Ver en formato PDFIV. LAS CRÍTICAS A PRADO.

Según Prado en su manifiesto de Nueva York firmado en agosto de 1880, la dirección por él impartida a la guerra, en sus primeros meses, que dio lugar a la organización y a la reunión de las tropas en el sur así como a la campaña naval, fue recibida generalmente con beneplácito. Pero agrega: "Los méritos adquiridos hasta entonces desaparecieron ante la pérdida del Huáscar. Era necesario tener un don sobrenatural para batallar sin descanso y vencer siempre en la lucha imposible de un débil buque contra otros de gran poder. Los cargos más torpes, las versiones más ridículas encontraban cabida en el ánimo acongojado del patriotismo y hasta los hombres sensatos, extraviados por la intensidad de su dolor, cedían a la maléfica influencia de los eternos, explotadores de las desgracias públicas.

Dice a continuación que dos días antes del desastre de Pisagua fueron tomadas disposiciones y antes del de San Francisco se ordenó la batalla; por su parte, afirma, "hice cuanto me correspondía para prevenirlos y evitarlos" (los desastres).

Acusado de permanecer constantemente en Arica, se defiende porque ese puerto era el cuartel general del ejército aliado; porque tenía una situación central, apropiada y expedita para la comunicación, las disposiciones, las medidas y los movimientos que debía adoptar como Director de la guerra; porque siendo el único punto fortificado del sur, era el único al que podían arribar los buques peruanos; y porque era preciso cuidar las relaciones con el ejército boliviano y con Daza.

No fue a lquique (sigue explicando) como resultado del hecho de que en Iquique se hallaba el general en jefe y en Arica otro ejército a cuya cabeza estaba él. Se ignoraba por dónde iba a venir el enemigo y toda la zona del sur encontrábase amenazada. Por otra parte (según su punto de vista) "la misión del Director de la guerra era combinar las operaciones y dirigirlas desde el lugar más apropiado no pudiendo a la vez estar en todas partes, ni emprender marchas ni contramarchas que hubieran trastornado todos nuestros planes quitándoles su centro de acción. Además, es público y notorio que sufro hace años una enfermedad que me impide viajar a pie y a caballo y que a pesar de ella, resolví ir a Tarapacá del único modo que podía hacerlo, esto es por mar, para desembarcar en alguna caleta, pero no fue posible porque la unión no estaba en Arica y ningún capitán de buque neutral convino en llevarme". Todo lo afirmado aquí podría ser analizado cuidadosamente; pero lo que, a primera vista parece evidente es que, si quiso hacer uso de la Unión, bien pudo hacer que viajara a Arica.

El regreso a Lima después del desastre de la campaña de Tarapacá fue otro de los cargos hechos contra Prado. Según él, en el manifiesto citado, hubo comisiones de Lima que reiteradamente se lo pidieron. "Me vi obligado a ceder (agrega) por la especialísima circunstancia de la grave enfermedad del general La Puerta, cuya muerte se temía de un momento a otro. Comprendiendo entonces, por todo lo que se me comunicaba, que este deplorable acontecimiento podía ocasionar un cataclismo si no me encontraba oportunamente en la capital, resolví y ejecuté mi marcha, tan sólo para atender a las mayores y más urgentes necesidades del servicio. Una vez en Lima, me fue satisfactorio ver que no corría peligro la vida del general La Puerta; sentí infinito haber dejado a Arica y tanto más lo sentí cuanto que no pude organizar un nuevo gabinete, por cuya falta estuvo el gobierno en acefalía durante cuatro días".

Fue entonces cuando, después de ratificar en sus funciones a los ministros que habían actuado antes, decidió salir del país.

VIAJE DE PRADO.

"Cuando el Presidente Prado a su regreso de Arica (escribe Don José María Químper en su manifiesto) tuvo conocimiento de los recursos con que el país contaba, de los encargos hechos y de los elementos de todo orden que tenía preparados fue irresistible su deseo de marchar personalmente a Europa y Estados Unidos para acelerar con su presencia y con su acción inmediata la remisión de armamentos y la adquisición de una escuadra. Me opuse a ese deseo aduciendo razones que es inútil repetir; pero como el general Prado tuviese en su apoyo a la mayoría de los miembros del gabinete, el deseo se convirtió bien pronto en una resolución tomada. Indudablemente era nobilísimo el móvil que indujo al general Prado a ausentarse del Perú; pero no fue, a mi juicio, político ni conveniente dejar el país en aquellos momentos".

El decreto dado el 18 de diciembre y refrendado por Prado y sus ministros La Cotera, Elguera, Quiroga y Químper expresó en su parte considerativa que el Presidente estaba autorizado para salir del Perú por la resolución legislativa de 9 de mayo de 1879 y que asuntos muy importantes y urgentes demandaban su presencia en el extranjero; y, asimismo, que "es mi deber y es mi deseo hacer cuanto pueda, en favor del país". En la parte resolutiva encargó de la Presidencia de la República al Vice-Presidente conforme a la Constitución.

