EL ALUVIÓN.

Cuando la socialización incaica estaba en vías de consumarse y cuando, al mismo tiempo, por la extensión desmesurada del imperio, se anunciaba el peligro de la división entre Cuzco y Quito, análoga a la de Roma y Bizancio, llegó Pizarro. Por su ignorancia del cristianismo, de la escritura, del dinero, del hierro, de la rueda, de la pólvora, de la monogamia, de muchas plantas y animales, los indios aparecieron como bárbaros ante los españoles. Por su destrucción de andenes, caminos, terrazas, templos, ciudades, graneros y tributos; por su rapiña, su crueldad, su lascivia y hasta su superioridad guerrera, los españoles aparecieron como bárbaros ante los indios. La victoria de los españoles fue fácil. La favorecieron la mentalidad semi-primitiva de las masas indígenas; la ignorancia en que vivían acerca de los blancos; el tipo absorbente del Estado incaico para el que fueron fatales la discordia intestina y la prematura prisión del Inca; la disciplina organizada de los soldados españoles; la superioridad de las armas de fuego, de las armaduras, de las espadas, de las lanzas y de los caballos; la conciencia nacional y religiosa que uniformaba a los conquistadores; y su finalidad resuelta y predeterminada. Tales factores lograron superar los obstáculos resultantes de su número irrisorio, de su ignorancia del territorio y de la extensión y dificultades de su empresa. La destrucción del edificio político creado por los Incas, los postreros combates con sus defensores, el trato inhumano a los indios, las discordias entre los conquistadores para el mejor reparto del botín inaudito, la venida de aventureros ante la fama del Perú riquísimo, la fundación de ciudades, los primeros trasplantes de los cultivos y de los animales europeos marcan la fisonomía de la Conquista. Los hombres que se han impuesto sobre tanta gente y tanto territorio en tan breve tiempo, son súbditos fieles de un reino que acaba de unificarse bajo una coacción monárquica que ha suprimido la libertad en lo religioso, lo municipal y lo regional. Y ante los sangrientos episodios de las luchas entre los conquistadores, ante el trato a los indios, ante la consumación del entronizamiento español en el Perú, viene la intervención de la metrópoli limitando a los conquistadores políticamente con una finalidad absorbente, porque envía autoridades  que ella escoge; y económicamente porque impone la supresión de las encomiendas y del servicio personal. Intereses ávidos, vanidades exacerbadas, ambiciones impetuosas, exceso de gente alborotadora hacen que esta labor no se cumpla sin nuevas luchas (Guerras de Gonzalo Pizarro y Girón). Vencido o aplastado el informe espíritu autonomista, la Corona realiza plenamente sus designios de predominio; pero hace una transacción con los intereses que pretendió mellar porque las encomiendas perduran tres vidas; el servicio personal no queda abolido; la suerte de los indios, tolerable sobre el papel, continúa siendo la triste suerte del siervo. El virrey marqués de Cañete realiza la labor de limpieza y profilaxia del terreno, preparando la obra posteriormente edificada definitivamente por el virrey Toledo después de atravesar punas, sierras, quebradas, villorrios, valles y ciudades con un cortejo de juristas y sacerdotes.