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II. ARICA Y SUS FORTIFICACIONES.
Al comenzar la guerra, el puerto de Arica tenía una población de más o menos, 3.000 habitantes, cantidad que había disminuido
en relación con el pasado inmediato, después de los terremotos de 1868 y 1877. Allí estuvo durante algún tiempo, como Director
de la Guerra, el Presidente Prado por cuyas órdenes se comenzó a llevar a cabo la defensa de la plaza. Cuando se produjo la
pérdida de Tarapacá, el almirante Montero quedó como jefe militar y político del sur y tomó interés en las fortificaciones,
aunque recibió el informe de que la comisión encargada de ellas no había trabajado como hubiese sido de desear y carecía de
elementos. Por algún tiempo pareció que en Arica se decidiría la suerte del ejército del sur y no faltó quien pensara que
utilizando la dinamita y haciendo volar el puerto, en caso de un desastre, podría producirse un hecho que sacudiría hasta
las últimas fibras del corazón del Perú. Pero el ejército, en sus unidades más numerosas y el Estado Mayor, se dirigieron a
Tacna y evacuaron de Arica de cuyo comando se hizo cargo el Coronel Francisco Bolognesi (después del viaje a Lima de don
Camilo Carrillo) sin que las fortificaciones hubiesen podido completarse ni volverse formidables. La guarnición se componía
en su mayoría de guardias nacionales, o sea civiles armados.
El Morro es un cerro que se elevaba hasta hace poco tiempo, hasta quinientos pies sobre el nivel del mar, cerca de la ciudad
de Arica, accesible por el lado de la población y si bien con mucha dificultad, por el lado opuesto, llamado de la Licera.
Hállase unido con el Cerro Gordo que lo domina un tanto. Por el lado del mar aparece completamente cortado a pique.
Las baterías de la plaza de Arica se dividieron por los nombres de Norte, Este y Sur, según las posiciones que ocupaban en
relación con la ciudad. Con el nombre de baterías del Norte se conocía a las situadas al nivel de la población y eran: Santa
Rosa (1 cañón de 250, sistema Vavasseur con alcance máximo de 4.000 a 5.000 metros): San José (otro Vavasseur y un Pairot
que tiraba desde 5.000 metros): y Dos de Mayo (1 Vavasseur de 250). Las baterías del Este confinaban con el valle de Azapa,
daban frente a los caminos de Tacna y Camarones y estaban colocadas en los dos cerros llamados del Chuño y Gordo separados
el uno del otro y abiertos ambos por todos lados. Siete cañones Voruz coronaban esas alturas, defendidos por una trinchera
de sacos de arena. Las baterías del Sur o Morro presentaban sobre la meseta de éste, en plataformas fabricadas sobre piedra,
ocho cañones; un Pairot de a 100, un Vavasseur de a 250, seis Voruz de a 70. Diecinueve cañones tenía en total, Arica. De
ellos doce eran para la defensa frente al ataque por mar y siete para la defensa por tierra.
Actuaba como comandante de las baterías del Este, Medardo Cornejo; de las del Norte Juan P. Ayllón y de las del Sur o Morro
el capitán de corbeta Juan Guillermo More, el antiguo comandante de la Independencia que tenía consigo a algunos de sus
camaradas y vestía entonces de civil, decidido a buscar una reparación por la desgracia de Punta Gruesa. La guarnición
estaba compuesta de 160 hombres en el Morro, 92 en la batería del Este y 76 en el Norte y por las divisiones 7a y 8a al
mando, respectivamente de los coroneles José Joaquín Inclán y Alfonso Ugarte. La 7a constaba de tres batallones; Artesanos
de Tacna (391 hombres según una lista del 5 de junio que los chilenos publicaron), bajo las órdenes del coronel Marcelino
Varela: Granaderos de Tacna (218 hombres) al mando del coronel Justo Arias Aragüez; y Cazadores de Piérola (198 hombres)
primeramente con el coronel Agustín Belaúnde y el día de la batalla con el comandante Francisco Cornejo. La 8a división estaba
formada por el batallón Tarapacá (216 hombres) que obedecía al comandante Ramón Zavala y el Iquique (302 hombres) cuyo jefe
era el comandante argentino Roque Sáenz Peña. En total sumaban 1.600 hombres, la mayoría provenientes de Tacna y Tarapacá.
Su armamento era heterogéneo. En el puerto veíase anclado como una batería flotante, el monitor Manco Cápac.
Este barco hizo el milagro de moverse para un encuentro con el Huáscar que, mandado por el marino chileno Manuel Thompson,
intentó hundirlo. Thompson perdió la vida, (27 de febrero de 1880). Comandaba el Manco Cápac José Sánchez Lagomarsino y se
consideró que había realizado un hecho "increíble" ante el enemigo.
Bolognesi, al tomar posesión de la jefatura de la plaza de Arica, demostró una actividad y un entusiasmo extraordinario,
con los que asombró a quienes, por sus encanecidos cabellos veían en él sólo a un anciano. "Todo lo emprendió (dice la
relación de un testigo publicada en La Patria de Lima el 1º de setiembre de 1880) sin arredrarse por la escasez del tiempo
y su falta absoluta de elementos". Trató, en efecto, de dar organización autónoma a cada cuerpo y a cada batería para que
tuviesen su individualidad, sin perjuicio de la unidad del comando. Formó partidas de caballería para que vigilaran por,
el sur y por el norte. Mejoró el alimento de la tropa y subió a libra y media su ración de carne. En relación con la defensa
se orientó en dos sentidos; la atención de la existente y la colocación de las minas. En cuanto a lo primero, fueron puestos
parapetos y llegaron a ser trasladados algunos cañones al Morro; en el sector del norte se cuidó de la batería San José que
estaba en plena pampa todavía y por el lado de Cerro Gordo también fueron levantados parapetos aunque llegaron a ser sólo del
espesor de un saco lleno. Así frágiles trincheras de arena surgieron en todos los lados en que el Morro es accesible.
Las minas, cuyo emplazamiento estuvo a cargo del ingeniero Teodoro Elmore, fueron tendidas en una triple red, aunque en
realidad faltaban obreros, herramientas, tiempo y dinero.
"A tal punto llegó la falta de recursos (cuenta J. Pérez en el interesante folleto publicado en Lima en 1880 y titulado
Arica. Sus fortificaciones, asalto, defensa y ruina por un testigo y actor) que no hubo dos reales para comprar una vasija
en qué manejar los ácidos". Bolognesi tuvo, además, dificultades para obtener unas cuantas varas de bayeta con qué abrigar
a la tropa y a los oficiales. Afrontó también con energía y tino aislados casos de deserción e indisciplina que contrastaron
con el espíritu combativo de la inmensa mayoría de los defensores de Arica. Uno de los que le suministró recursos fue el
comerciante italiano Domingo Pescetto, alcalde de la ciudad.
LOS DEFENSORES DE ARICA DESPUÉS DE LA BATALLA DE TACNA.
La guarnición de Arica sintió el eco del cañoneo del 26 de mayo y vio las enseñas de júbilo en los barcos chilenos que
bloqueaban el puerto. Los "propios" mandados donde se suponía estuviera Montero, no regresaron. Un telegrama dirigido a
éste en Pachía pidiendo propios y órdenes a las 8 p.m. del 26 de mayo y agregando: "Aquí sucumbiremos todos antes de entregar
Arica", no obtuvo respuesta. Bolognesi confiaba aun en que el ejército aliado no hubiera quedado destruido y en que parte de
él, a órdenes de Montero, acudiría como refuerzo al puerto. Más tenaz fue la esperanza en que Leiva, al mando del llamado
segundo ejército del Sur, avanzaría sobre Sama y llegase a Arica.
La decisión adoptada por Montero sobre la suerte de Arica fue la de ordenar que se retirase la guarnición… Según explicó
en un documento publicado para rectificar a la exposición de Campero sobre la batalla de Tacna, quiso utilizar el telégrafo;
pero encontró la línea interrumpida. Sin embargo, el jefe chileno Lynch mandó desde Iquique al mismo Amunátegui en Santiago
el 8 de junio un despacho para informarle que se había encontrado en Arica un parte de Montero enviado después de la batalla
de Tacna, cuyo texto era el siguiente: "No piensen en resistir que la ira de Dios ha caído sobre el Perú". Esta comunicación,
sin duda, no existió realmente; pero no debieron faltar entre los defensores de Arica quienes pensaran con el pesimismo que
ella exhibe. El testimonio de Lynch se halla desmentido por el parte oficial de Manuel C. de la Torre firmado en Arica a bordo
del Limarí el 9 de junio de 1880 en que dijo: "El valiente coronel Bolognesi, jefe de la plaza, no recibió ni al siguiente día
del 26 ni nunca, propio ni comunicación oficial alguna que, dando a conocer el estado en que había quedado nuestro ejército y
el punto a que se retiraba, le indicara la norma de conducta que debía seguir la plaza de Arica...". Agrega que la defensa de
la plaza fue resuelta en junta de guerra "en obedecimiento de una orden del general Montero dada con fecha 24". Del Solar
escribió a Piérola en una carta desde Tarata el 31 de mayo: ''Nada sabemos hasta ahora de Arica, pero su pérdida es inevitable".