En una breve proclama dirigida a la Nación y al ejército, Prado habló de los "grandes intereses de la Patria" que exigían su partida. "Muy grandes y muy poderosos son, en efecto (proseguía diciendo) los motivos que me inducen a tomar esta resolución. Respetadla que algún derecho tiene para exigirlo así el hombre que, como yo, sirve al país con buena voluntad y completa abnegación". A los soldados les decía que si las armas peruanas sufrieron parciales desastres en los primeros días de noviembre, el 27 se cubrieron de gloria en Tarapacá. "Seguro estoy (agregaba) de que en cualesquiera circunstancia imitaréis el ejemplo de vuestros compañeros del Sur". Terminaba pidiendo cooperación para el Vice-Presidente y dando la seguridad de que regresaría oportunamente. "Tened fe en vuestro compatriota y amigo", eran sus últimas palabras.

La Puerta dio un decreto en el que asumió la Presidencia de la República (18 de diciembre).

La salida del barco inglés Paita fue demorada de las 10 de la mañana a las 3 de la tarde para que pudiese embarcarse Prado. Se dirigió él al Callao en compañía de los ministros La Cotera y Quiroga y utilizó una falúa oficial con esos ministros, el comandante general de marina, el capitán de puerto y un comandante de buque. Al despedirse de su séquito encargó que se dijese a los marinos que pronto tendrían agradables noticias de él. Lo acompañaron como ayudantes José Gálvez Moreno, Jorge Tezanos Pinto y Celso Zuleta.

VIAJE DE PRADO.

En una carta a bordo del Paita fechada en Guayaquil el 22 de diciembre de 1879 que se publicó en El Comercio del 28 diciembre y en otros documentos, Prado defendió su actitud.

Por las últimas comunicaciones de Europa vio (dice en esa carta) con sentimiento que, debido en gran parte a competencias y rivalidades de los comisionados peruanos, no se podía avanzar en la adquisición de los barcos que tanto necesitaba el país. Ello motivó (agrega) su decisión de viajar. "Para ello (afirma textualmente) tuve en cuenta las siguientes consideraciones: 1°) Que mi presencia allí y lo que tenía que hacer no era tan esencial que no pudiera ser reemplazado por el Vice-Presidente, al paso que mi venida era la de mayor importancia porque lo que no hiciera yo no lo haría ningún otro. 2°) Que no debía omitir esfuerzo ni sacrificio alguno para conseguir los elementos que necesitamos, mucho más no habiéndose conseguido hasta hoy y pudiendo acaso conseguirlos yo, usando de mi alta representación, plenas facultades y relaciones personales. 3°) La oportunidad de poder reunir las personas y recursos para subordinarlos todos a mi voluntad a fin de alcanzar el objetivo que me propongo. 4°) La de que con mi venida nada se arriesgaba ni perdía gran cosa siendo así que ella podría proporcionarnos lo que hace tiempo buscamos, para contrarrestar y vencer al enemigo". La urgencia de entregar a los acreedores el guano y el salitre antes de que los chilenos se apoderasen de ellos y los explotaran hacía, en su concepto, perentoria la necesidad de su viaje. En seguida explica la reserva que dio a su decisión para no caer en manos del enemigo y "para evitar discusiones y opiniones cuyo resultado, en la excitación en que los ánimos se encuentran, hubiera podido contrariar mi marcha y originar bullas y escándalos".

LAS ENTREVISTAS DE PRADO EN EL "HERALD" DE NUEVA YORK.

Al llegar Prado a Nueva York en el barco Andes junto con José Gálvez Moreno, Celso Zuleta y Jorge Tezanos Pinto, supo la noticia de la sublevación de Lima por un ejemplar del diario Herald que le llevó el piloto del buque. Recibieron al Presidente depuesto varios amigos entre los que estaba William R. Grace. Un redactor del Herald lo entrevistó. Afirmó que no había creído posible la noticia de su derrocamiento. Insistió, sin embargo en el ambiente de vacío ante su régimen evidenciado en la negativa de los políticos más prominentes para cooperar con él. Explicó el motivo de su viaje en la necesidad de efectuar importantes arreglos financieros para proseguir la guerra. Se negó a entrar en comentarios sobre su sucesor y sobre el gabinete por él formado diciendo que no haría nada que disminuyera las probabilidades de victoria. Reveló, sin embargo, que había ofrecido a Piérola la presidencia del ministerio sin que ella fuera aceptada; y que Piérola le había aconsejado proclamarse dictador, a lo cual se había negado porque sus métodos eran constitucionales. Atribuyó las victorias de los chilenos a la superioridad de su escuadra y expresó la opinión de que la batalla de San Francisco habría sido una gran victoria de los aliados si no se hubieran retirado las tropas bolivianas.

