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IV. EL ALMIRANTE A.B. DU PETIT-THOUARS Y LOS JEFES NAVALES INGLÉS
E ITALIANO. LA ENTRADA A LIMA POR TROPAS ESCOGIDAS.
El Almirante Abel Bergasse Du Petit Thours comandaba la flotilla de la escuadra francesa en el Océano Pacífico.
Su misión había concluido a fines de 1880 y recibió la orden de regresar a su país; pero en enero de 1881, en vez
de dirigirse a Valparaíso, siguiendo un impulso intuitivo, optó por ir al Callao a donde llegó el 7 de ese mes con
su acorazado Victorieuse en vísperas de las batallas alrededor de Lima.
Participó junto con el almirante inglés Stirling y el comodoro italiano Sobrano, en gestiones para obtener la libre
circulación de trenes en todas direcciones con el objeto de ayudar a la evacuación de mujeres y de niños de Lima.
Después de la batalla de San Juan, estaba con el mismo marino inglés y con los representantes diplomáticos de Francia
e Inglaterra en conferencia con Piérola cuando se iniciaron los disparos que dieron comienzo a la batalla de Miraflores.
Perdidos los peruanos en esa jornada, temió Du Petit Thouars la ocupación violenta de Lima y la destrucción de la
capital. Despachó a su secretario Roberjot (dice el almirante en el informe en el que dio cuenta de esos sucesos)
con dos oficiales más, designados por el almirante inglés y el comodoro italiano, para que se presentaran ante el
general Baquedano a solicitarle que no atacase Lima antes de recibir al alcalde Torrico, al cuerpo diplomático y a
los almirantes. Esta reunión se efectuó el domingo 16 de enero. Se convino allí en un documento firmado por el
general Baquedano, que Lima sería ocupada pacíficamente por tropas escogidas bajo la condición de que el alcalde
dedicará todos sus esfuerzos para que los fuertes erigidos en las alturas de la ciudad fuesen evacuados. Según las
propias palabras de Du Petit Thouars: "El almirante Stirling y yo esperábamos producir sobre los chilenos cierta
presión sin formular amenazas y creo que hemos estado bien inspirados". El testimonio de Petit-Thouars desmiente
así tanto la versión chilena de que no hizo gestión alguna como la versión peruana de que actuó solo y de que amenazó
con los cañones de las escuadras extranjeras si Lima era destruida. Luego, frente a los tumultos del populacho limeño,
ayudó el almirante francés a que el señor Champeaux, director del muelle y dársena y comandante de los bomberos, formase
una guardia urbana que, con armas suministradas por el alcalde Torrico, restableció el orden. Du Petit-Thouars resumió
su acción en las palabras siguientes: "Lima llegó a ser salvada de una destrucción casi cierta de parte de los chilenos
después de las dos batallas perdidas por Piérola: esta ciudad fue ocupada pacíficamente por los chilenos". El 2 de agosto
de 1890 el Concejo Provincial de Lima resolvió iniciar una suscripción popular con el objeto de adquirir en Europa un
retrato del almirante Du Petit Thouars que acababa de fallecer. Este episodio revela la intensidad del recuerdo de los
acontecimientos ocurridos en enero de 1881. Posteriormente, durante el segundo gobierno de Leguía, fue erigida una estatua
que perenniza la gratitud de la capital del Perú al almirante francés.
LA ENTRADA DEL EJÉRCITO CHILENO EN LIMA.
La entrada de los chilenos en Lima fue retrasada hasta el 17. Había costado alrededor de diez y siete mil quinientas
vidas, entre muertos y heridos. El cuadro que entonces presentó la capital ha sido pintado por el diplomático italiano
Petrolari-Malmignati en el libro Il Perú e suoi tremendi giorni.
