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III. NEGOCIACIONES PARA UN ARMISTICIO.
En las primeras horas de la mañana del 14, un mensajero chileno se presentó en las líneas peruanas con el
fin de solicitar un pase para el general Miguel Iglesias. Al poco tiempo, el ex Secretario de Guerra llegaba
al cuartel general peruano como portador de proposiciones destinadas a entrar en arreglos de paz. Regresó
Iglesias al campamento enemigo y horas después llegó un parlamentario chileno, Isidoro Errázuriz con quien
Piérola no quiso tratar pues no traía credenciales en regla. Esa misma tarde hubo junta de comandantes generales
cuya duración llegó hasta las siete de la noche. Un documento de la época que perteneció a Carlos Paz Soldán y
hoy se guarda en la Biblioteca Nacional, comprueba el pesimismo total de esa junta. Las tropas durmieron sobre
las armas y se hizo un escrupuloso servicio de avanzadas. No faltaron disparos aislados. Llegó la aurora del 15
de enero iluminada por el incendio de Barranco; a lo lejos, entre la neblina que cubría el mar, a la altura de
Miraflores, veíanse cuatro o cinco buques de guerra enemigos.
Al promediar la mañana, estaban en el alojamiento de Piérola el almirante inglés Stirling y el francés Petit
Thouars y los ministros de esas nacionalidades St. John y de Vorges con el de El Salvador, Jorge Tezanos Pinto.
Bajo sus auspicios se había acordado temprano en la mañana un armisticio verbal, fijándose el plazo hasta las
doce de la noche. A propósito de la demanda chilena de rendición entonces formulada para la paz, dice Alberto
Ulloa Cisneros en su folleto Lo que yo vi: "No oímos que Piérola aceptase semejante proposición (la de rendición).
Pero lo positivo es que, si se hubiese dejado arrastrar por consejos y opiniones que pocos tenían circunspección
para silenciar delante de él, se habría hecho la paz en ese día. Todos aquellos, empero, quienes por reflexión
deseaban la paz, supieron después, en el momento decisivo, cobrar ánimo y energía suficientes para obtener la
victoria, si ésta hubiese dependido únicamente de ellos. Sería más de la una p.m. cuando pasaron, precedidos
por el Dictador, al comedor los personajes que hemos mencionado. Apenas comenzaba el primer servicio cuando un
oficial del Batallón N° 4 vino a avisar a nuestro comandante que el enemigo se acercaba, consultando, de parte
de su coronel, si se debía romper el fuego. Se comunicó a Piérola lo que pasaba.- "Que no se haga un solo tiro",
fue su respuesta. Poco después, sin embargo, narra el mismo testigo "el ruido atronador de una descarga llegó a
nuestros oídos. A esta siguieron nuevas detonaciones, las balas silban, las bombas pasan zumbando por el aire y
estallan; la madera de los edificios cruje y humea y de repente mézclase a este fragor el estrépito de los disparos
de grueso calibre: el Cochrane y el Huáscar hacen temblar la tierra y arrojan sus granadas sobre Miraflores".
La batalla de Miraflores había comenzado. Eran, más o menos, las 2 y 15 de la tarde.
LOS REDUCTOS DE MIRAFLORES.
La idea de la defensa pasiva, bajo la suposición de que la potencia del fuego basta para detener el
ataque, había dominado, como se ha dicho, a los directores de la línea de San Juan. La segunda línea
en la que había un vago presentimiento de la moderna guerra de trincheras, tenía análogo significado
y consistía en hendiduras cortas y murallas con bastiones aislados, "islotes de resistencia", dispuestos
a dar fuego al frente sin que hubiesen obras intermedias en los intervalos que los separaban.
Los reductos eran siete y se encontraban unos de otros distantes de ochocientos a mil metros, partiendo
desde las orillas del mar, en las inmediaciones del barranco de Miraflores donde habíase erigido el fuerte
Alfonso Ugarte, hasta las haciendas de Monterrico y Vásquez; entre ellos mediaban las numerosas hileras de
tapias que cercaban los potreros y sembradíos de la campiña. La distancia del reducto más cercano al pueblo
de Miraflores era como de mil metros. He aquí como describe los reductos una relación de la época: "Un
cuadrilátero, estrecho, una estacada cerrando el recinto de la plaza, un foso incluso sin agua en el exterior...".
Y del reducto segundo, que tanta importancia tuvo en la batalla de Miraflores dice: "Cuando acampamos en él
se hallaba a medio hacer; no tenía concluida la trinchera que daba frente a la campaña ni la del costado
izquierdo tampoco y en cuanto a la de la derecha sólo había tierra y piedras hacinadas en desorden". Prosigue
la misma relación narrando que se contrató una cuadrilla de peones asiáticos cuyos jornales se cubrieron con
el resto de una suscripción hecha en el Club Nacional; pero esa suma apenas bastó para pocos días, pues hubo
necesidad de comprar herramientas y algunos cientos de costales vacíos. Fue entonces que el batallón número 4,
entero, con personas de la magistratura y el foro, la universidad y el periodismo, el profesorado y el comercio;
empleó el pico y la lampa durante varios días.
