Sobre el segundo ciclo doctrinario cabe hacer el siguiente esquema, continuando
y completando el esquema anterior:
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FECHAS
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MOMENTOS AUTORITARISTAS
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MOMENTOS LIBERALES.
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1843-44 (Directorio de Vivanco
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Predominio de intelectuales
autoritaristas: gobierno autocrático y aristárquico.
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1844 (Guerra Civil)
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Sublevación civil
de Elías
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1845-51 (Gobierno
de Castilla.
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Herrera y su obra
en San Carlos.
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Vigil y su “Defensa
de los gobiernos”
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Polémica Herrera-B.
Laso
Polémica Herrera –
Pedro Gálvez
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Lorente y los Gálvez
y su obra en el colegio de Guadalupe.
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Rivalidad Guadalupe-San
Carlos
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1851 (Elecciones)
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Candidatura de Vivanco
y Echenique
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Club Progresista (Candidatura
civil de Elías)
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1851-53 (Gobierno
de Echenique)
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Conservadorismo moderado
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Rivalidad Guadalupe-San
Carlos
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1854 (Guerra Civil)
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Revolución de 1854
(Gálvez y Ureta, secretarios de Castilla).
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1855-56 (Gobierno
de Castilla)
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Oposición radical
y juvenil.
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Revolución de Vivanco.
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Convención Nacional.
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1857-62 (Gobierno
de Castilla).
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Disolución de la Convención.
Conspiraciones liberales contra Castilla.
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1862-64 (Gobiernos
de San Román y Pezet)
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Agitación continentalista
y democrática.
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1864 (Gobierno de
Paz con España, Pezet)
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1865-66 (Revolución
y dictadura de Prado).
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Movimiento revolucionario.
Guerra con España.
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1867 (Gobierno de
Prado).
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Congreso Constituyente.
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El segundo ciclo de las divergencias doctrinarias se inicia después de que el militarismo sin control ha traído nuevos desastres: guerra con Bolivia, anarquía de 1842. El Directorio de Vivanco (1843-44)
aunque sostenido por muchos militares, tiene ya una incipiente tendencia civil revelada
en sus esfuerzos por reducir el ejército, en su lucha contra la insubordinación
entronizada, en su campaña periodística contra los militares ignorantes, improvisados,
burdos, corrompidos. Tiene asimismo una tendencia
autoritarista ("para traer la paz es necesaria la violencia") dentro de su
atmósfera de decoratismo casi monárquico con reminiscencias también de los "pelucones"
chilenos. Pero Vivanco demuestra carecer de condiciones milita res cuando Castilla
y Nieto se sublevan en el sur, a pesar de que se jacta de poseer "la táctica de
Ulm
y de Jena".
Ante la guerra civil larguísima, Elías
se pronuncia contra Vivanco y contra su contendor Castilla; encabeza un formidable
movimiento defensivo de Lima contra las tropas que trae Echenique, jefe vivanquista
para intimidar a la capital, agitación conocida con el nombre de "la semana magna"
de 1844; y con ello se esboza una nueva generación civilista, en el sentido literal
de la palabra. Otro síntoma es la aparición del libro de Vigil "Defensa de los gobiernos
y de los obispos contra las pretensiones de la curia romana" en 1846 pretendiendo
demostrar que se puede ser católico y ciudadano
libre de
un Estado, queriendo
devolver al Estado algunos atributos e instituciones (dotación del clero, creación de obispados, presentación de obispos,
fueros, inmunidad eclesiástica en contribuciones, asilo etc. etc.), propugnando
el matrimonio de los eclesiásticos y la tolerancia de cultos,
reglamentando la profesión monástica para que así el clero
pertenezca más a la sociedad sin desmedro de su ministerio, distinguiendo entre
Curia Romana (sistema de pretensiones para acrecentar interminablemente las facultades
del Romano Pontífice) y Santa Sede (asiento delegado por Jesucristo en la persona
de Pedro). Más o menos, eso mismo habían dicho Laso y Vidaurre; pero aquí fué puesto
en una obra dedicada especialmente al asunto, con un criterio canónico más que jurídico
o constitucionalista, y por un antiguo sacerdote. La excomunión fulminada por Pío
IX y la gallarda defensa de Vigil precisan más la vertical
posición de éste.
