Ver en formato PDFII. LA PRIMERA LÍNEA PERUANA. 

Vicuña Mackenna llama "organización mucho más fantástica que efectiva" a la que Piérola había establecido en las regiones agrestes y despobladas al sur de Lima.

La primera línea apoyaba su derecha en el cerro llamado Marcavilca, próximo a la caleta La Achira y se extendía hacia el este de Chorrillos, para recorrer diversos médanos o colinas, denominados de Santa Teresa y de San Juan, hasta los confines de Pamplona inclusive, no menos de 15 kilómetros si se considera la forma sinuosa o irregular que seguía. Si la extensión se contaba hasta Vásquez o hasta Monterrico, donde habían sido colocadas dos fuertes columnas, la longitud era entonces considerablemente mayor.

Después de algunos cambios en la ubicación de las tropas peruanas en la noche del 12, el primero de los cuerpos de ejército (Iglesias) cubría las avenidas de Lurín proyectándose sobre Chorrillos, Villa y Santa Teresa y formando la derecha. El cuarto (Cáceres) se extendía al centro, desde este lugar hasta San Juan inclusive. El tercero (Dávila) desde este punto hasta terminar los cerros denominados Pamplona a la izquierda de la línea. El segundo (Suárez) quedó como reserva a la retaguardia de San Juan, a fin de proteger el paraje que fuese conveniente.

A continuación se indica la composición del ala derecha. El batallón Guardia Peruana cerraba esta ala hacia el Este de la caleta de La Achira y lo seguían a su izquierda y paralelos al camino más occidental de Lurín a Chorrillos, el Cajamarca N° 3, nueve de diciembre N° 5 y Tarma N° 7. A la vanguardia de la línea formada por los cuatro cuerpos citados, el batallón Callao N° 9, ocupaba la parte exterior de la casa de la hacienda Villa; el Libres de Trujillo N° 11, el vértice del ángulo saliente en los cerros de Santa Teresa. A la derecha de Santa Teresa, en médanos y colina, se hallaban los batallones Junín N° 13 Ica N° 15, Libres de Cajamarca N° 21. Toda la derecha, o sea el primer cuerpo del ejército, serían unos 5.200 hombres según cifras oficiales.

El cuarto cuerpo o sea el centro se componía de unos 4.500 hombres también según datos oficiales. Se distribuía entre los batallones Lima Nº 61, Canta Nº 63, 28 de julio N° 65, Pichincha N° 73, Pisco Nº 75, la Mar Nº 77, Arica N° 79, Manco Cápac Nº 81 y Ayacucho Nº 83. El tercer cuerpo, o sea la izquierda, llegaba a unos 4.300 hombres de acuerdo con las mismas informaciones. Allí estaban los batallones Piura Nº 67, 23 de diciembre Nº 69, y Libertad Nº 71; más Cazadores de Cajamarca Nº 65, Unión N° 87, Cazadores de Junín Nº 89. En los últimos días se les agregaron las columnas de la policía de la capital del batallón N° 40 de la reserva movilizable.

El segundo cuerpo del ejército, o reserva de esta primera línea, constituido a la izquierda y un poco a la retaguardia de San Juan, hallábase integrado por los batallones Huánuco N° 17, Paucarpata N° 19, Jauja N° 23, Ancash N° 25, Concepción N° 27 y Zepita N° 29, con 2.800 hombres como máximo.

La artillería tenía la distribución que se indica a continuación. En el cerro de Marcavilca y a la inmediciones de La Achira, dominando la playa de Conchán y sus alrededores, habían cuatro piezas sistema Grieve. En Chorrillos, cuatro cañones Vavasseur. A retaguardia de las piezas primero mencionadas y orientadas hacia los cañaverales de Villa y el pueblo indicado, cuatro cañones Grieve. A la derecha de las colinas de Santa Teresa: 15 White, 4 Grieve, 4 piezas de acero Walgely, 1 Armstrong y 2 Vavasseur, uno de éstos de cargar por la boca. A la izquierda de los anteriores y en otra eminencia: 4 piezas White, 12 Grieve y 2 pequeños cañones de acero sistema Selay de retrocarga construidos en la factoría de Bellavista. A la derecha de la cadena de cerros de San Juan y cerca de los de Santa Teresa: 8 cañones White y 2 Grieve. A la derecha de San Juan: 10 Grieve. Finalmente en la cadena de cerros de Pamplona: 4 Grieve y cerrando la izquierda, 4 Vavasseur además en Monterrico se colocaron 8 cañones White que no funcionaron y 4 quedaron en la Rinconada.

