EL PRIMER CICLO DOCTRINARIO.

Prescindiendo pues de los hombres de frac. o de levita o de sotana que llevaron a la política únicamente un sentido burocrático (alcanzando así nulidades o medianías sitiales prominentes que a veces fueron inaccesibles para el mérito y la preparación) vamos a ocuparnos tan sólo del esfuerzo doctrinario o semidoctrinario.  En realidad, no hubo partidos con programas expresos, con acción continua y cohesionada, con listas de afiliados; pero sí hubo grupos, tendencias aunque bueno es advertir que muchas veces ellas fueron fugaces y que abundaron los hombres que luego actuaron en contradicción con su pasado.

La iniciación de las discrepancias doctrinarias podría tener su origen remoto en las diferencias de opinión surgida a fines del siglo XVIII y en los primeros años del XIX entre los diversos grupos de la nobleza limeña intelectualizada, sobre si debía irse tan sólo a cierta autonomía de la metrópoli, si debía dejarse las cosas como estaban o si se debía ir radicalmente a la Independencia. Quizá arbitrariamente, podría encarnarse la primera tendencia en don José Baquíjano y Carrillo, la segunda en el conde de Villar de Fuentes y la tercera en Riva-Agüero, secundado también por el conde de la Vega del Ren. Pero la divergencia se precisa, se exterioriza tan sólo en las discusiones entre monarquistas y republicanos, en 1821 después de la ocupación de Lima por San Martín. Hay en ellas un momento oratorio (sesiones de la Sociedad Patriótica, Arce y Pérez Tudela por la República y Moreno por la monarquía), un momento tumultuario (deposición de Monteagudo quien en "El Pacificador" y en gran parte de sus decretos había estado preparando el terreno por la monarquía) y un momento periodístico (aparición de "La Abeja Republicana" y de otros periódicos doctrinarios, publicación de la primera carta de José Faustino Sánchez Carrión, el "Solitario de Sayán", a favor de la República y del manifiesto de Monteagudo a favor de la monarquía).

En esta etapa vencen los liberales, vence la idea de libertad. La República se implanta. Fracasa el ideal de los autoritaristas;   sucesivamente,   la   monarquía constitucional española y la monarquía constitucional en América libre.

El curso de los acontecimientos posteriores puede sintetizarse dentro del siguiente esquema:

FECHAS

MOMENTOS AUTORITARISTAS

MOMENTOS LIBERALES.

1826   (Dictadura  de  Bolívar)

         

Constitución Vitalicia (“Epístola a Próspero” de Pando y Exposición de Laso)

         

1827-28 (Congreso Constituyente y gobierno de La Mar

         

Constitución de 1828 (Discusión sobre federalismo)

1829-34 (Gobierno de Gamarra)

Defensa del autoritarismo (“La Verdad”, “El Conciliador”, otros periódicos).

         

1834 (Gobierno de Orbegoso)

         

Convención Nacional y Constitución de 1834

1835-38 Crisis políticas y guerras civil-internacionales

1839-41 (Gobierno de Gamarra)

Congreso de Huancayo y Constitución de 1839

         



Pero el ensueño bolivariano es demasiado ambicioso y la Constitución Vitalicia resulta algo exótico; se produce, en forma inaudita por lo fácil, la caída del bolivarismo. Después de un breve interregno chauvinista, anticolombiano y liberal (1827-1828) se puede vislumbrar un resurgimiento de los intelectuales que propiciaban el autoritarismo doctrinario, ya despojado de deslumbrantes perspectivas, contentándose con cohonestar los actos del arbitrario gobierno de Gamarra (1829-1833). Este autoritarismo doctrinario se expresa sobre todo periodísticamente en la defensa del gobierno fuerte hecha por los periódicos "El Conciliador" y "La Verdad" en Lima y otros en provincias, distinguiéndose por la galanura y el casticismo del estilo, por su objetivo inmediato y circunscrito, exento de preocupaciones de orden religioso o providencialista; y sus leaders (Pando, Martínez, La Torre, etc.) son ministros o funcionarios del régimen gamarrista. Gamarra mismo, aunque siempre demostró ciertas tendencias presidencialistas, no estaba teñido con la dialéctica de estos intelectuales y profesionales de la política; ellos se habían acercado más bien a él en un proceso de adaptación, tomándolo como mal menor y ante el peligro de un nuevo entronizamiento de los liberales.