Entre otras cosas hicieron, además, la tarea de despejar el frente para que tapias y arboleda no protegieran
al enemigo.
De los reductos sólo cuatro se enfrentaron a los invasores que concentraron sus esfuerzos principalmente
sobre los tres primeros colocados en la línea que cubría el camino hacia Lima. Las fortificaciones en los
cerros San Cristóbal, El Pino, San Bartolomé y Vásquez no dispararon o dispararon poco en la batalla.
Los reductos de la izquierda y varios batallones de la Reserva quedaron sin tomar parte en el combate.
El reducto número 1 fue ocupado defendido por el batallón número 2 de la Reserva cuyo jefe era el
comerciante y Prior del Consulado Manuel Lecca y cuyo personal se componía, en su mayor parte, por
comerciantes distinguidos. Entre este reducto y el número 2 se encontraban, bajo el mando de Andrés
A. Cáceres, parte de los restos del ejército de línea despedazado en San Juan y los bizarros batallones
del Callao Guarnición de Marina y Guardia Chalaca (de voluntarios) que tanto habían de distinguirse en
la batalla de Miraflores con sus comandantes el capitán de Navío Juan Fanning y el capitán de fragata
Carlos Arrieta. Tenía a su cargo el reducto N° 2 junto a los rieles del ferrocarril de Chorrillos, el
batallón número 4 de Reserva ya citado, a la cabeza del cual estaba el coronel temporal y abogado Ramón
Ribeyro. También habían tropas de línea entre los reductos 2 y 3 comandadas por Belisario Suárez. El
reducto número 3, entre el número 2 y el fundo La Palma, fue asignado al batallón número 6 a las órdenes
del abogado limeño, ex diplomático y director general de ferrocarriles de Tarapacá Narciso de la Colina,
con Natalio Sánchez, antiguo diputado, como segundo jefe. En el reducto número 4, situado en uno de los
potreros de La Palma, hallábase el batallón número 8, encabezado por Juan de Dios Rivero, jefe de una de
las secciones del Ministerio de Hacienda. Las tropas de línea, entre los reductos 3 y 4, obedecían a Justo
Pastor Dávila. El reducto 5, entre La Palma y la Calera de la Merced, había sido confiado al batallón
número 10 en el que José M. León, propietario, ejercía la primera autoridad. Los reductos 6 y 7 tenían
su ubicación en el antiguo estanque de la Calera de la Merced y en el potrero de la Chacarilla. Las
divisiones de la Reserva formadas por doce batallones que quedaban desde la hacienda de la Calera hasta
la hacienda Vásquez estaban mandadas por Juan Martín Echenique con Julio Tenaud como jefe de Estado Mayor.
EL COMIENZO DE LA BATALLA DE MIRAFLORES.
Después de su victoria en San Juan, los chilenos tenían que romper esta segunda línea. Como ya se ha
dicho, el tiroteo surgió inesperadamente. Poco después de las dos de la tarde, el general Baquedano,
acompañado de un numeroso Estado Mayor, después de haber hecho la distribución de sus tropas y ordenado
sus nuevas ubicaciones, efectuó un reconocimiento, y se colocó muy cerca de los reductos peruanos. Según
algunos relatos, de las filas de las tropas invasoras salieron insultos dirigidos a sus adversarios.
"Creemos (dice el teniente de marina francés E. de León, agregado al Estado Mayor del Ejército de Chile,
en sus Recuerdos) que, como suele ocurrir generalmente en la guerra, la batalla se empeñó de un modo casual.
El general Baquedano cometió la ligereza de acercarse a las líneas enemigas; uno de los generales se lo
estaba advirtiendo en ese momento. La vista del numeroso grupo de oficiales debió tentar a algunos soldados
(peruanos) o quién sabe si éstos pensaron que aquello era un ataque". Por lo demás, agrega de León, "aquel
ejército no estaba en condiciones para emprender la ofensiva".
En su conferencia con los miembros del cuerpo diplomático el general Baquedano había declarado que no
suspendería ni alteraría los movimientos que había ordenado en su ejército, entre los que estaba el
relativo a las posiciones de la artillería.
EL ÉXITO PERUANO EN EL SECTOR DERECHO.
