Ver en formato PDFLA ÚLTIMA CAMPAÑA DEL EJÉRCITO PROFESIONAL (TACNA) Y LA SINGULAR PROEZA DE LA MILICIA URBANA DIGNIFICADA POR SUS JEFES (ARICA).

I. POR QUÉ LA OFENSIVA SOBRE TACNA Y ARICA.


Para emprender la ofensiva sobre Tacna y Arica, los chilenos tardaron tres meses. Decidieron hacer esta operación militar y no la de Lima, que acaso habría tenido entonces éxito fulminante, para lograr la paz con Bolivia e interponerla geográficamente entre Chile y Perú.

El Presidente Aníbal Pinto expresó en una carta: "Fuimos a Ilo y luego a Tacna con la expectativa de facilitar un arreglo con Bolivia. La posesión de Tarapacá será más segura para nosotros si ponemos a Bolivia entre el Perú y Chile". El objetivo político fue la fuerza directriz de la estrategia militar a costa de la prolongación de la guerra.

QUÉ HIZO EL COMANDO PERUANO. ¿PUDO HACER OTRA COSA?

Los restos del ejército profesional peruano fue combativo en Tarapacá, unido a los aliados bolivianos y a milicias improvisadas en las zonas de Arica por Tacna no hicieron otra cosa que esperar a los invasores. Les dejaron la iniciativa, la elección del teatro de la campaña. Han sido censurados por eso. ¿Pudieron hacer otra cosa? El total dominio que a lo largo de toda la costa peruana tenía la escuadra chilena excluía cualquier posibilidad seria de una movilización en gran escala de Norte a Sur o de Sur a Norte. Al mismo tiempo, creaba dificultades insuperables para reforzar poderosamente la artillería y el armamento. Hay quien censura a Piérola por no haber hecho eso. ¿De dónde habría sacado tan indispensable material? La ausencia de elementos adecuados impidió hasta el conocimiento preciso de los desembarcos y del avance del enemigo en la costa de Ilo y de Moquegua ya que las fortificaciones hechas en Arica impidieron el desembarco en ese lugar, tradicional puerta de entrada a Tacna.

LOS ALIADOS EN TACNA Y ARICA.

La breve campiña de Tacna es un sonriente contraste que la naturaleza ha puesto al lado de las inclemencias del desierto. Tierra de huertos ricos en flores y en frutos: Patria de labriegos sobrios que ignoran la servidumbre del latifundio, pues son dueños de las parcelas que cultivan, y, desde antiquísimos tiempos, para repartirse el agua, practican el regadío sucesivo, por turnos; mercado y posada entonces para quienes comerciaban con Bolivia y por ello abundante en extranjeros laboriosos y prósperos, Tacna, libre de la vasta población que a Tarapacá atrajera el salitre, era dueña de una riqueza más parca y pugnaba por poner sobre su sana sencillez y afabilidad provincianas, galas y señorío de urbe. Desde 1851 estaba unida por el ferrocarril con el puerto de Arica, sobre cuya bahía se destacaba la mole del Morro, que tan famoso iba a hacerse en esta campaña. Si los chilenos no se decidían a enfrentarse primero con las fortificaciones hechas en este puerto, su avance tenía que hacerse por el norte. Desde la costa de allí, Tacna es accesible, pero tras de marchas de muchos días por pampas que alternan con valles.

Entre Tacna y Arica los peruanos y bolivianos llegaron a contar alrededor de seis mil y cinco mil hombres, respectivamente. El nuevo Presidente de Bolivia, general Narciso Campero había logrado enviar el refuerzo de una división. Mientras algunos de los jefes se dedicaban a las diversiones y a los devaneos, el ejército afrontaba enfermedades y dificultades económicas. Su equipo era deficiente. Había recelos entre el jefe militar, almirante Montero y el prefecto nombrado por Piérola, su amigo y partidario Pedro Alejandrino del Solar. Sólo por un acto de audacia y de pericia singulares la corbeta Unión, mandada por el comandante Manuel A. Villavisencio, pudo, en una oportunidad, burlar el bloqueo de Arica y dejar una insuficiente cantidad de suministros que incluyeron la lancha torpedera Alianza, municiones, lona para el vestido de la tropa, medicamentos y zapatos. En cambio hubo envíos de armas, por otros conductos, al ejército de Arequipa que teóricamente reorganizado por Piérola con independencia de Montero sin duda por razones políticas.

LA DOBLE HAZAÑA DE LA "UNIÓN".

