que había ocurrido en Camarones, Campero optó, por iniciativa propia, por volver a Bolivia.

LOS CHILENOS EN DOLORES, JAZPAMPA y PISAGUA.

Una vez capturada Pisagua, los chilenos se dirigieron al interior. El 10 de noviembre ya estaban en la oficina salitrera de Dolores donde podían contar con abundante agua de un pozo vecino. La artillería fue concentrada allí. Otra parte del ejército invasor permaneció en la estación ferroviaria de Hospicio y en la base de Pisagua. Tropas destacadas para vigilar el avance de Daza creyeron encontrarse con las señales de que se aproximaba el enemigo; con tal motivo hubo orden para concentrar una columna en el estratégico lugar llamado Jazpampa. El ejército chileno quedó así fraccionado en tres porciones: la de Dolores, con la artillería, según la versión de los historiadores de ese país, ascendía solamente a 4.500 hombres si bien testimonios peruanos la elevan a más de 6.000; la de Jazpampa tenía un efectivo calculado por aquéllos en 3.000; mientras unos 5.500 continuaron estacionados en Hospicio y Pisagua.

Con la retirada de Daza, las fuerzas de Buendía habían quedado solas. Al avanzar ellas hacia el norte, pues decidieron no permanecer encerrados en Iquique que podía convertirse en una ratonera, buscaron el contacto con el Presidente boliviano y se tropezaron con los chilenos. El comandante de estas tropas, general Erasmo Escala, hallábase en Jazpampa y se había negado insistentemente a mandar la artillería a Dolores. Los batallones acampados en este lugar pertenecían al comando del coronel Emilio Sotomayor, hermano del ministro de Guerra. El coronel Sotomayor, mal de su agrado, acabó por acceder al pedido de varios de sus jefes, encabezados por un militar improvisado, el teniente coronel José Francisco Vergara para que fuesen ocupadas las "excelentes y salvadoras" alturas de San Francisco o de Dolores desde donde se dominaba el ferrocarril, los depósitos de agua y el camino a Jazpampa. El plan de Sotomayor (calificado como suicida por historiadores chilenos) había sido combatir en la llanura a lo largo de la línea férrea.

LA MARCHA DEL EJÉRCITO ALIADO A SAN FRANCISCO.

En lo que atañe a las condiciones en que el ejército del sur abandonó la ciudad de Iquique, escribió Belisario Suárez en su parte oficial de 23 de noviembre de 1879: "Salió el ejército, como V.S. consta, casi desnudo, muy próximo a quedar descalzo, desabrigado y hambriento, a luchar, antes que con el enemigo, con la intemperie y el cansancio durante la noche, para evitar en las pampas el sol abrasador y, en una palabra, con el equipo que al principio de la campaña era ya inaparente para emprenderla porque ninguno de los pedidos que V.S. y este despacho han reiterado, fue satisfecho en los siete largos meses de estación en Iquique". El gobierno había celebrado un contrato con la casa Puch Gómez y Cía. para la provisión de la Carne , en el cual se había pasado sobre lo excesivo del precio confiando en la seguridad del suministro; pero éste había sido súbitamente cortado. Otros elementos tampoco existían o eran escasos. Faltaban las bestias, las vituallas y el agua que hubieran hecho menos difícil la travesía por el desierto.

El 5 de noviembre las tropas caminaron en dirección a Pozo Almonte donde a partir del 6 concentraron nuevamente sus fuerzas, a las que se unieron los fugitivos de Pisagua; y allí estuvieron, a pesar de que era un campo arenoso y ardiente, sometido a los rigores de un viento cegador y constante. Los pocos víveres fueron disminuyendo sin esperanza de reemplazarlos y la tropa contó con un alimento sólo de dos onzas de papas, tres de arroz y un pedazo de charqui. Soldados, oficiales y jefes estaban en absoluta ignorancia acerca del enemigo. Se notaba gran descuido en el servicio del Campamento. La aprensión y la desconfianza minaban la moralidad y la disciplina. Entre el 13 y 14 se produjo la salida de Pozo Almonte, el 16 descansó el ejército en Ramírez y en la tarde de ese día emprendió la marcha sobre Agua Santa, el punto terminal del ferrocarril del Pisagua. En esta travesía hubo a veces separación excesiva entre la vanguardia y el resto de las tropas. Al acampar el 17 en Agua Santa hubo necesidad de desafiar a los rayos del Sol. Sólo al caer la tarde se decidió al traslado a Negritos, situado a media legua y provisto de pozos de agua. Ella compensó en parte la escasez de alimentos.

