LAS CLASES POPULARES - LOS INDÍGENAS.

 

El indio no vio prácticamente la transición de la Colonia a la República. Varios años después de que Rodil había arriado el estandarte español de las almenas del Real Felipe, los indios salvajes de Huanta todavía combatían por el rey.

Las procesiones, los curas, los amos, el pongaje, la servidumbre, las exacciones, el atraso en el cultivo, continuaron. La legislación republicana fue un trasiego de Francia y era básica en la legislación francesa la reacción individualista contra la feudalidad. Por esa reacción tuvimos entonces las leyes que reparten las comunidades entre los indios. El Código Civil de 1852 se inspiró, naturalmente, en el Código de Napoleón; y en menor grado, en las legislaciones española y romana.

Producto, no del medio, como la flora y la fauna, distante de la voz de la raza, la legislación civil ignoró a la comunidad y al indio. Así el Perú republicano fue inferior a la Colonia que tuvo abundantes disposiciones creando, siquiera teóricamente, una tutela social, para la raza aborigen. En tanto no hubo límites para el derecho de adquisición territorial, ni sanciones para la falta o el atraso en el cultivo, ni siquiera la sanción indirecta del impuesto. La feudalidad — feudalidad económica — perduró.

De otro lado, el tributo — contribución colonial — perduró oficialmente hasta 1854. Abolido en una revolución entonces, el mismo Castilla que firmó el decreto respectivo quiso restablecerlo cuando llegó al gobierno. Prado en 1866, Pardo en 1872, Cáceres en 1886, lo restablecieron   efectivamente   suscitando sangrientos desórdenes. Hasta ahora subsiste en parte, en forma de servicio personal.

Se ha dicho que entre lo rural y lo agrario hay diferencia. Lo agrario no está en desacuerdo con el espíritu industrial, la preocupación técnica, el dinamismo, la progresividad. Es, en suma, la técnica de la ciudad trasladada al campo. De por sí, el campo es conservador, retrógrado, impasible. Cuando se conmueve, es que la ciudad llega hasta él. A veces va a la sublevación negativa pero no a la Revolución y hasta defiende al pasado como en la Vandee en Francia, en el carlismo español, en los "tejones" de la novela rusa. Es lo rural, lo genuinamente campesino: el hombre pegado en la gleba, orgánicamente adscrito a ella, como un ingrediente del paisaje. No se engarfia lo rural con lo distante: ignora a la Nación y al Estado hasta que le cobran el impuesto, lo reclutan para el cuartel o ve llegar a los soldados extranjeros que no suelen cometer mayores excesos que los propios.

El Perú fue, pues, rural, profundamente rural y no agrícola.

El contraste resultó enorme. De un lado, unas cuantas calles con gas, ferrocarril y miles de ciudadanos; y de otro, cientos de miles diseminados arando la vega, escardando la huerta, empujando el ganado en la dehesa. Sólo para los primeros existieron los códigos, el Parlamento, la prensa, las escuelas. El sentir y el pensar de los otros no se articularon con el sentir y pensar nacionales.

El estatismo a pesar de la Emancipación tiene una explicación. En las regiones montañosas o labriegas ese estatismo es natural. En los países de llanuras el caballo, en cambio, resultó un elemento de movilización. "Si los caballos tártaros conquistaron a China y los caballos árabes fundaron el imperio de la media luna, los caballos españoles realizaron la conquista de América y los caballos gauchos y llaneros destruyeron la dominación española en el Nuevo Mundo". Este fenómeno fue visto ya por Sarmiento. "En Venezuela y la República Argentina los llaneros y la montonera han ejercido suprema influencia en las guerras civiles habilitando a las antiguas razas a mezclarse y refundirse, ejerciendo como masas populares a caballo la más violenta acción contra la civilización colonial y las instituciones de origen europeo".