Días después, en una segunda entrevista al Herald, Prado negó la versión de que era un fugitivo. Para refutarla dio como argumento que, en ese caso, no se hubiese quedado su familia en Lima.

Preguntado sobre los duros calificativos dados por el diario El Comercio de esa ciudad a su viaje expresó su convicción de que más tarde se arrepentirían sus editores de ello cuando hubiesen reflexionado suficientemente. En cuanto a los de La Patria se limitó a comentar que se trataba del órgano periodístico de Piérola. Se esforzó en explicar que el Congreso le había autorizado para salir del país y que había hecho uso de ese permiso cuando lo creyó oportuno. Negó que la sublevación fuera inminente en vísperas de su partida pues, según él, el ejército la hubiera contenido. Se declaró pobre afirmando que no era propietario ni de una hacienda en el país. Nuevamente se negó a opinar sobre el nuevo gobierno.

EL MANIFIESTO DE PRADO DESDE NUEVA YORK EN JUNIO DE 1880.

Sin embargo, con fecha 26 de junio de 1880 Prado firmó en Nueva York un manifiesto para refutar el tremendo decreto expedido por Piérola contra él e insertar documentos que, en su opinión, justificaban su conducta. El texto fue muy breve. "Salí del Perú (afirmó allí) en importantísima y patriótica misión, para regresar inmediatamente después de satisfacer las necesidades más apremiantes de la guerra, para obtener y proporcionar los elementos que indispensable y urgentemente necesitábamos, para llevar a buen término combinaciones y arreglos que sólo personalmente podía realizar. Salí del Perú cumpliendo con todos los deberes que la ley me imponía, con la correspondiente autorización del Congreso nacional, con la aprobación unánime del Consejo de Ministros dejando organizado y constituido el gobierno en la forma que prescribe la Carta fundamental. Salí del Perú en servicio de su propia causa, me embarqué públicamente en pleno día acompañado por los ministros de Estado, por las autoridades políticas y militares, etc., etc.". El propósito de Piérola al inculparlo era "satisfacer innobles y mezquinas pasiones e impedir de todos modos mi regreso a la patria por cuanto empieza ya la indignación pública a manifestarse contra él. Es lástima que este pobre hombre, juzgándome como a sí mismo, se engañe y no comprenda que si deseo regresar, es únicamente por servir a mi país en la actualidad".

EL MANIFIESTO DE PRADO DESDE NUEVA YORK EN AGOSTO DE 1880.

Mucho más extenso que el de junio fue el manifiesto de Prado en agosto de 1880. Allí hizo sobre los comienzos de la guerra, la campaña naval, la campaña de Tarapacá, su presencia en Arica y su viaje a Lima las consideraciones que ya han sido mencionadas. También disertó con amplitud acerca de la necesidad absoluta de devolverle su poderío naval al Perú y de hacer "una combinación que podía proporcionarnos recursos". "La situación expectante de la guerra en aquella época (agrega) me permitía ausentarme por breve plazo. Mi presencia en el extranjero concentraba y unificaba la acción de nuestros agentes. Mi alta investidura y las amplias facultades de que estaba investido, a más de infundir plena confianza a los negociantes, ofrecía la inapreciable ventaja de abreviar todos los trámites, de salvar todas las dificultades y de reformar o emprender nuevas combinaciones sin necesidad de aprobación ni consultas dilatorias". No puso su salida previamente en conocimiento del público (según afirmó) para no arriesgar ni la realización ni el éxito de un proyecto de tanta magnitud, para no excitar las pasiones e intereses de partido y para no caer prisionero como habría sucedido.

Rotundamente negó que hubiese tenido miedo al pueblo de Lima que no había hecho una sola manifestación contra él y al que en innumerables ocasiones dio libertad para reunirse durante su gobierno, expresando igualmente que no había sentido temor ante los chilenos porque le parecía improbable y muy aventurado que fueran a Lima. "No hay, pues, causa a que pueda atribuirse mi supuesta fuga; pero aun cuando la hubiese, no por eso se resolvería a huir un hombre de mi posición, sacrificando su nombre, su familia y todo su porvenir".

El resto del manifiesto estaba dedicado a atacar sañudamente a Piérola, a quien empezaba por considerar culpable de que Prado no hubiese comprado dos blindados superiores a los chilenos, para luego calificar en los términos más duros su actuación como ministro, como conspirador, como "traidor a mano armada contra el mismo gobierno a quien pidió servicio y contra la patria comprometida en guerra anterior" y, por último, como dictador.

LA CARTA DE PRADO A BARINAGA.