Pero de otro lado, hay síntomas
que señalan también un renacimiento autoritarista. Aparece Bartolomé Herrera con
su sermón en las exequias de Gamarra en 1842, sermón que abandonando el convencionalismo
de esta clase de oratoria, es una vigorosa llama da al orden al país. Hay
cierto parecido paradojal entre la aparición de Herrera y la de González Prada,
soñando también despertar al país con su voz severa ante otro Desastre. Con un contenido
providencialista, "ordenador", sin brillo literario, con más continuidad, la voz
de Herrera; con fuerza verbal, con odio a las castas y a los hombres privilegiados
la voz de Prada. Llevado poco después Herrera al Rectorado del Colegio de San Carlos,
reorganiza este instituto, re nueva sus programas, disciplina a sus estudiantes
y predica permanentemente su credo autoritarista. Para él, la soberanía es el derecho
de mandar; nace de la naturaleza humana y de las eternas leyes sobre que descansa
la verdad. Los pueblos tienen el deber de obedecer a su soberano (no lo han creado,
no pueden destruirlo). No obliga el soberano sólo porque manda sino porque manda
en cumplimiento de una ley natural. La soberanía humana se deriva del derecho y
él
la limita. El hombre que la ejerce no es sino, ministro de Dios para el bien.
¿Y quién es el legítimo soberano? El que gobierna habitualmente
conforme a los principios reconocidos de justicia que nacen del destino común de
las sociedades y del particular de la nación. En la sociedad actual, será soberano
el llamado por las leyes. ¿Y si no hay leyes? Hay quienes están destinados a mandar;
otros, a obedecer (derecho a la soberanía). Para constituirse en soberanos, se requiere
el consentimiento
del pueblo manifestado
en la obediencia (derecho de soberanía). El pueblo no delega: consiente.
En aquella época, lozana
la fé en la democracia liberal, tales doctrinas tenían que ser recibidas con horror.
Pero Herrera resulta precursor del movimiento que en nuestra época ha abandonado
esa fé; y en sus notas a Pínheiro Ferreyra, texto para los estudiantes de San Carlos,
habló lúcidamente de la debilidad, de la corrupción, de la inquietud perturbadoras
de los Congresos. Cayendo en un dilettantismo comparativo cabe vincular las ideas
de Herrera — adaptación y divulgación de doctrinas europeas — con las que hoy propugnan
Charles Maurras y "La Action Francaise"; pero Maurras con espíritu católico heterodoxo
a base de una cultura helénica, clásica, profana que busca en la propia tradición
de Francia su gobierno mejor, encontrando que fué la monarquía y haciendo propaganda
literaria y periodística más que providencialista y didáctica.
Sobre la obra del grupo de Pando, la obra de Herrera
tuvo la desventaja de carecer de inmediata virtualidad política propia: era más
bien teórica y hasta filosófica. Herrera, personalmente, hubo de solidarizarse con
Echenique que no representaba específicamente sus ideas sino ciertas buenas condiciones
privadas, medios de fortuna. Además,
el predominante contenido providencialista
de la obra de Herrera, convertido en clerical y ultramontano
sobre todo en su actuación posterior, le da una peculiaridad sectaria que Pando
y sus amigos no tuvieron. Sobre ellos tiene Herrera, sin embargo, la ventaja de
su elevación principista, de su difusión estructurada desde la cátedra y el Parlamento.
Pando y sus amigos hicieron intensa pero dispersa obra periodística, fueron más
realistas y zigzagueantes, no condensaron sus ideas, no les hicieron propaganda
arquitecturada. Carecieron, además, de espíritu de apostolado, se quedaron en su
orgullo de cenáculo, no se preocuparon de gravitar sobre la juventud, pensaron en
el presente más que en el futuro. Pero Pando y Herrera coincidieron siempre en el
horror a la anarquía y en el desdén a la masa ignara del país.
La aparición de Herrera marca una reacción liberal que
tiene tres importantes manifestaciones iniciales: la polémica de Laso con Herrera,
las discusiones parlamentarias entre Pedro Gálvez y Herrera y la rivalidad Guadalupe
- San Carlos. Laso, fundador de la Independencia, antiguo defensor del autoritarismo
político, que no había actuado a través de una trayectoria única, vuelto a su credo
liberal al ocupar un sitial en la Corte Suprema, objeta a Herrera sus ideas
sobre la soberanía expuestas
por éste resuelta y dialécticamente en el famoso sermón de 28 de Julio de 1846 y
defiende el dogma de la soberanía del pueblo. Pedro Gálvez ha sido el mejor discípulo
de Herrera en San Carlos y le hace el mejor
homenaje como tal: el homenaje de la discrepancia doctrinaria
y sus duelos oratorios culminan en el debate sobre el sufragio
de los indígenas en 1849. De otro lado, Guadalupe fundado para dar instrucción
elemental a los hijos de don Domingo Elías va creciendo en importancia, se convierte
en foco de enseñanza superior bajo el rectorado de Sebastián Lorente y de Pedro
y José Gálvez y entra en rivalidad con San Carlos: ella no está en las materias
mismas sino en los principios filosóficos y políticos.
San Carlos — ya lo ha dicho Jorge Guillermo Leguía — encarna el sentido
del orden, Guadalupe el de la libertad. San Carlos el espíritu aristocrático o mejor
dicho aristárquico; Guadalupe el espíritu democrático. San Carlos la doctrina de
la soberanía de la inteligencia; Guadalupe la doctrina de la soberanía del pueblo.
