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II. LA PRIMERA LÍNEA PERUANA.
Vicuña Mackenna llama "organización mucho más fantástica que efectiva" a la que Piérola había establecido
en las regiones agrestes y despobladas al sur de Lima.
La primera línea apoyaba su derecha en el cerro llamado Marcavilca, próximo a la caleta La Achira y se
extendía hacia el este de Chorrillos, para recorrer diversos médanos o colinas, denominados de Santa
Teresa y de San Juan, hasta los confines de Pamplona inclusive, no menos de 15 kilómetros si se considera
la forma sinuosa o irregular que seguía. Si la extensión se contaba hasta Vásquez o hasta Monterrico,
donde habían sido colocadas dos fuertes columnas, la longitud era entonces considerablemente mayor.
Después de algunos cambios en la ubicación de las tropas peruanas en la noche del 12, el primero de los
cuerpos de ejército (Iglesias) cubría las avenidas de Lurín proyectándose sobre Chorrillos, Villa y Santa
Teresa y formando la derecha. El cuarto (Cáceres) se extendía al centro, desde este lugar hasta San Juan
inclusive. El tercero (Dávila) desde este punto hasta terminar los cerros denominados Pamplona a la izquierda
de la línea. El segundo (Suárez) quedó como reserva a la retaguardia de San Juan, a fin de proteger el paraje
que fuese conveniente.
A continuación se indica la composición del ala derecha. El batallón Guardia Peruana cerraba esta ala hacia
el Este de la caleta de La Achira y lo seguían a su izquierda y paralelos al camino más occidental de Lurín
a Chorrillos, el Cajamarca N° 3, nueve de diciembre N° 5 y Tarma N° 7. A la vanguardia de la línea formada
por los cuatro cuerpos citados, el batallón Callao N° 9, ocupaba la parte exterior de la casa de la hacienda
Villa; el Libres de Trujillo N° 11, el vértice del ángulo saliente en los cerros de Santa Teresa. A la derecha
de Santa Teresa, en médanos y colina, se hallaban los batallones Junín N° 13 Ica N° 15, Libres de Cajamarca
N° 21. Toda la derecha, o sea el primer cuerpo del ejército, serían unos 5.200 hombres según cifras oficiales.
El cuarto cuerpo o sea el centro se componía de unos 4.500 hombres también según datos oficiales. Se
distribuía entre los batallones Lima Nº 61, Canta Nº 63, 28 de julio N° 65, Pichincha N° 73, Pisco Nº 75,
la Mar Nº 77, Arica N° 79, Manco Cápac Nº 81 y Ayacucho Nº 83. El tercer cuerpo, o sea la izquierda,
llegaba a unos 4.300 hombres de acuerdo con las mismas informaciones. Allí estaban los batallones Piura
Nº 67, 23 de diciembre Nº 69, y Libertad Nº 71; más Cazadores de Cajamarca Nº 65, Unión N° 87, Cazadores
de Junín Nº 89. En los últimos días se les agregaron las columnas de la policía de la capital del
batallón N° 40 de la reserva movilizable.
El segundo cuerpo del ejército, o reserva de esta primera línea, constituido a la izquierda y un poco
a la retaguardia de San Juan, hallábase integrado por los batallones Huánuco N° 17, Paucarpata N° 19,
Jauja N° 23, Ancash N° 25, Concepción N° 27 y Zepita N° 29, con 2.800 hombres como máximo.
La artillería tenía la distribución que se indica a continuación. En el cerro de Marcavilca y a la
inmediciones de La Achira, dominando la playa de Conchán y sus alrededores, habían cuatro piezas
sistema Grieve. En Chorrillos, cuatro cañones Vavasseur. A retaguardia de las piezas primero mencionadas
y orientadas hacia los cañaverales de Villa y el pueblo indicado, cuatro cañones Grieve. A la derecha
de las colinas de Santa Teresa: 15 White, 4 Grieve, 4 piezas de acero Walgely, 1 Armstrong y 2
Vavasseur, uno de éstos de cargar por la boca. A la izquierda de los anteriores y en otra
eminencia: 4 piezas White, 12 Grieve y 2 pequeños cañones de acero sistema Selay de retrocarga
construidos en la factoría de Bellavista. A la derecha de la cadena de cerros de San Juan y cerca
de los de Santa Teresa: 8 cañones White y 2 Grieve. A la derecha de San Juan: 10 Grieve. Finalmente
en la cadena de cerros de Pamplona: 4 Grieve y cerrando la izquierda, 4 Vavasseur además en Monterrico
se colocaron 8 cañones White que no funcionaron y 4 quedaron en la Rinconada.