La relación anterior puede parecer prolija y árida. En realidad comprueba patéticamente la enorme amplitud de la línea, la insuficiencia de los efectivos y la situación de armamento; recuérdese que los cañones White fueron de la Piedra Lisa y no resultaron eficaces y que también tuvieron origen local los cañones Grieve y los de la factoría de Bellavista.

Se ha censurado al ejército peruano por no tener su primera línea de defensa sobre el borde mismo de la tablada que domina el valle y el río de Lurín. Sin embargo, contra esta tesis es válido el argumento basado en la insuficiencia de los medios de movilización y transporte disponibles y en las condiciones de las tropas; así como en la posibilidad de que los chilenos hubiesen podido coger para su desembarco alguna playa más al norte, como por ejemplo, Chorrillos. El general Pedro Silva habla en parte sobre la batalla de San Juan de la "imposibilidad" de haberse reconcentrado oportunamente por la falta de movilidad el ejército en Lurín.

El supuesto lógico de las defensas peruanas estaba constituido por la creencia en las dificultades para escalar las posiciones que debía encontrar el enemigo por los flancos escarpados y arenosos. Los obstáculos se reforzaron con batería abierta y trincheras para tiradores en las lomas y en las faldas de los cerros. Todas las obras eran de material ligero, pircas de piedra, tierra apisonada y sacos de arena y las más sólidas se habían efectuado en el Morro Solar y en los portezuelos de Santa Teresa y de San Juan. En determinados lugares, que fueron considerados de paso inevitable, enterráronse cargas de pólvora o de dinamita y bombas automáticas que debían estallar cuando los atacantes pisaran los detonadores ligeramente cubiertos por una capa de arena. En esta labor intervino el ingeniero Federico Blume. Otros de los mismos aparatos habían sido colocados para que explotaran cuando fuesen recogidos del suelo algunos objetos visibles como relojes o cuchillos que parecían abandonados.

Cualquiera que sea la crítica que desde un punto técnico pueda hacerse ahora a las defensas de Lima y por muy justificadas que tienen que parecer, esas obras dejaron satisfechos, antes de las batallas, a algunos antiguos jefes del ejército peruano como los generales José Rufino Echenique y Ramón Vargas Machuca. Así consta en cartas separadas de ambos, de fecha 29, 30 y 31 de diciembre de 1880 (Archivo Piérola). Echenique, en otra de 9 de enero, le dijo: "La línea en su derecha está bastante fuerte, capaz de resistir cualquier ataque pero la izquierda desde Monterrico está débil". "Nuestra posición en San Juan la encuentro perfecta e invencible si atacan de frente"... "Flanquearla por la derecha es difícil; pero debe Ud. meditar para defenderla si la atacan por la izquierda. La Línea de resistencia de San Juan, establecida como una barrera rígida, debía formar un vasto campo de tiro desde largas distancias, contener la embestida del enemigo e infringirle graves pérdidas, merced a la potencia de fuego de los soldados protegidos por ella. Funcionaba aquí la idea de que cada tirador disparará a su frente utilizando la ventaja de estar en su terreno, en reposo y a cubierto, en aptitud de buscar a su adversario particular para que fuesen cayendo los invasores uno a uno. En caso de que la primera línea fuera rebalsada, la segunda, en Miraflores, de acuerdo con esta concepción, iba a enfrentarse a fuerzas muy disminuídas.