Y en otra del mismo lugar, con fecha 3 de junio: "Hoy he mandado a un jefe intrépido, al coronel Pacheco (cubano) a Arica
dándole cuenta a Bolognesi de lo que ocurre y dándole mi opinión sobre la situación en que se encuentra. Le digo que destruya
los cañones y cuanto elemento bélico hay en Arica y que salve los 2.500 hombres que allí tiene para pasar ese ejército a
Moquegua y unido al coronel Leiva. No sé lo que hará, ni si le parecerá a Ud. bien".
Pacheco nunca llegó a Arica. Un telegrama de Bolognesi al prefecto de Arequipa el 28 de mayo expresó: "Esfuerzo inútil.
Tacna ocupado por enemigo. Nada oficial recibido; Arica se sostendrá muchos días y se salvará perdiendo enemigo si Leiva
jaquea aproximadamente Sama y se une con nosotros. Hágale propios. Estoy incomunicado".
LA CAPTURA DE ELMORE.
El 1º de junio comenzaron a moverse los regimientos chilenos precedidos por la caballería. El ingeniero
Teodoro Elmore había sido comisionado para minar un sitio en la orilla norte del río Lluta y para hacerlo explosionar
cuando lo atravesara el enemigo. Elmore prendió fuego. Algunos cazadores chilenos de a caballo salieron contusos
por el estallido de las minas; pero los demás pasaron e hicieron prisionero al ingeniero. Su compañero Pedro Ureta
quedó herido y falleció poco después. Este episodio probaría que las minas eran ineficaces.
EL BOMBARDEO DE ARICA Y LAS PRIVACIONES DE LA GUARNICIÓN DE ESTA PLAZA.
Poco a poco fueron acampando en las inmediaciones de la plaza las tropas invasoras. El general chileno
Baquedano ordenó el bombardeo de Arica "creyendo (dice Bulnes) que bastaría eso para que se rindiera".
El fuego de los cañones invasores desde uno de los cerros vecinos no pudo ser contestado con éxito por
los cañones del Morro que no alcanzaban a ese sitio.
Al efecto sicológico de las noticias sobre la batalla de Tacna, la retirada de Montero, la demora de
Leiva, la prisión de Elmore y el bombardeo enemigo, se agregaron otros problemas. Hay un acta fechada
el 31 de mayo de los comandantes generales, jefes de detalle y primeros jefes de cuerpo, donde aparece
Bolognesi exponiendo que se hallaban "todas las fuerzas residentes en la plaza hace día sin diarios con
motivos de no haber remitido buenas cuentas del señor Comisario cuyo paradero se ignora; y que actualmente
no se contaba con la más insignificante suma de dinero para atender a los urgentes gastos que se presentaban
para las obras de defensa". Por ese motivo solicitó aquel día permiso para vender dos de los tres depósitos
de carbón existentes con el objeto de atender las necesidades de la plaza; y se dejó constancia de que si no
eran vendidos habría que quemar dichos depósitos "para que no los aproveche el enemigo en caso de un fracaso".
LA CARTA DE BOLOGNESI EL 4 DE JUNIO.
Bolognesi despachó el 4 de junio la siguiente carta: "Señor General Montero o Coronel Leiva. -Este es el octavo
propio que conduce tal vez las últimas palabras de los que sostienen en Arica el honor nacional. No he recibido,
hasta hoy, comunicación alguna que me indique el lugar en que se encuentra ni la determinación que haya tomado.
El objeto de éste es decir a U.S. que tengo al frente 4.000 enemigos poco más o menos a los cuales cerraré el paso
a costa de la vida de todos los defensores de Arica aunque el número de los invasores se duplique. Si U.S. con
cualquier fuerza ataca o siquiera jaquea la fuerza enemiga, el triunfo es seguro. Grave, tremenda responsabilidad
vendrá sobre U.S. si, por desgracia, no se aprovecha tan segura, tan propicia oportunidad. En síntesis, actividad
y pronto ataque o aproximación a Tacna es lo necesario por parte de U.S. por la nuestra cumpliremos nuestro deber
hasta el sacrificio. Es probable que la situación dure algunos días más y, aunque hayamos sucumbido, no será sin
debilitar al enemigo hasta el punto de que no podrá resistir empuje de una fuerza animosa, por pequeño que sea su
número. El Perú entero nos contempla. Animo, actividad, confianza y venceremos sin que quepa duda. Medite U.S. en
la situación del enemigo, cerrado como está el paso a sus naves. Ferrocarril y telégrafo fueron inutilizados; pero
hoy ya funcionan trenes para el enemigo. Todas las medidas de defensa están tomadas, espero ataque pasado mañana,
resistiré. Hágame propios cuantos sea posible. Dios guarde a U.S. Francisco Bolognesi".
LA PROPUESTA DE RENDICIÓN Y LA RESPUESTA DE BOLOGNESI.
La población del puerto había empezado a abandonarlo desde el 2 y Bolognesi redoblaba sus preparativos para la lucha, obteniendo
dinero y abrigo para los soldados. Al mismo tiempo telegrafió varias veces: Apure Leiva. Su telegrama del 5 de junio decía: Apure
Leiva. Todavía es posible hacer mayor estrago en el enemigo victorioso. Arica no se rinde y resistirá hasta el último sacrificio.
Pero Leiva, cuyas tropas no eran, como se ha visto; según él, de gran importancia militar, regresó a Arequipa. El comando chileno
destacó a las 7 de la mañana del día 5 a un parlamentario, que fue el mayor Juan de la Cruz Salvo. Fue este jefe recibido por Bolognesi
en la casa donde él habitaba al pie del Morro dando vista a la calle principal del puerto en su corredor, entonces pintado de azul.
Dicha casa es hoy propiedad del Estado peruano y sirve como Consulado.
La conversación entre el jefe peruano y el parlamentario chileno fue breve. Bolognesi invitó a Salvo a sentarse a su lado en un
pobre sofá colocado en la testera de un salón entablado pero sin alfombra y sin adornos que una mesa de escribir y unas cuantas
sillas. Después de expresar que el general en jefe del ejército de Chile quería evitar un inútil derramamiento de sangre, cuando
ya había sido vencido en Tacna el grueso ejército aliado. Salvo dijo que tenía el encargo de pedir la rendición de la plaza "cuyos
recursos en hombres víveres y municiones conocemos".
"Tengo deberes sagrado, repuso Bolognesi, y los cumpliré hasta quemar el último cartucho".
Cuando Salvo hizo ademán de retirarse para dar por terminada su misión, Bolognesi le advirtió que había dado un punto de vista
personal y que debía consultar con sus jefes por lo cual enviaría su respuesta a las 2 de la tarde. Salvo no aceptó esta demora.
Bolognesi le anunció que haría la consulta de inmediato y en presencia del jefe chileno. Lo ocurrido entonces ha quedado no en
los labios de sobrevivientes exagerados ni en las crónicas de corresponsales imaginativos ni en una irresponsable tradición
popular. Se halla en los siguientes telegramas: "Junio 5. Recibido el 6 a las 9 a.m. Prefecto Arequipa. Parlamentario impone
rendición. Contestación, previo acuerdo de jefes: "Quemaremos el último cartucho. Bolognesi". "Junio 5 (Recibido a las 2 y 40 p.m.).
Prefecto de Arequipa. Suspendido por enemigo cañoneo. Parlamentario dijo: "General Baquedano por deferencia especial a la enérgica
actitud de la plaza desea evitar derramamiento de sangre". Contesté según acuerdo de jefes: Mi última palabra es quemar el último
cartucho. Viva el Perú. Bolognesi.
El parte oficial, firmado por Manuel Baquedano en Arica el 21 de junio de 1880 confirma la efectividad de esta escena y agrega:
"El señor Bolognesi respondió, después de consultar con sus jefes compañeros, que estaba dispuesto a salvar el honor de su país
quemando el último cartucho".
Vicuña Mackenna dio del episodio una versión muy difundida a base del relato que le hizo Salvo. No se trató, pues, de la bravata
de un jefe sino del voto de una junta. Voto emitido por segunda vez. Según el parte de Manuel C. de la Torre, fechado el 9 de junio,
después de que se supo la derrota sufrida en Tacna quedó resuelta en junta de guerra la defensa de la plaza, en obedecimiento de
una orden del señor General Montero, dada con fecha 24, para el caso de un fracaso de nuestro ejército"... Allí se acordó también
el plan de defensa y cada uno de los jefes y secciones de las fuerzas terrestres y marítimas "ocuparon sus puestos, resueltos
todos a un sacrificio seguro". Por eso es que La Torre, al dar cuenta de la respuesta a Salvo, dice que fue "previo acuerdo de
una junta de jefes de las fuerzas defensoras cuya unánime opinión fue consecuente a la determinación adoptada en días anteriores".
Sobre el número y los nombres de quienes asistieron a la reunión con Salvo ha habido algunas discrepancias de detalle. Según
una versión fueron, además de Bolognesi, el capitán de navío Juan Guillermo More; los coroneles José Joaquín Inclán, Justo
Arias y Aragüez, Marcellino Varela, Alfonso Ugarte y Mariano E. Bustamente; y los tenientes coroneles Manuel C. de la Torre,
Ricardo O'Donovan, Francisco Cornejo, Roque Sáenz Peña, Ramón Zavala, Juan Ayllón y Medardo Cornejo, Gerardo Vargas omite a
Ricardo O'Donovan, y a Francisco Cornejo, y menciona a Benigno Cornejo, Francisco Chocano y (cosa muy probable) al capitán
de fragata José Sánchez Lagomarsino. A. Bustamante le da el rango de comandante y no el de coronel que le corresponde. Otra
versión, menos verosímil, afirma que fueron veintiocho o veintiséis jefes, incluyendo los tenientes coroneles y los sargentos mayores.
