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VI. GESTIONES PARA UNA INTERVENCIÓN EUROPEA.
Los daños causados a los neutrales con motivo de la guerra ocasionaron, desde los comienzos de
ella protestas de varias potencias europeas ante el gobierno de Chile. En julio de 1880
Inglaterra propuso a varios países de aquel continente y a Estados Unidos una acción conjunta
para poner fin a la guerra del Pacífico. El canciller alemán Bismarck pidió al jefe del gabinete
británico Gladstone que formulase el programa de esta maniobra diplomática y la contestación fue
una propuesta para que llegasen a ser enviados agentes especiales al teatro de los acontecimientos
con el fin de que expresaran a los beligerantes la necesidad de firmar la paz. Estos personajes
debían estar presentes mientras los diplomáticos de Chile, Perú y Bolivia debatían las condiciones
para poner término a las hostilidades. En caso de que no se pusieran de acuerdo, los representantes
de las potencias extranjeras debían imponer la paz por la fuerza.
Italia aceptó la fórmula inglesa. Francia expresó su apoyo condicionado a la aquiescencia de Alemania
e Italia. Bismarck, cuyas simpatías hacia Chile eran manifiestas, observó que semejante intervención
tendría que estar armada para obtener eficacia y causaría, por lo tanto, a su país gastos muy superiores
a las utilidades que pudiera obtener. La actitud de Alemania tuvo efectos dilatorios y Estados Unidos
aprovechó entonces para ofrecer la mediación por su cuenta, no sólo con el fin de impedir el empleo de
las fuerzas europeas en el continente americano sino también para evitar que aprovecharan ellas esta
oportunidad y obtuviesen ventajas comerciales. Mientras llegaba a hacerse efectiva la maniobra norteamericana,
hubo sondeos de los ministros de Francia y de Italia en Lima y Santiago ante los Presidentes Piérola y Pinto
(julio y agosto de 1880). Pinto expresó la opinión personal de que Chile pediría Tarapacá y devolvería Tacna
y Arica dando franquicias comerciales a Bolivia. Piérola se manifestó
dispuesto a nombrar plenipotenciarios
para negociar la paz y agregó que no convenía fijar de antemano ni aun las bases generales para ella. En estas
circunstancias tomó nuevo impulso la mediación de Estados Unidos.
LAS NEGOCIACIONES CHILENO - BOLIVIANAS Y LAS CONFERENCIAS DE PAZ EN EL
"LACKAWANNA". LOS SIETE PUNTOS DE LAS EXIGENCIAS CHILENAS.
Las operaciones bélicas no fueron detenidas mientras tanto. Clandestinamente se desenvolvía, al mismo
tiempo, la gestión pacifista de Luis Salinas Vega, enviado a Chile por el Vice-Presidente Aniceto Arce,
de Bolivia, cuyas ideas eran opuestas a las del Presidente Campero, leal defensor de la alianza.
Celebráronse las conferencias resultantes de la mediación norteamericana, en la bahía de Arica,
a bordo del barco Lackawanna, con delegados de los tres países contendientes, más los ministros
norteamericanos en el Perú, Bolivia y Chile (octubre de 1880). La fórmula peruana consistió en
la intangibilidad territorial, la negativa a pagar indemnizaciones y la entrega del asunto al arbitraje de Estados Unidos. En cambio, la demanda chilena contuvo los siguientes puntos: 1°)
Cesión del litoral boliviano y de Tarapacá; 2°) pago a Chile por el Perú y Bolivia de una
indemnización de veinte millones de pesos de los cuales cuatro millones serían al contado;
3°) devolución de las propiedades de que habían sido despojados las empresas y ciudadanos
chilenos en el Perú y en Bolivia; 4°) devolución del transporte Rímac; 5°) aprobación del
tratado secreto de alianza; 6°) retención de Moquegua, Tacna y Arica por tropas chilenas
hasta que se efectuara el cumplimiento de los puntos ya mencionados, 7°) compromiso del
Perú de no fortificar Arica cuando le fuera devuelto este puerto y de convertido
exclusivamente en puerto comercial.
Si Bolivia se allanaba a tratar separadamente, Chile le ofreció Tacna y Arica. En cuanto
al arbitraje los chilenos lo rechazaron.
El representante chileno Eulogio Altamirano insistió en que la línea de frontera de su
país debía avanzar "Los territorios que se extienden al sur de Camarones (afirmó) deben
su desarrollo y su progreso actuales al trabajo chileno y al capital chileno. El desierto
había sido fecundizado con el sudor de los hombres de trabajo antes de ser regado con la
sangre de sus héroes. Retirar de Camarones la bandera y el poder de Chile sería un abandono
cobarde de millares de conciudadanos y renovar, reagravándola, la antigua e insostenible
situación".