San Carlos el providencialismo y el clericalismo; Guadalupe el laicismo. San Carlos
la tendencia a la disciplina de obediencia; Guadalupe la reivindicación de la libertad
de discusión y de conciencia. San Carlos sigue a Guizot y Cousin: Guadalupe a Benjamín
Constant. La rivalidad Guadalupe -
San Carlos, por lo demás, culminante entre los años
1849 y 1852, se opaca con la clausura de Guadalupe por el gobierno de Echenique,
con el triunfo de la revolución liberal de 1855 que lleva al Rectorado de San Carlos,
aunque por breve tiempo, a José Gálvez, con la
conversión que la reforma de 1855 hace de Guadalupe reduciéndolo a colegio
de instrucción media.
Pero la segunda generación liberal
que está insurgiendo tiene también un exponente propio en la política: el Club Progresista. Nace el Club Progresista
(cuyos secretarios fueron Pedro Gálvez y José Sevilla)
en la agitación electoral de 1849-51 con motivo de la sucesión de Castilla
y propicia el primer candidato civil, el propio
don Domingo Elías, jefe de la "semana magna", propietario de Guadalupe.
Se organiza además como un embrión de partido político
y lanza un programa que incluye el fomento de la inmigración, la reforma
del sistema tributario, la unidad de las Cámaras, el establecimiento de escuelas
para artesanos la difusión de la instrucción pública, la abolición de la
pena de muerte, la elección directa, la reducción del período presidencial,
la responsabilidad ministerial, la reducción del ejército, la organización de la
guardia nacional, la economía en los gastos; y,
sobre todo, el gobierno civil. Fué vencido este primer civilismo en las elecciones de 1851 donde se emitieron votos
que textualmente decían "por don Domingo Elias porque es hombre de
frac" y se formó un Club "El Frac Negro". Triunfante el candidato oficial, Echenique,
el Club Progresista se declara en receso y clausura su periódico "El Progreso" cuyas
páginas representan en todo momento la dilucidación
serena, elevada y concreta de los problemas nacionales de aquella
época. Pero en su último editorial, "El Progreso" que no mira aún maduro el momento
para practicar el derecho de insurrección y que, en general, cree que la transición
hacia un estado mejor es lejana porque el espíritu público es embrionario, impera
el despotismo militar y los indios son bestias de carga; se ufana,
sin embargo,
de haber sembrado una semilla y expresa su esperanza de que el cielo mande la lluvia
que la haga germinar.
Vencida en las urnas electorales, la segunda generación liberal no quedó con más órgano de gravitación sobre
el país que el colegio de Guadalupe cuyo rectorado pasó en 1852 a don José Gálvez.
Incidentes como el de la carta de don Benito Laso al presidente Echenique para que
al ser enviado Herrera a Europa no firmase el concordato, fueron aislados. Don Domingo
Elías entró en relaciones con el gobierno debido a las necesidades de sus vastas
relaciones comerciales y sólo más tarde, en 1853 osó erguirse contra él en sus famosas
cartas. En el periodismo, apenas si surgió fugaz la obra de "El Heraldo de Lima".
La aplastante mayoría echeniquista hacía imposible toda intentona de oposición parlamentaria:
los Congresos del 51 al 53 se hicieron notar por su incondicional sujeción a los
mandatos del gobierno, débil en política internacional (ante Bolivia y Ecuador)
y pródigo en política hacendaría (la Consolidación) y sólo unos cuantos nombres
quedaron limpios en el Parlamento: Vigil, Pedro Gálvez y Manuel Toribio Ureta quien inicia entonces su evolución hacia el liberalismo.
Bajo la aparente calma chicha en que navegó la administración de Echenique después de las sacudimientos inmediatamente posteriores a la contienda
electoral, se fué incubando el más vasto movimiento ideológico y social que ha habido
en nuestra Historia durante el siglo XIX. A ello contribuyó
la difusión de las ideas revolucionarias que se expandieron desde Europa a consecuencia de la revolución de 1848. Si como causas inmediatas para la revolución contra Echenique
estuvieron su política ante Ecuador y Bolivia y los escándalos de la Consolidación,
para los liberales Echenique no era sino el símbolo de la vieja burocracia militar,
la Consolidación implicaba el banquete de la vieja generación y la revolución misma
era una especie de juicio
de Dios. Iniciada por Elías, afianzada por Castilla, la revolución fué secundada
ardorosamente por los liberales y José Gálvez apenas concluyó el año de 1853 en
Guadalupe tomó el camino de la sierra para obtener con las armas la implantación
de lo que propagara con la palabra. Su hermano don Pedro se incorporó también al
ejército pero en el grueso, en el núcleo principal de él, al lado de Castilla dando
a la campaña su valor ideológico al asumir la secretaría general de la revolución
desde donde abolió el tributo: Castilla no hizo sino secundar esta iniciativa, acomodándose
a la temperatura revolucionaria de aquel momento. Poco después, comparte Ureta la
secretaría de la revolución con Gálvez y comparte también con él la gloria pues
auspicia y firma la libertad de los esclavos. Es así como recién se precisa por
primera vez el liberalismo en un sentido social, vagamente anunciado ya en el programa
del Club Progresista.