La salida de Negritos en la tarde del 18 fue solemne. "Un sublime sentimiento de entusiasmo se apoderó de todos los ánimos, moviéndose como por un solo resorte". (Escribió el militar boliviano Lisandro y Quiroga en su poco conocido folleto La campaña de los 18 días). "La fraternidad del Perú y Bolivia pocas veces encontrará una hora de más elocuentes manifestaciones. Las bandas militares del Perú entonaron el himno boliviano; las nuestras el del Perú, permaneciendo durante su ejecución todos con la cabeza descubierta y después atronadores vivas a la alianza llenaban el aire. Por fin los comandantes generales de división y los jefes de cuerpo se dieron un abrazo que simbolizaba el de los pueblos armados que representaban".

La marcha fue penosa, habían sólo de tres a cuatro leguas entre Negritos y Santa Catalina y la carencia de guías libró el destino del ejército al acaso en el desierto. Al rayar la aurora del 19 las tropas estaban al norte de la oficina de Santa Catalina y el comando supuso que había cortado al enemigo su retirada. Este ocupaba, sin embargo, a corta distancia, las alturas de San Francisco. Muchos opinaron por ataque inmediato e instantáneo aprovechando de la sorpresa, sin que se escuchara esta opinión. Bajo los rayos abrasadores del sol, los aliados estuvieron todo el día sin comer, si bien hallaron un poco de agua en la oficina salitrera del Porvenir, situado al pie de San Francisco. Serían unos 4.000 peruanos y 3.500 bolivianos. Buendía había recibido el 14 un telegrama en clave del director de la guerra en que le decía: "Ataque Ud. en el acto y sin trepidar". Una orden posterior le indicó que esperara a Daza.

Entre quienes tenían la responsabilidad de dirigir al ejército, iban en aumento la desorganización y la discordia. Según manifiesta Cáceres en sus memorias, "con motivo de la ruta que se debía seguir promoviose una acalorada discusión entre los jefes en la cual se exaltaron los ánimos y poco faltó para que se dieran de sablazos. El comandante Rubin de Celis, ayudante del general Buendía, vino entonces a noticiarme de lo que pasaba y a decirme que fuera yo a apaciguar a los jefes".

LA ORDEN DE ATACAR Y LA CONTRAORDEN.

El mismo Cáceres cuenta que en la tarde del 19 vino primero la orden de atacar y luego la de postergar el ataque hasta el día siguiente, recibida con amargas críticas por muchos jefes. "Cuando abrumados por el hambre y el sol (dice Quiroga en confirmación de este dato) nuestros infelices soldados estaban en una especie de sopor bajo los pabellones de sus rifles, a las 3 p.m. se nos aproximó el coronel Suárez y personalmente a cada cuerpo anunció que se había resuelto "atacar aquella tarde, formándonos en consecuencia en columna de ataque. La primera línea de las tres en que estaba dividido el ejército ocupaba nuestra derecha" y sus columnas se formaron en la pampa que se extiende hacia el Este. La segunda línea se adelantó por el costado izquierdo nuestro, o derecho enemigo, permaneciendo atrás la línea de reserva. Cuando habíamos ya avanzado en actitud hostil sobre el enemigo y estábamos a una cuadra del pie del cerro, nos mandaron hacer alto y el jefe del E.M.G., que estaba en los cuerpos que formábamos la segunda línea llamó a consulta a los primeros jefes de cuerpo. Nos detuvimos más de media hora hasta que, después de aquellas deliberaciones tan extemporáneas, se volvió el coronel Suárez a dirigir a cada cuerpo y en un discurso breve nos dijo "que la hora era avanzada para completar esa tarde la victoria por lo cual convenía postergar el ataque para el siguiente día en que al amanecer subiríamos a las posiciones enemigas, que mientras tanto fuésemos a descansar y tomásemos el rancho que se nos iba a distribuir.

Según Suárez en una comunicación a Buendía (Puno, 12 de agosto de 1885) la contraorden se inspiró en la desorganización y el descontento que reinaba en el ejército boliviano.

BATALLA DE SAN FRANCISCO.

Según Cáceres, después de dada la consigna de aplazar la batalla, surgió una provocación chilena con disparos de artillería a los que siguieron la arremetida de parte de las tropas peruanas y bolivianas. Quiroga afirma que, no obstante la contraorden, la primera línea continuó su avance de frente, "en pocos minutos llegó al pie del cerro y, cuando Ilenos lo creíamos, comprometió la batalla". En su opinión el Estado Mayor no llegó a comunicarle la decisión adoptada, lo cual no parece verosímil pero da una idea acerca de la precipitación con que se sucedieron los acontecimientos.

Según Buendía (ratificado en esto por Suárez) el primer disparo fue de rifle y provino de un sargento boliviano. Eran las 3 y pocos minutos de la tarde.