La población de Lima, consternada por el resultado de las dos batallas había visto el resplandor por el lado de Miraflores,
Barranco y Chorrillos. "No a la necesidad estratégica, ni al azar de los proyectiles (dice el narrador italiano) ni a causas
similares pueden ser atribuidos los incendios...". Y agrega que en Chorrillos el general Baquedano tuvo que ponerse a buen
recaudo, temeroso de no ser respetado por sus soldados indisciplinados. El mismo día de la batalla de San Juan, a las ocho
de la mañana, llegó a Lima un tren que conducía heridos. Una hora más tarde ya ambulaban por las calles y los alrededores
de la capital centenares de individuos heridos, desertores o fugitivos, a veces separados, a veces en grupos, mientras
continuaban escuchándose las detonaciones del combate. Los heridos venidos en trenes fueron conducidos al hospital de Santa
Sofía y a los salones del Palacio de la Exposición para ser atendidos por médicos nacionales y de los barcos de guerra
ingleses, norteamericanos y franceses anclados en el Callao y Ancón. Circulaban rumores que avivaban las divergencias políticas.
En la misma tarde del 13 el general La Cotera recorrió las calles principales gritando: "Abajo Piérola", "Viva la Constitución"
y también, según el corresponsal de La Estrella de Panamá, "¡Abajo los gringos!". Poco después se asiló en la legación británica
y fue llevado al Callao al blindado Triumph. Numerosas familias acudieron a las legaciones y consulados extranjeros; marineros
desarmados estaban estacionados en las puertas de ellos. Sólo la legación de Estados Unidos dio asilo a más de mil quinientas
personas. En Ancón no cabían más refugiados, al extremo de que, por no haber ya sitio en los barcos de guerra extranjeros y en
los botes de la bahía, fue necesario romper las puertas de las casas de la localidad. Destacamentos de marineros de dichos barcos
comenzaron a hacer guardia. Los fugitivos provenientes del campo de batalla eran desarmados; comprobándose, dice Mason, que
soldados con rifles Remington, de calibre 50, tenían cartuchos Peabody-Martini, de calibre 45 y viceversa.
Ningún Gobierno, ninguna autoridad, quedaron después de la derrota final. Fugitivos del ejército vencido y tropas que no
llegaron a entrar en combate formaron, con otros facinerosos, una turba que empezó desde la noche del 15, a saquear e
incendiar algunas tiendas y almacenes chinos y otros contiguos a ellas. El odio a los chinos tenía, aparte de otros factores,
el pretexto de que no habían querido aceptar los incas y de que muchos de sus paisanos ayudaban al ejército invasor. Según
fuentes de origen civilista en esta turba (a la que se dio el nombre de la "comuna" o "los comunistas") se oían los gritos de
Viva Piérola y muera la argolla. Los dirigentes de las colonias extranjeras acordaron formar una guardia urbana, que con la
muerte de más de ciento cincuenta forajidos y la pérdida de sólo diez hombres, evitó mayores trastornos desde el amanecer del 17.
En la mañana de ese día, que era lunes, el alcalde de la ciudad, Joaquín Torrico, acompañado de algunos miembros del cuerpo
diplomático, paso por segunda vez, al campamento del ejército chileno. El día anterior, domingo en la mañana, los jefes
navales extranjeros se habían reunido para acordar las condiciones de la entrada de las tropas chilenas, con garantía para
la ciudad. Bajo la indicación de que no se repitiera lo ocurrido en Chorrillos, Barranco y Miraflores, Baquedano se comprometió,
repetimos, a escoger sus mejores tropas para la marcha del 17 en la tarde. Todo lo anterior -las escenas de horror ocurridas,
los rumores y anuncios siniestros, la aparición del populacho que entonces se llamó de "la comuna" o 'los comunistas", la estricta
selección hecha en las tropas chilenas, la abundancia en el número de niños, mujeres y ancianos en la capital, la insistencia
extranjera para que no se repitieran los excesos cometidos en Chorrillos, en Barranco y en Miraflores suministra una explicación
para el relato, frío hasta ser cruel que Perolari-Malmignati hace de la entrada de los chilenos en Lima: "Parecía un día de gran
fiesta. A la luz de un espléndido sol, banderas extranjeras de todas las naciones ondearon sobre la mayor parte de los techos,
sobre casi todas las puertas de las tiendas completamente cerradas. Numerosísimas eran las legaciones, los consulados, las
Cancillerías diplomáticas y consulares, los asilos para extranjeros. Es una ciudad de cónsules, dijo un soldado chileno entrando.