Tiene relación acaso con el pensamiento que inspiró la formación de estas defensas, una carta a Piérola fechada algún tiempo antes y firmada por "Su amigo". Dice así: "La guerra de Estados Unidos, la de Abisinia, la de Afghanistán, todas fueron guerras en que se emplearon el pico y el azadón tanto como el rifle y en todas se tuvo buen éxito. Ha sido sólo con los zulús donde se han descuidado los ingleses peleando contra fuerzas superiores sin tener el menor parapeto, que han perdido la batalla de Ibandules sucediendo el mismo día que 120 ingleses parapetados rechazaron a 5.000 zulús matándoles 350 hombres y otro inglés con 1.200 soldados se sostiene actualmente dentro de trincheras contra 35.000 zulús. No hay que encerrarse como en Plevna y dejarse cercar. Buen reducto en pampa rasa que lo domine buena pero poca gente..." (Su amigo, Valparaíso, 23 de marzo de 1879. Archivo Piérola).

Hoffman Nickerson, en un estudio sobre la técnica militar en el siglo XIX (Cabiers d' Histoire Mondiale, París, 1958), ha escrito que el aumento de la precisión y la distancia en las descargas de rifles en la segunda parte de ese siglo hizo que los ataques frontales se volvieran más difíciles. "En la guerra ruso-turca de 1877 se demostró repetidamente (dice) la eficacia de los atrincheramientos guarecidos por infantería armada con buenos rifles". Pero contra esta concepción defensiva surgieron los ejemplos dados por el ímpetu de ofensiva prusiano evidenciado con éxito en las guerras con Austria y con Francia. En todo caso, los problemas que tenían que afrontar los peruanos en la defensa de Lima provenían de la improvisación en la defensa, la amplitud del teatro de la acción, la calidad del armamento, pues faltaban los "buenos rifles", las fallas en el número y la preparación técnica y sicológica de los soldados encargados de la resistencia y las incidencias de la lucha misma. La organización establecida era horizontal y no en profundidad y contra ella podían actuar, como efectivamente ocurrió, la limitada eficacia de sus fuegos, la poca instrucción de los defensores que eran, en buena parte, reclutas, el ataque concentrado contra un punto de extenso sistema entregado a ellos, la ruptura que así podía hacerse de la línea y que podía envolver a otros de sus sectores, la falta de reservas fuertes y bien establecidas que pudiesen acudir oportunamente.

EL PLAN CHILENO.

El ministro de guerra José Francisco Vergara opinó en el sentido de que el Ejército debía avanzar por Ate para tomar el flanco izquierdo del ejército peruano y así llegar a Lima sin disparar un tiro y sin perder un hombre. La maniobra por él propuesta venía atener cierta semejanza con la que efectuó Prado contra Pezet en noviembre de 1865. La memoria ministerial de 1882 defendió el punto de vista antedicho y procuró desacreditar lo hecho por el jefe de las armas chilenas.

Baquedano optó por una decisión muy simple: atacar a los defensores de la capital de frente, por Villa y San Juan.

Una reunión de jefes de divisiones y comandantes generales aprobó esta idea. Aforismo de Baquedano era: "Soldado chileno ¡de frente! Soldado chileno ¡de frente!".

En polémica con Vergara, Máximo R. Lira enumeró en un folleto, también publicado en 1882, algunas de las razones tomadas en cuenta por Baquedano. La primera de ellas era la familiaridad con el terreno después de los reconocimientos practicados. La segunda se refería a la necesidad de conservar un lugar seguro para el caso de una retirada. La tercera aludía a la importancia de conservar el apoyo de la escuadra. La cuarta recibió de Lira el nombre de "la evidencia del éxito". La explicó de la siguiente manera: "Cubriendo el ejército peruano una línea considerable extensa, ésta era susceptible de ser rota en cualquier punto contra el cual se lanzara una masa considerable de tropas. Si se la rompía en su centro, y romperla allí se propuso el general Baquedano, la desorganización del enemigo era segura y por la misma razón infalible su derrota. Los tácticos han elevado esta maniobra a la categoría de precepto y en estrategia es un axioma atacar de frente toda línea extensa". Por último, esgrimía como quinta razón la impetuosidad del soldado chileno, a quien las grandes marchas fatigan y extenúan, por lo cual el avance por el flanco presentaba el inconveniente de hacerle caminar demasiado y desfilar peligrosamente ante el enemigo.

SAN JUAN.