La relación anterior puede parecer prolija y árida. En realidad comprueba patéticamente la enorme
amplitud de la línea, la insuficiencia de los efectivos y la situación de armamento; recuérdese que
los cañones White fueron de la Piedra Lisa y no resultaron eficaces y que también tuvieron origen
local los cañones Grieve y los de la factoría de Bellavista.
Se ha censurado al ejército peruano por no tener su primera línea de defensa sobre el borde mismo
de la tablada que domina el valle y el río de Lurín. Sin embargo, contra esta tesis es válido el
argumento basado en la insuficiencia de los medios de movilización y transporte disponibles y en
las condiciones de las tropas; así como en la posibilidad de que los chilenos hubiesen podido coger
para su desembarco alguna playa más al norte, como por ejemplo, Chorrillos. El general Pedro Silva
habla en parte sobre la batalla de San Juan de la "imposibilidad" de haberse reconcentrado
oportunamente por la falta de movilidad el ejército en Lurín.
El supuesto lógico de las defensas peruanas estaba constituido por la creencia en las dificultades
para escalar las posiciones que debía encontrar el enemigo por los flancos escarpados y arenosos.
Los obstáculos se reforzaron con batería abierta y trincheras para tiradores en las lomas y en las
faldas de los cerros. Todas las obras eran de material ligero, pircas de piedra, tierra apisonada
y sacos de arena y las más sólidas se habían efectuado en el Morro Solar y en los portezuelos
de Santa Teresa y de San Juan. En determinados lugares, que fueron considerados de paso inevitable,
enterráronse cargas de pólvora o de dinamita y bombas automáticas que debían estallar cuando los
atacantes pisaran los detonadores ligeramente cubiertos por una capa de arena. En esta labor intervino
el ingeniero Federico Blume. Otros de los mismos aparatos habían sido colocados para que explotaran
cuando fuesen recogidos del suelo algunos objetos visibles como relojes o cuchillos que parecían
abandonados.
Cualquiera que sea la crítica que desde un punto técnico pueda hacerse ahora a las defensas de Lima
y por muy justificadas que tienen que parecer, esas obras dejaron satisfechos, antes de las batallas,
a algunos antiguos jefes del ejército peruano como los generales José Rufino Echenique y Ramón Vargas
Machuca. Así consta en cartas separadas de ambos, de fecha 29, 30 y 31 de diciembre de 1880
(Archivo Piérola). Echenique, en otra de 9 de enero, le dijo: "La línea en su derecha está bastante
fuerte, capaz de resistir cualquier ataque pero la izquierda desde Monterrico está débil".
"Nuestra posición en San Juan la encuentro perfecta e invencible si atacan de frente"... "Flanquearla
por la derecha es difícil; pero debe Ud. meditar para defenderla si la atacan por la izquierda. La
Línea de resistencia de San Juan, establecida como una barrera rígida, debía formar un vasto campo de
tiro desde largas distancias, contener la embestida del enemigo e infringirle graves pérdidas, merced
a la potencia de fuego de los soldados protegidos por ella. Funcionaba aquí la idea de que cada tirador
disparará a su frente utilizando la ventaja de estar en su terreno, en reposo y a cubierto, en aptitud
de buscar a su adversario particular para que fuesen cayendo los invasores uno a uno. En caso de que
la primera línea fuera rebalsada, la segunda, en Miraflores, de acuerdo con esta concepción, iba a
enfrentarse a fuerzas muy disminuídas.