El representante boliviano Mariano Baptista, después de hablar en pro de la unión de los pueblos de América del Sur, insinuó que no sería imposible aceptar una razonable
indemnización de guerra, pudiendo, entre tanto ella fuera pagada, ser ocupados los territorios
en disputa. El delegado peruano Antonio Arenas impugnó el derecho de conquista y su colega
Aurelio García y García advirtió que el Nuevo Mundo no debía al aceptar los cambios de
soberanía territorial, sin consentimiento de su población, repetir los errores del Viejo
Mundo. También se refirió a la generosidad del Perú al no posesionarse definitivamente de
Guayaquil en 1859. El ministro norteamericano Osborn negó que el gobierno de Estados
Unidos buscaba servir como árbitro.
Sólo fueron tres las conferencias del Lackawanna, el 22, el 25 y el 27 de octubre. La posición
de los paises beligerantes no fue modificada. El ministro norteamericano en Lima, Christianey,
acusó a su colega en Santiago Osborn, de sentimientos favorables
a Chile.
Los delegados del Perú fueron Antonio Arenas y Aurelio García y García: los de Bolivia, Juan
C. Carrillo y Mariano Baptista; y los de Chile, Eulogio Altamirano, José Francisco Vergara y
Eusebio Lillo. Este último tuvo conferencias secretas con Baptista y con Carrillo. "Ambos
me han declarado confidencialmente (escribió al Presidente Pinto con fecha 22 de octubre)
que buscan un momento oportuno para separarse llevando a su pais al comienzo de una ruptura
con el Perú. Les he insinuado la idea de que exijan como necesidad imperiosa de Bolivia, la
cesión de Tacna y Arica. Teniendo Chile, por su propiedad de Tarapacá, que establecer la
natural continuación de su territorio, le es forzoso quedarse en posesión de toda la costa
antes boliviana; pero la pérdida que Bolivia hace en el sur puede ser compensada aun con
ventajas en el departamento de Tacna... Bolivia, como una medida de la política chilena,
debe figurar siempre entre los Estados del Pacífico y ser nuestra vecina y nuestra protegida
y aliada".
La diplomacia peruana en Bolivia, representada por el ministro Enrique Bustamante y Salazar,
logró contrarrestar los planes de los "practicistas" bolivianos Baptista, Carrillo, Arce y
otros; y la proyectada unión Perú-boliviana tuvo aparente éxito, Sin embargo, aun en fecha
posterior, Lillo siguió tentando a políticos bolivianos y llegó a proponerles la ayuda de
Bolivia a Chile mediante expediciones al interior del Perú, con la promesa de que se anexara
los territorios que llegase a ocupar.
El fracaso de las negociaciones de Arica no detuvo los esfuerzos diplomáticos para, poner
fin a la guerra. La Argentina inició gestiones con Brasil para lograr una mediación sobre la
base del pago de indemnizaciones pecuniarias, garantías tanto para la conservación de la paz
como para la cancelación de dichas sumas y sometimiento al arbitraje de una potencia imparcial
de todas las cuestiones que dieron lugar a la contienda y de las provenientes de los tratados
de paz (noviembre y diciembre de 1880). El gobierno brasileño aplazó su respuesta y antes de
que ella llegara a formularse, las batallas de San Juan y Miraflores y la entrada de los
chilenos a Lima quitaron eficacia a estas gestiones.
¿DEBIERON SER ACEPTADAS LAS EXIGENCIAS CHILENAS EN EL LACKAWANNA?
Como los historiadores suelen ser profetas del pasado ha habido quien sostenga que una visión
descarnada de las cosas debió llevar a los plenipotenciarios peruanos a aceptar las condiciones
del Lackawanna. Los buques chilenos podían dedicarse con absoluta tranquilidad no sólo al transporte
de las tropas de invasión y ocupación, sino además a labores de bloqueo y bombardeo. El significado
profundo de lo ocurrido en Tarapacá, Tacna y Arica era que el Perú no tenía ya en verdad ejército de
línea. Al mismo tiempo, el invasor había entrado en posesión de las salitreras, origen de la guerra
y ellas les daban ya cuantiosos fondos. ¿Cómo hubiera podido el Perú recuperar todo el territorio y
todas las fuerzas perdidas? Al fin y al cabo, los sacrificios que hizo para levantar las milicias
que defendieron la capital, para soportar los horrores de la ocupación y para improvisar las guerrillas
que hostigaron durante más de dos años al ejército chileno, fueron tremendos, sin evitar que en octubre
del 83 llegase a ser firmada la mutilación del país.
Así puede razonar el cinismo. El Perú en esta trágica etapa de su historia tan calumniada y tan vejada, se caracteriza,
a pesar de todo, por su rebeldía patética frente al infortunio, por su resistencia altiva para dejarse amputar. Los hombres del
Lackawanna prefirieron a la compra de una tranquilidad menguada, la áspera lucha contra el destino. No pecaron de prudentes;
pero no agregaron a todas las lacras destapadas por la guerra, la del apocamiento. Piénsese, además, que si se firma la paz
en el Lackawanna, los chilenos habrían llegado a Moquegua y que tal vez Arica y Tacna hubieran servido como inaudito botín
para Bolivia. La opinión pública habría reaccionado vivamente contra este pacto.
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