Ver en formato PDFVII. EL GOBIERNO CHILENO Y LA CAMPAÑA DE LIMA.

El Presidente Pinto, por lo menos después de la muerte de Sotomayor, se declaró hostil a la expedición a Lima. Temía los gastos y creía que el Perú no iría a la paz sino cuando se viera aniquilado y exhausto. "Ese resultado (decía en una carta a E. Altamirano en 20 de setiembre de 1880) se conseguiría mejor y de modo más seguro, según mi opinión, manteniendo la ocupación de lo que hemos conquistado, hostilizando al Perú con nuestra marina, cortándole su comercio enviando expediciones pasajeras sobre su costa para completar la paralización de su comercio y desorganizar su industria azucarera que es de la que ahora saca sus recursos". Sin embargo, la opinión pública, los miembros del Congreso, los periódicos, los jefes militares querían ir a Lima. Nombrado ministro de guerra José Francisco Vergara, civil convertido en militar, que había actuado en la batalla de Tarapacá, se había retirado después de ella y había vuelto más tarde a la guerra y a la política, orientó su acción hacia esa campaña, al fracasar las negociaciones de Arica y al terminar la expedición Lynch. Para ello aumentó el ejército e hizo los preparativos necesarios.

LAS DISCREPANCIAS ENTRE BAQUEDANO Y VERGARA SOBRE LA EXPEDICIÓN A LIMA.

Acres discrepancias surgieron entre el ministro de guerra José Francisco Vergara y el General en jefe del ejército Manuel Baquedano en relación con diversos asuntos, uno de los cuales fue la expedición sobre Lima. Para Máximo R. Lira, que publicó en 1882 unas observaciones a la memoria ministerial de Vergara, por encargo y con autorización de Baquedano, Chile perdió un tiempo precioso entre mayo y diciembre de 1880, pues pudo atacar la capital peruana cuando los preparativos de defensa: se hallaban en estado incipiente. Las dos razones alegadas por la memoria de Vergara para justificar la tardanza en el despacho de la expedición eran según Lira, inconsecuentes: una, la incertidumbre acerca del verdadero estado del ejército aliado después de la derrota de Tacna, no existió, pues al concluir la batalla pareció indudable que este ejército había sido liquidado y la otra, sobre la insuficiencia de las tropas disponibles tampoco podía ser válida, pues habían 17.000 hombres útiles a fines de julio y ellos hubieran sido suficientes para batir (según las palabras de Lira) "a las fuerzas bisoñas e indisciplinadas que don Nicolás de Piérola había concentrado en Lima y sus contornos". Lira acusó en suma a Vergara por la paralización de las operaciones militares y por la prolongada y estéril inacción que en su concepto, detuvo al ejército invasor en Tacna. Pero la demora sirvió para incrementar el poderío de la expedición lanzada sobre la capital del Perú.