La batalla se concentró, en realidad en los reductos 1, 2 y 3, es decir en la derecha peruana. En
este sector la lucha fue primero tan favorable a los defensores de Lima que la artillería de campaña
chilena retrocedió y Cáceres se lanzó con los batallones Guarnición de Marina y Jauja al ataque, y
en la segunda embestida, estuvo acompañado por los batallones Concepción, Libertad y Paucarpata, y
en ambas oportunidades obtuvo evidente éxito. Una parte de las tropas de Suárez lo acompañó en su
segunda salida. Sin embargo, esta acción se frustró luego por la ausencia, muy criticada, de tropas
de refuerzo. Se ha reiterado, por el lado peruano, que en esos momentos pudo haberse ganado la batalla.
A eso de las cuatro de la tarde, el centro chileno estuvo en dificultades y su izquierda había sido
contenida por la derecha peruana apoyada en los reductos 1 y 2.
"La situación es bastante grave (dice el teniente francés de León ya citado, al narrar los sucesos
por el lado chileno) para que el comandante de artillería, inquietándose por los numerosos vacíos
que notaba en sus filas y testigo de las vacilaciones de la infantería tema por sus piezas y ordene
transportarlas a 1.500 metros a retaguardia, preparándose así para proteger una retirada que le
parece inminente. Los dos batallones de infantería Melipilla y Artillería de Marina, apoyándose
demasiado a la derecha detrás de la línea, se extravían en los zigzags del camino, no llegando
sino en la noche a la altura de la izquierda peruana. La brigada Gana, lista en Chorrillos esperaba
órdenes. La brigada Barbosa se dirige oblícuamente por la línea hasta Valverde, para oponerse a los
ataques de flanco de las fuerzas colocadas entre esta aldea y Monterrico Chico. Pero el camino por
recorrer es demasiado largo. Aquel día, los regimientos estuvieron muy lejos de presentar la misma
cohesión que el día 13. El llano estaba lleno de soldados sueltos que se reunían, pero sin apresurarse,
a sus cuerpos que se estaban batiendo. Notamos un buen número descansando detrás de las cercas, al
abrigo de las bala y del sol. Muchos buscaban qué beber en las tiendas que los oficiales habían
abandonado precipitadamente. La vista de algunos soldados ebrios, armados y a veces imprudentes nos
obligaron a apresurar nuestras cabalgaduras cansadas, para acercarnos al lugar de la pelea. Al
desmembramiento de las tropas se debe el gran número de bajas entre los oficiales, pues tenían éstos
que ponerse al frente para arrastrar a los soldados agrupados sin orden y pertenecientes a distintas compañías".
LA INACCIÓN DE LA IZQUIERDA PERUANA.
Si el centro y la izquierda chilenos pasaron por momentos críticos y estuvieron dispersos y desordenados,
era precisamente en su ala derecha donde los invasores eran más débiles. Elocuente testimonio acerca de
esta situación ofrece la carta política de Manuel José Vicuña a Adolfo Ibáñez publicada en Lima en un
folleto el año 1881. Para él los peruanos rompieron los fuegos por la izquierda chilena para llamar la
atención sobre ese lado y envolver en seguida a los invasores por la derecha, flaqueándolos y hasta
tomándolos por la retaguardia. Vicuña llegó a afirmar que él pudo ver cómo se iniciaba el movimiento
envolvente de once batallones peruanos por la derecha chilena; si bien lo detuvieron los fuegos de
cuatrocientos o quinientos dispersos desde una arboleda y los carabineros de Yungay cuya presencia
pareció indicar que ya esa ala de los invasores estaba reforzada o cubierta. "Estos son los once
batallones (expresó Vicuña) de que hablan los peruanos que no dispararon un solo tiro quejándose de
Piérola por no haberlos mandado reforzar la derecha de ellos que combatía con nuestra izquierda.
Suponían probablemente que el objetivo de Piérola era ese costado de nuestra línea y no envolvemos
por la derecha mientras nos entretenía con la sorpresa de la izquierda cuya combinación más clara
que la luz del día le habría dado brillantes resultados si sus once batallones hubieran tenido el
suficiente valor para llevarlo a cabo no deteniéndose delante de quinientos dispersos y doscientos
carabineros de Yungay. Figúrese amigo Ibáñez, lo que habría pasado si, mientras el coronel Lagos
estaba apurado por la izquierda en medio de la confusión y el desorden producidos por la sorpresa
hubieran aparecido esos once batallones por retaguardia envolviendo en su círculo al general en jefe
con todo su Estado Mayor; a los doscientos oficiales que cruzaban en todas direcciones buscando sus
cuerpos, comunicando órdenes y recogiendo dispersos: a la artillería colocada en distantes potreros,
sin infantería que la protegiera, a la caballería atascada en callejones estrechos, a las piaras de
mulas conduciendo municiones y, en fin, a más de mil quinientos soldados, sin armas, con todas las
trazas de la borrachera de Chorrillos y que envueltos y confundidos con una multitud de paisanos y
mujeres vagaban por potreros, callejones y caminos, aumentando el laberinto y fomentando el desaliento
con relaciones falsas para disculpar su ausencia de las filas, ayudados todavía por las alharacas de las
mujeres que recibían a los heridos salidos de la línea con mil aspavientos de alarma, miedo y terror. La
avería estaba pintada, la derrota en la atmósfera y en la imaginación de todos el recuerdo del desastre
de Tarapacá".