El asalto a esta línea de defensa tuvo lugar el 13 de enero de 1881, y empezó a las cuatro y media de la mañana. La marcha nocturna de los invasores mermó las ventajas del campo de tiro con que contaban los peruanos. Se cuenta que a media noche, un miembro del cuerpo de sanidad del ejército invasor, extraviado o desertor, cayó en poder de una avanzada peruana, y reveló que dicho ejército se lanzaba al ataque. Había tenido el tiempo de aproximarse y de descansar, una hora. Un testigo extranjero, Middendorff, coincidiendo con la afirmación de Mason ya citada, censura la falta de servicio de centinelas al pie de las alturas peruanas. Igual crítica fue hecha por los oficiales argentinos, Ramón R. Rodríguez y Valentín Espejo, incorporados al ejército que defendía San Juan, en una carta que después publicaron en La Pampa de Buenos Aires. "(El enemigo) aprovechándose de mal servicio y poca vigilancia de nuestro ejército, había salvado en la noche el arenal que, como hemos dicho antes, les era un obstáculo". El santo y seña para el día 13 fue, sin embargo: "Enemigo pretende sorpresa". Cabe preguntar si el ejército de San Juan estaba en condiciones de detener en todo caso este avance nocturno. En la pampa de San Juan se conserva todavía el pino histórico en el que un niño sirvió de vigía utilizándolo como atalaya y allí pereció por una bala chilena.

La primera división chilena (capitán de navío Patricio Lynch) estaba designada para atacar a la derecha peruana; la segunda (general Emilio Sotomayor) el centro por San Juan; y la tercera (coronel Pedro Lagos) el ala izquierda. La reserva con tres regimientos quedó a cargo del Coronel Juan Martínez. Lynch avanzó con cuerpos de infantería y la artillería Krupp de montaña y encontró a los regimientos de Iglesias, extendidos en guerrillas. Sotomayor, por errores en el horario y en el itinerario del ataque, se extravió en la obscuridad y en la niebla y entró en acción tres cuartos de hora más tarde, cuando el centro peruano amagaba a Lynch. Este fue reforzado por tres regimientos de reserva. Los peruanos del sector derecho, después de enérgica resistencia, se replegaron en orden, hacia las 8 de la mañana, en su mayor número hacia el Morro Solar y otros hacia Chorrillos. Sotomayor golpeó completamente fuera de su eje, casi con las espaldas a las tropas de Lynch y con su flanco izquierdo a un sector del frente que debía atacar; su finalidad fue entrar cuanto antes al fuego. Resultó entonces combatiendo precisamente contra el punto más débil de la defensa peruana entre la falda suroriente de los cerros de San Juan a la extrema izquierda de Cáceres y la falda sur-poniente del cerro de Pamplona, a la extrema derecha de Dávila cuya espalda se vio amenazada por este ataque oblicuo. Salieron a reforzar el centro peruano dos batallones: el Huánuco N°17 cuyo ataque fue hecho con bravura pero comenzó a desorganizarse por la abrumadora acción del enemigo y la herida recibida por su jefe el coronel. Más que hubo que retirarse del campo; y el Paucarpata Nº 19 que no pudo llegar al sitio designado, entró en la lucha desventajosamente desde la pampa del Gramadal muriendo su primer jefe el coronel José Gabriel Chariarse, para terminar en la dispersión que arrastró consigo al resto del Huánuco. El desbande del batallón Libertad, mandado desde la izquierda ocasionó el del Ayacucho y el de ciertas porciones de la caballería que en ese sector había sido colocada. El centro peruano llegó a ser flanqueado por el lado izquierdo en cuyas proximidades combatió, con bizarría, Canevaro con una división y más a la derecha, con singular denuedo, Cáceres. Así se produjo un ancho hueco entre la izquierda y el centro. Una carga de caballería chilena profundizó esa brecha y convirtió a muchos dispersos en fugitivos, lo cual sirvió para acentuar el colapso de la defensa en este sector.

La izquierda, con Justo Pastor Dávila amenazada por la espalda y cortada el resto de la línea, se retiró sin combatir, salvo el batallón Libertad.

Antes de las nueve de la mañana los chilenos estaban en posesión de San Juan.