Tiene relación acaso con el pensamiento que inspiró la formación de estas defensas, una carta a Piérola
fechada algún tiempo antes y firmada por "Su amigo". Dice así: "La guerra de Estados Unidos, la de Abisinia,
la de Afghanistán, todas fueron guerras en que se emplearon el pico y el azadón tanto como el rifle y en
todas se tuvo buen éxito. Ha sido sólo con los zulús donde se han descuidado los ingleses peleando contra
fuerzas superiores sin tener el menor parapeto, que han perdido la batalla de Ibandules sucediendo el mismo
día que 120 ingleses parapetados rechazaron a 5.000 zulús matándoles 350 hombres y otro inglés con 1.200
soldados se sostiene actualmente dentro de trincheras contra 35.000 zulús. No hay que encerrarse como en
Plevna y dejarse cercar. Buen reducto en pampa rasa que lo domine buena pero poca gente..." (Su amigo,
Valparaíso, 23 de marzo de 1879. Archivo Piérola).
Hoffman Nickerson, en un estudio sobre la técnica militar en el siglo XIX (Cabiers d' Histoire Mondiale,
París, 1958), ha escrito que el aumento de la precisión y la distancia en las descargas de rifles en la
segunda parte de ese siglo hizo que los ataques frontales se volvieran más difíciles. "En la guerra
ruso-turca de 1877 se demostró repetidamente (dice) la eficacia de los atrincheramientos guarecidos por
infantería armada con buenos rifles". Pero contra esta concepción defensiva surgieron los ejemplos
dados por el ímpetu de ofensiva prusiano evidenciado con éxito en las guerras con Austria y con Francia.
En todo caso, los problemas que tenían que afrontar los peruanos en la defensa de Lima provenían de la
improvisación en la defensa, la amplitud del teatro de la acción, la calidad del armamento, pues faltaban
los "buenos rifles", las fallas en el número y la preparación técnica y sicológica de los soldados
encargados de la resistencia y las incidencias de la lucha misma. La organización establecida era
horizontal y no en profundidad y contra ella podían actuar, como efectivamente ocurrió, la limitada
eficacia de sus fuegos, la poca instrucción de los defensores que eran, en buena parte, reclutas,
el ataque concentrado contra un punto de extenso sistema entregado a ellos, la ruptura que así podía
hacerse de la línea y que podía envolver a otros de sus sectores, la falta de reservas fuertes y bien
establecidas que pudiesen acudir oportunamente.
EL PLAN CHILENO.
El ministro de guerra José Francisco Vergara opinó en el sentido de que el Ejército debía avanzar por
Ate para tomar el flanco izquierdo del ejército peruano y así llegar a Lima sin disparar un tiro y sin
perder un hombre. La maniobra por él propuesta venía atener cierta semejanza con la que efectuó Prado
contra Pezet en noviembre de 1865. La memoria ministerial de 1882 defendió el punto de vista antedicho
y procuró desacreditar lo hecho por el jefe de las armas chilenas.
Baquedano optó por una decisión muy simple: atacar a los defensores de la capital de frente, por Villa y
San Juan.
Una reunión de jefes de divisiones y comandantes generales aprobó esta idea. Aforismo de Baquedano era:
"Soldado chileno ¡de frente! Soldado chileno ¡de frente!".
En polémica con Vergara, Máximo R. Lira enumeró en un folleto, también publicado en 1882, algunas de
las razones tomadas en cuenta por Baquedano. La primera de ellas era la familiaridad con el terreno
después de los reconocimientos practicados. La segunda se refería a la necesidad de conservar un lugar
seguro para el caso de una retirada. La tercera aludía a la importancia de conservar el apoyo de la
escuadra. La cuarta recibió de Lira el nombre de "la evidencia del éxito". La explicó de la siguiente
manera: "Cubriendo el ejército peruano una línea considerable extensa, ésta era susceptible de ser
rota en cualquier punto contra el cual se lanzara una masa considerable de tropas. Si se la rompía
en su centro, y romperla allí se propuso el general Baquedano, la desorganización del enemigo era
segura y por la misma razón infalible su derrota. Los tácticos han elevado esta maniobra a la categoría
de precepto y en estrategia es un axioma atacar de frente toda línea extensa". Por último, esgrimía como
quinta razón la impetuosidad del soldado chileno, a quien las grandes marchas fatigan y extenúan, por
lo cual el avance por el flanco presentaba el inconveniente de hacerle caminar demasiado y desfilar
peligrosamente ante el enemigo.
SAN JUAN.