Después de la batalla de La Palma que redundó en un definitivo
desastre para el gobierno de Echenique, se instaló en Lima un gobierno revolucionario
provisorio presidido por Castilla que tuvo como ministros a Domingo Elías, a Pedro
Gálvez y a Manuel Toribio Ureta. Contó, sin embargo, con la oposición de una juventud
radical revelada en periódicos fugaces: "El Porvenir", "La Actualidad", "La Revolución"
etc. El documento máximo de esta oposición radical es el folleto "El Gobierno de
la libertad" del tribuno chileno Francisco Bilbao que había actuado en la revolución
con la prédica y con el fusil. Publicado en Febrero de 1855, este folleto censura
al gobierno provisorio por sus contemporizaciones: ha debido establecer la guardia
nacional universal y plantear un programa de reformas para que la prensa y los clubs
lo discutiesen. Bilbao sueña con el gobierno directo del pueblo a base
de la unidad de la soberanía popular
juzgando un error de la República Francesa haber establecido su delegación: todo
ciudadano debe ser legislador; en vez de congreso y ejecutivo debe venir la omnipotencia
de la, asamblea popular y la constitución de un tribunado, agente dependiente del
pueblo con mandato imperativo, revocable, responsable y reelegible. Las ideas de
Bilbao aunque no fueron del todo seguidas, fueron profundamente admiradas por una juventud rebelde agrupada en
los periódicos citados y en la Sociedad Republicana y su mejor representativo fué
Enrique Alvarado. Tras de la retórica, el optimismo y la ingenuidad de Alvarado
había valentía, sinceridad e independencia. Cuando se produjo su muerte prematura,
apenas en 1856, un año después de su aparición literaria, dijeron Manuel Nicolás
Corpancho que ante el recuerdo de este joven, la Posteridad indultaría a sus contemporáneos;
José Casimiro Ulloa, que era para el futuro Redentor del Perú lo que Juan para Cristo y Luis Benjamín Cisneros lamentóse de que el día de la Marsellesa en nuestra Historia,
su voz no pudiera estar en la barricada de los libres.
Pero ni vino el Redentor, ni amaneció el día
de la Marsellesa. Los núcleos radicales juveniles, desaparecieron por su incipiencia
económica, por la evolución de muchos de sus componentes hacia posiciones más cómodas
o eficaces. El último episodio de este larvado esfuerzo está en la polémica entre
Francisco Bilbao y el clericalismo: contestando Bilbao desde "El Comercio"
los ataques que recibió por su
folleto "El gobierno de la libertad", se reafirmó en sus convicciones negando el
pecado original, el bautismo, la confesión auricular, la divinidad de Jesucristo,
la eucaristía, el infierno, el celibato eclesiástico, el poder del papa etc. Apresado
y procesado por propagar tales doctrinas, convino en marcharse del país y no regresó
más
aunque siguió su prédica en Europa, en la Argentina,
en Chile.
El fracaso de las primeras intentonas en Tumbes y en Ica por lo
cual Elías fugó a Chile, la falta de un liberal de relieve
en la acción habían contribuido a que imprevistamente, se impusiera Castilla como
caudillo de la revolución dándole con su prestigio y su capacidad una fuerza formidable
que acaso contribuyó grandemente al triunfo consumado en La Palma. Salió ganando
la revolución en su parte táctica, procesal: pero de otro lado resultaba que el
caudillaje militar aún estaba en su apogeo y que, por ello, los liberales no podían
ser sino una vez más, asesores, acompañantes. Sea por propia falta de energía y
de espíritu, sea por el control de Castilla no fué mucho lo que hicieron Pedro Gálvez,
Ureta y Elías en el ministerio del gobierno provisorio (éstos últimos por lo demás
entraron en abierta desavenencia y se desprestigiaron enormemente) limitándose a
algunos actos de sanción y de persecución, a medidas políticas y administrativas.
Entre las medidas administrativas está la convocatoria a elecciones para una Convención
Nacional, sin mencionarse lo referente a elecciones presidenciales.