Vinieron en seguida luchas mucho más reñidas y que algunos chilenos han denominado batallas de Chorrillos y del Morro Solar, como si hubiesen sido acciones distintas de la de San Juan.

LOS FUSILES QUE SÓLO DISPARARON SOBRE 1.800 YARDAS.

Willian Acland, en la relación antes citada, manifiesta su sorpresa por haber visto, al caminar a través del campo de batalla de San Juan muchos chilenos muertos a una distancia algo mayor de las 1.000 yardas del lugar donde estuvieron los defensores peruanos. En seguida explica dicha anomalía afirmando que estos tenían sus fusiles preparados para disparar sobre 1.800 yardas y que no supieron cambiar este punto de mira. La evidencia increíble acerca de la improvisación o de la ignorancia de los soldados reclutados en la sierra para la defensa de Lima.

"No vi, (agrega) un solo herido. Aquellos que pudieron escapar se habían ido, quienes no pudieron hacer lo mismo, fueron ultimados con las bayonetas o con disparos de fusil".

LA HEROICA RESISTENCIA EN EL MORRO SOLAR.

En el Morro Solar se habían parapetado con Miguel Iglesias cien o doscientos artilleros de Chorrillos y los restos de los batallones Guardia Peruana mandado por Carlos de Piérola, hermano del Dictador, Callao que había combatido en Villa, a las órdenes de su jefe el coronel Rosa Gil, Ayacucho y los tres cuerpos en los que el Secretario de Guerra tenía especial confianza que eran Cajamarca, Tarma y Trujillo. Dirigía a este último el coronel Justiniano Borgoño. Hasta ellos llegó, por unos instantes, el Dictador, y conferenció con Iglesias.

Sin embargo no se trató sino de una desesperada resistencia ofrecida en un cerro y en un pueblo después de una batalla campal. Los factores decisivos de la organización el armamento y el número gravitaron en esta oportunidad en proporción mucho más acentuada a favor de los chilenos. Fue, en realidad, una operación suicida.

Lynch, reforzado, atacó a Iglesias en el Morro Solar, mientras Chorrillos quedaba encerrado "en un círculo de fuego", según dice en su parte el general Pedro Silva. El asalto del Morro Solar, iniciado por los regimientos 4º de línea y Chacabuco y proseguidos por otros, fue rechazado con grandes pérdidas. Lynch se encontró con el desánimo y la confusión en sus tropas según confiesa el militar francés De León al narrar esta jornada. Lo que quedaba de la reserva peruana, dentro del área de las tropas envueltas en la batalla de San Juan, fue lanzado sobre Chorrillos, lo cual ha sido censurado desde un punto de vista práctico. Al mando del coronel Isáac Recavarren (de quien se dice que exigió a Suárez que lo dejara combatir) entró el batallón Zepita N° 29 por la calle Lima, y peleó con decisión hasta quedar casi destruido. Lo apoyaron el Ancash Nº 25 y el Jauja N° 23 entre grandes pérdidas. Después de media hora de incertidumbre, entre 10 y 10 y 30 de la mañana, reforzaron a Lynch tropas de refresco y un número considerable de cañones, incluyendo los de montaña que por razón de las incidencias de la lucha, poco habían podido antes hacer. A costa de 88 jefes y oficiales y 1.873 soldados (según cifras oficiales chilenas) Lynch logró por fin escalar el Morro Solar y capturar a Iglesias, a cuyo lado veíase a otros jefes, a las dos de la tarde.

Sólo hubo 280 prisioneros en este lugar aunque habían combatido 4.500 peruanos. Entre los muertos estuvo el hijo primogénito de Iglesias, Alejandro. Al bajar del cerro prisionero el valiente jefe de la resistencia, saludó militarmente a este cadáver, según narra una tradición familiar.

La resistencia en el Morro Solar duró más tiempo que la resistencia en el Morro de Arica.