El asalto a esta línea de defensa tuvo lugar el 13 de enero de 1881, y empezó a las cuatro y media de
la mañana. La marcha nocturna de los invasores mermó las ventajas del campo de tiro con que contaban
los peruanos. Se cuenta que a media noche, un miembro del cuerpo de sanidad del ejército invasor, extraviado
o desertor, cayó en poder de una avanzada peruana, y reveló que dicho ejército se lanzaba al ataque. Había
tenido el tiempo de aproximarse y de descansar, una hora. Un testigo extranjero, Middendorff, coincidiendo
con la afirmación de Mason ya citada, censura la falta de servicio de centinelas al pie de las alturas
peruanas. Igual crítica fue hecha por los oficiales argentinos, Ramón R. Rodríguez y Valentín Espejo,
incorporados al ejército que defendía San Juan, en una carta que después publicaron en La Pampa de
Buenos Aires. "(El enemigo) aprovechándose de mal servicio y poca vigilancia de nuestro ejército, había
salvado en la noche el arenal que, como hemos dicho antes, les era un obstáculo". El santo y seña para
el día 13 fue, sin embargo: "Enemigo pretende sorpresa". Cabe preguntar si el ejército de San Juan
estaba en condiciones de detener en todo caso este avance nocturno. En la pampa de San Juan se conserva
todavía el pino histórico en el que un niño sirvió de vigía utilizándolo como atalaya y allí pereció por
una bala chilena.
La primera división chilena (capitán de navío Patricio Lynch) estaba designada para atacar a la derecha
peruana; la segunda (general Emilio Sotomayor) el centro por San Juan; y la tercera (coronel Pedro Lagos)
el ala izquierda. La reserva con tres regimientos quedó a cargo del Coronel Juan Martínez. Lynch avanzó
con cuerpos de infantería y la artillería Krupp de montaña y encontró a los regimientos de Iglesias, extendidos
en guerrillas. Sotomayor, por errores en el horario y en el itinerario del ataque, se extravió en la obscuridad
y en la niebla y entró en acción tres cuartos de hora más tarde, cuando el centro peruano amagaba a Lynch.
Este fue reforzado por tres regimientos de reserva. Los peruanos del sector derecho, después de enérgica
resistencia, se replegaron en orden, hacia las 8 de la mañana, en su mayor número hacia el Morro Solar y
otros hacia Chorrillos. Sotomayor golpeó completamente fuera de su eje, casi con las espaldas a las tropas
de Lynch y con su flanco izquierdo a un sector del frente que debía atacar; su finalidad fue entrar cuanto
antes al fuego. Resultó entonces combatiendo precisamente contra el punto más débil de la defensa peruana
entre la falda suroriente de los cerros de San Juan a la extrema izquierda de Cáceres y la falda
sur-poniente del cerro de Pamplona, a la extrema derecha de Dávila cuya espalda se vio amenazada por
este ataque oblicuo. Salieron a reforzar el centro peruano dos batallones: el Huánuco N°17 cuyo ataque
fue hecho con bravura pero comenzó a desorganizarse por la abrumadora acción del enemigo y la herida
recibida por su jefe el coronel. Más que hubo que retirarse del campo; y el Paucarpata Nº 19 que no pudo
llegar al sitio designado, entró en la lucha desventajosamente desde la pampa del Gramadal muriendo su primer
jefe el coronel José Gabriel Chariarse, para terminar en la dispersión que arrastró consigo al resto del
Huánuco. El desbande del batallón Libertad, mandado desde la izquierda ocasionó el del Ayacucho y el de
ciertas porciones de la caballería que en ese sector había sido colocada. El centro peruano llegó a ser
flanqueado por el lado izquierdo en cuyas proximidades combatió, con bizarría, Canevaro con una división
y más a la derecha, con singular denuedo, Cáceres. Así se produjo un ancho hueco entre la izquierda y el
centro. Una carga de caballería chilena profundizó esa brecha y convirtió a muchos dispersos en fugitivos,
lo cual sirvió para acentuar el colapso de la defensa en este sector.
La izquierda, con Justo Pastor Dávila amenazada por la espalda y cortada el resto de la línea, se retiró
sin combatir, salvo el batallón Libertad.
Antes de las nueve de la mañana los chilenos estaban en posesión de San Juan.
