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LAS VÍSPERAS DE LA LUCHA POR LA CAPITAL PERUANA.
LA DICTADURA Y LA SITUACIÓN BÉLICA, SUBMARINO, MINAS Y BRULOTES. LYNCH EN EL NORTE PERUANO. LAS NEGOCIACIONES EN EL LACKAWANNA.
I.
LA DEFENSA DE LIMA.
Dos factores minaban a las fuerzas peruanas en relación con las operaciones bélicas.
En primer lugar, las discordias no aplacadas después de la proclamación de la Dictadura
y antes bien, avivadas por la manera cómo ella había sido erigida y por la circunstancia
de que Piérola tenía el supremo comando militar a pesar de que era un político ajeno a esa
profesión. En segundo lugar gravitaron las dificultades inherentes a la improvisación de
la defensa y la limitación de los medios disponibles.
Piérola ha sido censurado, sobre todo, en relación con la dirección militar. Se ha dicho
que sometió la organización de la defensa a su exhibicionismo y a su egolatría, luciéndose
en desfiles frívolos. Se ha insistido también mucho que fue a la preferencia por jefes
improvisados; que se dejó llevar por consideraciones políticas en los nombramientos; y
que por celos con su viejo enemigo Montero le quitó el título de jefe superior del sur,
limitó su autoridad a asuntos militares, entregó la parte administrativa a Pedro Alejandrino
del Solar y favoreció la organización del inútil ejército de Leiva en Arequipa. Más lejos
habría ido todavía al no atender los pedidos de Montero sobre dinero, vestuario, equipo,
provisiones y demás elementos. Esto, sin aludir por ahora a las inculpaciones con motivo
de la defensa de Lima.
Pueden ser veraces, en todo o en parte, esas tachas. Pero en su libro La Historia en el
Perú dice José de la Riva-Agüero y Osma al referirse a Piérola: "El encargarse del mando...
en medio del desaliento y la consternación generales en horas de peligro supremo, fue
todavía más que un acto de ambición, un acto de patriotismo que merece el calificativo
de heroico. Si Piérola con su entusiasmo, su actividad infatigable y su popularidad de
caudillo, no hubiera alentado en la lucha ¿habríamos impuesto al invasor resistencia
tan porfiada en San Juan y Miraflores que si no dio la victoria, salvó al menos, el
honor de la capital?".
Piérola promulgó una nueva constitución militar para hacer efectivo el servicio obligatorio
(los varones de 18 a 30 años debían formar el ejército activo, los de 31 a 50 años la
reserva movilizable y los mayores de 50 la reserva sedentaria). Organizó así dos ejércitos
del sur (Tacna y Arequipa), uno del centro y uno del norte, divisiones y cuerpos militares
así como el Estado Mayor General y el cuerpo de ingenieros. Tomó en nombre de la defensa nacional,
bienes o dinero dedicados a fines eclesiásticos y sancionó duramente a los hacendados que
accedieron a las imposiciones económicas de los chilenos en sus correrías en la costa. Levantó
el ánimo del país después de las derrotas del sur y algunas de sus frases, sobre todo en su
discurso al inaugurarse la ciudadela de San Cristóbal, ya no fueron olvidadas por sus prosélitos.
Soñó en una invasión de Tarapacá por territorio boliviano con armas suministradas desde Buenos
Aires, para lo cual envió a Guillermo Billinghurst a hacer exploraciones en el lago Titicaca y
el río Desaguadero (febrero de 1880). Dividió el departamento de Lima en doce zonas, con obligación
para los propietarios de formar con los inquilinos de sus pertenencias una columna de reserva
movilizables, con el fin de hostilizar al enemigo en su desembarque y prestar servicios como
exploradores, guías y arrieros del ejército activo.
