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CAPÍTULO CUARTO
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Panorama y crítica
de las inquietudes doctrinarias iniciales |
"CENSORES" Y "VALIDOS".
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"En el Perú y en Bolivia no ha habido partido liberal ni conservador,
no ha habido retrógrados ni reaccionarios, demócratas ni monarquistas, unitarios
ni federales, sino por accidente. Cansados a veces los pueblos de las inmoralidades
de un despotismo militar se han levantado para derrocarlo, pero su acción ha sido
sometida a la dirección de algún otro caudillo y se ha inutilizado a su vez por
un nuevo despotismo militar. Los conservadores y los liberales se han sentido impotentes
para hacer valer sus ideas en presencia de las fuerzas de los militares y los de
buena fe se han contentado con aislarse, en tanto que los aspirantes han llevado
su contingente a alguno de los caudillos, que han premiado sus servicios o que les
han abierto carrera en la política. Los que más fe han tenido en sus principios
se han consagrado a propagarlos en la enseñanza de la juventud y en la prensa o
han pretendido hacerlos valer en los congresos en que han tenido la fortuna de lograr
un puesto; pero su propaganda
se
ha esterilizado por la acción
de los intereses de círculo o por la voluntad de un capitán afortunado. El militarismo,
pues, lo ha dominado todo y ha sofocado en su germen los sistemas de principios
y de intereses que podrían haber servido para reglamentar un partido político, dejando
pasar en las leyes y en la organización únicamente aquellas reformas que le han
sido indiferentes o aquellas con que ha podido simpatizar, sin mengua de su ambición
o de sus intereses personales".
En estas palabras del escritor chileno Lastarria, pertenecientes
al libro "La América",
se compendia toda la actuación de los elementos civiles en la vida política peruana
durante los primeros cincuenta años de la República.
"Validos" o "Censores"
fueron los civiles en la época del militarismo.
La función de los "validos" (1) variaba según la idiosincracia
de los caudillos; por lo general les correspondía redactar, aconsejar, legislar.
Redactaban las proclamas, los oficios, los decretos, los mensajes. Aconsejaban los
cuartelazos, los apresamientos, las posturas políticas. Legislaban en el Congreso
deleitándose con una fecundidad parlamentaria orientada predominantemente en sentido
político (Constituciones y sus leyes adyacentes) con desmedro de medidas económicas,
financieras, jurídicas a veces urgentes. Al lado del general o coronel que ostentaba
ese último entorchado que para ellos era la banda presidencial, estaban los hombres
de frac o sotana: Luna Pizarro al lado de La Mar; Pando, Maruri de la Cuba, Pedemonte,
Ferreyros y otros al lado de Gamarra; Villa, Zavala, Luna al lado de Orbegoso; Pardo,
Martínez al lado de Salaverry; Valdivia al lado de Nieto en 1834; Mora,
Villarán,
Galdeano, García del Río al lado de Santa Cruz; Carpio al lado de Torrico;
Laso, Mariátegui al lado de Vidal; Pardo, Martínez, P. A. la Torre al lado de Vivanco;
Polar, del Río, Pardo, Paz
Soldán al lado de Castilla en su primer período; Herrera,
Osma, al lado de Echenique; Ureta, Gálvez, Melgar, Ortiz de Zevallos y otros al
lado de Castilla en su segundo período, Casós al lado de Tomás Gutiérrez. Ayuda,
servicio o guía según los casos; compartida a veces con algunos militares; orientada
ya en sentido doctrinario ya para labores de simple administración; con el título
de ministros o de diputados o de "secretario general" si se trataba de campaña.
Los grados de la influencia de los civiles fueron muy variables: desde la influencia
semiabsoluta (Luna Pizarro con La Mar a pesar del descontento que aquél mostró ante el nombramiento de Vizcarra como ministro de Hacienda) hasta la influencia relativa
(los consejeros de Castilla que si alguna vez orientaron su acción, a la larga fueron
despedidos y reemplazados).
Pero también los civiles ocupan el puesto antagónico del valido:
son censores, es decir, denuncian, condenan, critican, atacan a los caudillos
militares. Preparan así el ambiente para la posterior acción bélica que otros caudillos
militares encabezan. Esa acción censora se realizó desde el periódico, el folleto
o la tribuna. Gamarra tuvo a Iguain, Zavala, Vigil, Mariátegui; Orbegoso a Mora,
Lazarte, Pardo; Salaverry a los periodistas santacrucinos entre los que, en esa
época, el más importante fué Valdivia en "El Yanacocha"; Santa Cruz a Pardo y los
emigrados peruanos en Chile; Torrico a Quiroz; Vivanco a la anónima y clandestina
hoja que se llamaba "La Centella"; Castilla a Pagador y los demás escritores de
"El Zurriago", J. G. Paz Soldán con el seudónimo "Casandra", a Espinoza con los diálogos
entre el P. Anselmo y el lego Tifas; Echenique a P. Gálvez, Ureta y Vigil en la
tribuna, a periódicos fugaces y a Elias en sus "Cartas"; Castilla en su segundo
período, al periodismo radical de Enrique Alvarado, Casós y otros, al grupo más
eminente de los liberales en la Convención y, sobre todo, en el Congreso de 1858-59,
a Casós y Cisneros y en 1860 a "El Constitucional"; Pezet a Químper en "El Perú"
y a otros periodistas virulentos y a diputados igualmente exacerbados.
Los civiles que tenían condiciones para ir a algo más que la labor de validos
(por decisiva
que fuera su influencia) y que la labor de censores (por
acogida que tuviera su prédica) vivieron en realidad una profunda tragedia porque
las condiciones del momento histórico les impidió ser aquello para lo que estaban
capacitados. Antes del advenimiento del partido civil se puede encontrar tres casos
a este respecto, entre los cuales dos tienen singular importancia: Domingo Elías
que puesto como prefecto de Lima en ausencia de Vivanco se declara independiente
pero se ve pronto obligado a acatar los hechos consumados ya que se produce casi
inmediatamente después el triunfo decisivo de Castilla en la guerra civil (1844);
primer candidato civil en 1851 es luego iniciador directo de la revolución contra
Echenique primero con un gesto magnífico de " leader" en sus cartas a este
presidente y después con audacia de caudillo en su intentona sobre Tumbes y en su pronunciamiento
en lea, siendo sin embargo pospuesto más que nada porque no tenía influencia militar
y porque Castilla asumió el mando del formidable movimiento en gestación. Y José
Gálvez, coronel "in nomine" aunque profundamente civil por su idiosincracia, que
por esa falta de nexo con los cuarteles ve frustrarse sus planes contra
Castilla en 1860 cuando
éste ha consumado su infidencia con los liberales y que por análogo motivo se ve
obligado a dejar que Prado acaudille el movimiento revolucionario contra Pezet.
En otro plano, habría que citar también a Manuel Toribio Ureta, candidato a la presidencia de la República pospuesto en 1868
y 1872.
En cuanto a sus profesiones, los civiles son principalmente
o sacerdotes o abogados. Sintomático es que cuando Santa Cruz nombró a los plenipotenciarios
que a nombre de Bolivia, el Norte y el Sur Perú celebraran el pacto de la Confederación
en Tacna, escogió dentro de cada Estado, un militar, un obispo y un abogado. La
falta de perspectivas dentro del comercio y la industria por la incipiencia de estas
fuentes de riqueza y por la educación heredada de España, acentuaron la confluencia
de los profesionales hacia la política, en busca de puestos públicos para conservarlos
y acapararlos.
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