Vinieron en seguida luchas mucho más reñidas y que algunos chilenos han denominado batallas de Chorrillos
y del Morro Solar, como si hubiesen sido acciones distintas de la de San Juan.
LOS FUSILES QUE SÓLO DISPARARON SOBRE 1.800 YARDAS.
Willian Acland, en la relación antes citada, manifiesta su sorpresa por haber visto, al caminar a través
del campo de batalla de San Juan muchos chilenos muertos a una distancia algo mayor de las 1.000 yardas
del lugar donde estuvieron los defensores peruanos. En seguida explica dicha anomalía afirmando que estos
tenían sus fusiles preparados para disparar sobre 1.800 yardas y que no supieron cambiar este punto de mira.
La evidencia increíble acerca de la improvisación o de la ignorancia de los soldados reclutados en la sierra
para la defensa de Lima.
"No vi, (agrega) un solo herido. Aquellos que pudieron escapar se habían ido, quienes no pudieron hacer
lo mismo, fueron ultimados con las bayonetas o con disparos de fusil".
LA HEROICA RESISTENCIA EN EL MORRO SOLAR.
En el Morro Solar se habían parapetado con Miguel Iglesias cien o doscientos artilleros de Chorrillos y los
restos de los batallones Guardia Peruana mandado por Carlos de Piérola, hermano del Dictador, Callao que
había combatido en Villa, a las órdenes de su jefe el coronel Rosa Gil, Ayacucho y los tres cuerpos en los
que el Secretario de Guerra tenía especial confianza que eran Cajamarca, Tarma y Trujillo. Dirigía a este
último el coronel Justiniano Borgoño. Hasta ellos llegó, por unos instantes, el Dictador, y conferenció
con Iglesias.
Sin embargo no se trató sino de una desesperada resistencia ofrecida en un cerro y en un pueblo después
de una batalla campal. Los factores decisivos de la organización el armamento y el número gravitaron en
esta oportunidad en proporción mucho más acentuada a favor de los chilenos. Fue, en realidad, una operación suicida.
Lynch, reforzado, atacó a Iglesias en el Morro Solar, mientras Chorrillos quedaba encerrado "en un
círculo de fuego", según dice en su parte el general Pedro Silva. El asalto del Morro Solar, iniciado
por los regimientos 4º de línea y Chacabuco y proseguidos por otros, fue rechazado con grandes pérdidas.
Lynch se encontró con el desánimo y la confusión en sus tropas según confiesa el militar francés De León
al narrar esta jornada. Lo que quedaba de la reserva peruana, dentro del área de las tropas envueltas en
la batalla de San Juan, fue lanzado sobre Chorrillos, lo cual ha sido censurado desde un punto de vista
práctico. Al mando del coronel Isáac Recavarren (de quien se dice que exigió a Suárez que lo dejara
combatir) entró el batallón Zepita N° 29 por la calle Lima, y peleó con decisión hasta quedar casi
destruido. Lo apoyaron el Ancash Nº 25 y el Jauja N° 23 entre grandes pérdidas. Después de media hora
de incertidumbre, entre 10 y 10 y 30 de la mañana, reforzaron a Lynch tropas de refresco y un número
considerable de cañones, incluyendo los de montaña que por razón de las incidencias de la lucha, poco
habían podido antes hacer. A costa de 88 jefes y oficiales y 1.873 soldados (según cifras oficiales
chilenas) Lynch logró por fin escalar el Morro Solar y capturar a Iglesias, a cuyo lado veíase a otros
jefes, a las dos de la tarde.
Sólo hubo 280 prisioneros en este lugar aunque habían combatido 4.500 peruanos. Entre los muertos estuvo
el hijo primogénito de Iglesias, Alejandro. Al bajar del cerro prisionero el valiente jefe de la resistencia,
saludó militarmente a este cadáver, según narra una tradición familiar.
La resistencia en el Morro Solar duró más tiempo que la resistencia en el Morro de Arica.