Buendía, en un memorándum sobre la batalla (que ha utilizado Paz Soldán y que figura en el libro con sus documentos recientemente publicado) no menciona la contradicción entre las disposiciones adoptadas y afirma que se hizo alto y se decidió que el ejército, que estaba extenuado, se retirase a descansar, comer y dormir, citándose a una junta en la noche de todos los comandantes generales y jefes de cuerpo. A los pocos minutos (agrega) se oyó la detonación de un tiro disparado por un sargento de la compañía Illimani, boliviana, desplegada, en guerrilla. "Corrí a impedir se hiciese fuego (sigue contando Buendía); pero mis esfuerzos, como los de todos, eran desatendidos y desoídas las cornetas que tocaban "alto el fuego".

Ya desde la mañana se había esparcido con rapidez prodigiosa la noticia de la retirada de Daza trasmitida por uno de los propios enviados por Buendía para suplicarle que precipitase su marcha; esta información desmoralizó a las tropas bolivianas y llenó de recelo y encono a los peruanos. Tan desalentadora noticia, más que las fatigas y penurias de la campaña, sirvió como factor psicológico muy importante para explicar lo ocurrido en San Francisco. Iniciado el tiroteo, como se ha visto, sin una orden alrededor de las tres de la tarde, algunos jefes y tropas de infantería peruana y boliviana se lanzaron a combatir con arrojo temerario estimulados por los gritos de: ¡Al cerro! ¡Al cerro!, mientras los fuegos de las compañías colocadas a retaguardia a veces herían o mataban por la espalda a quienes buscaban al enemigo, por lo cual se produjo una gran confusión en la que el resto del ejército boliviano y la caballería peruana al mando del coronel Rafael Ramírez se dispersaron.

En condiciones muy desfavorables empezó así, sin plan previo, esta arremetida prematura de parte de la infantería peruana y boliviana contra treinta y dos cañones de campaña, teniendo los asaltantes que atravesar una zona mortífera de 3.000 metros, bajo un sol abrasador. Algunos combatientes lograron escalar el cerro y acercarse a los cañones. Entre ellos se contó el héroe máximo de la jornada, el coronel Ladislao Espinar, oriundo del Cuzco. De él se, ha dicho que era un explorador sin puesto en el ejército, hombre de treinta y ocho años, alto, esbelto y arrogante. Notable por su impetuoso valor, Castilla le había hecho avanzar en su carrera desde soldado hasta teniente coronel. El día de la batalla estaba envuelto en un ancho albornoz africano que le daba a la distancia el aspecto de un monje. Al hablar del asalto a las alturas por los batallones Zepita e Illimani en medio de un diluvio de balas dice Vicuña Mackenna: "Conducíalos Espinar y desde a caballo impávidamente señalando con la espada a los soldados los sitios y hasta las personas a quienes debían tirar. Cayó en ese momento el caballo del atrevido peruano atravesado por una bala de carabina; pero, sacudiéndose el polvo del gabán y enjugándose el sudor del rostro, continuó la repechada gritando a los que le seguían: "¡A los cañones! ¡A los cañones!" "voces que en el fragor de la batalla oíanse distintamente". Llegó hasta ellos. El mayor Salvo que manda la artillería dijo entonces en una carta particular: "Sucumbió (Espinar) gloriosamente a pocos pasos de donde yo me hallaba contestándole con mi revólver los fuegos que me hacía con el suyo".

Entre los batallones que treparon el cerro estuvieron los que tenían cuadros preparados en la Escuela de Clases, los famosos cabitos; entre ellos el Lima N°8 a las órdenes del teniente coronel Remigio Morales Bermúdez. Eran casi niños.

"Las Fuerzas del ejército aliado (escribió Belisario Suárez en su parte oficial del 23 de noviembre de 1879) en completa dispersión, sin orden, sin que nada autorizara ese procedimiento, rompieron un fuego mortífero para nuestros soldados e inútil contra el enemigo, El campo se cubrió de esos soldados fuera de filas que disparaban desde largas distancias, avanzaban a capricho o escogían un lugar para continuar quemando sus municiones sin dirección ni objeto; en cada sinuosidad del terreno, tras de cada montón de caliche aun entre cada agujero abierto por el trabajo, había un grupo que dirigía sus fuegos sin concierto, sin fruto y produciendo un ruido que aturdía y una confusión que no tardó en envolverlo todo". Agregó Suárez que él intentó contener este desborde y, asimismo, dirigir el ataque a la altura; "pero (confesó) tuve que abandonar también ese empeño a ruego de los soldados heridos por la espalda mientras combatían denodadamente".

Después de casi dos horas de lucha, en las que disparó la artillería chilena 815 cañonazos, según testimonios de esa nacionalidad y en que participó también la infantería para defender el cerro, se hizo evidente a las cinco de la tarde la suerte adversa de los aliados. El comando no logró evitar el desorden en ningún momento.

El general Pedro Bustamante, jefe de una de las divisiones, a quien (según él dijo en un manifiesto que luego publicó en Lima) se le dio la orden de avanzar para tomar la artillería enemiga, tuvo que retroceder y al notar que la pampa se hallaba regada de dispersos optó por retirarse y, con parte de sus tropas, como cuatrocientos hombres aproximadamente, llegó a Arica antes que el grueso del ejército sin haber combatido en Tarapacá.