Esta hazaña fue realizada al amanecer del 17 de marzo de 1880, e implicó la ruptura del bloqueo impuesto por el Huáscar, el Loa y el Matías Cousiño. Zarpó la Unión del Callao el 12 de marzo y entró a Arica con las luces apagadas, navegando temerariamente pegada a la costa y sorprendiendo no sólo a los adversarios sino también a los defensores del puerto. El Cochrane y el Amazonas se unieron al Huáscar abrieron los fuegos sobre la corbeta y también sobre el monitor Manco Cápac durante la mañana hasta después de las 2 de la tarde. Ambos barcos contestaron y fueron ayudados por la batería del Morro y las del norte. Las operaciones de descarga pudieron concluir sin dificultades. Los buques chilenos se situaron luego en disposición de hacer casi imposible la salida de la Unión a la mar. El jefe del Cochrane Juan José Latorre llamó a los comandantes del Huáscar y del Amazonas con el fin de tratar "sobre la mejor manera de tomar colocación en la noche (según manifestó en su parte) para intentar un resultado definitivo respecto a la Unión". En esos mismos momentos, después de las 5 de la tarde, la corbeta largó sus amarras y zarpó a toda fuerza no con dirección al norte como creían sus adversarios sino con rumbo al sur "en medio de los vivas y aclamaciones entusiastas de la multitud de gente que coronaba el Morro y demás lugares cercanos a cuyas inmediaciones necesité pasar al dejar el puerto", según expresó en su parte oficial el comandante Villavisencio.

Los buques chilenos emprendieron la persecución para abandonarla al llegar la noche. En los momentos más difíciles de su marcha hubo un conato de incendio en la Unión ocasionado por las llamas de la chimenea que amagaban también el palo mayor; pero fue atendido y cortado oportunamente sin manifestar la tripulación por este accidente el menor desconcierto. Llegó al Callao el 20 de marzo. Había cumplido una notable acción al romper el bloqueo, al afrontar el combate sin detrimento de las operaciones de desembarco de su carga y, sobre todo, el efectuar con éxito la segunda ruptura del bloqueo. Sus bajas fueron varios heridos y un muerto.

Estaba bajo el comando de Manuel Antonio Villavicencio (o Villavisencio como él firmaba). Nació este gran marino en Lima en 1842. Egresó del colegio naval para servir sucesivamente en los barcos Izcuchaca y Apurímac. Participó en el bloqueo de Guayaquil, a órdenes del contralmirante Mariátegui. Pasó luego al transporte Chalaco, del cual era comandante al estallar la guerra. Dos hijos suyos eran cadetes y para ellos pidió puestos de combate. Grimaldo perteneció a la dotación del Huáscar y resultó herido en el combate de Angamos. Alfredo (que llegó a tener el grado de capitán de navío) actuó al Iado de su padre junto con otros guardiamarinas en las gloriosas jornadas de marzo de 1880.

En la tripulación de la Unión estaban varios veteranos del Huáscar. El segundo jefe de la Unión, Arístides Aljovín, fue un magnífico colaborador en esta hazaña.

EL EJÉRCITO CHILENO Y LOS DESEMBARCOS EN ILO.

Celos y rivalidades minaban el comando chileno mezclados con divergencias personales, distanciamientos políticos. De un lado estaba el ministro de Guerra Rafael Sotomayor y, de otro, el general Erasmo Escala, a quien asesoraba un escritor y militar colombiano Justiniano de Zubiría, que había actuado en el Perú en el periodismo de oposición contra Pardo y al lado de Piérola en la expedición del Talismán. Producido un choque entre Escala y su jefe del Estado Mayor coronel Pedro Lagos, la oficialidad y los jefes de línea se solidarizaron con éste y la tropa con su general Lagos fue enviado al sur por Sotomayor, Escala renunció en señal de protesta con la esperanza de que su gesto causara la caída del ministro. Por fin, después de prolijas deliberaciones, fue nombrado general en jefe el general Manuel Baquedano y jefe de Estado Mayor el coronel José Velásquez, jefe de artillería. El plan era que ambos comandaran las batallas y que el ministro Sotomayor fuese el verdadero director de la guerra.

Un destacamento chileno de exploración desembarcó, sin obstáculo, en el puerto de Ilo el 30 de diciembre de 1879. Tomaron estas tropas el tren y llegaron a Moquegua sorpresivamente el 31, para regresar el 2 de enero. Una expedición completa, reunidos ya los datos necesarios para la empresa por diversos medios, inclusive los del espionaje, volvió al mismo puerto el 25 de febrero.

En relación con el desembarco hecho en Ilo, se encomendó a una expedición chilena que destruyera elementos en el puerto de Mollendo y se llevase una locomotora y varias máquinas. Soldados ebrios produjeron el saqueo en gran escala y el puerto fue incendiado (9, 10, 11 y 12 de marzo).

LOS ANGELES.

El coronel Andrés Gamarra (anciano de más o menos setenta años) había sido enviado por Piérola para formar, con fuerzas provenientes de Arequipa, Cuzco y Moquegua, el nuevo ejército del sur. Debía mantener las comunicaciones entre Arequipa y Tacna, resguardar los ferrocarriles de Ilo a Moquegua y de MolIendo a Arequipa y defender la costa entre Ilo, Pacocha y Mollendo. Gamarra tuvo dificultades para hacerse obedecer por los jefes locales y careció de tiempo o de elementos o de eficacia para formar una fuerza considerable. Como se ha visto, los chilenos desembarcaron fácilmente en Ilo por dos veces. En la segunda oportunidad, que fue definitiva, al mando del general Manuel Baquedano, avanzaron con más de 4.000 hombres y 18 piezas de artillería sobre Moquegua, ciudad situada a cien kilómetros del mar. Gamarra, que no disponía de mucho más de 1.500 hombres, se colocó en la elevada posición de Los Angeles. Esta fue capturada con sólo 9 muertos para los asaltantes. La división de Gamarra se dispersó en gran parte (22 de marzo de 1880).