 

Concluido el régimen de Gamarra con el triunfo de la oposición que primero unge y luego consolida a Orbegoso, este cenáculo autoritarista se dispersa; algunos de sus miembros pasan a ser consejeros y servidores de Salaverry (Felipe Pardo y Aliaga, Andrés Martínez;) otros sirven a Santa Cruz (J. J. de Mora); y Pando se marcha a España donde reniega del Perú y publica sus notables "Pensamientos sobre moral y política" defendiendo la monarquía constitucional y condenando los errores del liberalismo republicano y democrático (1837). En realidad el mismo espíritu y, en parte, los mismos hombres de este grupo se concentran más tarde en el caudillaje de Vivanco.

 

Los "Pensamientos sobre moral y política", por lo demás, no estaban dedicados a los americanos sino a los españoles. Con ellos Pando quería orientar a los jóvenes: "hacer útiles los escarmientos de su naufragio". Se ocupa del problema de si el mundo ha existido siempre, de si fué formado por la casualidad o creado con un fin, de si existe un Ser Supremo, de la idea de deber y virtud. Examina en seguida las democracias de Grecia y Roma y las halla insuficientes; en las democracias modernas tampoco encuentra motivo para estimar la forma republicana en sí insistiendo en sus facciones encarnizadas, en su inestabilidad, en la usurpación de la autoridad suprema por individuos astutos, en el sentimiento de envidia que se alberga en toda alma republicana. Y en América Española hay "inútiles ensayos, oscilaciones de métodos transitorios y de formas vanas, delirios extravagantes mezclados con aborrecibles atrocidades, pueril vanidad amasada con lastimosa impotencia". Estudia en seguida a la sociedad, hija y madre de la propiedad, que a su vez produjo la desigualdad siendo el gobierno la fuerza legal que vela sobre la conservación del orden, esto es sobre la armonía de las desigualdades. El poder debe existir robusto porque muchos — extraviados por insana sed de goces, febril ansia de novedad, educación inoportuna y exacerbada por la ciega terquedad de los magnates que oponen torpe resistencia a mejoras útiles — pretenden atacarlo: mejor confiarlo a uno con estirpe hereditaria para ayudar al hábito del respeto y al decoro externo: no para ir a la calma pestilencial del absolutismo sino a la monarquía representativa.

 

Hay que retroceder ahora para ver la acción de la primera generación liberal, durante este mismo período. Esta generación comienza triunfando: impone la República. El Congreso Constituyente de 1822, instalado después de la deposición y destierro de Monteagudo y del fracaso del monarquismo de San Martín, señala su entronizamiento en el poder. Aprovechando la falta de un gran caudillo, los liberales (cuyos exponentes mejores eran Luna Pizarro y Sánchez Carrión) dieron pábulo a su celo doctrinario y ungieron una Junta Gubernativa compuesta de tres miembros del Congreso: sometieron el Ejecutivo al Legislativo y lo fraccionaron. Como acertadamente ha dicho el Dr. M. V. Villarán, no cabía esta fórmula pues la asamblea constituyente, caracterizábase por su inexperiencia y su optimismo y era un cuerpo demasiado heterogéneo: además, los liberales no vieron que la guerra con los españoles y nó la fidelidad doctrinaria era el asunto más grave de aquel momento. El Congreso mostró también su liberalismo en la Constitución de 1823 que establece la cámara única, la falta de iniciativa del Ejecutivo en lo que respecta a leyes, su falta de poder para nombramientos, la elección del Presidente por el Congreso, la autonomía de las autoridades y corporaciones locales, el sufragio amplio aunque indirecto; caracterizándose también por su tono retórico y lírico y por su espíritu abstracto (llegó a declarar que si la nación no conserva o protege los derechos individuales, ataca al pacto social). Pero, de otro lado, el Congreso mantuvo la intolerancia religiosa a pesar del voto libérrimo de la mayoría de sacerdotes que había en su seno, sacerdotes que habían sido revolucionarios olvidando "el latín de su Breviario por el francés de la Enciclopedia"; las sesiones se abrían en nombre de Dios todopoderoso y según la flamante Constitución que aprobó esta asamblea, el que no fuera religioso debía perder la calidad de peruano.

Los desastres de la guerra provocaron el motín de las tropas de Lima pidiendo la caída de la Junta Gubernativa y el nombramiento de Riva-Agüero como presidente (Febrero de 1823). Este motín es conocido con el nombre de "motín de Balconcillo" porque las tropas acamparon en esta hacienda, en espera de los acontecimientos.