Manuel José Vicuña sobreestima el talento estratégico y táctico de Piérola al hacer toda esta relación.
Fuentes peruanas de carácter oficial y no oficial desmienten rotundamente su relato acerca del avance
de los once batallones peruanos de la izquierda. Si el surgimiento de la batalla provino de un hecho
inesperado y no de un plan de los defensores de Miraflores como él cree, éstos tuvieron que pasar por
un proceso de sorpresa y desorientación análogo al de sus adversarios. De todos modos, las revelaciones
del político chileno confirman los gravísimos momentos por los que pasaron los vencedores de San Juan.
Da la impresión de que, como en ninguna de las grandes batallas de esta guerra, estuvieron tan cerca
del desastre. Lo que parece, sin embargo, dudoso es que aquellos once batallones hubiesen estado en
condiciones de haber hecho el movimiento envolvente y de flanqueo cuya concepción pareció a Ibáñez
más clara que la luz del día".
LO QUE NO HIZO EL COMANDO PERUANO.
En todo caso Ulloa Cisneros resume el punto de vista de actores y testigos peruanos cuando afirma,
al referirse a los defensores de los reductos 1 a 4, en Lo que yo vi: "Si hubieran recibido tropas
de refuerzo, si hubieran habido municiones en abundancia, si quienes tenían el mando superior de
las tropas tendidas entre Vásquez, Quiroz y La Perales hubieran tenido un momento de inspiración;
si éstas hubieran acudido, parte a sostener nuestra línea desfalleciente y parte a tomar a los
chilenos por el flanco cortando en la dirección de Surco, es evidente que habríamos dormido esa
noche en las formidables posiciones...".
La aseveración comúnmente repetida entre los peruanos de que no hubo órdenes para apoyar el ataque
se halla desmentida por el parte del subjefe de Estado Mayor, mayor Ambrosio J. del Valle cuando
afirma que, por disposición del general Pedro Silva, su superior inmediato, él fue a solicitar
refuerzos al coronel Justo Pastor Dávila y no entró en su puesto a la caballería; sólo halló a
la escolta del Dictador cuyos soldados estaban beodos. La escolta se dispersó.
LA DERROTA.
Las fuerzas de Lagos, convenientemente reforzadas, llegaron poco después de las cuatro de la tarde,
a sumar unos 8.000 hombres para atacar la zona situada desde el borde del barranco que da al mar
hasta algo más al este de la vía férrea, o sea poco más de 2.000 metros, lo cual daba lugar a una
gran densidad de tropas atacantes contra defensores menos numerosos, fatigados y diezmados por sus
salidas y por haber sostenido hora y media de combate. Los disparos de los buques chilenos y de la
artillería tuvieron entonces también efectos muy importantes.
La dispersión, entre los peruanos, comenzó en los restos del ejército de línea colocados entre los
reductos 1 y 2, a los que siguieron los soldados que estaban entre los reductos 2 y 3, más o menos
a las cinco de la tarde. Se ha dicho que en este desbande influyó la falta de municiones o la llegada
de las que no eran utilizables para sus tipos de fusiles. La defensa quedó entonces exclusivamente
a cargo de los batallones de Reserva que con unos 2.500 hombres, ocupaban los reductos envueltos en
la lucha, y afrontaban los ataques del enemigo y los fuegos de la escuadra. Su resistencia se prolongó
hasta, más o menos, las seis de la tarde. Los reductos 2 y 3 fueron flanqueados después de ocupar los
chilenos el reducto 1, el primero de ellos por la derecha y el segundo por la izquierda. El general
José R. Pizarro, sobreviviente de la batalla, expresó en una conferencia que dio sobre ella: "Todas
los columnas de ataque sin preocuparse absolutamente de los reductos, penetraron por los intervalos
obligando a los defensores de las obras por este solo movimiento, a evacuadas". Los reductos 4 y 5
fueron tomados desde la retaguardia. Las últimas unidades en combatir fueron los cuatro batallones
2, 4, 6 y Guardia Chalaca que era la reserva del Callao mandada por Carlos Arrieta, muerto en la
lucha y, en menor escala, los batallones 8 y 10. Entre las tropas que habían estado en los reductos
1 y 2 hallábase el batallón Guamición de Marina al mando del capitán de Navío Juan Fanning que, junto
con los batallones de línea Lima N° 61 y Guardia Chalaca, hizo retroceder constantemente al enemigo y
quedó casi aniquilado, pues, de 500 plazas y 30 oficiales, quedaron en el campo 400 soldados y 24 oficiales,
incluso su heroico jefe.