LA JUNTA DE LOS JEFES DE ARICA EN MAYO Y EL BANQUETE DE ELLOS. LOS PRÓFUGOS DEL MORRO.
Gerardo Vargas H., historiador ariqueño ya citado en su libro La batalla de Arica, insiste en que Bolognesi convocó a una reunión
de sus jefes inmediatamente después de la batalla de Tacna. A ella asistieron, según asevera, veintisiete jefes. El acuerdo
adoptado habría sido morir antes de rendir la plaza y activar los trabajos de defensa para resistir al enemigo. Vargas se
apoya para dar los detalles acerca de esta junta en unos apuntes de Fermín Federico Sosa, subprefecto de Arica y en informaciones
verbales de varios sobrevivientes.
Afirma, asimismo, Vargas que la única voz que abogó en la reunión mencionada a favor de la capitulación fue la del comandante
del batallón Cazadores de Piérola, Agustín Belaúnde. Recoge en seguida la versión, muy difundida en Arica y en Tacna, de que
luego Belaúnde fugó al saber que, por razones disciplinarias, había sido decretado su arresto a bordo del monitor Manco Cápac,
tomando análoga actitud el sargento mayor Manuel Revollar, del mismo cuerpo y otros. Sostiene que es deber suyo hablar de estas
cosas y recuerda que el historiador chileno Molinare consignó la cobardía de dos jefes de esa nacionalidad en los momentos de
iniciarse el asalto de Arica: los comandantes Ricardo Castro y Luis José Ortiz.
Narra a continuación que Agustín Belaúnde fue, elegido, por influencia de Piérola, diputado por Tayacaja en 1896, suscitando la
protesta de los diputados por Tacna libre. Pero en 1896 no hubo elecciones. En el Congreso de 1895 el diputado propietario por
Tayacaja fue Casimiro Pacheco y el suplente José Ramón Serpa. Al iniciarse la legislatura de 1897 se incorporó a la Cámara el
señor Serpa. En la junta preparatoria del 22 de julio de 1899 se incorporó Carlos A. Belaúnde (no Agustín Belaúnde) como diputado
propietario por Tayacaja. Sin objeción alguna la versión del historiador ariqueño aquí es errónea.
Otra noticia a la que dedica especial atención Vargas es la del banquete ofrecido por Alfonso Ugarte a Bolognesi y a los demás
jefes de la guarnición en la que se reiteró la voluntad del sacrificio. Vargas califica a esta reunión como "el juramento de los héroes".
LA RESISTENCIA DE ARICA.
Bolognesi y sus hombres hubieran podido abandonar Arica inmediatamente después de la batalla de Tacna, para buscar la retirada
hacia Bolivia o el contacto con Leiva. Cuando ya se colocó la artillería chilena "en los elevados cerros que oprimen la ciudad
como un arco inmenso de granito", fue imposible que ignorasen que estaban perdidos. En el mar vigilaba la escuadra enemiga.
La ilusión de las minas, que no podía exagerarse sino en mentes sencillas, había sufrido un grave quebranto después de la captura de Elmore.
Arica había quedado aislada del ejército peruano. La campaña del sur estaba liquidada ya. Resistir o capitular era un problema
de honra; pero aparentemente no era un elemento esencial en el desarrollo inmediato de las operaciones de la guerra. La decisión
de luchar podía ser lógica en un anciano para quien "todo era indiferente, todo lo que no estaba escrito en algún artículo de
la ordenanza o en el sentimiento del honor militar", según las palabras de Sáenz Peña. Como si se hubiera anticipado a esta
sospecha, Bolognesi convocó a la junta de jefes. Sáenz Peña cuenta que al dirigir la palabra en esa ocasión aludió a los pocos
días que le quedaban de vida y a su supremo deseo de morir con gloria, añadiendo que pedía la libre opinión de sus oficiales,
muchos de ellos jóvenes que podían ser útiles para el país y servirle en el porvenir. Uno por uno contestaron los jefes por
orden de graduación encabezados por More, vestido de paisano pero con corbata blanca de marino. Es evidente que el pensamiento
de un porvenir lisonjero tenía que surgir en la mente de muchos de ellos. Estaban allí, entre otros, Ramón Zavala, rico industrial
salitrero y sobre todo sonreía en la vida; patriarcas tacneños como Arias y Aragüez e Inclán, hombres maduros, amados por su pueblo
y amantes de él, que todavía podían poner el hombro en la reconstrucción; Sáenz Peña, que pudo invocar su condición de extranjero
y no lo hizo y vino a resultar no sólo un actor sino también un testigo de estos hechos, un testigo que iba a encabezar más tarde
un homenaje internacional. Las campañas del sur fueron campañas del ejército profesional peruano; pero Arica simboliza el comienzo
en el predominio de las milicias urbanas. De esos jefes no todos eran militares de profesión; algunos eran civiles, con grados
episódicos y había hasta marinos sin barco. Ni una voz discrepante se alzó.
Como en la vieja balada sajona de Maldon, los defensores de Arica dijeron: "Cuando menos sea nuestra fuerza más animoso debe
ser nuestro corazón".
Las tropas de que disponía Bolognesi que llegarían (como se ha dicho) a unos mil seiscientos hombres, carecían de fuerzas de
caballería que les hubieran facilitado el servicio de seguridad exterior de la plaza. El ejército chileno tenía, según testimonios
de esa nacionalidad, cinco mil hombres al mando del coronel Pedro Lagos y contaba con el apoyo de la escuadra compuesta del Cochrane,
la Covadonga, el Loa y el Magallanes. Otras versiones hacen subir el número de hombres de dicho ejército a ocho mil.
LA TRAYECTORIA DE BOLOGNESI.
Francisco Bolognesi nació en Lima, en la calle Afligidos, hoy jirón Caylloma el 4 de noviembre
de 1816, según la versión generalmente aceptada, de acuerdo con una partida de bautismo que exhumó
Ismael Portal. Documentos encontrados hace poco han llevado a algunos a suponer (sin confirmación)
que nació en fecha posterior en Arequipa, habiendo muerto antes un hermano suyo del mismo nombre.
Su padre fue italiano: Andrés Bolognesi, sobresaliente violoncelista, director de orquesta, oriundo
de Génova, llegado al Perú en 1810 para establecerse primero en Arequipa. Su madre, arequipeña, llamóse
Juana Cervantes Pacheco. Tuvo tres hermanos: Margarita y Manuela, casadas con extranjeros y alejadas del
Perú y Mariano, que llegó a ser coronel de artillería.
Francisco trabajó primero en el comercio. Por un tiempo, asociado con capitalistas del Cuzco, explotó cascarilla,
coca y café en las montañas de Carabaya, en el departamento de Puno. Al formarse en Arequipa la guardia nacional
en 1853, con motivo del litigio que había surgido con Bolivia, fue designado 2º jefe del regimiento de caballería
con el grado de teniente coronel. Entró al ejército profesional en el arma de artillería al producirse la sublevación
de aquella ciudad contra Echenique en enero de 1854 con el mismo grado de teniente coronel y como 2º jefe del batallón
Libres de Arequipa. En esa campaña fue nombrado comisario general del ejército libertador. Luego llegó a ser ayudante
de campo del Presidente Castilla y adscrito a la Inspección General del Ejército. Participó como comandante del Escuadrón
Volante y primer jefe de la brigada de artillería, en el asalto de Arequipa en marzo de 1858 y llegó a ser herido en el
fuerte Santa Rosa. El 10 de marzo de 1858, en mérito de su actitud heroica, por acción distinguida en armas y haber
comprometido la gratitud nacional, fue ascendido a coronel efectivo de artillería. En 1859 actuó en la campaña del
Ecuador.
El Presidente Castilla, amigo suyo, le envió en marzo de 1860 a Europa con la finalidad de comprar armamento. Regresó
en febrero de 1862 con cincuenta y cuatro cañones, la primera artillería rayada que tuvo el Perú. Con motivo de unas
pruebas de ella efectuadas en las playas de Conchán, se produjo una polémica periodística y Bolognesi, en un artículo
publicado en El Comercio, salió en defensa del Cuerpo de Artillería (7 de abril de 1862).
En 1864 recibió del Presidente Pezet una nueva comisión similar a la de 1860-62. Fue él quien consiguió los cañones de
grueso calibre para la defensa del Callao. Comandante General de Artillería desde 1862, permaneció en ese cargo hasta el
30 de octubre de 1871, fecha en que se retiró del ejército a la edad de 55 años. En 1868, con retención del cargo, fue
gobernador civil del Callao.
Al estallar la guerra con Chile ofreció sus servicios y se le mandó en condición subalterna al ejército que debía guarecer
Tarapacá, hasta que recibió el comando de la 3a división con la que asistió a las jornadas de San Francisco y Tarapacá.
Se distinguió notablemente en esta última.
Casado con doña Josefa La Puente y Rivero, tuvo cuatro hijos: Margarita, Federico, Enrique y Augusto. Estos dos últimos
murieron heroicamente en las batallas por la defensa de Lima.
"El coronel Bolognesi (dice Sáenz Peña en Mis recuerdos) era un hombre de pequeña estatura. Había lentitud y dureza en
sus movimientos, como lo había en su fisonomía; la voz era clara y entera a pesar de su ancianidad; los años y los pesares
habían plateado su cabello y su barba redonda y abundante, destacaba la tez bronceada de su rostro enérgico y viril".