Contingentes de diversos lugares de la República comenzaron a llegar a Lima. En vapores de la
compañía inglesa arribaron a Chancay y Ancón encaminándose a la capital por tierra, cuerpos
como el Cazadores del Rímac desde su acantonamiento en Huaraz, los tiradores de Pacasmayo y
otros embarcados con disfraz de peones; también llegó bajo análogas circunstancias el batallón
Piura. Por distintas zonas de la sierra se movilizaron batallones de la zona amazónica; y el 27
de junio de 1880, el mismo día en que se ponía en estado de defensa militar al departamento de
Lima, hizo su aparición en Chicla, a la cabecera del ferrocarril de La Oroya, una división de
cerca de tres mil naturales del valle de Jauja llamados a las armas por un rico hacendado de la
sierra central, Luis Milón Duarte (que luego cambió en su conducta) y divididos en los batallones
Tarija, Concepción, Tarma y Manco Cápac. Por un decreto dispuso el Dictador que, a partir del
domingo 11 de julio, concurrieran todos los habitantes de Lima entre la edad de 16 a 60 años a
inscribirse, sin excluir estado, clase ni posición bajo penas de diez a diez mil incas o el
apremio de ser enrolados los que no cumplieran con lo mandado, en el ejército activo. Las
inscripciones fueron hechas con patriótico fervor del 11 al 16 de julio y en el curso de un
mes fue formado el ejército que iba a defender Lima en Miraflores, compuesto de diez divisiones
y treinta batallones bajo la denominación de numerosos pares desde el 2 al 62. General en jefe
de este ejército fue nombrado el prefecto de Lima Juan Martín Echenique, quien cedió el puesto
a Juan Peña y Coronel; como jefe de Estado Mayor quedó designado un rico hacendado de Lima, Julio
Tenaud. Los empleados del Poder Judicial formaban la primera división, en la que habían hasta
vocales de la Corte Suprema, bajo el mando de José Unanue. La segunda división tenía como jefe a
Pedro Correa y Santiago, antiguo miembro de la Beneficencia y comprendía todo el ramo de instrucción
pública desde los maestros de escuela a los claustros de la Universidad de San Marcos, Serapio
Orbegoso, hermano de uno de los Secretarios del Dictador, mandaba la tercera división cuyo personal
pertenecía a la alta, mediana y baja finanza. La cuarta división compuesta del ramo de edificadores,
desde albañiles hasta arquitectos hallábase bajo las órdenes de Juan Aliaga. En la quinta división,
que inicialmente estuvo a cargo de Peña y Coronel, agrupándose quienes vivían en el comercio de
vestidos y zapatos. La sexta, con el coronel Montero, componíase de plateros, herreros, fundidores
y especialistas en labores similares. La sétima coronel Derteano, era la del personal de prensa,
desde los tipógrafos hasta los redactores. La octava, coronel Arrieta, de los comerciantes en el
negocio de la alimentación. La novena, a cargo de Bartolomé Figari, de los decoradores de la ciudad
y de los barberos. La décima, bajo Antonio Bentín, se componía de los empleados del ferrocarril de
La Oroya, del gas, del agua potable y de otras empresas. Los que comerciaban en cabalgaduras pasaron
a formar una brigada de caballería a cargo de Juan Francisco Elizalde y se formó, también con personal
"ad hoc", una brigada de artillería que mandó en jefe Adolfo Salmón. Una sección del Estado Mayor
fue la de ingenieros a cargo de Francisco Paz Soldán. Las reservas, según orden del Dictador, debían
ejercitarse todos los días en el manejo de las armas; para esto, debíanse cerrar al toque de un repique
de la Catedral, todos los negocios y oficinas. El ejército, por otra parte, debía salir, por divisiones,
a acampar fuera de Lima.
Químper se jacta en su manifiesto de que el armamento usado en la defensa de Lima fue obra suya,
anterior a la Dictadura. Otras informaciones lo contradicen. Algún resultado dieron los premios y
medidas de rigor ordenadas por Piérola para recoger las armas diseminadas. Más eficaces fueron las
gestiones en el extranjero. Interés especial tuvo a este respecto la labor del comisionado secreto
José de los Reyes con una libranza de £ 40.000 a cargo del banquero Canevaro que, como otras, fue
descontada por la Grace (abril a junio de 1880). En Panamá resultó invalorable e incansable el cónsul,
coronel Federico Larrañaga, antiguo adepto de Echenique y de Piérola. Las autoridades del istmo
fueron favorables al Perú. Ya antes del advenimiento de la Dictadura el Presidente de Costa Rica,
Guardia, entregó en julio de 1879 seis mil rifles Remington como pago del empréstito de 1856 y autorizó
la apertura de un puerto especial denominado Coco para los envíos. Los gobiernos de Honduras, Guatemala
y Ecuador, fueron también inculpados por los chilenos de haber permitido la expedición de armas o
participado en ella; aun cuando dieron explicaciones. No faltaron los capitanes de barcos ingleses
como Stedman del Bolivia que sacó a remolque en el Darién la goleta con bandera portuguesa Guardiana
despachada a Esmeraldas y la condujo a Máncora, cerca de Tumbes (7 de julio de 1880). Junto con esta
remesa viajó el diligentísimo Larrañaga. Otra expedición de este tipo fue la de la goleta Estrella que
logró entrar en Paita cuando un buque de la escuadra chilena la buscaba en Guayaquil y en Tumbes. En el
mismo tráfico entre Panamá y el Perú estuvieron los barcos Ricaurte, Enriqueta y Elvira. El capitán
Nodder del vapor inglés Mendoza llevó a remolque al transporte-goleta Enriqueta a Guayaquil y luego a
Pacasmayo (6 de agosto de 1880), de donde fue llevada a remo hasta Chimbote. El capitán Petrie del Pizarro,
condujo armas, cañones y aun torpedos Lay para el Perú. Los capitanes Stewart y Cross también colaboraron,
como los ya mencionados, por cuantiosa paga.