Las cifras relativas a los contingentes del ejército de reserva que entró a la lucha son elevados por
algunos cálculos, como se ha dicho, a 2.500 hombres y las del ejército activo que también participó en
ella, a 3.000.
Las pérdidas totales de los peruanos han sido calculadas en 3.000. Los chilenos confesaron 2.124 bajas,
o sea de más del 25% de los participantes en esta jornada; entre ellos se contaron 304 jefes y oficiales.
Asimismo, declararon que, con excepción de la de Tarápacá, la de Miraflores fue la más sangrienta,
encarnizada y tenaz de la guerra, a pesar de haber tenido una duración más corta que la de San Juan y
de haber participado un número menor de combatientes. La defensa peruana cayó, pues, por tramos y el
ejército chileno se apoyó también en los fuegos de la escuadra. Poco después de las 6 de la tarde,
después de cuatro horas, la lucha había concluido. "De toda la Reserva no había peleado sino una división
y sin embargo había contenido al enemigo durante más de una hora ella sola. De 8.000 hombres no habían
peleado sino 1.500: once batallones no habían hecho un solo tiro" (Ulloa). Alude a los cuerpos situados
en Vásquez y a los que estaban cerca de Lima y en el sector de la Rinconada, precisamente al lado de la
derecha chilena.
LOS CAÍDOS EN SAN JUAN Y MIRAFLORES.
El número de los muertos entre los jefes peruanos llegó a ser extraordinario. En San Juan perecieron
siete coroneles, entre ellos dos comandantes generales, tres jefes de batallón y un edecán del Dictador;
siete teniente-coroneles; un número elevado a más del doble de sargentos mayores y, cuando menos, una
cuarta parte de los oficiales subalternos. En Miraflores la proporción de bajas fue mayor: diez coroneles
entre ellos cuatro primeros jefes de batallón y un número igual de tenientes coroneles. Los tres generales
que ejercían mando resultaron heridos. No expresa satisfacción el general Pedro Silva, jefe del Estado
Mayor peruano, en su parte oficial, acerca de la conducta de la tropa en San Juan, salvo las que mandaron
Iglesias y Recavarren. Ricardo Palma en una carta a Piérola afirma que en San Juan, batallones enteros
arrojaron sus armas sin quemar una cápsula y fugaron y lo atribuye a que eran indios (8 de febrero de 1881).
En cambio, en Miraflores, la Reserva, formada por los vecinos de la capital, se batió heroicamente,
singularizándose el batallón Nº 6, cuyos jefes primero y segundo Narciso de la Colina y el lambayecano
Natalio Sánchez murieron; el Guarnición de Marina casi exterminado como se ha visto, con sujefe Juan
Fanning; el Guardia Chalaca con su jefe el capitán de Fragata Carlos Arrieta también victimado.
Entre los muertos caídos en las dos batallas libradas a las puertas de Lima contáronse, además, Reynaldo
de Vivanco y Juan Castilla, los dos hijos de los grandes caudillos. También los comandantes generales de
sendas divisiones el puneño Buenaventura Aguirre y el ayacuchano Domingo Ayarza, este último de tan
meritoria actuación pocos años antes en Chanchamayo; y José González, subjefe de la primera división de
reserva, conocido por su porfiada defensa del Palacio de Pezeten 1865. Asimismo, cabe mencionar en la
lista de las víctimas de estas infaustas jornadas a otros jefes militares como Pablo Arguedas, el autor
del motín contra la Convención Nacional de 1857, Joaquín Bernal, Juan M. Montero Rosas, edecán de Piérola,
José E. Chariarse, Julián Arias y Aragüez, hermano del héroe de Arica, José Díaz, Máximo Isaac Abril,
antiguo prefecto que servía como edecán del Senado y combatió aunque estaba enfermo con pulmonía. Entre
los civiles uniformados estuvieron Narciso de la Colina, abogado, ex diplomático y constructor de ferrocarriles
en Tarapacá; Manuel Pino, vocal jubilado de las Cortes Superiores de Puno y tima y ex-Rector de la Universidad
de Puno, prefecto y diputado; los jueces de letras de Tumbes e Iquique, José Manuel Irribaren y José Félix
Olcay; el secretario de la Junta Central de Ingenieros, Francisco Ugarriza; el contador del Tribunal Mayor
de Cuentas, Natalio Sánchez, ya mencionado; el oficial mayor de la Cámara de Diputados José María Hernando,
de Huanta, sobrino del general Iguaín, llamado por José Maria Químper el "puritano liberal"; Francisco Javier