La Convención se instaló
el 14 de Junio de 1855 con un personal joven y novato en gran parte. Castilla no
manifestó el propósito de abandonar la presidencia aún entonces; y por esa inexperiencia
y también por explicables razones de
gratitud para el vencedor de Echenique, los convencionales no se atrevieron a pedirle que resignara el mando. Cuando salieron, poco
después de instalada la Convención, Ureta y Gálvez del ministerio
para ocupar a la larga sendas curules (Elías era ya víctima de la enfermedad que
lo inutilizó) Castilla resultó aún más libre, más extraño al sentido que los liberales
habían querido dar a la revolución de 1854. Quedaron ellos parapetados en el poder
legislativo. Su situación no era mejor que la de sus antecesores en la Convención
de 1833 contra Gamarra. Pero el significado de la Convención Nacional de 1855-57
es único: Nacida independientemente del poder la Constituyente de 1822 y nacida
contra el poder la Convención de 1833, ambas
terminaron por adherirse, por fusionarse
con el militarismo y el caudillaje: la una con Riva-Agüero y sobre todo con Bolívar, la otra con Orbegóso. Aquí el proceso fué inverso: el origen de la Convención confundíase
con el segundo encumbramiento de Castilla; pero poco a poco va separándose de él
hasta llegar al choque y a la crisis.
La obra de la Convención de 1855-57
es verdaderamente enorme. Dió la Constitución tras de intensos y prolongados debates;
aprobó una serie de leyes adyacentes a ella (Consejo de ministros, Fiscal de la
nación, Juntas Departamentales, Municipalidades, Guardias Nacionales, organización
interior de la república. responsabilidad de funcionarios públicos, elecciones,
caminos, diezmos y primicias etc.); afrontó además los problemas políticos relacionados
con su propia subsistencia y los que resultaron de la revolución de Castilla, de
la revolución de Vivanco, de la Consolidación etc. Entre los debates doctrinarios
de la Convención tienen singular importancia los que se relacionan con la amnistía
y con la cuestión religiosa. En lo que respecta a la primera, después de reiterados
debates y contra la puritana intransigencia de José Gálvez, aceptó
el olvido de los delitos cometidos por los funcionarios del gobierno anterior aunque
no su rehabilitación. En lo que respecta a la cuestión religiosa, ella produce ya
los primeros contra-ataques de los elementos reaccionarios contra la ofensiva liberal
que, casi sin resistencia ideológica, empezó
con la
revolución contra Echenique: señalan la iniciación de esos contra-ataques
la discusión que se produjo contra el folleto de Francisco Bilbao "El Gobierno de
la libertad", la persecución de Bilbao, la campaña a favor de los privilegios eclesiásticos
aún antes de la instalación de la Convención, la aparición de "El Católico" en cuya
redacción intervino Herrera ya de regreso de Europa ("El Católico", dicho sea de
paso, fué contradicho por "El Católico Cristiano"). La Convención no se atrevió
a declarar la tolerancia de cultos pero derogó las vinculaciones eclesiásticas,
los fueros, los diezmos y primicias.
Como principios generales estableció la inviolabilidad
de la vida humana y la abolición de la esclavitud. En lo que respecta a la ciudadanía
y al sufragio, la pérdida de la ciudadanía por aceptar título de nobleza, el sufragio
directo de los peruanos mayores de 21 años que supieran leer y escribir o tuviesen
propiedad raíz o fuesen jefes de taller o soldados o marinos retirados. En lo que
respecta a los empleos, la amovilidad del poder judicial y el principio de que los
empleos no son en propiedad. En lo que respecta a las relaciones entre el Ejecutivo
y el Legislativo, la intervención del Congreso en los ascensos desde mayor graduado
y capitán de corbeta, la vacancia del cargo de representante por empleo del Ejecutivo,
la abolición de las facultades extraordinarias, la falta de diferencia entre diputados
y senadores, la renovación por tercios, la vacancia de la presidencia por atentar
contra la forma de gobierno y por impedir la reunión del Congreso,
la abolición del Consejo de Estado, el establecimiento del consejo de ministros,
el juicio de residencia. En lo que respecta al ejército, la subordinación de la
obediencia militar a la Constitución y las leyes, la limitación del número de jefes,
la organización de la guardia nacional, la prohibición del reclutamiento. En lo
que respecta a Hacienda, la anualidad de las contribuciones directas, la votación
nominal en el Congreso en cuestiones sobre rentas, la responsabilidad solidaria
sobre el uso de dinero fiscal. En cuanto a las instituciones locales, el restablecimiento
de las
Juntas Departamentales y la nueva organización de las
Municipalidades, omitidas por la Constitución anterior y restablecidas por ley de
16 de Noviembre de 1853 pero como simples dependencias gubernativas: aquí se estableció
su independencia del gobierno en su origen y funciones con garantías para ello y
con medios propios de subsistencia.