Buendía llegó a negar el nombre de batalla al tiroteo de San Francisco: ¿Qué derrota hemos podido sufrir los que no fuimos atacados por el enemigo (exclama); ni qué victoria alcanzaron los que desde el cerro en que estaban posesionados nos dirigían sus tiros de cañón sin haber bajado al campo? Lo que hubo en San Francisco fue una dispersión preparada, arreglada y ejecutada en esos momentos en que se encontró oportuna la ocasión y la hora, por una tropa cansada, disgustada, alucinada y conturbada por las noticias recibidas en la mañana de ese día. Fue la suya la misma versión de Suárez, muy antiboliviana. Seguramente ambos exageraron al considerar como un plan lo que fue efecto del desgobierno.

Pero las consecuencias de esta jornada -cañoneo en las alturas, dispersión en la planicie- fueron trascendentales. El ejército de Tarapacá quedó grandemente reducido, no por las bajas (calculados en 220 muertos y 76 heridos), sino por la dispersión de todas las fuerzas bolivianas (cuyo número ascendió según se ha anotado, apoco más de 3.000) y de algunas unidades peruanas. Los chilenos tuvieron, según Encina, 60 muertos y 148 heridos, casi el doble de las bajas confesadas.

Los vencedores no hicieron prisioneros y permanecieron en sus mismas posiciones. Ni ellos ni el general Escala que llegó esa misma tarde precedido, según cuenta José Francisco Vergara en sus memorias, del "estandarte de la Virgen del Carmen", (su división de 3.000 hombres se hizo presente en la noche) tuvieron sospechas de la magnitud del triunfo. Hasta la mañana siguiente lo creyeron un reconocimiento. Cuerpos de infantería chilenos descansados hubieran podido lanzarse a la carga después de la batalla, en vez de quedar retenidos en torno al cerro y (según testimonios de esta nacionalidad) deshacer a los restos del ejército aliado. Los mismos aseveran que, después de haber tomado el mando el general Escala, ni él ni el coronel Sotomayor, al divisar la columna de polvo que marcaba la retirada del enemigo por el desierto, supieron lanzar la caballería para exterminarlo o rendirlo Sin haberlo esperado, se encontraron conque tenían en su poder heridos y armamentos peruanos y bolivianos. Vergara dice: "Habíamos obtenido una victoria sin saberlo y sólo porque Dios lo había querido."

Singular interés ostenta, en relación con la batalla de San Francisco, la exposición que publicó el general Manuel Velarde, en El Comercio del 9 de diciembre, de 1884. Este jefe se retiró del lugar del combate, y acusó a Buendía. Lo mismo hizo en otro manifiesto, el general Pedro Bustamante (la Patria, 19 de enero de 1880).

APRECIACIÓN SOBRE SAN FRANCISCO.

Antes de que se librara la batalla de San Francisco, pareció que, a pesar de las circunstancias adversas, para los peruanos y bolivianos, las tropas invasoras podían ser destrozadas. Al dividirse ellas en tres núcleos, en San Francisco, Jaspampa y Hospicio, hubieran tenido que afrontar ataques sucesivos. Si Daza se une a Buendía o concierta sus operaciones con él, habría aumentado la fuerza y elevádose la moral de los jefes, oficiales y soldados aliados. Aun después de quedar sólo Buendía, si este general organiza y comanda adecuadamente sus fuerzas, la fortuna le hubiese sido acaso propicia, pues los chilenos no lo esperaban. Castilla triunfó muchas veces bajo condiciones mucho más adversas. Todo el, curso de la invasión en el sur del territorio peruano habría sufrido un cambio trascendental si no hay deslealtad en el aliado que suscitó la guerra y si no surgen en seguida la precipitación y el atolondramiento en las fuerzas que habían caminado desde Iquique. San Francisco no fue una batalla donde la victoria pareciera sonreír durante unos instantes a los combatientes peruanos, como ocurriera luego tanto en Tacna como en Miraflores y hasta en Huamachuco; pero antes de que se disparara el primer tiro, de ella, en ese lugar y entre esos hombres estuvo, teóricamente, la mejor oportunidad para arrollar al adversario.

Sin embargo lo que en realidad sucedió, fue un desastre. Pero cabe pensar que bien pudo haber sobrevenido algo peor, a causa de la anarquía, la excitación y la incertidumbre reinantes. Por ejemplo, que el ejército peruano cayera prisionero sin combatir; suponiendo el brusco surgimiento de un fenómeno de desbande en las tropas bolivianas ante la noticia de la retirada de Daza con un proceso de contagio parcial en las filas peruanas, o una lucha cruenta entre los aliados, o algún otro estigma similar, del que fue redimido aquel ejército, por la sangre de los héroes de San Francisco. Producida la derrota, los vencidos (no hay que olvidarlo tampoco) hubieran podido ser aniquilados inmediatamente después si los vencedores bajan de sus posiciones en las alturas.