Poco antes de redactar este manifiesto, Prado dirigió, con fecha 10 de julio de 1880, una carta pública a Manuel A. Barinaga ministro de la dictadura. Allí desmintió, en primer lugar, la versión propalada (según él) tanto por Barinaga como por Miguel Iglesias, de que se había valido del gobierno argentino para que mediase con el de Chile, a fin de ajustar la paz. Negó, asimismo, que el Presidente de Chile, Aníbal Pinto, fuese su compadre ni su amigo, sosteniendo, por el contrario, que en las elecciones "mis simpatías, manifestadas hasta por la prensa, fueron a favor de don Benjamín Vicuña Mackenna". La otra rectificación en la carta aludía a la especie de que, después de haberse locupletado con la hacienda pública, había sacado del tesoro para su viaje 180.000 libras esterlinas. "Nunca tomé del tesoro (afirmaba categóricamente) un peso más de mi sueldo, ni especulé con el destino, ni hice con alguien arreglo, combinación o negocio alguno por el que reportase yo la más pequeña utilidad. Faculto a cualquiera a que me afronte lo contrario".

En los párrafos finales de esta carta hacía la predicción de que Piérola terminaría por firmar la paz, valiéndose de la farsa de aparentar que el pueblo la pedía y lo obligaba a ello. Este anuncio resultó infundado. TRES CARTAS DE PRADO A MONTERO.

El P. Rubén Vargas Ugarte ha publicado en el libro Guerra con Chile. Campaña del Sur (Lima, 1967) dedicado principalmente a la memoria del general Juan Buendía y a varios documentos más del mismo personaje entre otras, tres cartas de Prado a Montero fechadas en Lima en diciembre de 1879. Han sido tomadas del archivo Prado y su autenticidad es indudable.

En la primera (sin día señalado) cuenta primero, los ajetreos en relación con el ministerio y señala luego la escasez de elementos bélicos que ha encontrado, "Nuestros almacenes militares están completamente agotados", dice: "No tenemos armamentos; pero ya se ha pedido", agrega.

La segunda misiva, de 10 de diciembre, se ocupa de cosas administrativas.

La tercera presenta mucha importancia. Es de 18 de diciembre, día del viaje. "Desde mi arribo a esta capital (expresa) me he contraído a estudiar detenidamente nuestra verdadera situación desnudo de toda ilusión; y este estudio me ha dado el convencimiento de que en el estado en que hoy nos encontramos, la guerra con Chile tiene que ser muy larga a la vez que llena de dificultades y muy dispendiosa para nosotros; porque siendo ésta principalmente marítima, con sólo los elementos de tierra de que podemos disponer, llevamos sin duda la parte más pesada. Hay pues absoluta necesidad de proveerse, a todo trance, de elementos de mar, por lo menos de un poderoso blindado, capaz de hacer frente a la escuadra enemiga".

El segundo párrafo menciona la falta de recursos y "la inconcebible competencia entre los numerosos comisionados que se han enviado con tal fin", cuyas rivalidades y emulaciones apasionadas dañan los intereses del país.

"En tal situación (agrega) y después de pensar con madurez e impelido por un sentimiento altamente patriótico, he tomado la resolución de marchar hoy a Europa, en demanda de los mencionados elementos; y la he adoptado sin vacilar, aun a riesgo de que algunos espíritus ligeros y apasionados me increpen con este motivo, porque estoy convencido de que es el mayor servicio que en las presentes circunstancias puedo prestar a mi patria, a cuya conveniencia estoy decidido a sacrificarlo todo". Así parece decir que tomó su determinación solo, sin consejo de nadie.

Manifiesta, en seguida, que su presencia aquí no es indispensable; al paso que su viaje a Europa será, tiene fe en ello, de provechosos resultados. El envío de auxilios al ejército del sur puede hacerlo perfectamente y, quizás con menos embarazos, el gobierno que queda; y dicho ejército está encomendado a los jefes más distinguidos que tiene la nación.

"Voy (expresa luego) investido de poderes amplios, que me permitirán remover cualquier obstáculo para la pronta adquisición de los mencionados elementos marítimos, al mismo tiempo que para hacer con nuestros acreedores arreglos convenientes a fin de impedir que los chilenos exploten impunemente nuestras riquezas de Tarapacá".

Se despide "hasta dentro de cuatro meses a lo sumo".

Del texto de esta carta aparece claramente que la resolución de viajar a Europa la tomó "desde mi arribo a esta capital". El documento está destinado a poner el hecho en conocimiento de Montero y a explicar con detalles sus motivos. Vale la pena compararlo con el texto análogo de la carta de Guayaquil, si bien en ésta menciona como factor decisivo para su actitud "las últimas comunicaciones de Europa".

Que el viaje de Prado a Europa fue proyectado por él mismo y sólo después de su regreso a Lima, aparece también en el manifiesto de José María Químper, su ministro, ya citado antes. Conviene repetir las palabras textuales de Químper: "Cuando el Presidente Prado, a su regreso de Arica, tuvo conocimiento de los recursos con que el país contaba, de los encargos hechos y de los elementos de todo orden que tenía preparados, fue irresistible su deseo de marchar personalmente a Europa y Estados Unidos...".