En la noche del 21 los chilenos habían movilizado sus tropas a fin de tomar por sorpresa las alturas del cerro antedicho. No existía adecuada vigilancia. Vencieron quienes eran superiores en número, armamentos y apoyo táctico de artillería. Se demostró que, contra lo que se creía con ingenuidad por los peruanos, Los Angeles no era inexpugnable. Mariano Felipe Paz Soldán escribió: "Debidamente guardados los pasos que dan acceso a estas (se refiere a las cimas) la posición se hace formidable por un extenso semicírculo, pero si no hay suficiente número de tropas para defenderlo, o descuidando cualquiera de ellos... la situación de los ejércitos combatientes queda completamente invertida".

Pocos días después, se produjo en Locumba, hasta donde había avanzado desde Ilo un destacamento de caballería, al mando del teniente coronel Diego Dublé Almeida, una celada preparada por el guerrillero tacneño Gregorio Albarracín (1º de abril). Una columna mandada por el coronel José Francisco Vergara hizo retroceder a Albarracín hasta Tacna (7 de abril).

LA MARCHA CHILENA DE ILO HACIA TACNA.

De Ilo y Moquegua a Tacna hay una larga distancia de más de veinte leguas y el terreno es, en su mayor parte, de pampas y lomas desérticas. Existió, por un instante, la idea entre los chilenos, de que los aliados iban a salir de Tacna a buscarlos, como Buendía había avanzado de Iquique a San Francisco. Pero pronto se convencieron de que debían emprender la ofensiva. La decisión de atacar a Tacna y Arica con todo el ejército reunido la tomó Sotomayor, en contra de las instancias de su propio gobierno que prefería conservar Moquegua y dejar allí una guarnición fuerte para detener al ejército de Arequipa cuyo avance se temía. Así Sotomayor dejó abandonada Moquegua para que los peruanos pudieran volver a ocuparla y no tomó en consideración a las fuerzas de Arequipa, en lo cual no se equivocó, pues ellas eran, según su jefe, indisciplinadas, estaban mal armados y no podían lanzarse a los esfuerzos de una guerra de movimiento. Resuelto así el avance, no fue aceptado el consejo de reembarcar el ejército invasor y hacerlo desembarcar de nuevo en Ite que hubiera reducido la marcha a la mitad pero ofrecía el inconveniente de la braveza del mar y del alto barranco cortado a pique que rodea la caleta. La marcha se hizo por el desierto. Y si bien nada podían hacer contra ella los aliados, concentrados en Tacna, el avance implicó un complejo problema de administración militar y de suministro de mulas, bueyes y caballos, víveres, agua y forraje y hasta de enfermería, por el paludismo y la viruela de la región. La artillería de campaña fue introducida por Ite y también una división cuya marcha tropezó con grandes dificultades. Terminado el recorrido por el desierto, falleció en el campamento el ministro Rafael Sotomayor, el habilísimo "organizador de la victoria" (20 de mayo). Baquedano y Velásquez quedaron al mando del ejército invasor.

DESAVENENCIAS EN EL COMANDO ALIADO. LLEGADA DE CAMPERO.

En el ejército aliado había recelo entre las tropas y desacuerdos en el comando. El almirante Lizardo Montero, que mandaba a las unidades peruanas, obediente, según él a las instrucciones de Piérola, quería la defensa de Tacna, que obligaba al enemigo a cruzar el desierto, daba lugar a que se preparasen mejor las tropas y permitía también ganar tiempo en la defensa de Lima. El coronel Eliodoro Camacho, a cuyo cargo estaban las fuerzas bolivianas, temía que, si los aliados se estacionaban en esa posición delante de Tacna, los chilenos se apoderasen de la fuente de suministro de agua del río Caplina y no hubiera línea segura de salida en caso de una derrota. Proponía, en cambio, avanzar hacia el valle de Sama lo cual no contradecía la orden de defender aquella ciudad, permitía más fácilmente comunicaciones con el ejército de Arequipa, habría la posibilidad de batir a los chilenos por parte si su avance a Sama no era de todo el ejército, los ponía a merced del paludismo si se estacionaban en Locumba y dejaba un camino abierto de retirada a Bolivia.

El Presidente boliviano, general Narciso Campero, decidió viajar a Tacna para ponerse al frente del ejército aliado, con el fin de evitar que estas querellas se agravaran. Por su jerarquía, les correspondía este mando de acuerdo con el tratado celebrado entre el Perú y Bolivia. Lo asumió el 19 de abril de 1880.

Campero fue reconocido, sin debate, como general en jefe, perdió tiempo en actos protocolarios y ordenó una revista general de sus tropas, la primera desde el principio de la guerra "circunstancia sobre la que me permito llamar vuestra atención (escribió él mismo en su informe a la Convención Nacional de su patria) porque caracteriza el modo cómo se habían conducido las huestes aliadas". Poco demoró en comprobar que faltaban por completo elementos de movilidad y transporte. La marcha a Sama no era, pues, posible. Los defensores de Tacna estaban condenados a esperar al enemigo en sus puestos, sin poder buscarlo, escribe el mismo Campero.