En la catástrofe de esta batalla se escucha como un eco de la pérdida de la Independencia; así como, en cierto modo, hay algo del Huáscar en Tarapacá y en Arica.

Los gritos de: ¡Al cerro! ¡Al cerro! ¡Alos cañones! ¡A los cañones! resuenan con un acento patético en la historia peruana. Se enlazan con las vociferaciones de las muchedumbres que salieron a las calles en abril de 1879 para pedir la guerra y con el sacrificio de todos los que, a lo largo de la contienda, fueron, pocos y casi inermes, a enfrentarse a muchos y bien armados. Aparecen como el símbolo de la lucha de la Improvisación con la Organización.

RETIRADA DEL EJÉRCITO PERUANO A TARAPACÁ. CAPTURA DE IQUIQUE.

En la noche del 19 los peruanos se retiraron hacia Tiliviche, sin restablecer sus fuerzas agotadas por el hambre, la sed, el cansancio y el insomnio. Habían estado caminando por el arenal desde el 16, habían combatido extenuados el 19 y ahora volvieron a emprender la marcha, sin mapas de la región y sin brújulas, confiados en guías inexpertos que se "empamparon", o sea perdieron el camino por la densa niebla, girando hasta seis veces en un mismo círculo y atravesando otras tantas la línea férrea de Pisagua, muy cerca de los chilenos. Después de seis horas, tuvieron que hacer alto hasta la madrugada y entonces, al encontrarse en el camino de Tarapacá, se decidieron a seguirlo. En la oscuridad y en la confusión de la noche se perdieron las cargas del parque y casi todos los elementos que necesitaban acémilas.

El hecho solo de que se mantuviera compacto este ejército parece un milagro. Se hallaba sin recursos, sin abrigo con qué defenderse del violento frío nocturno, sin agua frente a los calores del día, sin zapatos. Si grandes habían sido los sufrimientos en la marcha de Iquique a San Francisco, peores resultaron ellos ahora, contando con menos elementos de movilidad y aprovisionamiento. Los chilenos se apoderaron pacíficamente, el 23 de noviembre, del puerto de Iquique entregado por el cuerpo consular y los bomberos y en donde quedaron los prisioneros de la Esmeralda. La guarnición de ese puerto, compuesta de una división de la que formaban parte entusiastas civiles armados al mando del coronel José Miguel de los Ríos partió a reforzar al ejército de Tarapacá al que llevó municiones que harto necesitaba. Este, en su marcha de treinta millas por la pampa, había tenido que dejar tras de sí los cañones que se atascaron en la arena. Tampoco contaba con caballería. Sus fuerzas eran, pues, de infantería, generalmente de raza indígena, hombres oriundos, por lo tanto, de clima muy distinto; pero a pesar de todo capaces de estólida resistencia frente al hambre, la fatiga y la sed. En el improvisado campamento de Tarapacá las municiones escaseaban tanto como los víveres. Habían allí 4.270 hombres.

La aldea de Tarapacá estaba situada al pie de la cordillera, en el fondo de una quebrada de 300 a 400 metros de ancho, dominada por elevados cerros cortados casi a pique y cuyos descensos hasta los más accesibles podían ser ventajosamente defendidos por quienes dominaran las alturas. Los bolivianos la habían saqueado en su retirada y las casas estaban desiertas.

BATALLA DE TARAPACÁ

La vanguardia al mando del coronel Justo Pastor Dávila y la primera división con el coronel Alejandro Herrera (formada por los batallones Cazadores del Cuzco y Cazadores de la Guardia) marcharon el 26 de noviembre de Tarapacá al punto llamado Pachica distante tres leguas, en vista de las estrecheces encontradas en la aldea. Quedaron allí la división mandada por Andrés A. Cáceres compuesta de dos batallones llamados Dos de Mayo y Zepita, cuya tropa era oriunda del Cuzco y Ayacucho; la división de Francisco Bolognesi con los batallones Guardias de Arequipa y 4° Ayacucho, los restos de la división de exploradores y la división llegada de Iquique de la que formaba parte la columna Loa compuesta por obreros bolivianos de las salitreras, más lo que quedaba de los artilleros con su comandante general, coronel Emilio Castañón, desprovistos de sus armas.

El general Escala, después de vacilar durante algunos días, despachó fuerzas cuidadosamente seleccionadas contra el enemigo en retirada, con el propósito de interceptarlo y dispersarlo. Las mandaba el general Luis Arteaga a quien acompañaba el teniente coronel José Francisco Vergara. Eran más de 2.500 hombres de infantería seleccionados, 150 de caballería y 150 de artillería con diez cañones de campaña de largo alcance entre los que había seis piezas Krupp de montaña. La infantería estaba bajo las órdenes del comandante Eleuterio Ramírez. Los soldados llevaban sus morrales repletos de municiones y tanto en ellos como en sus jefes bullía un ánimo ansioso y alegre como si se dirigieran a una fiesta.