Pedro Dávalos y Lissón, a base de un relato de Guillermo Billinghurst, ha escrito: "A las dos de la tarde,
el ministro de Guerra don Miguel Iglesias, su ayudante Víctor Castro Iglesias, el jefe de Estado Mayor don
Guillermo Billingurst, don Carlos de Piérola, jefe de Guardia peruana, el coronel Valle Riestra, su hijo
Alfredo, teniente, y otros de más alta graduación, en conjunto, fueron tomados prisioneros y puestos en la
fila para ser fusilados. Pasó esto en el Malecón de Chorrillos: Guillermo Billinghurst rompió la línea, dio
algunos pasos al frente y encarándose con el sargento chileno que mandaba el pelotón de soldados, le dijo
pasando la vista por los prisioneros: "El señor es el ministro de Guerra, el coronel Iglesias; el que le
sigue es el coronel Carlos de Piérola, hermano del Presidente de la República, yo soy el jefe de Estado Mayor
y los demás son militares de alta graduación. ¿No es de mayor honra y provecho para usted entregarnos vivos
al general Baquedano y no decirle después de fusilamos que nos ha victimado, lo cual tal vez no se lo crean
y de ninguna manera se lo agradezcan?". Sin decir una palabra, el sargento chileno suspendió la orden de
fusilamiento. Billinghurst se acercó a él y le regaló su reloj de oro. Este jefe de Estado Mayor que debió
ser fusilado el 13 de enero llegó después a la Presidencia de la República y lo mismo pasó con Miguel
Iglesias en 1883. Cuántas y raras novedades tiene la historia en su tortuoso camino y cuántos acontecimientos
por causas entorpecedoras no debieren haberse realizado".
LA LUCHA EN CHORRILLOS.
En Chorrillos se peleó casa a casa, ventana a ventana, azotea a azotea, si bien estaban los peruanos rodeados
por los chilenos que convergían sobre el balneario y aumentaron después de caer el Morro Solar. "Increíble y
nunca visto hasta aquel momento era el arrojo y el encarnizamiento con que se batían los peruanos" dice Vicuña
Mackenna refiriéndose a esta fase de la batalla. A las 2 y media de la tarde ella había terminado. Suárez con
el batallón Concepción, los restos del Jauja y otros cuerpos se replegó sobre Barranco. Comenzó entonces un
intenso trabajo de reorganización de los dispersos.
LOS MUERTOS, HERIDOS y DISPERSOS.
La cifra total de los muertos chilenos ascendió, según algunos cálculos, de cuatro a cinco mil en San Juan
y Chorrillos. En cuanto a las pérdidas de los peruanos, no se sabe con certeza cuántas fueron y unos informes
de este lado las hacen llegar a más de cuatro mil y otros a más de seis mil, sin contar cuatro mil heridos y
dos mil prisioneros. Mason consigna 1.500 muertos, 2.500 heridos y 4.000 prisioneros peruanos. Por el temor
que inspiraban las bombas sembradas en el campo de batalla muchos heridos no fueron recogidos y agonizaron al
lado de los cadáveres; algunas explosiones destrozaron a hombres y mujeres que se atrevieron a intentar recogerlos.
Según Piérola en su carta a Julio Tenaud, de los 19.000 hombres reunidos en San Juan y Chorrillos, sólo pudo
mantenerse a 6.000 para la batalla de Miraflores. Los demás se dispersaron, murieron o quedaron heridos.
LOS HORRORES DE CHORRILLOS.
Después de la batalla, los vencedores se entregaron al saqueo y a la embriaguez en gran escala, y llegaron a
pelear entre ellos. El Mercurio de Santiago reveló que murieron unos trescientos a cuatrocientos soldados con
tal motivo (24 de marzo de 1881). Entre las víctimas estuvo el comandante Baldomero Dublé Urrutia.
El asalto a diversas tiendas y bodegas de vino dio lugar a que la tropa rompiera todos los frenos y a que
se sucediesen escenas de destrucción y horror algo muy pocas veces visto (dice Acland) en los tiempos modernos.
Casas y objetos de propiedad mueble destruidos, hombres peleando y disparándose o usando la bayoneta o el corvo
como un entrenimiento, o bailando alrededor de las fogatas, mujeres violadas, civiles inocentes asesinados.
El cementerio se volvió un lugar donde soldados beodos celebraron orgías y hasta llegaron a desenterrar
cadáveres de sus tumbas para ayudar a sus enloquecidos camaradas. El olor de los muertos y del incendio
resultaba irrespirable. Entre aquellos estuvo un médico inglés de ochenta años, asesinado delante de la
casa del ministro de su país.