APRECIACIÓN SOBRE EL VIAJE DE PRADO.

La historia independiente no puede menos que censurar el viaje de Prado. Si existieron la competencia y las rivalidades de los comisionados peruanos a las que él aludió en su carta de Guayaquil y en la de Montero, podían haber sido eliminadas destituyendo a los culpables y nombrando a una persona prestigiosa con plenos poderes. Esa persona no debía ser necesariamente el Presidente de la República y Director de la guerra. La ausencia del primer ciudadano del país cuando los ánimos estaban tan excitados como Prado lo reconocía en las cartas antedichas y en manifiesto de agosto de 1880, tenía que dar lugar precisamente, en un grado máximo a las "bullas y escándalos" por él mencionados. Prado recordaba acaso su viaje a Europa en 1876 cuando logró firmar el contrato Raphael; pero la situación era muy distinta. En 1876 ya las bases del acuerdo habían sido determinadas y, además, en esos momentos gozaba el país de paz interna y externa. La sorpresa ante su partida en 1879 tenía que estallar inevitablemente en expresiones de protesta de donde podían salir la anarquía y la guerra civil ante el enemigo robustecido y envalentonado por sus sucesivas victorias en mar y tierra. El hecho de que en la jefatura del Estado quedase un anciano enfermo y casi reblandecido agravaba la situación.

Cierto es que Prado se había convertido, como el mismo Herald de Nueva York expresó, en lo que en inglés se llama scapegoat, o sea una víctima expiatoria. Se le censuraba por que el país estaba perdiendo la guerra a la que él no había querido ir. Muchos lo creían culpable de que no hubieran llegado al Callao nuevos acorazados, de que se perdiese el Huáscar y de que con telegramas imperfectos y con mensajes intermitentes, no hubiera impedido la captura de Pisagua, la fuga de Daza, la dispersión de San Francisco, la retirada de Tarapacá. Lo probable hubiese sido que por las faltas y errores del pasado y las nuevamente exhibidas la campaña naval y la primera campaña terrestre hubieran tenido de todos modos, de un modo u otro, resultados adversos; pero las desilusiones de los entusiasmos patrióticos en muchos y las hirvientes pasiones políticas en algunos no profundizaban en las hondas y graves causas de esos desastres y los explicaban simplemente por los defectos o las fallas de un solo hombre que entonces era Prado y que más tarde fue, ante contrastes análogos, Piérola.

A Prado, abrumado por el ambiente del vacío que él mismo mencionó al redactor del Herald, le hubiera quedado una salida preferible a la que siguió: intentar en algún gesto dramático la unión nacional, luchar por ella y si sus esfuerzos no tenían resultado, dimitir. El Presidente Paul Krüger de Transvaal que se dirigió a Europa en noviembre de 1900 durante la guerra de los boers contra Inglaterra, en una actitud que alguien podría comparar con la de Prado, lo hizo sólo después de las derrotas finales de sus ejércitos, sin ser el supremo director de ellos; y si bien fue aclamado en las capitales de las grandes potencias de aquel continente, no recibió el auxilio esperado.

La versión de que Prado se llevó consigo el dinero destinado a la compra de nuevos barcos es calumniosa. Como se ha narrado ya, dichos fondos los llevó a Europa Julio Pflucker y Rico. Hacía tiempo que funcionaba en el Perú el sistema de los bancos y las traslaciones de fondos en gran cantidad del país al exterior o viceversa hacíanse por cheques y no mediante la movilización de los billetes o monedas en el equipaje de los viajeros. Los encargados de adquirir los elementos navales en Europa tenían a su disposición en esos momentos las cantidades que se habían reunido por suscripción popular o por decisión del Estado.

Como se ha visto ya, Prado se defendió en su carta a Barinaga, de la acusación de haber tomado indebidamente fondos del erario público en su viaje. La comisión investigadora y calificadora de créditos del Estado, nombrada por el gobierno de Iglesias por el decreto de 9 de diciembre de 1883, se propuso pedir cuenta de las sumas que durante la guerra con Chile hubieran recaudado, recibido o de algún modo manejado, dentro o fuera de la República, los empleados o comisionados del gobierno. La presidió Joaquín Torrico. El informe emitido por este señor el 30 de junio de 1884 es muy detallado. Abunda en apreciaciones adversas a Prado; pero aparece allí que éste sólo recibió al salir del Perú la cantidad de f 3.000 que le fueron entregadas para su viaje por orden del ministro de Hacienda José María Químper; pero encontró discrepancias en sus colegas de comisión, señores José María Andía y Francisco lriarte y hubo de actuar solo y al fin el expediente contra Químper se extravió. En todo caso, con la suma antedicha no podía ser comprado un barco y ella puede ser considerada, cualquiera que sea el juicio que se tenga sobre los detalles relacionados con la manera de efectuar este egreso, como una cantidad destinada a atender al sueldo o a los gastos del presidente del Perú, autorizado a salir del país por el Consejo de Ministros. Un historiador respetable, Markham, ha escrito: "El general Prado vio los desastres inevitables que eran inminentes y concibió la esperanza de evitarlos obteniendo ayuda en dinero o en material o como intervención, de Europa o Estados Unidos. No hay razón para suponer que estuvo impulsado por motivos menos valiosos. Pero nada puede excusar esta súbita deserción de su puesto".