Situado en las alturas que dominan el pueblo, el ejército chileno intentó copar y exterminar a los peruanos allí reunidos. Contaba no sólo con su propia fuerza sino, además con la sorpresa de su embestida, con los efectos de la batalla de San Francisco sobre los peruanos y con la desfavorable situación de ellos, sumidos como estaban en un "ataúd de piedra".

Para atacar se agrupó en tres divisiones. A la derecha, a cargo de Eleuterio Ramírez, correspondió atacar de frente; la izquierda, teniendo como jefe al teniente coronel Ricardo Santa Cruz, debía cortar la retirada; al centro, cuya responsabilidad asumió el mismo Arteaga, se le encomendó la misión de descender sobre Tarapacá y atacar de flanco. Un espía, antiguo minero, había dado informes detallados sobre la situación del adversario.

A eso de las 8 de la mañana del 27 de noviembre llegó al campamento peruano la noticia del avance de los chilenos en considerable número. Se tocó llamada y aún no estaba formada la tropa cuando aparecieron por las alturas algunos jinetes haciendo señas para que fueran a su encuentro. El Zepita y el Dos de Mayo, bajo las órdenes de Cáceres, comenzaron a las ocho y media de la mañana a trepar en dirección a la cumbre de la quebrada y se enfrentaron a la división de Santa Cruz.

Otra división, encomendada a Francisco Bolognesi, fue destinada a proteger al lado contrario. Buendía y Suárez quedaron para resistir el ataque sobre la aldea de Tarapacá. Los cuzqueños y ayacuchanos del Zepita y del Dos de Mayo llegaron a la cumbre en media hora y allí prosiguieron la lucha en la que murieron el teniente coronel Juan Bautista Zubiaga, pariente de la Mariscala y el coronel Manuel Suárez, también cuzqueño, relacionado con el famoso hombre de Estado Juan Manuel del Mar. En vano Santa Cruz resistió cuanto pudo y en vano acudió en su auxilio la división del centro con Arteaga. Tuvieron que retirarse, a pesar de haber contado con cuatro cañones Krupp y cuatro ametralladoras que fueron capturados por los peruanos.

No sólo escaló la cima del cerro la división Cáceres. No sólo combatió en la cima que presentaba la extensión de una pampa ocupada en sus diferentes puntos por el adversario favorecido por la artillería. Resistió cuando éste llegó a ser reforzado por la caballería y dos columnas de infantería y cuando se le agotaron las municiones. Se proveyó de armas y pertrechos enemigos. Emprendió otro ataque y consiguió hacerlos retroceder hasta gran distancia. En este empuje Cáceres estuvo acompañado por la guardia nacional de Iquique encabezada por el coronel Alfonso Ugarte y por la columna naval, compuesta por marinos. Con nuevos refuerzos comandados por Belisario Suárez la victoria se hizo completa. Los dos últimos cañones tomados fueron puestos en condición de disparar y llegaron a lanzar varios tiros.

Bolognesi (que estaba en cama enfermo y se levantó de ella para combatir) había recibido la orden de tomar, con su decisión, las alturas opuestas a las que ocupaba el enemigo al empezar la lucha. Trabó lucha con tropas que avanzaban por ese sector y se posesionaron de casas, tapias y matorrales. Cuando se prendió fuego a unas habitaciones, Salieron los enemigos de sus atrincheramientos en fuga. Fue allí cuando el soldado Mariano de los Santos, oriundo de Urcos, arrancó con sus manos la bandera del 2° de línea. Pertenecía Santos a la primera compañía de Guardias de Arequipa. A las 3 y 30 de la tarde Bolognesi contramarchaba hacia la población y recibía la orden de ir a las alturas que la dominan. En ella también se combatió sin tregua.

Cuando la lucha todavía proseguía llegaron las tropas de la vanguardia peruana y la primera división que eran unos 1.400 hombres que estaban en Pachica y a la que se había mandado avisar. Entre ellos estaban los batallones de cabitos. Este refuerzo ratificó la victoria. Arteaga ordenó la retirada general.

El fuego ceso más o menos a las 5 y media de la tarde.

Se había peleado durante cerca de nueve horas. Los peruanos reconocieron en sus documentos oficiales haber tenido 236 muertos, 261 heridos y 76 dispersos y orgullosos contaron cuatro cañones y cuatro obuses capturados, un estandarte, varias banderas y alrededor de 60 prisioneros, entre ellos una cantinera. Habían combatido a base del esfuerzo personal y habían hecho fuego en la etapa final de la batalla con armas y municiones de los muertos y heridos enemigos. Entre las bajas chilenas (calculadas en 516 muertos y 176 heridos según fuentes de ese origen) estaban los dos primeros jefes del 2° de línea Eleuterio Ramírez y Bartolomé Vivar. A raíz de la derrota, Vergara se retiró del ejército y de la guerra.