EL ALTO DE LA ALIANZA. LA FALTA DE UN SERVICIO DE INFORMACIONES SOBRE EL ENEMIGO.

Después de acampar en diversas posiciones, Campero escogió la loma de Intiorco o Alto del Sol bautizada entonces con el nombre de "Alto de la Alianza". Es un campo desolado, una meseta baja a distancia de pocos kilómetros de Tacna, ubicada de oriente a poniente, sobre el valle y la pampa que conduce a Arica y forma como un muro horizontal para separar al río Caplina y la ciudad, de un lado, y el desierto de otro. Los aliados ocuparon esa meseta que tiene en su costado norte una arista o cortina donde se desplegaron las líneas de infantería. Al frente de ella se extiende una llanura que tenía que ser atravesada por los invasores. En la espalda de esa arista, aprovechando el terreno ondulado, se establecieron las reservas y la caballería aliadas. Combates simulados complementaron en lo posible la instrucción práctica de las tropas.

No se había organizado un servicio, ni siquiera mediano, de espionaje. El ejército invasor avanzó, sin que los aliados fuesen informados de sus movimientos y de su número con desdén por las operaciones de maniobra o flanqueo que hubiesen sido bien posibles, pues el ejército de Campero no estaba en condiciones de impedirlas. Baquedano optó por la táctica del ataque frontal. Había avanzado por el desierto y si hubiese sido vencido no habría tenido lugar de retirada.

LA FRUSTRADA SORPRESA DE QUEBRADA HONDA.

Las avanzadas aliadas tomaron, el 25 de mayo, como sesenta mulas cargadas de agua pertenecientes al enemigo. Campero decidió entonces sorprender a éste y salió de inmediato con sus fuerzas hacia Quebrada Honda. Comenzaron ellas a moverse como a las 12 de la noche en columnas paralelas para luego formar en el orden establecido. Después de dos horas, por más o menos, de caminata, se notó desorden. No se sabía dónde estaba el ejército. Parte de él se había adelantado perdiendo contacto con el resto. Los guías (dice el capitán argentino Florencio de Mármol) estaban embriagados. Los aliados, para utilizar una expresión local, se "empamparon", como los peruanos después del combate de San Francisco. Parece que ninguno de los jefes llevaba una brújula. Campero acabó por ordenar el regreso de las posiciones anteriores. Durmieron allí esa noche los que no habían roto relación entre sí. Al amanecer llegaron los cuerpos que faltaban; pero, a retaguardia de ellos, venía el ejército chileno "en número muy superior a los cálculos", cuenta en su relación sobre estos hechos el coronel Manuel Velarde. Ese día, 26 de mayo, tuvo lugar la batalla de Tacna.

EL EJÉRCITO CHILENO Y LA IMPORTANCIA DE SU NÚMERO Y DE SU ARTILLERÍA.

Los chilenos, según cifras oficiales de ellos, disminuidas por algunos historiadores de su país, eran unos catorce mil hombres, aunque declaran que sólo combatieron 13.500. Sumaban en todo caso, un número mayor que el de los aliados. En cuanto a la artillería, discrepan los testimonios provenientes de aquella historiográfica. Encina dice: "La artillería chilena constaba de 36 cañones y 4 ametralladoras y era muy superior a la aliada". He aquí la versión de Bulnes: "La artillería que se batió en Tacna fue el regimiento Nº 2 formado por Velásquez en Antofagasta y después en Tarapacá, hombre por hombre, oficial por oficial. Tenía cuatro baterías de campaña con veinte cañones y cuatro ametralladoras y tres de montaña de 6 piezas cada una". Vicuña Mackenna (después de narrar que habían cañones Krupp de campaña modelo 1879 y también de los usados en la guerra franco alemana de 1870 - 71) afirma: "El total de la artillería que iba a batir el campo peruano constaba de 37 cañones, de éstos 20 Krupp de campaña, 17 de montaña incluyendo 6 de bronce y 4 ametralladoras: total 41 piezas contra 31 del enemigo". No especifica la potencia de fuego de estas piezas que aumentaba la desigualdad en la cantidad de los combatientes.

DISTRIBUCIÓN DEL EJÉRCITO ALIADO.