 

Es el motín de Balconcillo, el primer choque entre el militarismo y el utopismo parlamentarista. Con él ya la acción liberal decae y, a poco, se esfuma con la guerra civil entre Bolívar, Riva-Agüero y Tagle. A diferencia de las asambleas liberales de 1855 y 1867, el primer Congreso Constituyente se sumó al caudillaje y al militarismo. No obstante sus primeras medidas legislativas, se vió envuelto luego en intrigas y menudencias. Sus miembros merecen gratitud porque trajeron la República y tuvieron fe en la libertad; pero como legisladores extremaron el concepto de la libertad atómica y mecánica y como políticos pecaron a la larga.

 

Es esa generación liberal la que después de dispersarse, se diseña nuevamente en la oposición democrática y nacionalista contra Bolívar (Juntas Preparatorias de Marzo a Mayo de 1826). E integrada con nuevos elementos (Vidaurre) usufructúa del motín contra Bolívar. No sólo por prurito constitucionalista sino también por la necesidad de dar una nueva reglamentación al país ya definitivamente libertado de la dominación española (y también, según la retórica del momento, de la dominación colombiana) se reúne la Constituyente de 1827-28 formada en su mejor parte por los liberales, que se vinculan también al poder eligiendo como presidente a La Mar, cuya endeble personalidad les permite crear un gobierno no personalista ni caudillesco. El problema capital que abordaron los legisladores de 1827 fué el de si el Perú debiera ser república unitaria o federal. Teóricamente se inclinaron al federalismo porque en él los pueblos retienen más su soberanía, porque el centralismo se acerca a la monarquía por cuanto crea privilegios, porque en el centralismo hay más corrupción, porque la autonomía local produce leyes más adecuadas. Pero muchas consideraciones hicieron que no implantaran la fórmula federal: el momento histórico lleno de peligros por el sur (Bolivia, donde los colombianos con Sucre seguían imperando) y por el norte (Colombia, donde el estallido bélico era inminente); la falta de luces y virtudes en la generalidad de la población que implicaba la dificultad de encontrar "manos puras y cerebros lúcidos"; la escasa densidad demográfica que hubiera hecho más grave la diferenciación de Estados autónomos; la escasa riqueza; la ausencia de estadísticas que impedía la determinación sagaz de los diferentes Estados de acuerdos con la población y con los recursos naturales e industriales; la complicación mayor del régimen federal que hubiera facilitado sediciones frecuentes. Optaron por eso por un poder central moderado, con la esperanza de que en oportunidad posterior fuera más factible el tránsito al federalismo.

 

En resumen, la obra de los constituyentes de 1828 se diferencia de la obra de los constituyentes de 1823 por la prescindencia del espíritu retórico, por la atenuación del parlamentarismo exclusivo ya que establecieron el Legislativo bicameral, la elección del Presidente nó por el Congreso sino por los colegios electorales etc.; se diferencia también porque los de 1828 crearon el Consejo de Estado y buscaron robustecer de algún modo el Poder Ejecutivo dándole las "facultades   extraordinarias"    (poder   de   suspender,   con anuencia del Congreso, algunas garantías constitucionales); se detuvieron además, en aumentar la importancia de las Juntas Departamentales no sólo como organismo de supervigilancia y administración de los intereses regionales sino como germen de las futuras legislaturas federales. Tiene singular importancia, por último, dentro de la obra de los legisladores de 1828 la abolición de las vinculaciones laicales y el intento de organizar el sistema de contribuciones. Aparte de la discusión sobre federalismo y otras discusiones menudas sobre si se debía poner en el texto constitucional "Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo" o "Dios omnipotente" o si al no permitir el ejercicio de otros cultos, aparte del católico, debía decirse "culto público" o "culto privado y público", los debates de aquella asamblea llegaron a su máximum de intensidad, a propósito de un artículo adjetivo — el de la nacionalidad de los extranjeros — que sirvió de válvula de escape para la rivalidad entre Vidaurre y Luna Pizarro.

 

Los liberales demostraron, durante su breve apogeo con La Mar, ser vengativos pues exacerbaron la discordia con Colombia o mejor dicho con Bolívar y persiguieron a los "vitalicios"; inhábiles porque dicha guerra con Colombia no fué indispensable y porque no se defendieron del peligro del poderío peligroso de los jefes militares regionales (Gamarra, La Fuente); inconsecuentes porque no siempre respetaron el credo individualista (deportación de Vidaurre); pero, a pesar de todo, honrados.