ACTITUD DE PIÉROLA ANTE PRADO Y LA PUERTA.

Piérola había llegado a decir en su exposición de La Patria que, para evitar la transformación pública radical de abajo a arriba, no había omitido esfuerzo alguno "desde que se declaró la guerra, llegando últimamente, por puro deber patriótico hasta ir a recibir personalmente al señor Prado, esperando como espero aún, que éste llegase por fin a hacer lo que yo le he pedido con insistencia, lo que, o mucho me engañó, él mismo reconoce indispensable, lo que la salvación del país reclama".

De estas palabras se deduce primeramente que Piérola consideraba necesaria la dimisión de Prado, a la que debía agregarse además, de acuerdo con los conceptos por él vertidos y más atrás transcritos, de la La Puerta. Aparece, asimismo, que había aconsejado al Presidente esa actitud y no la de proclamarse dictador como dijo el Herald de Nueva York. En la búsqueda de una apreciación objetiva y serena (tan difícil por el dramatismo de estos acontecimientos, la emoción patriótica y las consideraciones políticas y personales de los peruanos que los juzgan hoy y los han juzgado antes) cabe considerar que Prado debió, en vez de optar por el viaje al extranjero en busca de elementos bélicos, hacer (como se ha indicado ya) un acto espectacular de búsqueda de la unión sagrada; y que Piérola, en otro plano debió tener en ese momento gravísimo el gesto de, por lo menos, intentar la unión nacional, un entendimiento con las fuerzas que no eran las suyas y aceptar la jefatura del gabinete con plena libertad de acción no lanzándose solo a la búsqueda de las responsabilidades del poder.

LA SUBLEVACIÓN DE ARGUEDAS.

Conocida la noticia del viaje de Prado se produjo instantáneamente una gran conmoción popular. Los periódicos de Lima lo condenaron; causó sensación el editorial de El Comercio del 19 de diciembre con una acerba censura al Presidente y una invitación a La Puerta para que dejara el paso a un "Nuevo Gobierno". El grito "Viva Piérola" resultó dominante en las calles. Los disturbios, iniciados el 18, se renovaron en la noche del 19 de diciembre.

El domingo 21 de diciembre, a las dos de la tarde, un ayudante del ministro de Guerra, La Cotera, transmitió al coronel Pablo Arguedas, que mandaba el batallón Ica, acuartelado en un costado de la Plaza de la Inquisición en el local llamado de Carceletas, la orden para que mandase dos compañías al Palacio de Gobierno. Arguedas se negó, aduciendo que carecía de fornituras. La Cotera mandó llamar a Arguedas y éste otra vez rehusó obedecer. Nuevas órdenes y nuevos desacatos antecedieron al despliegue de fuerzas en la Plaza de la Inquisición para intimar rendición a los voluntarios del lca. Las hostilidades comenzaron a las cinco de la tarde y se notó que eran más vivos los disparos de los atacados, comparados con los que hacían los atacantes. Un cañón de poco calibre fue colocado en una de las boca-calles de la plaza y el propio La Cotera llegó a dirigir las operaciones. Algunos de sus soldados, sin embargo, comenzaron a desertar para unirse a las fuerzas de Arguedas. Piérola salió con su batallón Guardia Peruana y La Cotera ante la noticia de su avance se dirigió a la Plaza de Armas. Hubo tiroteos por las calles por donde pasó La Guardia Peruana que avanzó hasta la Inquisición y puso en fuga a las tropas atacantes de Arguedas. En seguida, Piérola después de haber restablecido el orden, se dirigió a la Plazuela de San Juan de Dios. "En su tránsito (cuenta La Patria) se le opuso una columna de celadores. La Guardia Peruana avanzó. El jefe de esos celadores dio la orden de hacer fuego. Entonces el señor Piérola solo se lanzó sobre esas fuerzas, les increpó su conducta antipatriótica y les ordenó marchar a retaguardia de su batallón. Los celadores no hicieron fuego, obedecieron la orden del señor Piérola y siguieron la marcha de la Guardia Peruana". En total perecieron ese día unas sesenta personas.

