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DISTRIBUCIÓN DE LOS GRUPOS DOCTRINARIOS.
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No nos hagamos muchas ilusiones, sin embargo sobre el doctrinarismo de aquella
época, a pesar de que cabe decir enfáticamente que él
existió en el ambiente nacional, más que los años posteriores hasta nuestra época en que empieza a retoñar, con otro contenido. Cabe repetir que lo que primó fué
el tipo que González Prada equiparaba al murciélago, a veces ave y a veces ratón,
a la vez sinuoso y contradictorio, capaz de poner la música de "Salve, salve cantaba
María" a la "Declaración de los derechos del hombre".
Puede hablarse, no obstante, de que existieron radicales, liberales y semiliberales.
Radicales
hasta llegar al utopismo, quedándose,
por lo tanto, en la divagación teorética, fueron Francisco Bilbao (a quien hay que
considerar como peruano en 1855), los periódicos juveniles en que insurgió
Enrique Alvarado, y, ya en 1872 y años siguientes, Mariano Amézaga. Radical orientado más
bien al liberalismo y dentro de la confluencia de la idea y la acción fué José Gálvez.
Liberales fueron la Convención del 55-57, la Constituyente del 67 (en
la que Fernando Casós tiene,
como en su anterior actuación del 58, momentos de radicalismo) el Club Progresista
del 49-51. Semiliberales fueron buena parte de los que eventualmente se sumaron
a estos núcleos doctrinarios atemperando su rigidez
idealista, teniendo en general en forma esporádica una u otra muestra
de libertad espiritual. No debe olvidarse, por lo demás, que el terreno en que se
produjo la acción renovadora, radical, liberal y semiliberal, no
sólo fué político
(Club Progresista, congresos, folletos, periódicos) ni educacional (Guadalupe)
sino también religioso procurando de un lado reivindicar el poder del Estado para
regular los actos y hechos de la Iglesia que tenían carácter civil y, de otro, depurar
al Estado de la ingerencia eclesiástica existente en su seno. Esta faz anticlerical
fué gallarda y franca a través de escritores, ya jurídicos, ya canónicos: Vidaurre,
Laso, Vigil, Mariátegui, etc.; pero tímida en la realización legislativa. La propaganda
netamente anticatólica o antideista escaseó encarnándose aisladamente en Francisco
Bilbao y en Mariano Amézaga tan sólo. Una mención especial y honrosa debe hacerse
al historiar la prédica liberal: Juan Espinoza, el "Soldado de los Andes" publicista
infatigable de las "Cartas a Isabel II",
del "Diccionario Republicano", de "Mi República", de
tántos ágiles, sardónicos escritos de propaganda democrática.
Entre los otros grupos doctrinarios, cabría hacer
una distinción entre autoritaristas, conservadores y
ultramontanos. Autoritaristas fueron los que predominantemente
buscaron un sentido de orden robusteciendo al Ejecutivo para traer en seguida el progreso, la europeización; conservadores,
los que se reducían a querer que las cosas
permanecieran como estaban; y ultramontanos los que defendían las
prerrogativas de la Santa Sede y de la Iglesia. En un momento dado pudo
haber autoritaristas que fuesen conservadores y ultramontanos: así Herrera, durante el gobierno de Echenique. Tipos de
autoritaristas: Pando y sus amigos Pardo Aliaga, etc. Tipos de conservadores: el
círculo que rodeó a Echenique y que, más tarde, se fué acercando a Castilla cuando se produjo el divorcio de éste con
los liberales. Tipos de ultramontanos puros: Moreno
al polemizar con Vidaurre y todos los que polemizaron
con Vigil, inclusive el padre Gual que es su
espécimen más pintoresco. Hay, por lo demás, una nota
común a través de la compleja evolución del reaccionarismo:
siempre soñó con el
caudillaje o se sumó a él,
aconsejando muchas veces sus mandobles contra el
Parlamento y la Constitución o usufructuando de ellos. Puede decirse
sin embargo que los mejores representantes no sólo del bando liberal sino del bando
opuesto, fueron unos descontentos de la realidad que les tocó vivir.
En lo que respecta a las ideas federalistas en esta
época, cabe decir que las intentonas para implantarlas
partieron a veces de los sectores liberales, pero, sobre todo, de motivos
regionales o personalistas. El federalismo nace en el Perú con la segunda carta del "Solitario de Sayán", cegado por
la admiración a Estados Unidos (hoy no existe precisamente igual sentimiento en
los sectores avancistas) y con su proyecto federal en la Constituyente del 22, rechazado
por unanimidad. Resurge en las elucubraciones imaginativas de Vidaurre y comienza
a tener ya un carácter super-nacional con los planes de Bolívar. En algún instante
pensó Bolívar dividir al Perú en dos Estados para hacer
así más factible su alianza con Bolivia y Colombia; pero aunque sus testaferros
del Consejo de Gobierno persiguieron luego esta utopía, ella está en los planes
de Benito Laso, prefecto de Puno en 1826, y sirve más tarde en 1829 de refugio a la ambición de Santa Cruz,
uno de sus perseguidores en 1826, y de base para la campaña de Valdivia en "El Yanacocha"
en 1836 aunque ya Santa Cruz entonces no halla obstáculos en el norte y prefiere
dominar el Perú íntegro mediante la Confederación Perú-boliviana. ¿Cuál es esta
utopía? Separar el norte y el sur del Perú y, si es posible, incorporar el sur a
Bolivia. Con menor fuerza, estas ideas o ideas parecidas renacen más tarde en unos
proyectos desesperados de Santa Cruz en 1838 y unos planes de Iguain para una república anseática durante el primer gobierno de Castilla en la frustrada conspiración
de San Román y Torrico también en este mismo período y desaparecen luego aunque el
federalismo puro sin agravantes separatistas tiene
todavía un débil estertor en
el plan de descentralización aprobado en Arequipa al iniciarse la revolución del
54 y una derivación en los ensayos de Juntas Departamentales y Municipales.
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