También expresa Sáenz Peña: "su inteligencia era inculta, carecía de preparación pero tenía la percepción clara de las
cosas y de los sucesos; la experiencia de los años y la malicia que se desenvuelve en la vida inquieta de los campamentos
habían dado a su espíritu cierta agilidad de concepción... Había conocido los ejércitos europeos y hecho estudios detenidos sobre armamentos. Recordamos haber leído sus trabajos manuscritos; carecían absolutamente de forma; pero en el estudio comparativo revelaban su conocimiento exacto de las armas modernas". También lo pinta, ordenancista y soldado sobre todas las cosas; respondiendo a quien dijo que en San Francisco el ejército aliado no debió atacar el cerro sin apoderarse del agua: "Puede ser, pero yo no tenía sed"; combatiendo en Tarapacá a pesar de hallarse enfermo con altísima fiebre; infatigable en el servicio y apareciendo en todas las avanzadas de Arica.
Nota fundamental de la personalidad de Bolognesi fue la altivez ante la muerte. Sáenz Peña cuenta también que después
de la batalla de Tarapacá, le dijo: "Las balas chilenas apenas llegan a las suelas de mis botas", señalando su pie derecho
porque un proyectil le había llevado un tacón de sus granaderas. La misma actitud emerge en varios documentos finales de
este peruano ejemplar. Así, en una carta escribió el 21 de mayo de 1880: "Aquí estoy bien de salud, esperando sólo que
venga el enemigo para recibirlo sin que me importe su número".
EFIGIE DE BOLOGNESI.
Había vivido Bolognesi sin mancharse ni con el lodo de las guerras civiles ni con la locura de las riquezas dilapidadas
simultáneamente. A pesar de su modestia, de su sencillez, le tocó transfigurarse a los sesenta y tres años. Cuando todo se
apagaba, él y sus camaradas obtuvieron allí con su decisión irrevocable que los revestía de una sagrada tristeza y los
circundaba de una perenne claridad. En ellos la dignidad humana fue superior a la muerte. Antes de pronunciar sus famosas
palabras, la mirada silenciosa y honda del héroe conoció y superó todas las infamias del mundo, vio toda la guerra con la
extraña soledad que infunden el honor y la energía del hombre libre y el limpio afán de proceder bien. Un pueblo entero
pasó en unos minutos por aquella habitación desmantelada con sus equivocaciones y sus pecados y sus sueños de grandeza y
su futuro esplendoroso. Le cayeron los años sobre el rostro al viejo coronel y habló como después de muerto. Una llama
clara e intensa le brilló en los ojos mientras el aire de la mar jugaba con sus cabellos canos. Su palabra centelleó como
el acero arrebatado de un golpe a la vaina. Dijo sólo una frase breve y ella quedó viva callando luego el estrépito del
combate y las dianas de la victoria. Flamea como una bandera al viento de la historia.
Bolognesi y los suyos probaron que ni los ejércitos ni los pueblos ni los hombres deben fijarse exclusivamente en la
utilidad inmediata o en las consecuencias visibles de sus grandes decisiones. El que muere donde debe, vence y sirve. La
astuta prudencia saca con reparos perezosos excusa para la tibieza transitoria, la inactividad y el egoísmo. Como con
bubas en el rostro y jorobas en la espalda suelen pasar los que ante las penas de la patria se escabullen y están como
fugados. Los verdaderos vencidos, a veces los verdaderos muertos, son los que son por obra de ellos mismos: por su
desidia, su cobardía, su malignidad o su soberbia. La patria no fue inflexible en aquella época tremenda o después de
ella con quienes la desampararon so capa de comodidad, duda o impotencia y no dijo "Esos" con la mirada como un látigo
sobre sus carnes y sus almas, ni puso en cadenas al deber desatendido. Pero dijo, en cambio, amorosamente, "Estos" a los
que infundieron máxima belleza y grandeza a su agonía y alargaron el agua a su sed cuando estaba siendo crucificada.
Hay diferentes modos de dormir en la soledad de las tumbas. Bolognesi y sus compañeros están siempre acompañados por un
cariño y un respeto espontáneo y multitudinario porque, al inmolarse, le dieron al Perú algo más importante que una
lección de estrategia: le dieron símbolos nacionales, aliento misterioso para el alma colectiva. Y es que el dolor puede
ser la mejor fuente de júbilo, de reanudación de tarea nueva.
Para el ejército peruano Bolognesi es con Cáceres lo que Grau para la marina. Cada año los cadetes juran ante su recuerdo
de fidelidad a la bandera. Con los elogios que en prosa y en verso se ha dedicado y dedica a ambos, podrían formarse
muchos volúmenes. Buques de guerra, provincias, caletas, colegios, puentes, calles, avenidas, teatros, clubs deportivos
llevan sus nombres. Casi no hay población peruana sin monumentos o bustos suyos. Sus retratos adornan las oficinas
públicas y el despacho del Presidente de la República cómo también casas y tiendas humildes. Lo mejor que el Perú de la
reconstrucción pudo albergar, en Grau y en Bolognesi en Cáceres se inspiró.
EL BOMBARDEO Y LA INTIMIDACIÓN DEL 6.
La artillería chilena terrestre y naval llevó a cabo un segundo bombardeo el 6 de junio. Dice el parte chileno: "Abrigamos
entonces la esperanza de que con esas tentativas los peruanos desistirán del propósito de seguir combatiendo, inútilmente,
sin probabilidades de triunfo. Al mismo tiempo, obligándoles a batirse, le dábamos oportunidad para salvar el honor de su
país y entrar en honrosa y cuerda capitulación". El ataque por mar duró tres horas (de la 1 a las 4 de la tarde) y el de
tierra cinco porque empezó a las 11 de la mañana. Se cambiaron 343 tiros, 272 por los chilenos y 71 por la plaza. La
Covadonga recibió dos balazos de a 150 que la obligaron a dirigirse a Iquique para repararse y el Cochrane tuvo muchos
golpes en el blindaje y 28 bajas. Las baterías de tierra no sufrieron daño visible.
A la media noche del 5, Lagos, después de haber estado acampando en el valle de Azapa, con tropas escogidas y después de
dejar encendidos sus fuegos trepó, sin que se le sintiera, a las lomas que iba a atacar por retaguardia y que dominaban
el Morro por el oriente. En la tarde del 6, sin embargo, despachó con una última intimidación al ingeniero Elmore, quien
(según su testimonio) regresó con un papel sin firma donde se decía que los defensores de Arica "no estaban distantes de
escuchar las proposiciones dignas" que puedan hacerse oficialmente llenando las prescripciones de la guerra y del honor.
En este documento anónimo no había el ofrecimiento de una rendición sino una aquiescencia para entrar en nuevas
negociaciones. Podía ser una maniobra dilatoria, podía ser una expresión de desacierto ante el empleo de un peruano como
parlamentario. En el Senado de Chile Benjamín Vicuña Mackenna dio a conocer la supuesta contestación en diciembre de 1880.
Manuel C. de la Torre y Marcelino Varela, jefes peruanos prisioneros en San Bernardo, se apresuraron a rectificarle.
Afirmaron enfáticamente que ni en el consejo de guerra del 6 de junio ni en ningún otro se acordó rendir la plaza. Ningún
jefe de Arica firmó nota o documento oficial alguno que expresaran tal decisión y el señor Elmore no era el destinatario
lógico de la importante misiva comunicándosela, sino el general Baquedano o el coronel Lagos. El jefe de la plaza o del
Estado Mayor hubieran debido aparecer suscribiendo un papel de tanta trascendencia. Agregaron, además, Varela y La Torre,
que ni Baquedano ni Lagos esgrimieron el dato enarbolado por Vicuña Mackenna y preguntaron cómo fue emprendido entonces
el ataque en la madrugada del 7, lo cual implicaba suponer "que el señor general Baquedano y todos los señores jefes
chilenos no conocían las leyes de la guerra, lo que es falso, o que conociéndolas, quisieron sacrificar estérilmente la
sangre de los suyos".
Manuel C. de la Torre en su parte a bordo del Limari el 9 de junio había antes expresado: "El jefe de la plaza, de acuerdo
con la junta, se negó a reconocer al señor Elmore con el carácter de parlamentario y le despidió indicándoles contestar:
"que sólo estaba dispuesto a recibir parlamentarios en forma y con arreglo a las prescripciones militares del caso".
Elmore se esforzó en prevenir a los jefes peruanos que el ataque vendría por la baterías del Este, como ocurrió: pero no
fue creído.
LA SEGUNDA PROPUESTA DE RENDICIÓN.