Salvó a los heridos la falta de caballería y la escasez de municiones de los peruanos.

EL SIGNIFICADO DE TARAPACÁ.

Acerca del significado que tuvo la batalla, habla con elocuencia la orden general que dos días después publicó el Estado Mayor. Dice así: "Art. 1° su señoría, el general de división y jefe del ejército aprovecha este día en que lo permite el descanso, para tributar a las fuerzas de su mando el aplauso y la acción de gradas que la nación y él mismo les deben por su brillante comportamiento en la batalla del 27 próximo pasado noviembre y no puede menos que recordar, para que quede consignada entre las más honrosas páginas de nuestra historia militar, que después de un movimiento penosísimo, faltos de todo recurso, solo con columnas de infantería, los valientes que componen las seis divisiones han arrojado un ejército de las tres armas de inexpugnables posiciones, quitándole su artillería, dispersando sus escuadrones y obligándole a emprender una fuga desastrosa. Espera su Señoría que este acto de justicia sirva al ejército, no de estímulo porque no ha de menester otro que su honor, su patriotismo y su valor probado, sino de testimonio de que el país y los jefes superiores no son indiferentes a sus méritos.

En efecto, el gran héroe de Tarapacá fue el soldado peruano anónimo. En los nichos y placas murales de la cripta erigida en el cementerio de Lima lo representan el corneta Mariano Mamani y el soldado Manuel Condori. Dice una relación de la época: "Sorprendido por el enemigo cuando menos lo esperaba, casi encerrado en un foso sin salida y cuando por excepcionales circunstancias del momento, así materiales como morales, debía encontrarse tan débil de ánimo como de cuerpo, supo (el soldado) no solamente salir del foso para ponerse frente al enemigo que lo dominaba y fusilaba a discreción, sino también combatir valerosamente durante largas horas y conseguir una victoria tan espléndida como inesperada. Para obtener todo aquello no pudo contar más que con su valor personal sostenido apenas por el ejemplo y la voz de un pequeño número de buenos oficiales. Sin artillería y sin caballería de que el enemigo estaba abundantemente provisto, sin plan de batalla y sin hallarse confortado por alimentos buenos y suficientes habiendo sido sorprendido mientras se estaba preparando el mezquino rancho al cual estaba reducido desde algún tiempo el soldado peruano se adelantó intrépido y resuelto contra el enemigo, lo fue a buscar hasta dentro de sus mismas posiciones que estaban defendidas por diez buenos cañones y por las bien aprovechadas asperezas del suelo; y luchando cuerpo a cuerpo en un encarnizado combate varias veces suspendido para tomar aliento y volverlo a empeñar cada vez con vigor siempre creciente le tomó sus cañones y sus banderas lo desalojó de sus posiciones y lo hizo retroceder varias millas en completa derrota".

Muchos fueron los que se distinguieron en esta batalla, empezando por el Jefe de Estado mayor, Coronel Belisario Suárez. La Segunda División, al mando de Cáceres, inició el ataque, el "batallón Zepita tomó varios cañones y otros el Dos de Mayo, murieron, como queda dicho, el primer jefe del Zepita, coronel Manuel Suárez y el segundo del Dos de Mayo, teniente coronel Juan Bautista Zubiaga. Otro de los muertos fue José Miguel de los Ríos, natural de Lampa, que había tenido a su orden a la división que se retiró desde Iquique a Tarapacá y llegó a ese pueblo el 26 de noviembre; Ríos fue herido varias veces y siguió en el combate y murió. Mandaba la tercera división el coronel Francisco Bolognesi; de esta división formaba parte el batallón Guardias de Arequipa, uno de cuyos soldados, Mariano de los Santos, capturó como se ha referido el estandarte enemigo del 2° de línea. Así como el Zepita y el Dos de Mayo lucharon contra la artillería los guardias nacionales de Iquique y los bolivianos de la columna Loa dispersaron la caballería. Cuando ayudaba a la división Cáceres, fue herido en la cabeza el jefe del batallón N° 1, el acaudalado joven tarapaqueño Alfonso Ugarte; y continuó, no obstante, alentando a su tropa. En brazos de su hermano Andrés, murió el capitán Juan Cáceres. El teniente coronel Isaac Recavarren, el defensor de Pisagua, jefe de Estado Mayor de la 2a División, estuvo en muchas partes del combate y quedó herido en una mano.

Las tropas peruanas hicieron uso, como ya se anotó, de las armas y de las municiones tomadas al enemigo sobre su propio campo y muchas veces la lucha fue cuerpo a cuerpo y en ella también fue suya la victoria.