Fernández, también empleado de aquella Cámara que dejó diez hijos huérfanos; los dos hermanos Adolfo y Luis de
La Jara, uno empleado de la Aduana y el otro empleado de banco, los dos hermanos de los Heros, Ramón y Ambrosio,
el primero oficial mayor del Ministerio de Gobierno; Francisco Seguín, de sesenta años jefe de sección en la
misma oficina; José María Seguín de 18 años; Manuel María Seguín, su hermano paterno; Samuel Márquez, ex
cónsul en Chile y hermano de José Arnaldo; Francisco Javier Retes, dueño de una cuantiosa fortuna, voluntario
del Huáscar, prisionero en Angamos y combatiente en San Juan; Pablo Bermúdez; Ramón Dañino; comerciantes como
Mariano Pastor Sevilla; Manuel Roncavero, Enrique Barrón, Batolomé Trujillo, Emilio Cavenecia, José G. Rodríguez,
Ismael Escobar; profesor del Colegio de Guadalupe; la Universidad y la Escuela de Ingenieros; Saturnino del
Castillo que enseñaba en varios planteles de Lima, era autor de difundidas obras didácticas y rindió su existencia
vivando al Perú; periodista como Mariano Arredondo Lugo, cronista de La Opinión Nacional y Carlos Amézaga, cronista
de La Patria; J. Enrique del Campo; presidente de la Sociedad de Artesanos; el tipógrafo Manuel Díaz, el obrero
Juan Olmos; el empleado del ferrocarril trasandino Fernando Terán; el mecánico César Lund. De la generación más
nueva sucumbieron, entre otros muchos, Enrique y Augusto Bolognesi, hijos del héroe de Arica; José Andrés Torres
Paz, el joven chiclayano legendario en el Perú que había paseado el estandarte carolina entre el humo y el estruendo
de San Francisco y de Tarapacá, de Tacna y de San Juan; Enrique Lembeke que dejó a su tierna novia destinada a
seguirlo loca a la tumba; el adolescente Carlos Femán González Larrañaga; Felipe Valle Riestra y Latorre, articulista
inteligente de La Opinión Nacional que a los 22 años llevó la espada enarbolada por su tío político Guisse y probó
ser digno de ella; Hernando de Lavalle y Pardo, de 22 años, hijo del diplomático cuya gestión intentó detener la
guerra y más tarde celebró la paz; Toribio Seminario, de 17 años, muerto con su hermano Alberto de 18, abrazados
a la bandera; Juan Alfaro y Arias, alumno de Letras y de Ciencias Políticas y contador del Huáscar el 8 de octubre
de 1879; Genaro Numa Llana y Marchena, combatiente en las dos batallas; niños como Alejandro Tirado, Grimaldo
Amézaga que sólo contaba 15 años y era hermano de Carlos Germán, presente en Miraflores; Biviano Paredes; huaracino
de 16 años, Emilio Sandoval, de 14 años y Manuel Bonilla de 13. Otro de los muertos en San Juan fue, a los 22 años,
con el grado de sargento mayor Enrique Delhorme que, siendo niño, se distinguió en el combate del 2 de mayo de 1866
en el Callao, por lo cual el Congreso, mediante la resolución de 18 de noviembre de 1868, le concedió una beca en
uno de los colegios del Estado y una pensión mensual.
Símbolo del heroísmo de los cabitos, alumnos de la Escuela de Clases, fue Braulio Badani Suárez, muerto en Miraflores,
herido en San Juan después de haber hecho las campañas del sur.
Al año y once meses de haber sido herido en la batalla de Miraflores falleció el general Ramón Vargas Machuca que había
combatido como soldado en esa acción.
Uno de los dramas de las viudas después de San Juan fue el de Domitila Olavegoya de Vivanco, casada con Reynaldo de
Vivanco, famosa por su belleza, por su fortuna y por su alcurnia. Domitila Olavegoya encargó que buscaran el cadáver
de su esposo, hijo único del general Manuel Ignacio de Vivanco. Fue hallado en la misma fecha del fallecimiento de su
madre, Manuela Iriarte de Olavegoya, muchos días después de la batalla. Ingresó la viuda de Vivanco entonces a la
hermandad de San Vicente de Paul en uno de los hospitales; pero su salud no le permitió seguir. Entonces, asociada
a Elena Ortiz de Zevallos y Tagle, se propuso hacer venir al Perú a las monjas de la Visitación. Domitila Olavegoya
de Vivanco se dirigió a Montevideo para ingresar en la orden no sin haber hecho antes su testamento en el que dejó
recursos para que pudiera establecerse en Lima. Pocos años después volvió con el nombre de la Madre María Magdalena
Olavegoya y el monasterio se fundó en el terreno que ella había cedido en la carretera del Callao.
ENRIQUE Y AUGUSTO BOLOGNESI.