Una carta de Teodoro Elmore a su madre, escrita desde la prisión de Arica, reproducida por Gerardo Vargas H. en su libro
citado, ofrece algunos pormenores sobre la segunda propuesta de rendición: "Después de dos días en cañoneo y sin esperanza
de ver un solo soldado de Montero o de Leiva, con conocimiento de la animación que notaba en la tropa chilena de arrasar
todo, no tuve inconveniente en aceptar la misión, bajo mi palabra de honor. Una explosión de entusiasmo fue mi presencia
en el pueblo, tanto más cuanto que durante el día se había hecho algunos tiros felices de los fuertes sobre la escuadra y
las baterías de la artillería enemiga. Mi posición, por lo mismo, fue muy difícil en el consejo de guerra que se reunió:
sin embargo fui franco y les manifesté que si yo hubiese estado con ellos, hubiera participado en primer término de la
obstinación que todos manifestábamos: pero no conociendo, como conocía, al enemigo, sabiendo que no había esperanza y
habiendo apreciado el mérito de la resistencia por dos días de cañoneo, no vacilaba en pedirles que se fijasen mucho en
el fin que se perseguía que no era otro que salvar el honor, ya satisfecho. Les expresé el peligro en que se encontraban
de irritar el espíritu vandálico enemigo y la conveniencia de ahorrar centenares de vidas: terminé diciéndoles que sólo
les llamaba la atención sobre esos puntos, absteniéndome de manifestarles mi opinión por el carácter que en ese instante
investía. Después de una detenida discusión en que todos los jefes manifestaron tanto brío como juicio, se acordó hacerme
regresar".
El médico ecuatoriano de la ambulancia de Arica J. Pérez en su folleto Arica. Sus fortificaciones, asalto, defensa y
ruinas (Lima, 1880) dice: "El comisionado manifestó en pleno consejo sus impulsos, deseos y temores: cumplió con su
cometido diciéndoles la verdad de lo que pasaba en el campamento enemigo, en medio del que había estado cinco días
mortales". El mismo autor cree que "el honor se había salvado con los dos hermosos días de resistencia sin que por
consiguiente, hubiera nada qué perseguir en lo sucesivo". Pero (agrega) la idea era una, la intención la misma, la mirada
invariable entre los defensores: los halagos de la salvación, el brillo de la honra adquirida en dos días de fuego, la
pérdida de toda esperanza del exterior, los temores del desbordamiento del enemigo, nada absolutamente nada, podía haber
hecho cejar a ninguno de estos inflexibles patriotas"...
EL ASALTO DEL 7 DE JUNIO.
Al amanecer del 7 de junio de 1880 fue el asalto. Empezó, de acuerdo con el plan chileno, en la retaguardia, por las
baterías de Este que confinaban con el valle de Azapa. Las tropas asaltantes se sortearon los puestos de mayor peligro.
En el fuerte de la Ciudadela cayó, dando ejemplo de extraordinaria bravura, el anciano Arias y Aragüez, después de matar
a cinco chilenos con su espada. La explosión del polvorín efectuada por el cabo Alfredo Maldonado hizo volar no menos de
diez chilenos y mucho mayor número de peruanos. Empezó entonces una feroz matanza de prisioneros: "a la verdad (dice
Vicuña Mackenna) según unos, de los 400 artesanos de Tacna escaparon sólo diez, según otros sólo un negrito...". En el
otro fuerte del Este cayeron luchando el jefe de estado mayor de la 7a división Ricardo O'Donovan, comerciante y diputado
por Trujillo, su ciudad natal y Francisco Cornejo, segundo jefe de los Cazadores de Piérola, encargado del mando de este
cuerpo y también el patricio José Joaquín Inclán que a medio vestir salía de su tienda con un revólver en la mano para
dejar cumplida su heroica promesa de sacrificarse por su patria. "El Morro había estado en silencio en los primeros
momentos del combate. No había allí sino un cañón abocado a tierra. More armó con rifles a sus artilleros y despachó a
sus mejores capitanes. Adolfo King, figura prócer del Callao y Cleto Martínez, a sostener los parapetos del Cerro Gordo
que servían como zaguán al Morro, con unos ochenta o cien hombres equipados a la ligera, ambos capitanes perecieron.
Alfonso Ugarte había corrido a caballo a traer su división, sacándola rápidamente de los fuertes del Norte. Pero al
llegar los primeros grupos del batallón Iquique con Sáenz Peña y del Tarapacá con Ramón Zavala, cayó mortalmente herido
este último distinguido jefe y prominente ciudadano y cayó también su segundo, Benigno Cornejo. Igual suerte corrieron
el jefe de estado mayor de la 83 división coronel Mariano E. Bustamante y el segundo jefe del Iquique Isidoro Salazar.
En los fuertes del Norte el comandante Ayllón reventó los cañones y prendió fuego a los polvorines. Las explosiones no
cortaron el asalto: pero enfurecieron más, en muchos casos, a los atacantes y a la vez solían dañar a los propios
peruanos. Los parapetos hechos con sacos de arenas fueron cortados con cuchillos y superados. La resistencia final tuvo
lugar en el Morro mismo, a donde las tropas chilenas que habían ocupado el Cerro Gordo pudieron dirigirse sin subir
ninguna pendiente. Allí estaban Bolognesi, More, Ugarte, Sáenz Peña, Armando Blondel, tacneño, hijo de un comerciante
francés, con los restos del Tarapacá, el Iquique, el Artesano y el Granaderos de Tacna. Eran unos pocos hombres contra
muchos asaltantes. Todo había concluido después de las ocho de la mañana. Blondel murió al pie del pabellón. El monitor
Manco Cápac fue hundido por su comandante José Sánchez Lagomarsino, si bien él y los demás tripulantes se salvaron. La
lancha torpedera Alianza (llegada en la Unión) salió de Arica con el propósito de escapar con rumbo al norte y fue
perseguida y cañoneada. Sus tripulantes la vararon y destruyeron cerca de Ilo. La mandaba el teniente 1º Juan Fernández
Dávila.
Los chilenos, en sus documentos oficiales, dieron como bajas 474 hombres, entre ellos 5 jefes y oficiales muertos
(incluyendo al comandante del 4º de línea. Juan José San Martín) y 18 heridos: 114 soldados muertos y 337 heridos.
En su parte oficial fechado en Arica el 11 de junio de 1880, Pedro Lagos expresó, al referirse a la fase final del
combate: "El 4º (de línea) logró apoderarse del fuerte del centro 40 minutos después del primer disparo y apagó por
completo los fuegos del Morro 20 minutos después", Luis Solo Zaldívar, comandante accidental del regimiento 4º de línea
por haber muerto en la acción su jefe el teniente coronel Juan José San Martín, no indica en su parte tampoco que se
hubiera cesado de luchar hasta el último.
Manuel Baquedano en el informe general por él elevado al Ministerio de Guerra el 21 de junio de 1880, escribió: "Perdidos
sus últimos atrincheramientos, los peruanos hicieron volar los fuertes del Norte. La lucha había sido porfiada y
sangrienta hasta lo increíble. A las 9 a.m. la plaza era completamente nuestra y la bandera de Chile se ostentaba en los
fuertes y en los edificios públicos"... "El enemigo perdió a sus mejores jefes. El que no cayó prisionero, rindió la
vida". De otro lado, en un despacho trasmitido desde Arica a Patricio Lynch en Iquique, Máximo R. Lira afirmó: "En la
Ciudadela la lucha fue terrible. Creo que habrán escapado muy poco de sus defensores, tantos eran los muertos. Nuestros
caballos entraban la uña en los charcos de sangre. Luego cayó el segundo fuerte, luego después el Morro, que estuvo
haciendo fuego contra los anteriores ocupados ya por nuestras tropas".
El comandante peruano Manuel C. de la Torre en su parte fechado a bordo del Limarí el 9 de junio, dio la siguiente
versión: "Palmo a palmo y con empeñoso afán fueron defendidas nuestras posiciones hasta el Morro donde nos encerró y
redujo a unos cuantos el dominante y nutrido fuego del enemigo más de una hora. Eran las 8.59 a.m. cuando todo estaba
perdido: muertos casi todos los jefes prisioneros los únicos que quedaban". La Torre cuidó mencionar que fue "arriada
por la mano del vencedor nuestra bandera". En términos parecidos se expresó Saénz Peña (Arica 9 de junio). El corresponsal
de El Mercurio incluyó en su crónica, fechada el mismo 7 de junio las siguientes frases: "Sólo More y Bolognesi
continuaron haciendo fuego con sus revólveres hasta que un soldado tendió muerto instantáneamente a éste de un balazo que
le atravesó el cráneo. El mayor Zaldívar (se refiere al autor del parte ya mencionado) se adelantó entonces hacia More
intimándole rendición; pero éste en lugar de contestarle hizo con él un disparo de revólver y Zaldívar sacando el suyo le
dio uno en el pecho que le causó la muerte al instante". Luis Solo Zaldívar rectificó esta noticia aseverando: "Cuando yo
entré en esa fortificación eran ya cadáveres (Bolognesi y More) y todos, oficiales y tropas de este regimiento que ahí se
batieron están conformes en creer que ambos jefes cumplieron ese día con su deber. El corresponsal de El Ferrocarril de
Santiago expresó: "Los enemigos se han batido muy bien como que sabían que la cosa valía la pena, pues no se daba cuartel
en el combate". El Mercurio, en el editorial destinado a celebrar la victoria, no tuvo reparos para comparar a Bolognesi
y a More con los más celebrados héroes que Chile había presentado hasta entonces en la guerra.
