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CAPÍTULO SEGUNDO
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Panorama de la Formación
Histórica del Perú |
EL TERREMOTO.
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Durante largo tiempo
se vio en los Incas a los autores de la civilización peruana.
A principios del siglo XX ha venido recién a divulgarse
por los descubrimientos hechos de restos, en gran parte subterráneos,
de épocas anteriores, que mucho debieron los Incas a otras culturas.
Fueron numerosas estas culturas preincaicas: probablemente, vinculadas a Centro
América, descendieron de norte a sur, si bien
su orden de arribada y sus radios de expansión aún no pueden ser exactamente
determinados. Las esculturas, los tejidos, los vasos revelan la habilidad de sus
artífices; la riqueza de idioma, hace
ver la cultura de sus clases superiores; los dibujos de los vasos y de las telas
informan de una fuerte jerarquía social.
De esta época anterior sólo quedan ciertas formas de la economía a base de la colectividad
agraria, asombrosos monumentos megalíticos, pequeños cacharros con dibujos y representaciones
a veces admirables por su colorido o su expresión, casi ninguna tradición. Periódicamente
se renuevan las convicciones de los arqueólogos sobre dicha época: lo que se estudió
un año resulta luego trasnochado y recientemente, por ejemplo, al elenco de las
civilizaciones primitivas se ha incorporado la antiquísima Paracas, cuyas momias
tienen telas que alcanzarían altísimos precios en las tiendas de París o
Nueva York. De los Incas quedan muchas ruinas, entre ellas, según creen
muchos, una parte de la población autóctona; bastantes artefactos, aunque, por cierto,
no los más ricos; una leyenda suntuosa en la que hay elementos míticos y providenciales
y elementos auténticos (la minuciosa utilización administrativa del hombre, el socialismo
de Estado) que hoy parecen igualmente inverosímiles.
Una superposición de comunidades agrarias, resultado de larga evolución, al lado
de un socialismo de Estado creado por los hombres: tal la síntesis del Incario según
el profesor francés Baudin. Sobre un territorio inmenso, heterogéneo, parcelado,
abrupto, en gran parte pobre, favorable, en suma, el regionalismo y al conservadorismo,
se construyó este Imperio centralizador, Ninguna civilización de la antigüedad tuvo
a su disposición medios tan mezquinos. La dificultad de encontrar los elementos
de vida creó los andenes, las terrazas, las obras de irrigación, el sentido de obediencia
y de sobriedad en el labriego. Imperio singular donde el hombre era una simple pieza
de la máquina estatal y, al mismo tiempo, era paternalmente protegido en su bienestar
y en su salud; en las provincias sometidas quedaban los mismos curacas y, a veces,
la misma religión pero con la piel de los que se sublevaban se hacían tambores;
se ignoraba la escritura y se llevaba una impecable estadística; el trabajo era
un medio y no un fin; no había miseria pero tampoco había posibilidad para gran
enriquecimiento; la producción, el reparto y el consumo de la riqueza hallábanse
controlados dentro de una población jerarquizada; estaban clausuradas las perspectivas
para la ambición, la avaricia, y el espíritu de iniciativa. Imperio que evoca al
Egipto y a la China por el funcionarismo, el agrarismo y el carácter divino del
soberano; a Persia por la suntuosidad monárquica; a Roma por el espíritu de predominio
y de expansión; a Inglaterra por la capacidad de adaptación y asimilación; a Alemania
pre-guerra por el carácter del emperador; a Rusia soviética por la obligación general
de trabajo y por la supervigilancia del Estado en las relaciones sociales.
Dentro de la primitiva
comunidad agraria que no era sino el clan fijado en el suelo, la casa y sus utensilios
eran de propiedad individual; los bosques y pastales, bienes comunes; las tierras
de cultivo se repartían cada
año. Los Incas utilizaron esta organización y la generalizaron. Funcionarios especiales
avaluaban lo necesario para la subsistencia del labriego y su familia y el excedente
en la tierra y sus productos, lo dedicaban al Sol y al Inca, es decir a la Iglesia
y al Estado. El consumo quedó limitado al mínimum de existencia. No se podía guardar
una parte arbitraria de lo producido, ni agrandar la casa, ni tener joyas, ni hacerse
llevar en hamacas, ni poseer una tropa de llamas sin autorización del Inca; eso
era privilegio concedido por especiales servicios o favores. Para el Sol y el Inca
no sólo había que dedicar el excedente de lo producido; había que cultivar las tierras
a ellos asignadas y cumplir trabajos o impuestos previamente fijados. Los funcionarios
distribuían año a año las materias primas: pieles, lanas, algodón costeño, fibras
de la "cabuja" forestal, para sandalias, vestidos, cuerdas, armas. Designaban también quiénes debían ir a las minas, servir a
los nobles y funcionarios, construir o reparar los edificios públicos, hacer o limpiar
los caminos.
El excedente de la producción servía para la manutención de la casta superior civil
o religiosa y para la formación de un fondo de previsión social. A la vera de los
caminos, almacenes especiales, albergaban este excedente. Las sequías, los incendios,
los terremotos, las guerras atenuaban así su maleficio. Con la moderación en los
deseos del consumidor y con la acumulación de las reservas, la economía peruana
tuvo una asombrosa solidez.
Tal organización es sólo posible dentro de una colectividad
sin sed de libertad, de poder o de riqueza con un cuerpo numeroso de funcionarios
concienzudos, premunidos de precisas estadísticas. Repartido el imperio en cuatro
regiones, las familias se dividían en grupos de 5, 10, 50, 100, 500, 1000, 10,000,
40,000 con sus respectivos jefes en jerárquica gradación. Para mantener esta distribución
y utilización de cada individuo, nadie podía viajar sin permiso, existiendo en cambio
la costumbre de los viajes forzosos para poblar o pacificar determinadas regiones;
y en el vestido habían señales para ubicar a cada sujeto. Ignorantes los Incas de
la escritura, cordeles con nudos y de colores diferentes realizaban esa estadística
extendida no sólo a los hombres sino a los animales, los productos agrícolas, los
tributos etc. Una red de caminos admirables a través de arenales, quebradas, cerros,
bosques y ríos, con escaleras, muros y puentes cómodos, construidos no obstante
de que los indios ignoraban la rueda y no tenían otro animal de transporte que la
llama, servían para la rapidez en la inter-relación dentro del Imperio.
Tal, el señorío de los Incas. Mejor que los chasquis que en uno de los tambos de
los caminos recibían el mensaje sagrado para llevarlo fielmente hasta el otro confín
del territorio, cada Inca había continuado y completado la obra del anterior. Emergido
recién en el siglo XI, el Incario después
de una etapa de lucha, de crisis, de avance
había superado la mera dominación
feudal sobre las comarcas vecinas y su expansión majestuosa, iniciada en el siglo
XIV
había llegado al apogeo en el siglo
XV.
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