Campero confió en las ventajas tácticas del terreno. No tuvo la ventaja de fortificaciones, excepto los montones de arena que servían de señales para la colocación de los soldados y los hoyos para poner las carpas (especies de tiendas de campaña formadas a la ligera con frazadas o tiras de lienzo). Sólo llegó a formarse un solo parapeto con sacos de arena y laja deshecha. Los aliados se situaron en una "posición de espera" y no en atrincheramiento. En la extrema derecha estaban los cinco cañones Krupp de montaña del ejército boliviano con el regimiento Murillo reducido a un simple escuadrón de 150 plazas a las órdenes del coronel paceño Clodomiro Montes; seguía la división peruana del coronel Justo Pastor Dávila con el batallón Lima número 11 cuyo jefe era el bravo coronel Remigio Morales Bermúdez y los Granaderos del Cuzco al mando del comandante Valentín Quintanilla; venían luego dos ametralladoras y un cañón rayado de a 12 con una sección a cargo del comandante boliviano Adolfo Palacios. En el centro de la línea de batalla estaban los batallones bolivianos Loa (que se había distinguido en Tarapacá y estaba al mando del coronel Raymundo González Flor, antiguo segundo de Daza en los Colorados, separado de él por motivos de dignidad personal); Grau (formado por la juventud ilustrada de Cochabamba y cuyo jefe era Lisandro Peñarrieta); Chorolque (sacado de Tupiza bajo el nombre de un famoso batallón del Belzu con Justo de Villegas de comandante, hermano de Carlos, prisionero de San Francisco); y Padilla (con soldados de la ciudad de La Paz encabezados por el coronel Pedro P. Vargas que había tenido distinguida actuación en Pisagua). Esta era el ala derecha del centro y la mandaba el coronel Severino Zapata. Separados de ella por una sección de artillería boliviana, compuesta de dos ametralladoras y un cañón, seguían las más brillantes unidades del ejército peruano, la división Belisario Suárez y la división Andrés A. Cáceres. La división Suárez contaba con el batallón Pisagua formado con los restos del antiguo Ayacucho y el Arica sacado de ese puerto por su prestigioso jefe Julio Mac Lean que, como Ugarte y Canevaro, diera a su patria fortuna y sangre. La división Cáceres constaba del heroico Zepita cuyo mando tenía Carlos Llosa y el Cazadores del Misti, batallón arequipeño que era el antiguo Cazadores de Prado, entonces bajo la jefatura del coronel Sebastián de Luna. Estos tres jefes, el ariqueño Mac Lean, el arequipeño Llosa y el cuzqueño Luna, murieron en la batalla. En la retaguardia del centro fueron colocadas las divisiones peruanas Alejandro Herrera, formada por los batallones Ayacucho (mandado por el comandante Nicano Somocurcio) y Guardias de Arequipa (compuesto por gendarmes bajo la jefatura del coronel José Iraola); y César Canevaro con los cuerpos Lima, organizado por los gremios de la capital y Cazadores del Cuzco bajo el bravo coronel ayacuchano Víctor Fajardo que se había distinguido en Tarapacá e iba a sucumbir heroicamente en Tacna.

Hacia la izquierda y en puesto avanzado sobre la línea de batalla, estaba la artillería peruana que en número de nueve cañones, mandaba el coronel Arnaldo Panizo; e inmediatamente entraba en línea la división peruana del coronel Luna compuesta de los batallones Huáscar y Victoria (comandantes Godínez y Barriga), que no se portaron en la batalla con la bravura de otros cuerpos peruanos y bolivianos. Formaba hacia la extrema izquierda una especie de semicírculo emboscado entre los médanos, la división boliviana Acosta con tres excelentes cuerpos a saber: Tarija, Sucre o 2º llamados Amarillos por su chaqueta de bayeta amarilla de Oruro y cuyo jefe era Juan Bautista Ayorsa y Viedma o Verdes, este último de Cochabamba y que mandaba Ramón González Pachacha o Dos Hombres, valientes en Pisagua. A la retaguardia de la izquierda y apoyando a la división de Acosta se encontraban los pequeños cuerpos bolivianos de Libres del Sur (comandante Julio Carrillo) y Vanguardia de Cochabamba (comandante Agustín Martínez) con sus desmedradas cabalgaduras y los antiguos coraceros de Daza. Hacia la derecha habían sido colocados como fuerzas de reserva general para la batalla los Colorados, mandados por Ildefonso Murguía y vestidos con chaqueta roja y pantalón blanco de brin y el Aroma o 4º de Bolivia que también tenía uniformes rojo y blanco. La caballería peruana se componía de los restos del Húsares de Junín, los Guías y el escuadrón del valeroso guerrillero Gregorio Albarracín muy mal montados y armados. Falta mencionar todavía los 700 hombres, reunidos por el prefecto Pedro Alejandrino del Solar, gendarmes, policías montados, lanceros de Tacna, Sama y Tarapacá, agricultores de Para y voluntarios de la guardia nacional.

En un informe confidencial que se guarda en el Archivo Piérola aparece que combatieron efectivamente en Tacna 4.705 peruanos y 4.225 bolivianos, o sea en total 8.930 aliados con 8 piezas de artillería. Estas cifras son menores que las de otras fuentes.

El ala derecha de los aliados estaba mandada por el almirante Lizardo Montero; el centro por el coronel Miguel Castro Pinto, comandante en jefe de la primera división boliviana; y la izquierda por el coronel Eliodoro Camacho. Toda la línea debía obedecer al generalísimo Narciso Campero, Presidente de Bolivia. Este había querido renunciar al mando el 25 de mayo pues era el día en que se instalaba en Bolivia la Convención que debía elegir Presidente, lo cual hacíales perder la función a causa de la cual se había encargado del ejército: pero Camacho y Montero le impusieron que continuara con ese honor y esa responsabilidad. Jefe de Estado Mayor de Campero era el general Juan José Pérez que murió en la batalla, jefe del Estado Mayor de Montero, el coronel Manuel Velarde. La distribución del ejército aliado fue hecha con el propósito de mezclar los cuerpos peruanos y los bolivianos.