Sin embargo, Manuel I. Espinoza, comandante de la batería del Morro, en su parte fechado en la Aduana de Arica el 7 de
junio contradijo en la siguiente forma a los testimonios chilenos y peruanos mencionados y a otros emitidos en sentido
similar: "Mientras tanto, la tropa que tenía su rifle en estado de servicio seguía haciendo fuego en retirada hasta que
los enemigos invadieron el recinto haciendo descargas sobre los pocos que quedaban allí; en esa situación llegaron a la
batería el señor coronel don Francisco Bolognesi, jefe de la plaza, coronel don Alfonso Ugarte, el teniente coronel Roque
Sáenz Peña que venía herido, sargento mayor Armando Blondel y otros que no recuerdo; y como era inútil toda resistencia,
ordenó el señor comandante general que se suspendiesen los fuegos, lo que no pudiendo conseguirse de vida voz, fue el
señor coronel Ugarte personalmente a ordenarlo a los que disparaban sus armas al otro lado del cuartel, en donde dicho
jefe fue muerto". Y después de narrar que trasmitió la orden de hacer reventar todos los cañones de la batería, agregó:
"A la vez que tenían lugar estos acontecimientos, las tropas enemigas disparaban sus armas contra nosotros y
encontrándonos reunidos los señores coronel Bolognesi, capitán de navío More, teniente coronel Sáenz Peña, el que suscribe
y algunos oficiales de esta batería, vinieron aquéllas sobre nosotros y a pesar de haberse suspendido los fuegos por
nuestra parte, nos hicieron descargas de las que resultaron muertos el señor comandante general, coronel don Francisco
Bolognesi y comandante de esta batería, señor capitán de navío don Juan G. More, habiendo salvado los demás por la
presencia de oficiales que nos hicieron prisioneros".
Surge así una divergencia entre este testimonio (que fue aceptado por el historiador inglés Markham y los chilenos Vicuña
Mackenna, Bulnes y Molinare y los documentos chilenos, oficiales y no oficiales, emitidos inmediatamente después de la
lucha. ¿No es lógico suponer que los partes chilenos y las versiones de actores, testigos y corresponsales de esta
nacionalidad, en el caso de que Bolognesi hubiese ordenado suspender los fuegos, habrían tenido mucho cuidado en
divulgarlo de modo especial? ¿Cómo se explica que el corresponsal de El Mercurio dijera textualmente: "Sólo More y
Bolognesi continuaron haciendo fuego con sus revólveres hasta que un soldado tendió muerto instantáneamente a éste de un
balazo que le atravesó el cráneo?" ¿Inspiró a Espinoza un ciego respeto de la verdad en todos sus detalles, o algún otro
sentimiento como, por ejemplo, el de culpar a los chilenos por máximos excesos de crueldad, para hacerlos aparecer como
verdaderos asesinos de un puñado de hombres inermes? ¿Por qué razón la posteridad va a creer a Espinoza y no a Roque Sáenz
Peña? ¿Van a escatimar los peruanos el homenaje que deben a la muerte de Bolognesi cuando los primeros en rendírselo
fueron Luis Solo Zaldívar, Pedro Lagos, Manuel Baquedano, Máximo R. Lira, sus adversarios en el lugar de la acción? ¿No
se anticipó al veredicto de la historia el primero de los jefes chilenos antes citados, Luis Solo Zaldívar, comandante
del batallón que capturó el Morro cuando afirmó: "Todos, oficiales y tropas de este regimiento que ahí se batieron,
están conformes en creer que ambos jefes (Bolognesi y More) cumplieron ese día con su deber"?
Y si los fuegos fueron suspendidos cuando todo estaba consumado (en el caso de haber sido así) este hecho discutido no
enerva el significado evidente de la resistencia en el Morro. El mismo Espinoza, después del párrafo ya transcrito,
declara: "Al relacionar los hechos que anteceden, me es satisfactorio hacer presente que, cumpliendo con los deberes de
peruanos y de militares, hemos defendido palmo a palmo y hasta su límite con el mar, el terreno cuya guarda y defensa
nos estaba encomendada y que hemos sido vencidos por el número de tropas y por la superioridad de los elementos". El
último cartucho había sido quemado. No se concibe en un hombre del temple de Bolognesi, que había expresado libre,
voluntaria y nítidamente su voluntad de ir a la lucha, otra actitud sino la de defender hasta donde humanamente fuera
posible "palmo a palmo y hasta su límite con el mar", el terreno "cuya guarda y defensa" le había sido encomendada.
En una carta dirigida al Dr. Enrique C. Basadre fechada el 8 de noviembre de 1921 y publicada en El Comercio, Manuel A.
Villavicencio, que condujo en su barco a Juan G. More de Iquique a Arica, después del naufragio de la Independencia,
manifestó haber oído las siguientes frases pronunciadas por este infortunado marino: "He perdido el buque que la nación
me confió; asumo la responsabilidad y pagaré con mi vida el desastre".
Los peruanos perdieron en Arica casi mil hombres, o sea los dos tercios de sus efectivos y el resto cayó prisionero.
Soldados de la división de Ugarte pertenecientes a los batallones Iquique y Tarapacá que habían sido tomados prisioneros,
fueron fusilados en la plazoleta de la Iglesia de Arica en cuyo piso, según se aseveró quedaron durante muchos años,
huellas ensangrentadas. Hubo saqueo e incendios, ataque a consulados y muchos otros desmanes. Los excesos de la
soldadesca -afirmase por los chilenos provinieron de la indignación por la creencia de que hubo empleo de las minas
aún en lugares teóricamente ajenos a ellas. La matanza de heridos y prisioneros se generalizó. El Morro de Arica y la
ciudad quedaron empapados en sangre peruana.
LA SOLEDAD DE LOS DE ARICA.
Existe en casos ínclitos el heroísmo que soberbio, se yergue frente a un desafío supremo a veces inesperado y supera
con creces cuanto se puede esperar humanamente del cumplimiento del deber. Existe de otro lado, el heroísmo que logra
prolongación en el tiempo al nutrirse y ahondarse en la acción reiterada, quizás feliz o, por lo menos, estimulante a
menudo con el nimbo del aplauso de propios y de extraños.
EL HEROÍSMO DE LOS DEFENSORES DE ARICA OSTENTA CARACTERES ESPECIALES.
En el ámbito temporal fue largo y para ellos insoportable. Empezó con el acuerdo adoptado por los jefes después de la
batalla de Tacna, se agigantó en la gallarda actitud frente a los reiterados bombardeos, tuvo un símbolo lapidario en
la respuesta de Bolognesi y de sus subordinados inmediatos y desembocó en la lucha porfiada y sin esperanza del 7 de
junio.
Los jóvenes con sus ilusiones y los viejos con sus escepticismos, son representantes típicos en su mayoría, recuérdese
los significativos nombres de los batallones "Artesanos de Tacna", "Granaderos de Tacna", "Tarapacá", "Iquique", y
recuérdese también la frase de Alfonso Ugarte en la carta a su primo Fermín Vernal citada en el presente libro, "Aquí
en Arica tenemos solamente dos divisiones de nacionales"... ¿Quiénes eran los nacionales? Era la ciudadanía rápidamente
armada, distinta del ejército profesional. Se ha hablado mucho acerca de los jefes de Arica, militares o marinos de
carrera excepto el argentino Sáenz Peña.
No se ha estudiado a los oficiales jóvenes ni a los soldados. Ellos eran exponentes genuinos del pueblo tacneño,
tarapaqueño o ariqueño. La batalla de Arica fue, en realidad, un drama cuyos protagonistas anónimos incluyeron a gente
trabajadora y representativa de distintas clases sociales.
Oriunda de los territorios que los chilenos habían conquistado del sur del Perú o iban a invadir. Gente pacífica a
quien la guerra sorprendió cuando estaba dedicada a sus labores modestas para empuñar de improviso las armas como
ocurriera con el cuerpo de la guardia nacional llamado "Batallón Iquique Nº 1" formado por Alfonso Ugarte en abril de
1879 cuyos componentes individualmente manifestaron "todos la espontaneidad con que se encuentran enrolados", según
expresa la Orden General suscrita el 24 de julio de aquel año por el Coronel Belisario Suárez de acuerdo con la cual
cada recluta estaba en posesión de dos vestidos de paño con chaqueta, pantalón, escarpín, corbatín y gorra o quepí
gracias a la generosidad de Alfonso Ugarte.
Fue lugareña, pues, la mayoría de los defensores del Morro. Y esta nota distintiva que no ha sido justicieramente
realzada, otorga a aquella jornada un significado especial. Estos defensores perdieron, durante demasiados días, todo
contacto con el mundo. Ni siquiera les fue dable enviar o recibir mensajeros o "propios". Quedaron a solas con sus
conciencias. Más lindo pareció, en la angustia de esa soledad, el aire tibio y aldeano que en el claro otoño ariqueño,
acariciaba al puerto, a la isla del Alacrán y al Morro que eran como dos suburbios de él, y al mar gris verdoso poblado
por las formidables naves chilenas. Los sitiados fueron absolutamente conscientes de lo que significó para la Patria y
para ellos mismos el desastre del Alto de la Alianza, epílogo de todas las jornadas infaustas a partir de octubre de
1879. En esos precisos momentos del enemigo no recibieron amenazas ni agravios. Como un dedo frío e inflexible que
hubiera tratado de borrar sus fervores, el mensaje reiterado y cortés pero ladino y brutal que hasta ellos llegó,
díjoles que era preciso olvidar vanas ilusiones y aceptar la promesa halagadora de máximos honores, a cambio de salir
de la ratonera en la que estaban encerrados. Y, a pesar de todo, optaron por luchar. En su desfile postrero, no los
ungió la armoniosa música de sus bandas militares. Tuvieron, por el contrario, como compañeros al enfrentarse a la
muerte disparos y bayonetazos y cuchilladas gritos y groserías. Hubo, así, en este puñado de hombres, un sombrío
heroísmo deliberado. De ahí es que su sacrificio consciente tiene una capacidad inextinguible para conmover y para
asombrar a través de las sucesivas generaciones.