De los dos jóvenes combatientes, hijos de Francisco Bolognesi, Enrique tenía veintiún años. Salió del Colegio Militar
a fines de 1878, se enroló en la artillería y marchó al teatro de la guerra en el sur en junio de 1879. Se batió en
Tacna enfermo y salvó uno de los cañones. Después de estar algún tiempo en Arequipa, fue enviado a Lima. Combatió en
San Juan y allí salió herido doblemente por un disparo enemigo y por haberse reventado el cañón que manejaba, uno de
esos pésimos cañones fabricados en Piedra Liza. Trasladado a Lima en la noche del 13 para ser curado, optó por ir a
Miraflores el 14, cuando sus heridas lo desangraban mientras el rostro lo tenía muy hinchado, desoyendo las súplicas
de su madre. Lo mataron en uno de los reductos.
Augusto Bolognesi no pasaba de los diecisiete años. “Tenía más entusiasmo por el combate, si cabe, que su padre y su
hermano", dice una relación de la época. Murió como ellos.
EL HOMENAJE DE JUAN DE ARONA A FELIPE VALLE RIESTRA.
En el periódico El Orden de Lima, el 9 de junio de 1881, apareció un poema de Juan de Arona a la memoria del joven Felipe
Valle Riestra. Fue un símbolo del homenaje que todos los caídos en San Juan, Chorrillos, el Morro Solar y Miraflores
merecían. Como epígrafe uso Juan de Arana estas palabras de Valle Riestra en un artículo inédito sobre los defensores
de Arica: "¡Quien hoy, ante tan pasmosos ejemplos no se siente decidido a imitarlos!". Después de afirmar que la patria
no le dio a este joven mi asiento en el festín de media centuria para luego brindarle "de la muerte el trago ¡tu única
copa en el banquete aciago!", dice:
Ya otros cual tú. Tal porvenir los
hados. te aguardaban a ti ya otros mayores;
ellos debían ser los Reservados
¡para el día final y sus horrores!
Ellos tenían puestos señalados
en Chorrillos, San Juan y Miraflores,
llegando al postre de la inicua feria,
a la muerte, al olvido y la miseria.
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LAS RESPONSABILIDADES DE PIÉROLA.
Según una generalizada versión peruana, aquí, como en San Juan, no actuó el comando de Piérola. Dice Químper en su
manifiesto de mayo de 1881: "Piérola en Miraflores se portó valientemente como individuo, recorriendo diversas veces
la línea en medio de los fuegos; pero como Director hizo lo que en San Juan y en Chorrillos: no dio una orden ni
se le ocurrió una idea". El folleto de contestación a dicho manifiesto (Panamá), 1881 observa a este respecto:
"¿Cómo ha podido saber qué órdenes se dieron, quién las trasmitió y si se cumplieron o no?".
La única vez en que Piérola intentó defender públicamente en el Perú su actuación de ese día, fue en una carta
dirigida a Julio Tenaud. Allí trata de desvanecer las imputaciones hechas a Tenaud y a Juan Martín Echenique por
no haber participado en la batalla de Miraflores, y agrega, al referirse al sector de Monterrico a Quiroz:
"Desguarnecida aquella parte de nuestra línea de defensa, habríamos entregado al enemigo las importantísimas
posiciones de Vásquez y el Pino que era cuanto el enemigo podía apetecer y sin disparar un tiro habría podido
flanquear nuestros reductos de La Calera a Miraflores y batidos por retaguardia o dejados de lado, marchando
sobre Lima o el Callao que se trataba de defender...". Y en seguida afirma, erróneamente y en contradicción
con el testimonio reiterado de los actores y testigos peruanos de la batalla: "Si nuestra derecha suficientemente
guarnecida y que ciertamente no cedió por falta de tropas, se hubiera mantenido, es evidente que el enemigo habría
dirigido su ataque hacia nuestra izquierda como comenzaba ya a efectuado". Otra de las cosas que afirma es, en
desacuerdo con aseveraciones muy difundidas si bien, en coincidencia con el parte del subjefe de Estado Mayor ya
citado que movilizó cuantas fuerzas había fuera de los reductos de Monterrico al reducto número 2 "fuerzas que
desgraciadamente en su mayor parte preferían, al llegar sobre la ruta de Lima, tomar ésta en vez de acudir a los
fuegos". En un reportaje publicado en el New York Herald, el 10 de noviembre de 1882, Piérola mencionó como causas
de la derrota la indisciplina en el ejército y la escasez de material bélico.
Ya en la noche, Piérola tomó el camino de la sierra. Miraflores, como antes Chorrillos y Barranco, fue asolada y
saqueada por los vencedores.
En su carta a Julio Tenaud afirmó que tenía preparada una tercera línea de combate con el apoyo de San Cristóbal,
San Bartolomé, El Pino y la plaza del Callao; pero que toda nueva resistencia se volvió impracticable por el
estado de las tropas.
¿INTENTÓ PIÉROLA MORIR EN MIRAFLORES?