 

Con la deposición de La Mar, a consecuencia de los pronunciamientos de Gamarra y La Fuente, primeramente coludidos con Santa Cruz, la tendencia liberal pasó a formar en parte la oposición al gobierno de Gamarra apoyado por los intelectuales autoritaristas. Esta oposición se define, sin contenido doctrinario expreso, en la acción del Congreso de 1831 que detiene la invasión inminente a Bolivia y manda inscribir en todos los libros de las Municipalidades de la República, el nombre de La Mar con el aditamento de "defensor de la Independencia y del honor de la patria, fiel observante de la Constitución y las leyes", aunque no se atreva a aprobar el dictamen que condenando a los autores de la deposición del vicepresidente La Fuente por obra de la esposa de Gamarra y de los funcionarios, gamarristas de la capital, enjuicia a los autores de ella.

 

En el Congreso siguiente, el de 1832, la oposición aumenta y alcanza su máxima intensidad al discutirse el dictamen de la comisión de infracciones sobre el informe enviado por el Consejo de Estado acerca de las que había cometido el Ejecutivo en receso del Congreso. Fué entonces que se produjo el discurso de Vigil fundamentando la acusación a Gamarra por sus reiteradas violaciones de la Constitución. Esta acusación en tiempos posteriores no hubiera podido producirse porque en las Constituciones que siguieron a la del 28 se estableció la irresponsabildad del Presidente salvo traición a la patria y otros motivos gravísimos, localizándose en cambio, sobre todo desde 1856 la responsabilidad en los ministros. Después de las cartas del "Solitario de Sayán" defendiendo la República, ninguna voz había resonado tan vibrante y tan elevada en el Perú: el mismo espíritu inspira a ambos documentos, la carta y el discurso, el mismo espíritu que desoído, profanado y acallado más tarde resurge con González Prada para estigmatizar y lapidar. La democracia, que hasta entonces había sido en el Parlamento peruano, tramitación burocrática de expedientes, sanción legal al fraude y a la intriga, oposicionismo hirsuto y menudo, escarceo académico, infundía a Vigil el amor con que tortura la mujer, la certeza que infunde la ciencia, el heroísmo que produce la gloria.

 

La oposición contra Gamarra también tiene su exponente en un periodismo procaz (El Penitente, El Telégrafo de Lima etc.) o doctrinario (El Constitucional).

 

Los constituyentes de 1828 habían sido modestos: habían creído que su obra debía ser revisada por una Convención Nacional en 1833, pensando quizá que entonces el país estaría maduro para el tránsito al federalismo. Instaladas sus Juntas Preparatorias, se vió que como a la de 1822 y a la de 1827, Luna Pizarro la manejaba y que tendría una máxima beligerancia política. Le tocaba luchar contra el régimen, a medias despótico, que Gamarra había creado y preparar su liquidación legal. Esta Convención fué la primera asamblea legislativa que estuvo en pugna con el Ejecutivo.

 

Lo primero que necesitaba la Convención era que no la disolviesen; y por ello, fué dócil a la doctrina de los periodistas gobiernistas para quienes ella no debía dar leyes ni decretos sino simplemente consagrarse a la reforma de la Carta Constitucional. Sin embargo, se precisaba el problema de la sucesión presidencial. Las elecciones presidenciales no se habían realizado en muchas provincias y el Congreso extraordinario convocado para conocer de ellas no se había reunido. ¿A quién dejaría Gamarra el poder? No faltaban quienes creían que ante ese conflicto, el árbitro dirimente, por razones derivadas de su alta misión, era la Convención. Ella manejada sagazmente por Luna Pizarro, no se dió por enterada. Esperó a que Gamarra procediese. Si Gamarra nada hacía y llegado el último día de su mandato, lo prorrogaba, se salía de la constitucionalidad y daba una bandera para una sublevación nacional. Si entregaba el mando a sus suplentes, el vicepresidente La Fuente, desterrado y el 2º vice, que era el Presidente del Senado Tellería, entregaba el poder a sus enemigos. Si reconocía la facultad de la Convención para elegir un provisorio, acataba de antemano la atribución de ella para dicha elección, quedaba maniatado para sublevarse luego y firmaba espontáneamente su caída porque en la Convención primaba la oposición. Esto último fué lo que ocurrió. Pero al lado de esta beligerancia política, hubo decadencia doctrinaria en los convencionales de 1834. La Constitución de 1834 es casi la misma de 1828, inclusive textualmente. Tan sólo incluye una serie de artículos previniendo la intervención del despotismo militar; omite las Juntas Departamentales claudicando; modifica algo el Consejo de Estado y otras normas constitucionales. Más gravidez de pensamiento había entonces fuera de las Cámaras. Vidaurre que durante la época colonial había escrito su medular "Plan del Perú" y más tarde había hecho literatura confidencial, íntima en sus "Cartas Americanas" y divagaciones político-personalistas en sus andanzas políticas ("Efectos de las facciones") publicó primero su proyecto de Código Eclesiástico, su "Defensa de la soberanía nacional sobre división de diócesis", su "Discurso sobre leyes eclesiásticas" y en 1833 sus "Artículos constitucionales que son de agregarse a la Carta" propugnando que nunca fuera presidente un militar si lo fué el presidente saliente, que el poder municipal interviniese en los nombramientos militares. Vidaurre había defendido también la elección de los obispos por el Presidente entre los candidatos presentados por el clero y el pueblo, la abolición de diezmos y primicias, el matrimonio de los curas, la tolerancia de cultos para las religiones monoteístas, la reducción de los templos, la supresión del fuero eclesiástico y de las canongías, el reconocimiento en el Papa tan solo de las atribuciones que tuvieron indisputadas sus predecesores en los tres primeros siglos de la iglesia, la prohibición de la confesión auricular etc.