Si un aeronauta venido de la luna hubiese visto a la ciudad así embanderada y en apariencia tranquila, no se hubiera imaginado
que un ejército enemigo estaba entrando en ella. La marcha de la tropa chilena fue admirable por su orden, disciplina y contención,
ni un grito, ni un gesto. Se diría que eran batallones que regresaban de ejercicios". Pero los invasores de la otrora alegre y
confiada ciudad virreinal, han sido inculpados por haber convertido la Biblioteca Nacional en cuartel, destruyendo o vendiendo
sus libros y documentos y por haberse llevado obras de arte o instrumentos científicos; y también por otros vejámenes a la población.
En el Callao se repitieron los horrores de Lima el 16 y 17 de enero. Los extranjeros restablecieron el orden.
EL HUNDIMIENTO DE LA ESCUADRA PERUANA.
En la madrugada del 16 de enero la corbeta Unión así como otros parcos peruanos entre los que estaban el
monitor Atahualpa y los transportes Rímac, Limeña, Oroña, Marañón y Chalaco así como algunas lanchas,
fueron incendiados y hundidos para que no cayeran en poder de los chilenos. Antes de zozobrar los últimos
restos de la escuadra formaron antorchas humeantes.
LA "UNIÓN".
El comandante, Manuel Villavicencio se hallaba en la batería del cerro San Cristóbal. Correspondió dar
las órdenes para el hundimiento al segundo jefe, Arístides Aljovín. La Unión, como se ha relatado ya
en este libro, fue una corbeta de madera adquirida en Francia, por el gobierno de Pezet y conducida al
Perú por Miguel Grau. Bajo las órdenes del mismo gran marino combatió en Abtao. Desplazaba 1.600 toneladas,
hacía doce nudos, tenía trece cañoncitos de 70 y podía navegar a vela. En setiembre de 1869 viajó a Río
de Janeiro a dar alcance a los monitores Atahualpa y Manco Cápac que venían a remolque de Estados Unidos.
Al llegar al hermoso puerto brasileño se encontraron los tripulantes de la Unión con un gran incendio y
contribuyeron a sofocarlo. Acerca de la participación de la corbeta en la guerra con Chile ya se ha tratado
en varios capítulos anteriormente. Varada la Unión al norte de la bahía del Callao, quemada en parte su
popa y destrozada su maquinaria, su palo mayor emergió por muchos años en las proximidades de la boca del
río hasta que, cuando era director de la Escuela Naval el capitán de navío Ernesto Caballero y Lastres,
fue sacado y colocado en el patio a la entrada de ese centro donde se forman, año a año, los oficiales de
la marina de Guerra del Perú. Los cadetes saludan todos los días la bandera que sigue flameando en el
histórico mástil de la gallarda corbeta a la que nunca los chilenos lograron atrapar.
LOS SERVICIOS DE AMBULANCIAS EN LA DEFENSA DE LIMA.
La organización de las ambulancias nacionales dependió, desde el comienzo de la guerra, de José
Antonio Roca y Boloña como jefe de la Cruz Roja y de José Casimiro Ulloa como jefe superior de
Sanidad en la República. Julián Sandoval estuvo a cargo de la 1ª ambulancia; José Celestino
Arguedas, de la 2ª, Julio Gómez del Carpio, de la 3ª; Felipe Santiago Durán de la 4ª organizada
por la colonia inglesa. Con variantes en su personal, estas ambulancias se dirigieron al sur.
Hubo también médicos y practicantes en batallones y regimientos, barcos de guerra y fortificaciones
de tierra. En enero de 1880 ya había sido distribuido todo el personal de alumnos de 3° a 7° año de
Medicina en las ambulancias civiles y militares y en los diferentes hospitales de sangre. La facultad
manifestó, además, el 25 de diciembre de 1879 que todo su instrumental de cirugía había sido entregado
para la campaña del sur que sólo quedaba el equipo reserva para las operaciones de mujeres y el
tratamiento de enfermedades de las vías urinarias. En Lima improvisáronse hospitales de sangre en
el fundo de Villegas, en el local de la Bomba Salvadora Lima, en San Pedro, en el local de Santa
Sofía y en el Palacio de la Exposición.