Aquellos hechos y aquellos mártires no envejecerán nunca, cualesquiera que sean los cambios y las alternativas del
porvenir. Nosotros, todos nosotros, nos volveremos viejos, moriremos y entraremos en el anonimato y a ellos, en cambio,
los años no los condenarán. Y así como ocurrió, felizmente, con otros hechos y con otros personajes históricos, es la
de ellos, una primavera sin ocaso en este país donde ha habido y hay tantas noches tenebrosas.
ALFONSO UGARTE.
Entre los jefes caídos en Arica, al Iado de un militar profesional tan ejemplar como Bolognesi y al lado de un marino
tan desdichado y pundonoroso como More, estuvieron numerosos ciudadanos armados sólo con motivo de guerra. Símbolo de
ellos fue Alfonso Ugarte Vernal. Símbolo también de la juventud acaudalada que se sacrifica gustosa y entusiasta ante
el deber.
Había nacido en Tarapacá y bautizado el 13 de junio de 1847, es decir, contaba al morir 33 bellos años. No sólo heredó
riquezas sino también supo crearlas como agricultor, comerciante y propietario del salitre. Educado en colegios
mercantiles de Valparaíso y en Europa entre 1861 y 1867, joven de conducta alegre, fue también afanoso servidor
público después del terremoto del 13 de agosto de 1869, alcalde de Iquique en 1876 y miembro de la Beneficencia de
dicha ciudad. Iba a viajar nuevamente a Europa por asuntos de negocios de la firma Ugarte Zeballos y Compañía que él
había instituido, cuando surgió el conflicto bélico del sur y optó voluntariamente por quedarse. Hizo su testamento y
dejó constancia de que aplazaba su matrimonio con su prima Rosa Vernal. Inició una suscripción para el sostenimiento
de la guerra y además pagó uniformes, vituallas y acémilas. Formó un batallón y equipado con su peculio, el batallón
Iquique, cuyo comando tuvo. Puso su fortuna al servicio de la Patria, sin limitaciones. Luchó en San Francisco y en
Tarapacá; en esta última jornada siguió en la contienda hasta el fin a pesar de haber sido herido en la cabeza.
Cuando concluyó la batalla recorrió el campo para contener el repase de heridos y la inmolación de prisioneros
efectuados como venganza por los desmanes cometidos antes por los soldados chilenos. Rehusó, al llegar a Arica,
retirarse de la guerra o irse a curar en Arequipa el paludismo recientemente adquirido y la grave herida de Tarapacá.
Perteneció a la guarnición de Arica; y allí el 22 de mayo de 1880 participó en la hermosa ceremonia de bendición de la
bandera obsequiada por las señoras de su tierra natal al batallón Iquique: entonces fue hecho el juramento de defenderla
hasta morir. Por esos días escribió Ugarte a su primo Fermín Vernal una carta en la que le decía: "Aquí en Arica
tenemos solamente dos divisiones de nacionales (ciudadanos armados y no soldados de línea)... Estamos resueltos a
resistir con toda la seguridad de ser vencidos". Acompañó a Bolognesi, con los demás jefes, en la escena de la
respuesta histórica. Luchó denodadamente el 7 de junio, él de quien se dijera (en un bello artículo que publicó
La Patria el 21 de junio de 1880) que no había nacido para combates pues su carácter apacible, su dulce
condescendencia con los que le rodeaban, especialmente con aquellos que formaban el íntimo y amistoso círculo
de cada día, le hacían inaparente para la severa y áspera carrera de las armas".
La versión de que Alfonso Ugarte se había inmolado voluntariamente circuló bien pronto en el Perú. Un telegrama oficial
fechado en Quilca el 15 de junio, comunicó lo siguiente, después de haber informado en un despacho anterior acerca del
resultado del combate de Arica según datos del vapor inglés Columbia llegado del sur: "El coronel Alfonso Ugarte, como
los demás, no quiso rendirse y habiéndosele acabado la munición, hecho mano de su revólver, empleando bien sus tiros;
pero como fue acosado por gran número de chilenos, pereció al fin en un caballo blanco". Léese en el artículo de La Patria
del 21 de junio de 1880 antes citado: "El último acto de la corta pero interesante carrera de Alfonso Ugarte revela cuanto
era capaz esa alma verdaderamente grande. Acosado por innumerables enemigos, vencido ya en la cumbre del Morro histórico,
presenciando la mutilación de los caídos, la profanación de esas reliquias sagradas del heroísmo, quiso sustraerse a las
manos enemigas y clavando las espuelas en los ijares de su caballo, se lanzó al espacio desde aquella inmensa altura para
caer despedazado sobre las rocas de la orilla del mar". Quienes se fijan sólo en la cruel maldad de la lógica niegan esta
versión que no está acogida en ninguno de los partes peruanos sobre la batalla del 7 de junio ni por otros testigos oculares,
aunque sí por Markham. Pero ella podría tomarse como un símbolo de la voluntad de sacrificio que es visible en toda la
actuación de Alfonso Ugarte en la guerra. La emoción colectiva, habría puesto, pues, un ropaje de poesía épica a una
realidad esencial. Alfonso Ugarte, el millonario de Tarapacá, el joven apacible, se lanzó simbólicamente con su caballo
a la inmensidad mucho antes del 7 de junio.
EL CADÁVER DE ALFONSO UGARTE.
El párroco de Arica José Diego Chávez certificó en el libro de entierros que sepultó el 15 de junio de 1880 "en el
panteón de ésta, el cuerpo del coronel Alfonso Ugarte que fue encontrado al pie del Morro (la cursiva es de J.B.), y
de allí se depositó en el respectivo nicho".
En 1890 fueron repatriados los restos de las víctimas de las Campañas del Sur y de la de Huamachuco. Dichos despojos
mortales fueron desembarcados en el Callao el 13 de julio de 1890. Antes, en Arica, don Carlos M. Ostolaza señaló el
nicho que guardaba parte del cadáver de Alfonso Ugarte en el cementerio de Arica. Abierto el cajón, "se encontraron
fracciones del cuerpo y un calcetín de hilo con la marca de su nombre (El Comercio de Lima, 10 de julio de 1890). En
el fúnebre cortejo un carro especial construido por un grupo de tarapaqueños llevó los restos de Alfonso Ugarte y en
el cementerio ellos fueron conducidos hasta el mausoleo del Mariscal Castilla por cuatro ciudadanos de ese departamento.
Doña Rosa Vernal de Hillingher, la madre del héroe que se había casado en segundas nupcias con el súbdito alemán
Hillingher mandó construir en Barcelona un mausoleo para el cementerio de Lima y a él fueron conducidos los restos
del héroe a los que se agregaron después los de esta dama fallecida en Barcelona en 1903 y las de Isabel Ugarte Vernal
que murió en París en 1938. En 1952, el Centro Tarapacá de Damas colocó en el mausoleo una placa de bronce en homenaje
a doña Rosa con la transcripción de unas palabras que ella pronunció en 1879: "Si todas las madres retirasen a sus hijos
del ejército, ¿quién defendería a su patria?". El 20 de octubre de 1979, por iniciativa del Centro de Estudios
Histórico-Militares que preside el Dr. Geraldo Arosemena Garland, fue abierto el ataúd que contenía los restos de
Alfonso Ugarte y se encontró que ellos estaban envueltos en una tela descolorida con los colores de la bandera nacional
y que tenía fragmentos del uniforme del ejército que estaban en buen estado sobre todo el cráneo y la cara.
LO QUE UGARTE, RAMÓN ZAVALA Y BILLINGHURST Y OTROS PUDIERON SIGNIFICAR PARA EL PERÚ.
Desde comienzos de 1879 habíase presentado en el Congreso peruano un proyecto de ley para acabar con la llamada
estatización de las salitreras de Tarapacá y volver al sistema de la libre empresa. Aclarados en el terreno de las
hipótesis -que no son totalmente superfluas pues contribuyen a redondear los conceptos- cabe imaginar con mucha audacia,
una victoria peruana en la guerra. Los hombres de empresa, figuras representativas de la vida tarapaqueña que hubiesen
sido favorecidos con la ley antedicha, habrían tomado los caracteres de una clase de dirigente nacional. Aureolados por
sus hazañas bélicas, Alfonso Ugarte, Ramón Zavala, Guillermo Billinghurst y otros que no ostentaron los representativos
de la oligarquía agro-exportadora, pudieron alcanzar más vigencia que ésta. Hubieran carecido de la tara que implicaba
el trabajo semi-feudal de los chinos. Eran hombres de trabajo, muy unidos al pueblo, pues hasta se divertían con ellos,
muy peruanos en sus hábitos, sus ideas, sus gustos sus afanes. Quizás allí hubieran estado el germen de una nueva clase
conductora celosamente patriota que no tuvimos.
LA EFICACIA DE LAS FORTIFICACIONES DE ARICA.
Los manuales escolares han divulgado, a través de muchas generaciones, el episodio del paso de las Termópilas,
defendida en la guerra entre Persia y los griegos no por un ejército sino por un destacamento espartano cuyo
heroísmo y consciente sacrificio, aureolado por la frase magnífica de Leonidas, perduran entre las memorias
inmortales de Europa. La figura de Efialtes apareció en esta estampa como la del hombre que facilitó el acceso de
los invasores a las posiciones de los espartanos. El Perú vio en Arica otra Termópilas y en Bolognesi otro Leonidas
y no faltó quien buscara también otro Efialtes. El hecho de que el ingeniero Teodoro Elmore hubiese sido capturado
casi inmediatamente antes del asalto de Arica hizo difundir entre algunas personas, apasionadas, simples o malvadas,
la versión de que había entregado a los chilenos el secreto de las fortificaciones, lo cual podía explicar la captura
de esa plaza.