 

Después de triunfar con la elección de Orbegoso, los liberales se dispersaron y predomina en la política un sentido distinto: federalismo a base de Bolivia o mantenimiento de la unidad nacional. Las guerras de la Confederación terminaron por afianzar el predominio del militarismo. La Constitución de Huancayo de 1839, que resultó de ellas, aunque conservó las bases generales del sistema democrático y representativo, robusteció al poder ejecutivo y acentuó el centralismo suprimiendo las Juntas Departamentales y las Municipalidades. No fué la obra de un grupo ideológico autoritarista: representó más bien una tendencia de los llamados "hombres de orden", espíritus sin mucha contextura doctrinaria que obedientes al principio de "la paz interior a toda costa", acataron las tendencias de predominio invívitas en Gamarra, el caudillo una vez más triunfante. Esta Constitución, típicamente autoritarista, aumentó la edad para la Presidencia y aumentó los poderes de ésta.

 

Al liquidarse, pues, la acción del primer ciclo de divergencias doctrinarias, tanto los autoritaristas como los liberales habían fracasado. Ni unos ni otros habían realizado su ideal de controlar al militarismo mediante el "despotismo ilustrado" los primeros o mediante el parlamentarismo los segundos. Si Pando se marcha en viaje tránsfuga, Luna Pizarro se sepulta en su sinecura de la Catedral de Lima y más tarde — ¡él que con la mayoría de los eclesiásticos que estuvieron en la Constituyente de 1822, había votado a favor de la tolerancia de cultos!— tramita empeñosamente como arzobispo de Lima, la excomunión de su camarada de luchas Vigil.


En este interregno de las guerras de la Confederaci
ón se produce también la conversión de Vidaurre por lo cual publica su famoso libro "Vidaurre contra Vidaurre" abjurando de sus blasfemias contra la Iglesia y dedicándolo al Dr. José Manuel Pasquel, canónigo y vicario general de la Iglesia Metropolitana de Lima. Pero el clero no acoge a la presunta nueva oveja del rebaño de Cristo y dos sacerdotes eminentes, Francisco de Sales Arrieta y José Mateo Aguílar, impugnan este libro como antes José Ignacio Moreno había impugnado las doctrinas profesadas por Vidaurre a propósito de las diócesis. Encuentran en él ahora exceso de orgullo, el uso de doctrinas que minan a la Iglesia en sus bases; la publicación misma sin licencia eclesiástica es un dato; hay insultos a los papas en cuanto algunas frases se refieren a su absolutismo y a sus vicios; la actitud contra la monarquía pontificia es clara pues se habla de que el papa es el primero entre sus iguales y de que el poder supremo está en los fieles de los cuales los obispos no son sino representantes; se defiende asimismo la superioridad del concilio sobre el papa negándose su infalibilidad; hay además exceso de contradicciones. Vidaurre   que   ni   aún en aquellas páginas contritas ha podido omitir su cultura heterodoxa, su político y forense afán de discutir, acude a la Corte Superior, polemiza con el obispo, sostiene sus derechos con la ley de imprenta en la mano... Por lo demás, en aquella época, las discusiones sobre los privilegios del clero no tienen la importancia que tuvieron en la ofensiva liberal posterior. Aparte de Vidaurre, el primero en ir contra ello como su "Plan del Perú" lo comprueba, y aparte de la acción frustrada en la constituyente del 22 y de las discusiones adjetivas de la Constituyente del 27, hay que anotar la aislada campaña periodística de Benito Laso contra esos mismos privilegios en sus artículos "¿El régimen actual exterior del clero es compatible con el interior de un gobierno liberal?" de "El Sol del Cusco" de 1826 y en su periódico de esa época también en el Cuzco "El Censor Eclesiástico".