LA BATALLA DE TACNA.

Campero había dado la orden de que no se iniciaran los disparos de rifles hasta que el enemigo se pusiera a tiro. El avance chileno se orientaba hacia el ala izquierda aliada; y de allí partieron, desobedeciendo aquella orden, los primeros disparos antes de lo que era necesario. A las diez de la mañana ya estaba comprometida y generalizada la lucha en todas las líneas.

"En nuestro costado derecho (la descripción de la primera etapa de esta jornada proviene de Campero) donde el combate no era todavía muy encarnizado, el ala derecha de nuestra línea y la izquierda del enemigo presentaba el aspecto de dos inmensas fajas de fuego, como envueltas por una especie de niebla iluminada con los tintes del crepúsculo de la mañana. El centro, donde obraba con más vigor la artillería enemiga, ofrecía el espectáculo de un confuso hacinamiento de nubes bajas, unas blancas y otras cenicientas, según que las descargas eran de Krupp o de ametralladoras. El costado izquierdo, donde el combate era más reciamente sostenido, no presentaba sino una densa oscuridad, impenetrable a la vista, pero iluminada de momento a momento, como cuando el rayo cruza el espacio en noche tempestuosa. El tronar era horrible y más bien, no se oía más que un trueno indefinidamente prolongado".

Las reservas del centro aliado pasaron a reforzar la izquierda; las siguieron dos batallones, uno peruano y otro boliviano de la derecha. El batallón peruano Victoria se replegó desordenadamente en la izquierda; pero los nuevos refuerzos lo suplieron y lograron hacer volver atrás al enemigo con cargas a la bayoneta tomando prisioneros y piezas de artillería. El ataque chileno empezó a través de las divisiones Santiago Amengual y Francisco Barceló sobre la izquierda y el centro aliado tras de un duelo infructuoso de piezas de cañón que duró de nueve a diez de la mañana después de hora y media de fuego intenso, ambas divisiones chilenas, más o menos a las doce y media de la mañana, se retiraron sin cesar de combatir. El ala izquierda, mandada por Camacho, empezó la ofensiva y se robusteció con las reservas formadas por los Colorados y el Aroma y seguida por el centro, mas no por la derecha en el propósito de devolver el ataque profundo intentado por el enemigo. Una carga de caballería chilena contra la infantería aliada detuvo el ataque de ésta y coincidió con el avance de la 3º división de Domingo Amunátegui Borgoño, cuyos soldados quedaron confundidos con los de Amengual y Barceló, si bien eran cuerpos de refresco, descansados y bien amunicionados. Aquí llegó a producirse la matanza de algunos cuerpos peruanos y bolivianos; entre ellos los heroicos Colorados. Mientras la gran reserva chilena se aproxima al campo de batalla, la suerte comenzó a decidirse. Las ventajas del número, del armamento y de la artillería chilenos contribuyeron al resultado final. La victoria, titubeante durante varias horas, se inclinó por ellos claramente, ya a las dos de la tarde. En una carta particular a su esposa, el coronel José Velásquez, jefe de Estado Mayor chileno, declaró (y este testimonio rectifica algunas versiones de sus compatriotas): "Para qué le digo el papel brillante que desempeñó la artillería, hizo prodigios. Los extranjeros en Tacna están sorprendidos de nuestra artillería y los peruanos dicen: "Qué gracia, pues, por eso ganan los chilenos".

En cuanto a la infantería chilena, Vicuña Mackenna dice que el rifle Comblain "hizo maravillas en Tacna". "Los peruanos (agrega) por el contrario, armados más como turba que como ejército, lucharon con la irredimible desventaja de la variedad de sus rifles de precisión. Sólo el Zepita y el Pisagua estaban armados de rifles Comblain. Los Cazadores del Cuzco y el batallón de Morales Bermúdez tenía Peabody americano de largo pero fatigoso tiro, mientras que cuerpos organizados en el sur se batían con ya anticuado Chassepot y los demás, especialmente los bolivianos con el Remington".

Al caer herido el coronel Camacho, se le dio por muerto y al sucumbir varios jefes, creció el desánimo en la izquierda aliada. La derecha, debilitada por el envío de refuerzos a los otros sectores de la batalla, luchó menos reciamente con la división chilena mandada por el coronel Orizombo Barbosa. La batalla estaba resuelta poco después de las dos y treinta de la tarde.

El historiador Bulnes confiesa que la 1a, 2a y 3a divisiones chilenas, que soportaron el mayor peso de la batalla, tuvieron un terrible cuadro de bajas, pues quedó fuera de combate, entre los muertos y heridos, casi el treinta por ciento de sus hombres. La 4a división (dice) alcanzó el quince por ciento de bajas.