Se ha calculado que, después de diciembre de 1879 hasta la iniciación de la campaña de Lima, pasaron por
el istmo cerca de 300.000 fusiles, 60 ametralladoras, torpedos, lanzatorpedos, cápsulas, aparatos para
fabricarlas, alambres, dinamita y otros materiales. Los despachos fueron efectuados, por lo general, por
medio de la casa de Henry Ehrman a la que se abonaron altas sumas para cubrir los gastos que ocasionaba
el flete, el transporte por el ferrocarril, el almacenaje, el embarque y demás operaciones referidas por
esta movilización dentro del mayor secreto posible. (Archivo Piérola, archivadores 12, 13, 14, 15 y 16).
La casa Grace prestó entonces grandes servicios al Perú. Además en la adquisición de elementos bélicos
actuaron en Centro América Tomás Lama; en Europa Carlos de Piérola, Guillermo Bogardus, Alejandro Muñoz
y Toribio Sanz; y en Estados Unidos Luis Germán Astete y Carlos Tracy entre otros. La historia de los
esfuerzos para armar al Perú entonces no pudo hacerse pública para no dar informaciones al enemigo y ha
sido desdeñada más tarde bajo el influjo de la derrota y de la pasión política, pero es uno de los capítulos
importantes en la guerra con Chile.
En la fundición del mecánico inglés White en la Piedra Lisa, al pie del cerro San Cristóbal, fueron
construidos cañones; ellos llegaron a varios centenares pero resultaron poco eficaces. El ingeniero
peruano Juan C. Grieve, hizo también fundir algunos cañones que llevaron su nombre.
Mucho fue lo que se hizo; pero muchísimo más quedó por hacer.
El comerciante francés Mariano Franck tuvo a su cargo el suministro del vestuario y otros materiales
para el ejército que defendió Lima. La orden de 24 de noviembre de 1880 al presidente de la junta fiscal
dispuso que se pusieran a su disposición dos cajones de billetes existentes en Panamá conteniendo en
billetes de a dos soles la suma de S/. 148.000 y en billetes de a cinco S/ 130.000 que Franck debía
recibir en Panamá y llevar a Lima para entregarlos a dicha junta. Igual mandato fue hecho en relación
con un cajón de billetes de a 100 y otros de a 500 que no llegó a recibir y formaron parte de los 11
millones entregados por la casa Prevost a personeros del Presidente García Calderón en mayo de 1881.
Sus tratos con el gobierno peruano en aquellos momentos de emergencia nacional causaron serio quebranto
económico a Mariano Franck.
Una junta de jefes de la marina acordó en enero de 1880, en vista de que era imposible obtener buques
blindados poderosos, adquirir cuatro cañoneras para hacer levantar el bloqueo de algunos de los puertos,
destruir los transportes y los barcos menores del enemigo, cortar los recursos de la invasión, movilizar
y abastecer al ejército peruano, impedir la exportación del guano y del salitre y atacar, si era posible
a un blindado.
LA LEGIÓN CAROLINO - MILITAR Y EL ESTANDARTE CAROLINO.
Al estallar la guerra se formó con alumnos pertenecientes a las Facultades cuyo local estaba situado en
el del antiguo Convictorio de San Carlos y con estudiantes del Colegio Militar la llamada "Legión Carolino-Militar".
Presentó al gobierno su pedido para marchar al sur en la vanguardia del ejército de línea: pero esta
solicitud no fue aceptada por considerar que no era necesario el sacrificio de la juventud más brillante
del país y que se trataba de personas dependientes de sus padres. Optaron entonces los estudiantes por
enviar al sur una comisión integrada por tres compañeros: José Andrés Torres Paz, Manuel Eduardo Lecca
y Augusto E. Bedoya llevando el estandarte carolino bordado por señoras y señoritas de la capital.
Combatieron ellos valerosamente en San Francisco y en Tarapacá; en esta última jornada quedaron heridos
Torres Paz y Bedoya. Torres Paz estuvo presente luego en la batalla de Tacna en la que salió otra vez herido.
En noviembre de 1880 Andrés A. Cáceres devolvió el estandarte carolino haciendo resaltar el afecto y el
respeto que había inspirado a los soldados a través de sus fatigas y de sus luchas. Los estudiantes se
lo volvieron a entregar el 6 de diciembre de 1880.
EL "PAN DE LOS POBRES".
Al producirse los desastres en la campaña del sur, hubo en Lima una gran cantidad de refugiados provenientes
de las provincias que el enemigo había ocupado o amenazaba. Eran, principalmente, mujeres y niños, cuyos
esposos, hijos, padres o hermanos estaban enrolados. Se formó entonces la institución denominada Pan de
los Pobres cuya presidencia ejerció Jesús Itúrbide de Piérola, siendo secretaria Eva María de Piérola y
vocales Rosario Cárdenas de Del Solar, Pola Egúsquiza, Teresa Boloña de Roca, María Manuela Carrera de
Pacheco y Mercedes Hurtado. Recolectó esta agrupación fondos y víveres para los necesitados, sirvió comidas,
buscó empleos u otorgó facilidades a quienes pretendían dedicarse a alguna industria y colocó niñas en
colegios y escuelas.
Fue acaso la primera expresión republicana de la actividad organizada por la mujer en Lima con un sentido
de asistencia social de carácter laico.
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