Pedro Dávalos y Lissón, a base de un relato de Guillermo Billinghurst, ha escrito: "A las dos de la tarde, el ministro de Guerra don Miguel Iglesias, su ayudante Víctor Castro Iglesias, el jefe de Estado Mayor don Guillermo Billingurst, don Carlos de Piérola, jefe de Guardia peruana, el coronel Valle Riestra, su hijo Alfredo, teniente, y otros de más alta graduación, en conjunto, fueron tomados prisioneros y puestos en la fila para ser fusilados. Pasó esto en el Malecón de Chorrillos: Guillermo Billinghurst rompió la línea, dio algunos pasos al frente y encarándose con el sargento chileno que mandaba el pelotón de soldados, le dijo pasando la vista por los prisioneros: "El señor es el ministro de Guerra, el coronel Iglesias; el que le sigue es el coronel Carlos de Piérola, hermano del Presidente de la República, yo soy el jefe de Estado Mayor y los demás son militares de alta graduación. ¿No es de mayor honra y provecho para usted entregarnos vivos al general Baquedano y no decirle después de fusilamos que nos ha victimado, lo cual tal vez no se lo crean y de ninguna manera se lo agradezcan?". Sin decir una palabra, el sargento chileno suspendió la orden de fusilamiento. Billinghurst se acercó a él y le regaló su reloj de oro. Este jefe de Estado Mayor que debió ser fusilado el 13 de enero llegó después a la Presidencia de la República y lo mismo pasó con Miguel Iglesias en 1883. Cuántas y raras novedades tiene la historia en su tortuoso camino y cuántos acontecimientos por causas entorpecedoras no debieren haberse realizado".

LA LUCHA EN CHORRILLOS.

En Chorrillos se peleó casa a casa, ventana a ventana, azotea a azotea, si bien estaban los peruanos rodeados por los chilenos que convergían sobre el balneario y aumentaron después de caer el Morro Solar. "Increíble y nunca visto hasta aquel momento era el arrojo y el encarnizamiento con que se batían los peruanos" dice Vicuña Mackenna refiriéndose a esta fase de la batalla. A las 2 y media de la tarde ella había terminado. Suárez con el batallón Concepción, los restos del Jauja y otros cuerpos se replegó sobre Barranco. Comenzó entonces un intenso trabajo de reorganización de los dispersos.

LOS MUERTOS, HERIDOS y DISPERSOS.

La cifra total de los muertos chilenos ascendió, según algunos cálculos, de cuatro a cinco mil en San Juan y Chorrillos. En cuanto a las pérdidas de los peruanos, no se sabe con certeza cuántas fueron y unos informes de este lado las hacen llegar a más de cuatro mil y otros a más de seis mil, sin contar cuatro mil heridos y dos mil prisioneros. Mason consigna 1.500 muertos, 2.500 heridos y 4.000 prisioneros peruanos. Por el temor que inspiraban las bombas sembradas en el campo de batalla muchos heridos no fueron recogidos y agonizaron al lado de los cadáveres; algunas explosiones destrozaron a hombres y mujeres que se atrevieron a intentar recogerlos.

Según Piérola en su carta a Julio Tenaud, de los 19.000 hombres reunidos en San Juan y Chorrillos, sólo pudo mantenerse a 6.000 para la batalla de Miraflores. Los demás se dispersaron, murieron o quedaron heridos.

LOS HORRORES DE CHORRILLOS.

Después de la batalla, los vencedores se entregaron al saqueo y a la embriaguez en gran escala, y llegaron a pelear entre ellos. El Mercurio de Santiago reveló que murieron unos trescientos a cuatrocientos soldados con tal motivo (24 de marzo de 1881). Entre las víctimas estuvo el comandante Baldomero Dublé Urrutia.

El asalto a diversas tiendas y bodegas de vino dio lugar a que la tropa rompiera todos los frenos y a que se sucediesen escenas de destrucción y horror algo muy pocas veces visto (dice Acland) en los tiempos modernos. Casas y objetos de propiedad mueble destruidos, hombres peleando y disparándose o usando la bayoneta o el corvo como un entrenimiento, o bailando alrededor de las fogatas, mujeres violadas, civiles inocentes asesinados. El cementerio se volvió un lugar donde soldados beodos celebraron orgías y hasta llegaron a desenterrar cadáveres de sus tumbas para ayudar a sus enloquecidos camaradas. El olor de los muertos y del incendio resultaba irrespirable. Entre aquellos estuvo un médico inglés de ochenta años, asesinado delante de la casa del ministro de su país.