PIÉROLA CONTRA LA DETERMINACIÓN DE ARGUEDAS.

Según la declaración del capitán Clodomiro Peña y Garay, Arguedas estaba ebrio y mandó a este oficial para que avisara a Piérola que se iba a sublevar porque "esto es insostenible". Piérola le contestó pidiéndole que no adoptase esta determinación (Archivo Piérola).

PROCLAMACIÓN DE LA DICTADURA.

En la madrugada del 22, Piérola con los batallones Guardia Peruana, Ica y la policía, a los que se unieron el de Cajamarca que mandaba Miguel Iglesias y otros cuerpos, con gran cantidad de pueblo, llegó al Callao y se apoderó de esa plaza.

Lima se adhirió al nuevo orden de cosas y se produjeron entusiastas manifestaciones populares. En la casa consistorial se firmó un acta para "elevar a la suprema magistratura" al caudillo rebelde: la primera firma fue la de Guillermo Seoane, alcalde de la ciudad. Piérola "aceptó" el carácter y las facultades de que había sido investido bajo la denominación de "Jefe Supremo de la República" (23 de diciembre).

Desde uno de los balcones de Palacio en la calle Desamparados dijo el caudillo: "No soy sino el medio por el cual el país manifiesta su deseo que es el de vengar la honra de la República. No tenemos elementos marítimos ni terrestres pero tenemos todo porque tenemos la ambición santa que guía al patriotismo de los peruanos en su único deseo. El país me lo ha dado todo, otorgándome también el derecho de exigirlo todo del pueblo".

Poco antes, en el documento donde expresara sus convicciones frente a la crisis ministerial anterior al viaje de Prado, había dicho: "Para un pueblo que tiene la fe y resolución de salvarse no hay jamás situación que pueda llamarse desesperada. Creo que la nuestra dista mucho de serlo, pero aun cuando lo fuese los hombres de corazón sólo sucumben luchando".

Una tradición difundida oralmente contaba que en una de las ceremonias de repartición de premios del Seminario de Santo Toribio, monseñor José Ambrosio Huerta sorprendió al auditorio con la siguiente declaración: "La medalla de oro ha correspondido en el presente año a Nicolás de Piérola; pero no se la entregamos porque es demasiado vanidoso". Podrá ser o no cierta esta anécdota; pero en diciembre de 1879 Piérola asumió en un acto de vanidad y de soberbia el mando omnímodo del Perú, decidido a enfrentarse no sólo a los chilenos sino también a Prado, a La Puerta, a La Cotera, a los civilistas y a todos los que tenían que condenar las luchas internas en momentos en que ardía la guerra exterior. Pero en ese gesto hubo, además, dadas las circunstancias, un acto de abnegación y hasta de heroísmo, pues instauró su Dictadura en un país territorialmente invadido, políticamente perturbado, navalmente desaparecido, militarmente maltrecho, económicamente exangüe y contra el cual se preparaban a dar sus golpes decisivos los poderosos y arrogantes vencedores en la campaña marítima y en la campaña de Tarapacá.

¿PIÉROLA SE LIMITÓ A "ACEPTAR" EL PODER?

En el reportaje aparecido en el Herald de Nueva York el 10 de noviembre de 1882 y en el que se publicó en el mismo diario el 6 de febrero de 1884 a la vez que hizo interesantes declaraciones sobre su actuación durante la guerra con Chile, Piérola afirmó que "aceptó" el poder después de vacilar (reluctantly) y por la urgente demanda de sus compatriotas.

Según este criterio, pues, él no se habría sublevado contra La Puerta. El fenómeno producido entonces habría sido un estallido popular de descontento con motivo del viaje de Prado y ante la incapacidad del Vice-Presidente, invocando el nombre del caudillo convertido entonces en Dictador.

LA SUBLEVACIÓN DE FEBRERO DE 1823 Y LA DE DICIEMBRE DE 1879.

José de la Riva Agüero y Osma ha escrito al ocuparse del pronunciamiento militar que derrocó a la Junta Gubernativa de 1823: "Entre las infinitas revoluciones de nuestra historia posterior, una hay idéntica a la de febrero del 23 en causas y razón justificativa: la de diciembre del 79, cuando la guerra con Chile. Deplorando lo penoso y peligroso de los medios que hubo que emplear en ellas, hay que confesar que son, por sus intenciones y objeto, las dos sublevaciones más disculpadas, atreviéndome a decir que hasta laudables. Ambas se hicieron como extremo recurso para poder resistir, con honra y razonables esperanzas de buen éxito, las invasiones de enemigos extranjeros; y no se puede decir que derribaron el poder constituido sino que ocuparon el poder vacante, porque ante la reflexión seria y elevada ni la Junta Gubernativa en el 23, ni la Vice-presidencia de La Puerta en el 79, eran verdaderas autoridades, sino maniquíes y fantasmas, interinidades ilusorias y sombras de gobierno".