En la misma noche comenzó a arder la población de Chorrillos; el incendio prosiguió por tres días. La destrucción
fue sistemática. El 14 fue incendiado Barranco.
LOS BOMBEROS FUSILADOS.
Los chilenos fusilaron en Chorrillos, después de la batalla a once bomberos italianos. Sus nombres son los
siguientes: Angelo Cepollini, Battista Leonardi, Lorenzo Astrona, Lecca Chiappe, Angelo Desalzi, Giovanni Ogro,
Egidio Valentini, Paolo Margano Giovanni Pale, Filippo Borgua y Enrico Nerini. El 2 de agosto de 1890 el Concejo
Provincial de Lima mandó hacer un cuadro alegórico que debía contener los retratos y nombres de los bomberos
para colocarlo, en el local del Concejo o en la galería nacional de pinturas que estaba bajo su supervigilancia.
Hubo una rectificación oficial de la colonia italiana a la noticia, por algunos propalada, de que una columna de
"garibaldinos" combatió al lado de los peruanos en Miraflores.
EL INTENTO DE CÁCERES Y CANEVARO DE ATACAR A LOS CHILENOS.
El político chileno Manuel José Vicuña, testigo de todos estos acontecimientos, escribió en su folleto titulado
Carta Política (impreso en Lima en 1881 y destinado a criticar la actuación del general Baquedano, para impugnar
su candidatura presidencial que no llegó, por lo demás, a triunfar):
"Recuerdo que, con el ministro de Guerra, hacíamos esta reflexión: ¡Cómo nos iría esta noche si los peruanos,
con un poco de audacia, vinieran a atacarnos en número de cuatro mil hombres, sólo de cuatro mil! Todo esto se
lo llevaba el diablo, me decía el ministro y la obra de Chile se perdería miserablemente en una hora. Quién nos
diría, amigo Ibáñez que aquello que como simple hipótesis, como mero recelo, conversáramos en nuestra tienda de
campaña estuviera precisamente discutiéndose y verificándose allá en el campamento enemigo. El coronel Canevaro
le decía a Piérola: Con mi fortuna y con mi vida le respondo a usted de que esta noche doy cuenta de los chilenos
si me confía cinco a siete mil hombres para ir a sorprenderlos, en medio del desorden y borrachera que
inevitablemente les habrá traído el saqueo de Chorrillos y cuya prueba está allí en aquellas llamas que divisamos".
El historiador militar peruano Carlos Dellepiane aunque dice que un comando atrevido debió lanzar a las tropas
de Miraflores sobre Chorrillos, duda en cambio, de la exactitud plena de los temores señalados por el crítico
de Baquedano. En todo caso, Cáceres y Canevaro opinaron con insistencia en favor del avance. La cuestión puede
ser debatida indefinidamente. Siempre quedarían, sin embargo, abiertos muchos interrogantes. ¿Podría haberse
sabido en el campamento peruano la extensión a la que llegó el desborde indisciplinado y tumultuario de los
vencedores? ¿Estaba el ejército parapetado, en los reductos de Miraflores que había visto llegar en desorden
a muchos dispersos de San Juan, en las necesarias condiciones internas y tenía la preparación militar suficiente
para una ofensiva relámpago como lo harían en esta época los "comandos" para abandonar la seguridad de sus
atrincheramientos? ¿La borrachera de Chorrillos había reducido efectivamente a la impotencia a la totalidad
o a la gran mayoría del ejército invasor o se limitaba, como cree Dellepiane, a un par de millares de hombres?
¿La sorpresa podría contrarrestar en forma definitiva los efectos del número, del armamento, de la organización
militar y de la derrota ya sufrida?
Más inobjetables parecen, en cambio, las censuras del historiador militar Ekdahl a los peruanos, porque
ocuparon simultáneamente dos posiciones, con lo cual bifurcaron sus fuerzas (que hubiesen podido combatir
mejor estando unidas) y desdeñaron el peligro de que los efectos sicológicos o materiales de una primera
derrota fuesen nocivos para el caso de un segundo choque. Ekdahl cree que la lírica de Miraflores con
obras de fortificación de mucho mayor envergadura debió ser el escenario de una batalla decisiva.
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