En la biografía de Amador del Solar publicada en el Diccionario biográfico de peruanos contemporáneos por Juan
Pedro Paz Soldán al narrar que aquel personaje fue ayudante del Dictador en la batalla de Miraflores, dice, sin
duda por información suministrada por el mismo del Solar: "En un arranque de noble desesperación don Nicolás de
Piérola lanzó su caballo sobre las filas chilenas buscando la muerte. Solar fue uno de los que le siguieron y
trataron de impedir su sublime locura. Los otros dos eran: el coronel Chocano y Nicolasito, el hijo mayor del Jefe
Supremo, joven que en esa jornada dio pruebas de un valor heroico. El coronel Chocano tuvo que cruzar su caballo
delante del que montaba don Nicolás de Piérola".
POR QUÉ NO HABRÍA PIÉROLA INICIADO LA RESISTENCIA EN LIMA.
El mismo libro, en la biografía dedicada a Ismael de Idiáquez igualmente, sin duda, con datos provenientes del
interesado, tiene las siguientes frases: "A las nueve de la noche (del día de la batalla de Miraflores) un oficial
de la zona de Carabayllo que estaba de servicio en Vásquez, llegó al galope y presentándose a don Nicolás Rodríguez
(prestigioso agricultor que mandaba las fuerzas del valle de Carabayllo, ocupantes del último extremo de la línea de
batalla, al lado de la hacienda Vásquez) le manifestó que el Dictador lo llamaba. Inmediatamente don Nicolás Rodríguez,
seguido de su ayudante Ismael de Idiáquez, se dirigió en busca del Dictador, a quien encontró rodeado de una numerosa
comitiva a orillas del Rímac, y que recién a esas horas -nueve de la noche- hecho histórico del que conviene tomar
constancia, abandonaba el campo de batalla. Sólo en ese momento supieron con precisión Rodríguez y su ayudante la
derrota de Miraflores. "Indíquenos usted el camino dijo el Dictador dirigiéndose a Rodríguez, para dirigimos a Canta
sin pasar por Lima. Rodríguez interrogó entonces si no se llevaba adelante la resistencia contra las tropas chilenas.
¿Quiere usted ver arder a Lima como está ardiendo Miraflores?, repuso el Dictador. Camino para Canta sin pasar por
Lima no existe, prosiguió Rodríguez. Hay unos senderos intransitables por los que solemos pasar cuando cazamos venados,
pero por allí la marcha es excesivamente penosa. Guíenos usted por allí, coronel, contestó el Dictador". El relato
concluye mencionando el cruce del Rímac por esta comitiva, el rodeo del San Cristóbal, el desfile por Canto Grande
y la llegada a Trapiche en la madrugada del 16.
Según Piérola en su carta a Julio Tenaud, tuvo que dar la orden de que se disolviera la reserva de Vásquez y El
Pino por la condición de su vestido y calzado y el abandono en que hubieran quedado las familias en la capital.
Ordenó desarmada y depositar las armas en un paraje secreto para transportadas luego al interior.
LA POPULARIDAD DE PIÉROLA.
Es curioso que la derrota, las graves responsabilidades a ella inherentes y las tremendas acusaciones hechas en
contra de Piérola, no afectaron radicalmente la popularidad de este caudillo. En una correspondencia fechada en
Lima el 1º de marzo de 1881, el corresponsal del New York Herald afirmó que tenía al pueblo a su favor, si bien
las clases altas eran sus decididas adversarias. Y cuando regresó al Perú apenas concluida la Guerra su recibimiento
en el Callao y en la capital el 8 de marzo de 1884, fue muy cordial.
Manuel Atanasio Fuentes, en el prólogo de su tremendo Ramillete o repertorio escrito en 1881, llegó a decir:
"Otra parte considerable de los partidarios de Piérola y de su generoso gobierno existen en las muchedumbres
populares. A éstas se les ha predicado guerra a los hombres decentes y a sus propiedades y nada halaga más a
las turbas que las doctrinas que tienden a darles no sólo la igualdad sino la supremacía social". Aquí "El
Murciélago" se equivocó, pues no existía un solo decreto o un solo manifiesto o discurso de Piérola que
pudieran ser clasificadas como de extrema izquierda. Agregó en seguida: "Cuando los hombres entregados a
rudos trabajos, cuando los jornaleros y, operarios han visto en sus manos "incas" permutables por un gran
número de billetes, no han podido nunca comprender que tenían una riqueza ilusoria y que si antes con un sol
llenaban sus necesidades ordinarias, hoy, con los ocho y los quince de los papeles de la Dictadura, no
satisfacen el mismo objeto. Pero la ignorancia no reflexiona ni se convence, la pasión domina a los hombres
que nacen y se crían en las últimas capas de la sociedad; y así es que el nombre de Piérola es para la plebe
sinónimo de riqueza, de robo y de exterminio". De las palabras antedichas valen el reconocimiento de la
supérstite popularidad del Dictador inmediatamente después de San Juan y Miraflores la referencia a la parte
que en ella pudo tener la abundancia de incas.
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