La Convención rechazó,
en cambio, por 46 contra 22 votos, la tolerancia de cultos, es decir algo menos
todavía que la libertad; la abolición del ejército permanente; la prohibición de
que fuera reelegido presidente de la República el ciudadano que tuviera
el mando en el momento de la elección: la concesión de la ciudadanía a todo el que viniera
del extranjero, el derecho de insurrección, la prohibición de que sacerdotes fueran
diputados.
Hay muchas figuras eminentes entre los convencionales. Pedro Gálvez, por ejemplo, a pesar de que en desacuerdo quizá con su pasado brillante, prefirió pronto servir al país más bien en la diplomacia.
Entre los elementos moderados descollaron José Simeón Tejeda, Valdivia, Tordoya.
Pero los dos oradores máximos de la Convención fueron
Ignacio Escudero y José Gálvez. Por sintomática coincidencia, ambos en la hora de
la crisis, escribieron sendos opúsculos defendiendo su obra.
Ante los debates doctrinarios Castilla asumió una estudiada
indiferencia y sólo atinó, extemporáneamente, a observar las reformas ya aprobadas.
Además vinieron algunos rozamientos por la petición que constantemente hacía la
Convención de informes del Ejecutivo negándole asimismo las facultades que no fuesen
compatibles con la Constitución (incidentes sobre ascensos del general Castillo
y sobre el restablecimiento de la contribución personal, sobre todo). La discordia culminó cuando el gobierno observó varios artículos de la Constitución (propiedad
de los empleos, ascensos, subordinación militar y movilidad judicial) y cuando en
el momento de prestar juramento a dicha Constitución, Castilla afirmó que estaba
en desacuerdo con sus principios. La prensa oficial secundaba ya la campaña contra
la Convención cuando estalló en Noviembre de 1856 la revolución de Vivanco. Se asió
entonces el gobierno a la bandera constitucional y la Convención tuvo una tregua.
¿Qué hubiera pasado si la revolución proclama la Constitución de 1856 u otra; si
aprovecha de la falsa posición de Castilla; si se yergue contra la presidencia provisoria
que no tenía cuando acabar? Quizá la Convención habría tolerado o secundado el movimiento.
Pero en la revolución se juntaban el odio personal de Vivanco contra Castilla, su
espíritu reaccionario, el descontento de las clases privilegiadas contra las reformas
que habían estado discutiéndose y cierto rescoldo de echeniquismo. La posición de
la Convención, sin embargo no fué pacifista ni bélica; no ofreció la paz oportunamente
a los revolucionarios ni dió facultades extraordinarias al Gobierno:
vivió siempre
en la desconfianza y en la discordia latentes.
La revolución se prolongó demasiado y con ello
la vida de la Convención hubo de prolongarse también sin que pudiera
ocuparse tranquilamente de su misión específica.
Con ello, envejeció.
Sus choques con el Ejecutivo la habían ya diezmado y gastado. La severidad de su
política con los vencidos le concitó el rencor de éstos
y de sus amigos: gran parte del clero la miraba
como herética; el ejército estaba resentido por las limitaciones
que le había impuesto; los empleados, asimismo
por la declaración de no propiedad de los empleos.
Se censuraba la prolongación indefinida de sus sesiones,
prolongación debida en parte al deseo de controlar
a Castilla; y se acusaba a muchos de sus leaders
de querer usurpar el Poder Ejecutivo.
Se produjo así
el atentado inaudito del 2 de Noviembre
de 1857: un cuerpo de ejército disolvió a la
Convención. Después de este hecho que quedó impune,
la Constitución de 1856 se convirtió para los liberales
en un lábaro porque contenía una serie de innovaciones y porque era la ley fundamental del país, cuya
majestad no podían haber destruido los soldados
que echaron de sus escaños a los diputados.
La Constitución significaba el remozamiento si nó total, al menos parcial
de las instituciones nacionales; y encarnaba al mismo tiempo el principio de resistencia
ante las arbitrariedades del sable.
Quizá
alguno de los liberales pensó que los pueblos se sublevarían ante el atentado. Dentro
de la teoría
de que los pueblos se habían erguido en 1854 en defensa
de ideales de reforma social, cabía esa creencia:
pero esos ideales habían movido sólo a una minoría
juvenil o intelectual y las masas habían actuado por
razones inmediatistas. Ahora, en cambio era visible
la arbitrariedad con la Convención; pero se veía también
a Castilla como vencedor de todos sus enemigos, como administrador
eficiente.
