El domingo 1º de Abril
de 1894 murió el presidente
de la República don Remigio Morales Bermúdez, en vísperas de
las elecciones en las que con el apoyo oficial,
el de los militares en servicio y el de muchos empleados se preparaba
la reelección de Cáceres. En Noviembre de 1893, el partido constitucional había
solicitado anuencia de Piérola
con el objeto de abrir negociaciones para ir
a una asamblea constituyente presidida por él
y compuesta por demócratas y constitucionales a medias, debiendo Cáceres ser presidente
provisorio. Piérola había respondido que su partido pretendía "Gobiernos
y Congresos cuyo título fuese el voto libre y director de los ciudadanos" y que
no podía aceptar otra composición de una asamblea que la determinada
por el sufragio popular. Contra "la violencia y la intriga", invocaba siempre la
ley.
Muerto Morales Bermúdez, los
ministros dirigieron un oficio al primer vice-presidente don Pedro Alejandrino del
Solar comunicándole el fallecimiento y haciendo ante él dimisión de sus carteras.
Solar contestó que asumiría el mando pero horas después retiró esta respuesta
y envió otra,diciendo que ya que el 2º vice-presídente,
coronel Justiniano Borgoño, contaba con los elementos constitutivos del Poder Ejecutivo,
hiciesen ante él renuncia los ministros. En realidad, Solar había sido intimidado
por la presión que ejerció Cáceres sobre él. Borgoño, ungido merced a este legicidio,
era hechura de Cáceres. Piérola desde Valparaíso, envió un enérgico telegrama que
era un toque de rebato llamando a la rebelión.
Surgieron entonces en diversas provincias partidas errantes
de sublevados. A poco se alzaron en armas también los Seminario en el norte. En
Lima y en provincias empezaron las prisiones y las persecuciones; y en vano se pretendió
dañar a Piérola con falsos rumores y ultrajantes acusaciones evocativas. Pululando
ya los montoneros, abundando los desmanes de los prefectos soldadescos, las
escasas rentas iban al pago de la fuerza armada y a
los "gastos reservados". Aislados, sin concierto, los montoneros ni pudieron ser
vencidos ni lograron triunfar rápidamente. Entre ellos, alcanzó especial relieve
un joven de veinticuatro años, Augusto Durand, "jefe superior político y militar
del centro".
A las 9 de la noche del 19 de Octubre salió Piérola
de Iquique en una chalupa de 21 pies de eslora, 4 de manga y 1 y 1/2 de puntal,
hecha para navegar en puertos, sin quilla, con sólo dos remos y un palo de vela
latina. En esta chalupa, tripulada por dos hombres,
peruano el uno e italiano el
otro, Piérola, acompañado por el oficial de marina Bernabé Carrasco y don Enrique
Bustamante y Salazar, viajó durante 107 horas. Se cuenta que, cuando consiguió Billinghurst
este único medio de transporte que no podía suscitar las sospechas del espionaje
del gobierno peruano, Piérola le preguntó: "¿Usted se embarcaría allí?". "Yo no,
repuso Billinghurst. Pero yo no quiero ser el regenerador del Perú". El 25 llegaron
los viajeros a Puerto Caballas, cerca de Pisco. Cuando horas después los marineros
del transporte "Constitución" vieron en la playa la chalupa, consideraron imposible
que hubiese hecho el viaje desde Iquique.
"El pueblo peruano, sin otros elementos que los que
él mismo crea — decía Piérola en su manifiesto de Chincha al iniciar su campaña
— con espontaneidad, denuedo y abnegación que sólo explica la necesidad de su propia
existencia; sin distinción de clases y opiniones políticas; sin divisiones que debiliten
el carácter verdaderamente nacional del movimiento, ni ambiciones que lo desnaturalicen,
hace medio año que mantiene la lucha. Es la Nación entera de un lado; del otro,
un soldado que nada respeta, adueñado del ejército y de los recursos nacionales,
en el loco empeño de imponérsele".
"Solemnísima es la hora por la que está atravesando
el Perú. Ella va a fijar irrevocablemente su destino".
"Vencido, se abriría sin término ante él el período
oscurísimo de los motines de cuartel. Soberanía de la Nación, derechos, garantías,
imperio del orden y la ley, bienestar dentro y respeto fuera; todos los bienes a
que puede aspirar un pueblo, quedarían sepultados".
"No puede ser. La empresa acometida por el general Cáceres
es la consecuencia necesaria de un largo período de desorden, de violación de la
ley; y no ha revestido toda su odiosa repugnancia, sino para empujar más resueltamente
a la Nación a su vida nueva. Llevando consigo su propia condenación; pregonando
su propía vergüenza, es la expresión última de un pasado que se hunde: todo lo malo
y abominable de ayer, tomando cuerpo, para caer envuelto en sudario de ignominia".