El Perú perdió en el Campo de la Alianza entre los muertos: seis coroneles, siete tenientes coroneles, catorce sargentos mayores, dieciocho capitanes, veinte tenientes, diecinueve subtenientes. Heridos: un coronel, ocho tenientes coroneles, nueve sargentos mayores, veinticuatro capitanes, treintidós tenientes, veintisiete subtenientes. Total de pérdidas de jefes y oficiales: ciento ochenta y cinco. Las bajas en la tropa guardaron relación con esta cifra. Llegaría a unos dos mil muertos entre peruanos y bolivianos casi por iguales partes. En el desorden que surgió en la extrema izquierda, en el Victoria, el Viedma y el Huáscar, mientras luchaban contra el enemigo y contra los que querían retirarse, pereció el anciano coronel Jacinto Mendoza y recibieron mortal herida el comandante Belisario Barriga, primer jefe del Victoria y el comandante Antonio Ruedas, segundo del Huáscar. Este batallón había sido formado y disciplinado en el Cuzco por los alumnos de la Escuela de Clases, los famosos Cabitos: de él murieron sus jefes, diez y ocho oficiales y sus cuadros de clases. El comandante Julio Mac Lean, del Arica, vestido con sus mejores galas de jefe sucumbió marchando a pie haciendo que a su espalda llevara su caballo por la brida una corneta de órdenes. Momentos después cayó el jefe del Zepita, el intrépido Carlos Llosa. Uno de los últimos comandantes de tropa que sucumbió fue el coronel Víctor Fajardo, rival de Cáceres en el prestigio como jefe, vestido, como Mac Lean, de gran parada. Montaba un alazán inglés que había traído de las salitreras de Tarapacá y sólo cuando tres balas habían herido a este caballo consintió en que su corneta de órdenes lo llevase a la retaguardia. Continuó batiéndose denodadamente a pie hasta que una bala le dejó sin vida. Tanto Cáceres, a quien le habían muerto ya dos caballos, como Suárez que acababa de ser herido en una pierna, acudieron a donde Fajardo había caído e hicieron entregar más tarde a un hijo suyo, alférez de su propio cuerpo, sus más queridas prendas, incluso su anillo de alianza. No lejos de él y cubierto por un paletó civil, que apenas ocultaba sus insignias, yacía muerto el coronel Sebastián de Luna de los Cazadores del Misti.

La división de reserva de Tacna también luchó con denuedo. Su comandante Napoleón Vidal resultó herido y falleció más tarde; murió también el comandante de la fuerza de Para, Samuel Alcázar. De la caballería quedaron en el campo el segundo comandante Reina y el tercero, Birme.

Las inculpaciones mutuas entre los aliados fueron injustas en esta ocasión. En el comando boliviano cayeron veintitrés jefes de mayor a general incluyendo el general Pérez que falleció en Tacna tres días más tarde, el segundo jefe de los Colorados Felipe Ravelo y el coronel Agustín López, edecán del Campero incorporado al mismo cuerpo que resultó diezmado, pues según el historiador militar boliviano Julio Díaz A., después de haber estado compuesto de 542 hombres, quedó reducido a 293. Con el Colorados rivalizó en el heroísmo y en la gloria el Sucre o Amarillo, popularmente llamado Mama Huakachis, "hace llorar a las madres", pues había sido formado en su mayor parte por gente muy joven. De los 456 Amarillos murieron en el campo de batalla 205 y salieron heridos 178.

El coronel Camacho que se precipitó sobre los fugitivos y aun disparó su revólver sobre los primeros que encontró a su paso fue herido por bala enemiga y llevado casi moribundo a la ambulancia del ejército, exclamó: "Hubiera preferido quedar muerto en el campo antes que presenciar tan desastrosa derrota". Como Camacho, obtuvieron entonces cicatrices en el campo de batalla los militares bolivianos Ildefonso Murguía, José Manuel Pando, Néstor Ballivian, Mariano Calvimontes, Adolfo Palacios y muchos otros; como las ostentaron los peruanos Suárez, Vila Iraola, Espinoza, Bustíos, Barreto; Morales Bermúdez y el mismo Cáceres que resultó contuso; buen número de ellos perdió su caballo de batalla.

El Perú no ha rendido homenaje a los jefes, oficiales, soldados y rabonas bolivianos que se sacrificaron en la defensa de Tacna. Verdad es que después de ella no hubo combatientes bolivianos.

Campero y sus tropas se retiraron hacia su patria por el camino de Palca. Montero, con pocas fuerzas que no le permitieron hacer en las afueras de Tacna la resistencia que intentó, marchó a Puno pasando por Tarata. La artillería chilena hizo fuego sobre la población de Tacna con puntería elevada para no dañarla; sólo una docena de disparos tiraron hacia la estación del ferrocarril. Los vencedores entablaron pláticas de arreglo con algunos de los cónsules extranjeros, responsabilizaron del orden interno al alcalde de la ciudad Guillermo Mac Lean y entraron en ella al atardecer.

En una proclama que dirigió a la nación el Dictador Piérola, con motivo de la derrota de Tacna (13 de junio) llegó a decir: "El inesperado contraste de nuestro 1er. ejército del Sur, contraste que una serie de errores ha engendrado y que sólo la impaciencia de llegar a las manos con el enemigo podía explicar...". Si quiso referirse a los acontecimientos que inmediatamente precedieron a la batalla y a ella misma, cometió un error. Lo positivo es que los aliados se limitaron a afrontar el hecho consumado de la invasión, el avance y el ataque chilenos.

"¡APURE, LEIVA!".