El Congreso que se reunió en Octubre
de 1858, aunque no estuvo integrado por ninguno de los principales
leaders de 1855-57, reveló la supervivencia del hervor liberal frente
al aumento de posiciones que el conservadorismo iba alcanzando, favorecido por el
espíritu realista de Castilla. A pesar de que este Congreso proclamó a Castilla
presidente constitucional a raíz de las elecciones que aquel año se hicieron después
de cuatro años de "presidencia provisoria", se negó en cambio a la reforma total
de la Constitución de 1856 y entró en seguida en agria polémica con el Ejecutivo
sobre las cuestiones Arguedas y Carrión resultantes de la disolución de la Convención
del 57 y de un agravio personal que había sufrido por obra de un
oficial el diputado Gómez Sánchez aunque los ministros no le hicieron
mucho caso. Cuando Fernando Casós,
Luciano Benjamín Cisneros y otros presentaron la proposición de vacancia de la presidencia
de la República, la tensión llegó al máximum, pero como no tuvo mayoría esta proposición
se produjo un impasse. Tras el breve receso que
provocó el conflicto entre la mayoría y la minoría anticastillista, el
gobierno hizo reunir al Congreso para poner en su conocimiento la gravedad de algunos
asuntos públicos, inclusive los de carácter internacional que prepararon la guerra
con el Ecuador y el Congreso fijó su clausura designando el
28 de Julio de 1859 para reunirse otra vez. Castilla quedó libre de este
control y a poco llevó triunfante la bandera peruana por territorio ecuatoriano.
Frescos aún sus laureles, que por lo demás ningún beneficio acarrearon al Perú,
dió su famoso decreto de 11 de Julio de 1859 en que convocó a un nuevo Congreso.
La Convención siquiera
había necesitado para ser disuelta, el tumulto dramático de los soldados con bayoneta
calada entrando en el salón de sesiones; para deshacer este congreso, Castilla no
tuvo sino que cerrar la puerta de su local con un decreto. Cuando algunos diputados
osaron querer reunirse el 28 de Julio del 59 y a falta de otro local, ocuparon el
de la Municipalidad, fueron apresados.
Ante todos estos hechos, los liberales fueron a la propaganda escrita en "El Constitucional",
notable periódico donde
se juntaron dos generaciones para defender la Carta de 1856 con entereza y dignidad:
allí, Laso, Mariátegui y Vigil al lado de José Gálvez. Vigil, alejado por sus dolencias
físicas de su curul de diputado, había vivido todas las luchas doctrinarias de 1855.
Cuatro opúsculos redactó por
la agitación de la cuestión
religiosa: "De la tolerancia civil de cultos con religión del Estado", "Actas y
protestas llamadas populares con motivo de la tolerancia civil de cultos", "De las
pastorales de nuestros obispos y actas y exposiciones de los Cabildos", "Sesiones
de la Convención Nacional de 1855 sobre tolerancia civil de cultos". (Los publicó
recién en 1862 y 1866). Aparte de su colaboración en "El Constitucional" y aún en
"El Comercio", Vigil publicó un notable análisis del decreto convocando a un Congreso
para 1860, que es una acusación a Castilla, tan vibrante, tan concreta, tan elevada
como su acusación a Gamarra.
Los congresales de 1860 encontraron que la mayoría de las
actas de sus electores les daba poderes suficientes para reformar de una vez y en
una sola asamblea la Constitución. Y entonces vinieron las discusiones que prepararon
la Constitución del 60. Se dividió el Congreso ya nó entre liberales y moderados
sino entre moderados y conservadores. En realidad, frente a la ofensiva liberal de 1855-57, los conservadores
se habían limitado a parar los golpes, a amenguar el espíritu
reformista de la Convención. La lucha se había agudizado, en cambio, entre los liberales
y el militarismo. A la sombra del poder triunfante del militarismo, los conservadores
habían ido ganando, después insensiblemente posiciones pero sin exhibir ya un grupo
ideológicamente brillante. Las más importantes manifestaciones antiliberales, desde
el punto de vista doctrinario, habían partido de dos individualidades aisladas y
disímiles. De regreso de Europa, ya Herrera no se presenta adoctrinando juventudes,
ingiriéndose directamente en política, sino más bien dedicándose a defender los
privilegios de la Iglesia en memoriales y en "El Católico" y su actuación en el
Congreso de 1858-59 se hizo relevante tan sólo cuando se trató de la cuestión fueros
y Concordato. Felipe Pardo y Aliaga, después de su actuación de leader vivanquista
había aceptado en 1848 un ministerio del primer gobierno de Castilla, el hombre
que había vencido a Vivanco y que él, Pardo, tanto había combatido. Pero aquel nombramiento en vez de ser una prebenda, había sido una carga pues Castilla estaba rodeado de
grandes peligros: Pardo aconsejó una serie de medidas enérgicas en defensa del orden
público manteniendo así, aun sirviendo al bando opuesto al que él defendiera, sus
puntos de vista autoritaristas. Su memoria presentada ante el Congreso de 1849,
justificando la acción poco constitucional pero necesaria del gobierno, no podrá
omitirse cuando se estudie las ideas autoritaristas en el Perú. Luego, del sillón
ministerial había ido a su sillón de inválido; sin moverse de él, ciego, su cerebro
continuó sin embargo trabajando y planeó dos Constituciones para el Perú: una en
artículos y otra en octavas, una en serio y otra en chunga. La Constitución
en serio revela su sagacidad de político que tanto contrasta
con el dogmatismo de Herrera: la escribió cuando se reunió la Convención del 55
y fué presentada por los diputados Tejeda, Terry y otros siendo publicada
y comentada en 1859 por don José Antonio de Lavalle: reconoce el régimen
republicano democrático, la abolición de las vinculaciones,
las libertades personales, el legislativo
bicameral, la presidencia de
la república con cuatro años de duración sin hablar de reelección, siendo en fin
de carácter presidencialista pero moderada. La Constitución en verso revela más
el fondo íntimo del pensamiento de Pardo: es un
cuadro de la realidad política del país y una serie de consejos impregnados
de la filosofía de su generación, de su desengaño y experiencia personales que se
resumían en un prosaico ideal: el Ejecutivo con buen garrote que diera orden y progreso
a palos. Curiosa es por lo demás, la analogía entre el desencanto final y la amargura
condenatoria de Pardo con las de Pando y
también del propio Riva-Agüero de quién se publicaron
en 1858 las tremendas "Memorias de "Pruvonena" a favor de la Monarquía y de la intervención
extranjera para salvar al Perú, perdido con la República y sus
hombres; libro que es libelo más que panfleto.