En realidad, no hubo en el curso del combate acto alguno de los jefes, oficiales o soldados chilenos que revelara
el propósito de malograr las minas utilizando el conocimiento de su ubicación o de sus características. "De repente
resuena un sordo mugido (escribió el corresponsal de El Mercurio pero confunde a una explosión de pólvora con las
minas) y al instante, sin un segundo de intervalo, se abre la tierra, saltan los sacos, se desquician las cureñas,
sube al cielo un pelotón confuso de humo, de tierra, de trozos de fierro, de piernas, de cabezas, de cadáveres. Ha
estallado una mina. Han muerto veinte peruanos. Pero han muerto también diez chilenos; allí están sus miembros
mutilados, sus carnes palpitantes; aquella mina estaba destinada para ellos. No hay cuartel. La sangre pide sangre.
Las minas, corvo. Y todos son pasados a cuchillo".
Por dificultades de orden técnico, por estrecheces económicas, por carencia o insuficiencia de los materiales
indispensables, las fortificaciones de Arica no hubieran podido nunca dar la victoria a los defensores de la plaza.
Las baterías emplazadas frente al mar y el Manco Cápac tuvieron en jaque en todo momento a la escuadra enemiga; pero
habrían sido necesarios elementos más imponentes y tropas mucho más numerosas para contrarrestar, dentro de circunstancias
favorables, la acometida de las fuerzas de tierra, por cierto muy numerosas.
EL MISTERIO DE LAS MINAS DE ARICA.
El alférez Francisco Gaviria Gómez (autor de una reseña inédita sobre el combate de Arica, gentilmente suministrada
al autor de este libro por su hijo, el ingeniero Manuel E. Gaviria) dice: "Con la dinamita (que Montero había mandado
enterrar y que, por orden de Bolognesi, el mismo Gaviria desenterró más tarde) se colocó gran cantidad de minas, de
algún poder bien determinado, en los distintos puntos por donde era presumible que entrase el enemigo y, en algunos
sitios, formando triple defensa. También se pusieron en el Morro, en Cerro Gordo y aun dentro de la población. Todas
con sus alambres subterráneos hasta una oficina colocada junto al cuartel del Morro; de manera que de ahí era fácil
manejarlas, o mejor dicho hacerlas estallar a voluntad por medio del aparato eléctrico correspondiente. Estas obras de
defensa constituían el principal medio por el cual creíamos que Arica sería inexpugnable; que antes que fuese tomada
por la abrumadora fuerza enemiga, volaríamos junto con ella quitando a nuestra Patria más de 7.000 guerreros victoriosos
de las tres armas, soberbiamente equipados, con el pequeño sacrificio de 1.600 y tantos hombres que éramos nosotros
¡Vana ilusión! Sí; cuando llegó el momento, el día 7 de junio, de estar ya arrollados por el enemigo y volar juntos
¡nada! El encargado tocó los botones del aparato sin resultado; dio parte al jefe del Morro, comandante More; fue éste
en persona y... se conocía que habían sido cortados los alambres".
Tan luego que el enemigo avanzó (narra el ecuatoriano J. Pérez en el folleto ya mencionado) la resuelta voz del
comandante More hizo oír la orden de "Fuego a Santa Bárbara". Corre el operador a obedecerla; es éste secundado por
el capitán Nieto pero sea que el fulminante falló, sea que la precipitación del momento dejó algún requisito sin
llenar en el delicado manejo de la electricidad, o en fin, sea que el circuito se cerró en el cuerpo de los operadores,
pues éstos dicen haber sentido la conmoción eléctrica al juntar los alambres, lo cierto es que el depósito de pólvora
permanecía mudo".
El corresponsal de El Nacional de Lima en Arica dio cuenta de lo sucedido en los siguientes términos: "Bolognesi había
organizado la resistencia en las alturas después de haber estado en lo bajo, en la ciudad, en el sitio en donde se
tenía el aparato para la explosión de las minas; había querido dar fuego a una y luego a otra, sin que ninguna
reventara hasta que, convencido de que no debía contarse con ese medio de defensa exclamó colérico: "Estamos perdidos".
En una carta que Teodoro Elmore dirigió a La Prensa de Lima el 7 de junio de 1918 afirmó, sin embargo, que todas las
minas del Morro estallaron, así como las de los fuertes. Pero en la carta a su madre antes citada, escribió: "La
defensa estaba preparada con una red de minas que no se ha hecho estallar; los polvorazos y la santabárbara tenían sus
mechas; los cañones sus cargas para destruirlos, etc., etc. y sólo un polvorazo y unos cuantos cañones han sido
reventados lo que, a buen seguro, no hubiera sucedido yo adentro".
Las minas eléctricas cargadas con dinamita habían sido colocadas en varios puntos estratégicos del campo atrincherado
y en tres lugares de la ciudad de los cuales estaba a un costado del hospital de San Juan de Dios. Los alambres
destinados a hacer estallar estas minas partían del Morro, donde hallábase la planta eléctrica a la que estaban
conectados.
Gerardo Vargas acepta la opinión de Fermín Federico Sosa, subprefecto de Arica, quien atribuía el hecho de no haber
funcionado las instalaciones no a una falla del armamento (como parece creer Pérez), sino a que los alambres transmisores
habían sido colocados a flor de tierra en las calles de la ciudad y en los cerros que la rodean, o sea al alcance de
extranjeros que pudieron malograrlos. Esta tesis la defendió mucho antes de editar su libro, desde las columnas del
periódico El Morro de Arica por él publicado en aquel puerto en una época en que aún sobrevivía el señor Sosa.
Una de las versiones chilenas (no la única, como se verá en seguida) afirma que, al ser capturado Elmore, se le
encontró con los planos de las minas. Un telegrama oficial de Lynch a Santiago el 4 de junio contiene un parte de la
Covadonga transmitiendo por señales semafóricas la noticia dada desde tierra: "Fue capturado un individuo que ayer
por la mañana hizo saltar una mina cerca del campamento de los Carabineros de Yungay. Se tienen los planos de los
fuertes y de las minas". Seguramente bajo el influjo de este dato, Gonzalo Bulnes afirmó en su libro Guerra del
Pacífico: "El plano de las minas y de las conexiones eléctricas cayó en poder de los chilenos". Cabe observar,
sin embargo, que no era lógico que Elmore llevara consigo documentos tan importantes cuando emprendió una aventura
tan arriesgada, lejos de la protección de la plaza de Arica.
En una carta al diario de Lima La Patria inserta en el folleto que escribió para defenderse (y que reprodujo en 1902)
Elmore no mencionó nada sobre los planos sino se ocupó de desmentir la acusación de que él había revelado verbalmente
el contenido de ellos. Acompañó testimonios en ese sentido de chilenos que intervinieron en su captura, entre ellos
el mayor Augusto Orrego (quien lo interrogó cuando fue tomado prisionero), el comandante Domingo de Toro y el jefe
de ese ejército coronel Pedro Lagos, así como cartas que no podían tener sino el título de respaldo moral de peruanos
como el subprefecto de Arica F.F. Sosa, el 2º jefe del Morro M.I. Espinosa, el jefe de batería de ese lugar Daniel
Nieto y otros desvirtuando la calumnia.
Afirmó Elmore, además, que los trabajos dependían de cuatro personas distintas y que él no conocía sino lo que de él
dependió; agregó que se redujo a minar las dos eminencias de Cerro Gordo y una cuchilla de su inmediación en trabajos
de pocos días, simples taladros de dos pulgadas de diámetro por un metro ochenta de profundidad conexionados con trozos
de viejo alambre de jarcia que hallaron botados en la aduana y aislaron con papel y engrudo; reveló también que de su
peculio compró tornos, baldes de fierro, sogas, acero y otras cosas.
La tesis fundamental de Elmore de que no reveló al enemigo nada de importancia fue aceptada por el historiador chileno
Vicuña Mackenna, quien se basó en las declaraciones de Orrego y de Lagos. Vicuña Mackenna contradijo, pues, aquí a
Bulnes. Elmore afirmó, además, que sus declaraciones y las de su compañero Ureta "hicieron perder la confianza al
enemigo e impidieron que la plaza fuese tomada el 3 de junio, dando lugar a la resistencia que se hizo en los días
5 y 6 y con ella, a su gloria".
Adujo que algunas de las minas llegaron a estallar en el combate; pero se explayó para reforzar la tesis de que
"la forticación de Arica más fue moral que efectiva, de modo que la plaza tenía que caer fácilmente el día que se
le atacase resueltamente con las tropas que los chilenos le opusieron".
En resumen, los jefes chilenos que intervinieron en la captura de Elmore negaron que éste hubiese revelado cosa de
importancia. No se comprende por qué razón ajena a la verdad hubiesen hecho estas uniformes declaraciones. Ellos nada
dijeron, en cambio, sobre la versión de que Elmore fue hallado con los planos de las minas. Indiscutible es, por cierto,
que los sitiados de Arica no tenían los materiales técnicos para forjar con eficiencia esa defensa.
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