Otra crítica de la época fue la de decir que Campero, antes de entablar batalla, debió esperar al coronel Segundo Leiva que había avanzado de Arequipa con el llamado "segundo ejército del Sur". Se formaron estas tropas con contingentes de Arequipa, Cuzco y los restos de la división Gamarra. Piérola despachó en el Talismán a mediados de marzo recursos y material de infantería y artillería para aumentar sus fuerzas; pero quienes los conducían (entre ellos el general Manuel Beingolea) no pasaron de Quilca y regresaron al norte. Luego envió en el Oroya, a fines del mismo mes, un cargamento de armas, cañones y pertrechos para Arequipa; esfuerzos que contrastan con la poca ayuda a Montero. A cargo de la última remesa estuvo el coronel Isaac Recavarren que desembarcó cerca de Camaná el 4 de abril y llegó a Arequipa el 11. Recavarren entró en desavenencias con el Jefe de Estado Mayor, Coronel Mariano Martín López y otros jefes que se sentían superiores a él pues eran más antiguos, y fue apresado. El Prefecto González Orbegoso asumió el mando del ejército. De él se hizo cargo en seguida el coronel Segundo Leiva, antiguo militar, hombre más de consejo que de acción. Preferible hubiera sido el comando del bravo Recavarren.

Una carta de Piérola a Leiva habló de la envidiable situación del segundo ejército del sur, pues sus hombres "están llamados a darnos un día de verdadera gloria y a salvar la situación actual cambiándola por entero a nuestro favor". Leiva debía obrar conjuntamente con el ejército de Tacna. "Si contra toda previsión es vencido el primer ejército, Ud. puede caer sobre el enemigo acaso vencedor por diezmado y en el desorden consiguiente al triunfo, derrotarlo". (Carta de 15 de mayo. Archivo Piérola). La correspondencia del Dictador con Zoilo Flores hace ver también sus absurdas ilusiones de aprovisionar a Arica por Bolivia y convertir a los chilenos en sitiados colocándolos entre las posiciones militares de ese puerto y el ejército de Arequipa. (Carta a Flores, 6 de abril. Archivo Piérola).

Leiva llegó a salir de Arequipa con más o menos 3.000 hombres. Cuando los chilenos precipitaron la batalla de Tacna, el 26 de mayo, hallábase en Torata, cerca de Moquegua. Sólo al día siguiente recibió las instrucciones de Campero impartidas el 24, para que bajase a Locumba con el fin de inquietar la retaguardia del enemigo mediante sus guerrilleros, retirándose hacia Candarave si el enemigo lo atacaba con fuerzas superiores, de donde le era fácil tomar las posiciones de Torata.

El 28 de mayo estuvo Leiva en Moquegua, el 29 pasó a la Rinconada y el 30 a la cuesta del Bronce, rumbo a Locumba. Ese día recibió, transmitido por el prefecto de Arequipa, un telegrama de Bolognesi desde Arica donde anunciaba la batalla y la ocupación de Tacna y agregaba: "Arica se sostendrá muchos días si Leiva jaquea aproximadamente a Sama y se une con nosotros". Por otros conductos Leiva tuvo noticias de la magnitud de la catástrofe y regresó a Arequipa. A esta ciudad llegó el 13 de junio, después de haber perdido en el camino unos 600 desertores y armamento; Piérola le había mandado la orden de dirigirse a Arica, pero ella estuvo en sus manos sólo el 8. Fue separado del comando del ejército del sur y en su lugar fue nombrado el coronel José de la Torre.

LA BAJA CALIDAD DE SUS TROPAS SEGÚN LEIVA.

Acerca de la calidad de estas tropas no ocultó Leiva en sus comunicaciones oficiales y particulares un completo desaliento. A mediados de mayo sólo un batallón tenía uniformes y muchos soldados vestían con la jerga con que salieron de su terruño; no había ninguna clase de cartucheras y correaje; en vez de zapatos calzaban ojotas; y el armamento consistía en una mezcla de rifles Peabody, Remington, Chassepot y Minié. Ni un solo ejercicio de fuego hasta entonces se había intentado y gran parte de la tropa ignoraba hasta el manejo del rifle. Faltas más graves minaban la disciplina.

El historiador chileno Encina critica como error estratégico de Piérola haber formado los ejércitos de Gamarra y Leiva cuyos efectivos, según él, debieron reforzar a Montero; y haber dejado aislada a la guarnición de Arica.

LOS MONTONEROS. EL HÉROE GREGORIO ALBARRACÍN

En contraste con la pasividad de Leiva, montoneras audaces, cuyos cabecillas Gregorio Albarracín y el cubano Pacheco de Céspedes, lograron perdurable popularidad local, siguieron hostilizando a los chilenos en el interior del departamento de Tacna. Cuando una división chilena avanzó de la ciudad de ese nombre a ocupar Tarata, combatió con un puñado de peruanos entre los que estaba Leoncio Prado y tomó prisionero a este jefe (julio de 1880). Albarracín pereció en una celada. Pacheco de Céspedes continuó en sus correrías por la campiña de Tacna hasta el final de la guerra. Murió como montonero pierolista en la guerra civil de 1895.