LA RETIRADA HACIA ARICA.

Pero la victoria táctica no cambió los resultados estratégicos de la campaña de Tarapacá. El aislamiento y las penurias en que los soldados peruanos se debatían y la superioridad en el número y en el equipo de las fuerzas descansadas que podían marchar contra ellos, impusieron fatalmente la realización del plan de dirigirse a Arica. Los vencedores del 27 de noviembre emprendieron su retirada a Pachica aquella misma noche sin haber probado alimentos ni tenido descanso dejando numerosas armas y municiones. Los ocho cañones y obuses enemigos fueron enterrados bajo la arena. También quedaron abandonados numerosos heridos. Otros de ellos acompañaron a sus camaradas yendo a pie.

Agotadoras habían sido las caminatas de Iquique a San Francisco y de San Francisco a Tarapacá. Estas nuevas jornadas fueron, sin embargo peores. Veintidós pavorosos días duró la marcha sin descanso, en busca de las rutas más alejadas de la costa y más inaccesibles al enemigo, empeñado al principio en una tarea de persecución. Cuestas arriba y cuestas abajo, sobre arena y riscos, durante el día bajo el calor implacable del sol que incendiaba la atmósfera y durante la noche en medio de un intenso frío, en el que hasta las estrellas parecían tiritar, casi sin comida, con poquísimas municiones pues no hubieran podido sostener más de cinco minutos de fuego, casi descalzos los soldados oficiales y jefes, vestidos algunos con los andrajos de los uniformes con que salieron de Lima y otros con calzado y uniformes chilenos, el cuadro que ofrecía aquel ejército resultaba todavía más impresionante ante el espectáculo de las mujeres, los niños y los viejos de las familias que con él iba y de los prisioneros incorporados al mismo cortejo. Las aldeas a donde llegaron estaban desiertas y los dispersos dé San Francisco se habían llevado de ellas lo que pudieron. Para muchos; sólo era posible que hubiese llegado a Arica un puñado de fugitivos. El 17 de diciembre acamparon, sin embargo, a tres leguas de ese puerto, 3.416 hombres con sólo 72 bajas. Al siguiente día, en la mañana, desfilaron ante las tropas allí acantonadas, agrupados por batallones y ordenados éstos en la división exploradora, la división vanguardia y cuatro divisiones más. Habían demostrado a lo largo de su recorrido de más de cien leguas, en dieciséis jornadas, más valor y espíritu de sacrificio que los necesarios para una encarnizada batalla. Dejaban la rica región de Tarapacá íntegra en poder de Chile.

Al entrar en Arica se puso a la cabeza de ese ejército el general Juan Buendía con sus edecanes y el jefe del Estado Mayor, coronel Belisario Suárez. El contralmirante Montero, con su jefe de Estado Mayor y sus ayudantes se adelantó e hizo que se mostrase a Buendía el oficio por el cual constaba su sometimiento a juicio y, por consiguiente, su separación del cargo que había ocupado. Buendía intentó negarse al cumplimiento de tan severa disposición hasta después que hubiesen desfilado sus soldados en el puerto; pero Montero tomó una actitud enérgica y le hizo entregar el mando y su espada. El ejército de Tarapacá recorrió las calles bajo las órdenes del coronel José de La Torre.

Además de estas fuerzas se presentaron en Arica, de los dispersos, 634 hombres.

LA ACUSACIÓN CONTRA BUENDÍA Y SUÁREZ.

En el juicio entonces iniciado, el coronel Pedro P. Nieto, que ejerció las funciones de juez fiscal, acusó a Buendía como causante de la perdida de la batalla de San Francisco por las siguientes razones: 1° No haber acordado en junta de guerra el modo y manera de atacar al enemigo; 2° No haber practicado un reconocimiento previo; 3° Haber tenido en esos momentos a la tropa sin comer, descansar ni dormir y haber omitido el estudio militar de la localidad; 4° No haber acordado un punto de reconcentración para el caso de retirada; 5° Haber abandonado el campo de batalla.

A Suárez lo hizo responsable de las mismas faltas y de haber emprendido la retirada en desorden con pérdida de gran parte del equipo.

La acusación comprendió también a los comandantes generales y otros jefes cuyos nombres especificó. El proceso no llegó a ser terminado.

EL ASCENSO DE MARIANO DE LOS SANTOS.

En una ceremonia celebrada en la puerta de la iglesia de San Marcos de Arica, el contralmirante Montero ascendió el 31 de enero de 1880 al guardia Mariano de los Santos por su hazaña al apoderarse del estandarte del regimiento chileno 2° de línea, en la batalla de Tarapacá. El estandarte quedó en dicha iglesia; pero luego fue llevado a la de Tacna. Allí lo encontraron los chilenos. Fue devuelto a su regimiento en una ceremonia que se efectuó en Lurín el 21 de enero de 1881.