En la Constituyente de 1860, como un postrer y
aislado alarde doctrinario Herrera presentó también
un proyecto
de Constitución. Allí consignó los
diezmos, los fueros personales, la adquisición
por manos muertas, las vinculaciones eclesiásticas,
el período presidencial de seis años con reelección indefinida
(segunda vez que se estableció la reelección: la primera, en el
pacto de Tacna estableciendo la Confederación Perú Boliviana)
el Ejecutivo con veto y con facultad de disolver el Congreso, las
facultades extraordinarias, la facultad de traslado de empleados de un punto a otro
de la República y de rebaja de sueldos, de nombrar y suspender
a los miembros del poder judicial y de expulsar a los díscolos, la elección del Senado por la cámara de diputados con facultades
legislativas, judiciales y electorales
y con facultad de suspender las leyes, la negación de la ciudadanía para los vagos,
soldados, marineros, agentes de policía, jornaleros y sirvientes. Este proyecto,
el máximo esfuerzo constitucionalista que ha realizado el reaccionarismo en el Perú,
fué rechazado. En el Congreso predominó la nota moderada. Fué aprobada inclusive
la abolición de los fueros causando el retiro de Herrera y yéndose entonces más
lejos que en 1856 pues no se puso taxativas a
la abolición de los fueros; más tarde fué rechazada por un voto la reelección
presidencial. En suma la Constitución de 1860 se limitó a hacer modificaciones a
la del 56: así, la pena de muerte fué restablecida pero para el homicidio calificado,
se fijó el carácter bienal del Congreso, el control legislativo sólo en las propuestas
para ascensos a general, la facultad de suspensión de las garantías, la diferenciación
entre diputados y senadores, el establecimiento de la Comisión Permanente durante el receso del Congreso: se abolió la definición
del empleo como comisión y la amovilidad judicial; fueron omitidas las
Juntas Departamentales y reducidas en número y atribuciones las Municipalidades;
se sujetó la obediencia militar a las ordenanzas
militares. Esto, unido a diferencias menos importantes: entre otras, el establecimiento de la segunda vicepresidencia.
Los liberales apelaron, cuando resultó inútil
la prédica, a la conspiración para castigar la infidencia
de Castilla. Después de sus desesperados intentos de golpes de mano (un
jinete embozado disparó sobre él en la plaza de
armas el 25 de Julio y un pequeño grupo de militares y civiles asaltó su casa el 28 de Noviembre de 1860) golpes que llevaron al destierro a sus mejores leaders, los liberales reaparecieron ante el problema
de la sucesión de Castilla. Había el temor de la reelección, de otra cábala que
trajera el nuevo escamoteo de Congresos y de leyes. El 24 de Enero de 1862 se publicó
una exposición de un grupo numeroso de liberales (Távara, Mariátegui, Ulloa, Cisneros
entre otros) asociándose a la candidatura de San Román. No eran limpios los blasones
de San Román, militar organizador pero sin bravura, miembro del grupo castillista
en la Convención, ministro en los malhadados días del Congreso del 58; pero se trataba
de un hombre ya anciano, de un buen hombre; sobre todo, había que librarse de Castilla,
mantener el principio de la alternabilidad en el poder. No todos los liberales estuvieron
de acuerdo, sin embargo; y la carta de Fernando Casós a José Gálvez, el Jefe tácito
sobre todo para los jóvenes, entonces en el destierro, así lo revela.