CAPÍTULO TERCERO
La lucha política durante la primera República

COORDENADAS DE LA PRIMERA REPÚBLICA.


Los hombres que hicieron la Independencia dotaron al Perú, como a los demás países hispanoamericanos, de una Constitución de tipo republicano. Un Presidente de la República elegido por los pueblos en votación indirecta; un Parlamento dividido en Cámara de Senadores y Cámara de Diputados por directa votación popular; las garantías individuales más o menos celosamente defendidas: he aquí los marcos constitucionales para el Estado naciente.

La realidad se rebeló contra tales cánones. La abundancia de militares a causa de la guerra larga con España, la falta de entrenamiento y de hábito en el gobierno propio, el desborde natural después de una sujeción de siglos, la ignorancia que sobre los principios de la ciudadanía tenían las grandes masas, la avidez de poder en muchos militares y políticos, la impotencia del Estado para defenderse, las grandes distancias favoreciendo el particularismo, el choque entre los nacionalismos limítrofes, y una serie de factores análogos contribuyeron a que las Constituciones se aplicaran sólo parcial o eventualmente.

El ejército se volvió el Gran Elector. Sus "pronunciamientos", aunque sucesivos y contradictorios, tuvieron sus ritos. Entre ellos figuran las actas o documentos en que una guarnición o un vecindario expresan los motivos para el pronunciamiento o rebaten los argumentos emitidos a favor de él; las proclamas o comunicados de los caudillos o jefes alentando a sus partidarios, conminando al país, condenando a sus enemigos; y los partes o relatos oficiales sobre el curso y resultados de los combates y batallas, verdadera sustitución de las gacetillas periodísticas, desconocidas entonces.

Las facciones en lucha reclutan su contingente humano en primer lugar con el aporte de jefes y oficiales ávidos de poder y de figuración. La masa está compuesta por indios enrolados a la fuerza, ignorantes a veces del castellano y de la causa que defienden. También, por vagos y aventureros. A veces, van al vivac y a la campaña artesanos y estudiantes de las ciudades, ilusos y generosos. La infantería es el arma predominante en el ejército y sus marchas por el territorio inmenso son increíbles; la caballería tiene más bien un rol decorativo y espectacular; y la artillería sólo adquiere importancia para el asedio de las ciudades y sobre todo, después de 1866. En cuanto a la marina, a pesar de la costa extensa del Perú y de la experiencia recogida en las guerras entre la Confederación Perú-Boliviana y Chile, apenas sirve para una secundaria misión de transporte y de bloqueo.

El abigarramiento criollo pone su ironía chirle en el escenario — arenales desolados de la costa, quebradas y desfiladeros ásperos y cerros altísimos en la sierra, callejuelas con acequias en las ciudades solariegas, huraña soledad en los villorios —; y también en el jipijapa al lado del morrión en el poncho sobre la casaca, en la ojota junto con la bota, en la honda junto con el cañón.

Los pronunciamientos son capitolinos o provincianos. Rápidamente se resuelven los primeros; significan la liquidación de un régimen caduco o la desesperada intentona por prolongar la vida de él. (1827, 1834, 1842, 1872). Los segundos significan la guerra civil. Por lo general, su solar es Arequipa. "Si la revolución pasa de Ayacucho, la cosa es grave", dícese entonces. En caso de que el gobierno esté fuerte, busca a los revolucionarios; si está débil, los espera. El propío Presidente de la República manda al ejército gobiernista. Es el "tirano" o el "usurpador" de que hablan las proclamas revolucionarias.

Las revoluciones importantes pueden tener dentro de motivos más o menos complejos tres matices predominantes: el matiz nacionalista, invocando la Patria frente a la negociación traidora con el enemigo o la prepotencia humillante del extranjero en la vida nacional (1827, 1829, 1835-38, 1865); el matiz legalista, o sea la defensa de la Constitución y de la ley frente al despotismo (1834, 1844); o el matiz moralizador frente al peculado y al derroche (1854). Pocas son las revoluciones personales; ellas actúan sobre todo en los momentos de anarquía, cuando desastres internacionales han repercutido duramente en la política interna (1842, 1881).

Ese fallo decisivo que las Constituciones asignan a los comicios electorales, es adjudicado por la realidad a las batallas. Sólo por raras circunstancias la revolución triunfa o acaba sin batallas: el abrazo de Maquinhuayo en 1834, el pronunciamiento simultáneo y pacífico de todo el país en 1843, la "huaripampeada" de Prado a Pezet en 1865, es decir la burla que el ejército revolucionario hizo a su enemigo, esquivando el combate para proseguir su avance victorioso. Batallas confusas, son aquellas aunque los nombres más célebres de la antigua Roma y de las guerras napoleónicas figuran con frecuencia en los discursos y aun Balta en Otuzco en 1867 dijo a las tropas gobiernistas que lo perseguían y que le pidieron la rendición de sus armas: "Vengan a tomarlas". Las posiciones estratégicas contribuyen al éxito; pero otras veces un rasgo de valor o de audacia en el momento culminante resuelve todo. Por otra parte, la tradición habla de casos en que los jefes se dan a la fuga con demasiada precipitación; y en la batalla de Agua Santa en 1842, esa fuga fué simultánea en ambos bandos. Sin partidas de exploración, sin líneas de avanzadas, sin mapas, los ejércitos dependen mucho de los guías o prácticos en el terreno. No es raro, tampoco, el empleo de espías en el campo enemigo destinados a dar informes falsos para inspirar temor o confianza.

Resuelta la campaña, el vencedor entra en la capital, oye un "Te Deum" en la Catedral, recibe las arengas de los personeros de las corporaciones, que acaso felicitaron también a su antecesor y rival. En seguida reparte puestos entre sus adeptos más cercanos y convoca a un Congreso — muchas veces a una Constituyente — y obtiene fácilmente la elección "constitucional".