Sin embargo, pese a este juicio rotundo, cabe sostener que preferible a la acción impulsiva de Arguedas (con la que según se ha visto, Piérola no estuvo de acuerdo al principio) y mucho más tonificante para la vida cívica del país habría sido, si resultaba inevitable, efectuar un cambio de régimen por obra de la ciudadanía unida a través de un "cabildo abierto" o de una asamblea representativa de las distintas fuerzas vivas del país.

EL FACCIONALISMO DE PIÉROLA Y EL DE SUS ENEMIGOS. EL DECRETO CONTRA PRADO.

De acuerdo con el tipo de literatura mesiánica y "carismática" en lo que a Piérola concernía y de libelo para sus enemigos que había prodigado el caudillo en sus rebeliones contra Pardo y Prado, ahora atacó duramente a éste y también a La Puerta y atribuyó los luctuosos sucesos de Lima el 20 de diciembre y los disturbios de los días que los precedieron a la "atolondrada e impaciente ambición del general La Cotera". El faccionalismo político ahogaba la voluntad de una acción concertada frente al enemigo común.

Con fecha 22 de mayo de 1880 en un decreto que refrendó Miguel Iglesias, Piérola privó a Prado del título y los derechos de "ciudadano del Perú" y lo condenó a degradación pública "tan pronto como pueda ser habido". Se refirió a su "ignominiosa conducta" durante la campaña con Chile y a su "vergonzosa deserción y fuga". No aludió a delitos de tipo económico. Prado pasó así a incrementar la lista que abrieron Riva-Agüero, Tagle, Orbegoso, Echenique y Pezet.

Pero no era más generosa la actitud de muchos de los enemigos políticos y personales que Piérola se había suscitado. La Cotera publicó el 27 de diciembre un manifiesto contra el flamante Dictador; se defendió del cargo que le había hecho y lo devolvió, a la vez que afirmaba que el ejército era "hechura suya". La carta de Mariano Alvarez a Montero el 31 de diciembre de 1879 es otro exponente de este estado de ánimo. Alvarez quería formar, con un grupo de amigos, una asociación para suministrar al ejército del Sur al mando de Montero, equipo y provisiones. La carta es pródiga en críticas a Piérola y expresa: "El nombre de Ud. (Montero) se hace aquí cada día más aceptable". "La guerra de Piérola (agrega) será a Ud. y a los chilenos. Esta es la misma guerra que querían hacer el gobierno y gabinete que acaban de caer". De éstos decía que habían pretendido una dictadura y añadía: "Si de los departamentos vienen protestas contra las facultades omnímodas (la Dictadura) con firmas respetables, sería un gran paso en favor de Perú".

MOTINES EN MOQUEGUA Y AREQUIPA.

Poco después del viaje de Prado de Arica a Lima, hubo contra él un motín en Moquegua encabezado por José Manuel Jiménez y el coronel Chocano. Coincidió este movimiento con una incursión de los chilenos sobre Pacocha y Moquegua. En Arequipa, el prefecto Vidal García y García fue destituido por el pueblo.

EL RECONOCIMIENTO DE LA DICTADURA.

El Secretario de Relaciones Exteriores de la Dictadura puso en conocimiento del cuerpo diplomático extranjero acreditado en Lima la formación de nuevo régimen y, simultáneamente, el Dictador, como había hecho Prado en 1865, dirigió cartas autógrafas a los Jefes de Estado con el fin de comunicarles su ascensión al poder. Obtuvo un rápido reconocimiento por el hecho de haber sido acatado sin lucha en el país y porque el estado de guerra con Chile impelía a los gobiernos extranjeros a ponerse en aptitud de proteger los intereses y los derechos de sus connacionales. Aislada fue la actitud dilatoria del Gobierno de Estados Unidos. Con tal motivo, se inició una gestión especial en Washington. Al otorgar el reconocimiento, el Departamento de Estado manifestó que lo fundaba en que la insurrección peruana "se había originado en las apremiantes necesidades del país, no constando en la Constitución cláusula alguna que provea la sucesión al Poder Supremo de la República en el caso imprevisto de la retirada voluntaria o ausencia del país del Presidente y Vice-Presidentes". ¡Peregrina tesis! Después de recibir de manos del representante peruano la carta autógrafa de Piérola, el Presidente de los Estados Unidos optó por reconocer al Dictador "entendiendo que el pueblo del Perú se encontró en el caso de aceptar un nuevo Gobierno en sentido provisional, en vista de sus complicaciones exteriores y de que el advenimiento al poder del general Piérola no fue consumado por conmociones civiles o insurrección de partidos". (31 de enero de 1880). El Presidente de los Estados Unidos no sabía lo que aconteció el 21 de diciembre de 1879 en Lima y Callao.