En la misma noche comenzó a arder la población de Chorrillos; el incendio prosiguió por tres días. La destrucción fue sistemática. El 14 fue incendiado Barranco.

LOS BOMBEROS FUSILADOS.

Los chilenos fusilaron en Chorrillos, después de la batalla a once bomberos italianos. Sus nombres son los siguientes: Angelo Cepollini, Battista Leonardi, Lorenzo Astrona, Lecca Chiappe, Angelo Desalzi, Giovanni Ogro, Egidio Valentini, Paolo Margano Giovanni Pale, Filippo Borgua y Enrico Nerini. El 2 de agosto de 1890 el Concejo Provincial de Lima mandó hacer un cuadro alegórico que debía contener los retratos y nombres de los bomberos para colocarlo, en el local del Concejo o en la galería nacional de pinturas que estaba bajo su supervigilancia. Hubo una rectificación oficial de la colonia italiana a la noticia, por algunos propalada, de que una columna de "garibaldinos" combatió al lado de los peruanos en Miraflores.

EL INTENTO DE CÁCERES Y CANEVARO DE ATACAR A LOS CHILENOS.

El político chileno Manuel José Vicuña, testigo de todos estos acontecimientos, escribió en su folleto titulado Carta Política (impreso en Lima en 1881 y destinado a criticar la actuación del general Baquedano, para impugnar su candidatura presidencial que no llegó, por lo demás, a triunfar):

"Recuerdo que, con el ministro de Guerra, hacíamos esta reflexión: ¡Cómo nos iría esta noche si los peruanos, con un poco de audacia, vinieran a atacarnos en número de cuatro mil hombres, sólo de cuatro mil! Todo esto se lo llevaba el diablo, me decía el ministro y la obra de Chile se perdería miserablemente en una hora. Quién nos diría, amigo Ibáñez que aquello que como simple hipótesis, como mero recelo, conversáramos en nuestra tienda de campaña estuviera precisamente discutiéndose y verificándose allá en el campamento enemigo. El coronel Canevaro le decía a Piérola: Con mi fortuna y con mi vida le respondo a usted de que esta noche doy cuenta de los chilenos si me confía cinco a siete mil hombres para ir a sorprenderlos, en medio del desorden y borrachera que inevitablemente les habrá traído el saqueo de Chorrillos y cuya prueba está allí en aquellas llamas que divisamos".

El historiador militar peruano Carlos Dellepiane aunque dice que un comando atrevido debió lanzar a las tropas de Miraflores sobre Chorrillos, duda en cambio, de la exactitud plena de los temores señalados por el crítico de Baquedano. En todo caso, Cáceres y Canevaro opinaron con insistencia en favor del avance. La cuestión puede ser debatida indefinidamente. Siempre quedarían, sin embargo, abiertos muchos interrogantes. ¿Podría haberse sabido en el campamento peruano la extensión a la que llegó el desborde indisciplinado y tumultuario de los vencedores? ¿Estaba el ejército parapetado, en los reductos de Miraflores que había visto llegar en desorden a muchos dispersos de San Juan, en las necesarias condiciones internas y tenía la preparación militar suficiente para una ofensiva relámpago como lo harían en esta época los "comandos" para abandonar la seguridad de sus atrincheramientos? ¿La borrachera de Chorrillos había reducido efectivamente a la impotencia a la totalidad o a la gran mayoría del ejército invasor o se limitaba, como cree Dellepiane, a un par de millares de hombres? ¿La sorpresa podría contrarrestar en forma definitiva los efectos del número, del armamento, de la organización militar y de la derrota ya sufrida?

Más inobjetables parecen, en cambio, las censuras del historiador militar Ekdahl a los peruanos, porque ocuparon simultáneamente dos posiciones, con lo cual bifurcaron sus fuerzas (que hubiesen podido combatir mejor estando unidas) y desdeñaron el peligro de que los efectos sicológicos o materiales de una primera derrota fuesen nocivos para el caso de un segundo choque. Ekdahl cree que la lírica de Miraflores con obras de fortificación de mucho mayor envergadura debió ser el escenario de una batalla decisiva.