Jefe de sanidad, militar en el ejército de reserva fue nombrado Martín Dulanto. Las señoras de Lima,
encabezadas por doña Jesús Yturbide de Piérola, fundaron el hospital llamado de la Cruz Blanca organizado
por Belisario Sosa y Juan Cancio Cancino. Una medalla especial premió el esfuerzo de ambos distinguidos
médicos. Magistrados respetables, abogados ilustres y propietarios, impedidos todos ellos por su edad de
tomar las armas, prestaron servicios auxiliares a los médicos. También efectuaron análoga labor señoras
y señoritas de todas las clases sociales de Lima. La eficacia de los servicios de Sanidad no fue grande.
Acland, al visitar el hospital chileno de Chorrillos encontró que allí no se usaba la anestesia y que los
heridos se entregaban a los cuchillos de los cirujanos casi sin defensas. "Había abundancia de cosas
(agrega) pero con pocas excepciones el personal médico carecía de destreza".
ROSARIO CÁRDENAS DE DEL SOLAR.
Un grupo de damas ayudó en la ambulancia que tuvo como sede el local de Santa Sofía, antes utilizado como
Escuela de Artes y Oficios. A pesar del aislamiento en que se hallaba este edificio y su distancia del
centro de la ciudad hubo señoras que se improvisaron como enfermeras, sin más preparación que su buena
voluntad. Rosario Cárdenas de del Solar, esposa de Pedro Alejandrino del Solar, se distinguió en esta
labor, al tomar a su cargo la sala de enfermos graves cuyas heridas hallábanse en estado de putrefacción.
Su nombre es evocado aquí como símbolo de la abnegación de muchas damas.
PEDRO BERTONELLI Y EL HOSPITAL ITALIANO.
El médico italiano Pedro Bertonelli, después de su actuación en Arica y Tacna, sirvió como uno de los
cirujanos del hospital de sangre establecido en el Palacio de la Exposición y también trabajó en un
edificio destinado a escuela elemental que se convirtió en estacionamiento asistencial después de las
batallas de San Juan de Miraflores. Bertonelli sugirió a Aquiles Boggiano, residente de la Sociedad
Italiana de beneficencia la utilización de aquel local provisorio para establecer en él un hospital
de la colonia en el cual poder asistir a los connacionales pobres que esa entidad no podía abandonar
y que no llegaban a encontrar admisión fácil en los establecimientos de la ciudad que (dice Emilio Sequi)
resultaban estrechos por la considerable existencia de soldados y de heridos. El Hospital Italiano
"Vittorio Emmanuele II" se inauguró el 20 de setiembre de 1881. Sequi, ofrece la siguiente información:
"Al Dr. Bertonelli debe el Perú la introducción de la antisepsia y de los primitivos métodos de Lister
para obtenerla. El fue el primero que hizo conocerla y la aplicó en las ambulancias del ejército del
sur no sin algunas resistencias por la natural incredulidad con que se reciben siempre las innovaciones,
siempre más tenaces cuando más maravillosas aparecen. También fue esta gloria de la colonia italiana
experimentada sobre los campos de batalla y sancionada por la práctica de nuestro modesto hospital
cuando todavía en los propios hospitales públicos de la ciudad o era rechazada o tímidamente acogida".
LAS COMPAÑÍAS DE BOMBEROS.
Puede considerarse dentro del mismo nivel humanitario que el de la Cruz Roja e investida a la vez de
un abnegado sentido patriótico, la obra de las compañías de bomberos de Lima, Callao y Chorrillos. La
resolución legislativa de 3 de noviembre de 1892 otorgó a ellas un voto de gracias a nombre de la nación;
y agregó una mención honrosa a cada una de las compañías que concurrieron a los bombardeos del Callao en
1880 y la consideración de una cinta bicolor a los miembros de las entidades citadas que asistieron al
bombardeo de Chorrillos.
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