Las clases medias son prósperas y poderosas
cuando las favorecen el desarrollo de la instrucción, el comercio y la industria.
Ello no ocurrió en el Perú en el siglo XIX. Y las clases medias tampoco adquirieron
entonces un humor beligerante. El Perú se dividió en dos capas: la capa superior,
primero nobiliaria y luego plutocrática, y la masa. Quienes, sobre todo por la política,
emergieron desde la masa, se pusieron al servicio de la capa superior; y así el
estatismo social subsistió bajo las inquietudes políticas.
La incipiencia de la instrucción pública
tuvo múltiples aspectos. Entre ellos están la escasez de escuelas, la desorientación
y anarquía del plan educacional, las deficiencias del profesorado y la desatención
para sus necesidades, el olvido de la adecuación de la enseñanza a las conveniencias
e intereses del país, el literatismo filosofante.
El cuadro del comercio y de las industrias
nacionales no ofrecía mayores perspectivas para las clases medias. Error de la época
colonial había sido el con siderar a la minería como única riqueza nacional por
la extraordinaria abundancia de metales existentes en el Perú y por las dificultades
para la agricultura a causa de la falta de agua en la costa,
y lo quebrado y hostil de la sierra. Ya en las postrimerías coloniales cayó en decadencia la minería; y la destrucción de las minas de Pasco y otras durante la guerra de
la independencia, la abolición legal de las mitas, la falta de capitales y de máquinas
y el desarrollo posterior de la economía nacional a base del guano, acrecentaron
esa decadencia.
En decadencia, también, la agricultura
por la falta de capitales y de brazos, por los cupos, saqueos y desórdenes de las
revoluciones, la abolición de la esclavitud realizada en 1854 pareció cerrar sus
últimas esperanzas hasta que vino la inmigración china abriendo una era de enorme
prosperidad. Pero como el régimen de la gran propiedad no había sufrido alteraciones,
la riqueza producida entonces por el sudor y la sangre de los nuevos esclavos, quedó
para la minoría privilegiada. Y nunca la riqueza agraria llegó a ser más pingüe
que la riqueza lograda a base fiscal.
Nuestra conformación social — económico
— territorial resultó paradojalmente análoga a la de los países orientales de Europa.
Como en Grecia, Bulgaria, Rumania, Serbia, Checoeslovaquia, la industrialización
llegó a principios del siglo XX intermitentemente, alrededor de unos cuantos focos
urbanos, manteniéndose la feudalidad económica a pesar de la Emancipación y las
revoluciones liberales entre nosotros, a pesar de la liberación de Turquía en los
países balkánicos. Una masa aldeana, vasta, abandonada, ignorante; una historia
política inestable hasta llegar a lo bufo, completan nuestras semejanzas con los
Balkanes. Las diferencias, para el tema de la cuestión territorial, valen menos:
mayor salvajismo e intensidad de vida allá.
Las semejanzas con Rusia, si bien grandes
desde el punto de vista económico y aun folk-lórico, se atenúan en lo que respecta
al régimen político. Rusia hasta 1917 no había sufrido las consecuencias de la Revolución
Francesa; América Latina las había recibido por lo menos parcialmente. No debe olvidarse
tampoco que la revolución se produjo en Rusia a consecuencia del profundo disloque
causado por la derrota y la invasión en la guerra iniciada en 1914; y que la tradición
revolucionaria era allí vieja, heroica e ilustre. Además Rusia no es un país semi-colonial.
La industrialización del país no se
produjo. Razones geográficas y económicas lo determinaron principalmente. La primera
huelga — hecho simbólico para los que quieren copiar literalmente las cosas de Europa
— se debió no como ocurriera en Europa por la explotación del capital al proletariado
sino por la resistencia del artesanado gremial contra la importación de los artículos
elaborados en el extranjero por el capitalismo. (21 y 22 de diciembre de 1859).
Extranjeros fueron los impulsores del
comercio y los dueños de los servicios de transportes. Por
mucho tiempo la profesión
comercial fue incompatible con la calidad de "gente decente" y decir "extranjero"
fue referirse a "comerciante". Nuestra sociedad careció por lo general hasta la
época de Balta (1869 a 1872) de lo que se ha llamado el sentido reverencial del
dinero, esa preocupación absorbente por la ganancia. Predominó luego este sentido
del
dinero pero siempre como medio y no como fin. Y a pesar de todo, la idiosincracia
nacional aún no comprende la voluptuosidad de la empresa, que, sin necesidad material,
impulsa a trabajar por trabajar a los grandes capitanes de la economía yanqui, herederos,
según comentarios sutiles, del espíritu decidido y dinámico y de la seriedad mental
de los puritanos.
Todo ello, unido a la prosperidad fiscal
aparente marcada por el guano, favoreció a la empleomanía. Abundaron los puestos
públicos, no obstante de que la administración siguió lenta, desganada, enredada.
El cesante y el aspirante fueron tipos populares corrientes y numerosos.
Pero si es así como no se perfilaron
las clases medias, tampoco surgió el choque entre capitalistas y proletarios, sin
que ello quiera decir que no hubo explotación.
El capitalismo hizo su aparición tardíamente
y sólo con la navegación a vapor, con los ferrocarriles y con otras empresas públicas
más que con las empresas privadas. Al mismo tiempo, y con mayor importancia acaso,
hizo su aparición con los empréstitos, tan inconvenientes y funestos históricamente
en el Perú. Util en las empresas de servicio público, el capitalismo fue funesto
en esta forma financiera por los intereses que cobró, por las especulaciones a que
dio lugar, por lo oneroso que resultó al erario, por lo peligroso que fue para la
ciudadanía. Por capitales clamaban entonces nuestra agricultura, nuestra minería,
nuestro territorio entero. Ahora mismo este clamor subsiste; lo contrario sería
tener gestos hastiados de don Juan cuando se es virgen. Pero el capital necesario
es el capital benéfico, el de Wheelwright, introductor de la navegación a vapor,
y no el de Dreyfus, contratista fiscal.