LA ALIANZA ENTRE PIÉROLA Y EL CIVILISMO.

  Un civilista prominente había dicho cuando su partido decidió ir contra Cáceres el 95: "¿Quién de nosotros monta a caballo?". Y el civilismo se había unido entonces a Piérola, su viejo adversario. Los civilistas convivieron con este gobierno. No había sustancialmente una diferencia doctrinaria entre Piérola y el civilismo. Pasada la época de la lucha entre Dreyfus y los consignatarios por el guano, la separación era de espíritu, de métodos, de posición política. El civilismo — conjunto de grandes propietarios y profesionales herederos de los consignatarios del guano de otrora — maniobraba, muerto Manuel Pardo, en el conciliábulo y en el gabinete con destreza y eficiencia; laboraba dentro del momento. Piérola se dirigía a la masa, podía lanzarse a la acción aventurera. Carecía de ligamen con reivindicaciones sociales o económicas, pero hablaba de la democracia hecha al margen de "la violencia y la intriga", lejos de las castas militar o plu­tocrática. Aparte de esto y del recuerdo de las luchas de otrora, nada diferenciaba al civilismo y Piérola. Este seguía inclusive siempre clerical en sus convicciones religiosas y tradicionalistas en sus gustos, si bien por largos años fueron motivo de escándalo sus amores con madama Garreaud. Manejado el civilismo por un hombre tan afable y discreto como don Manuel Candamo, la alianza se hizo más factible. Piérola, hombre de espíritu aristocrático, se complacía en el fondo con este acatamiento de sus antiguos enemigos, y los prefería como consejeros. Cuando concluyendo su período presidencial se esbozó el problema de la sucesión, fue   la acción de Candamo la que suscitó la orden de Piérola para retirar el apoyo del partido demócrata a Billinghurst, viejo compañero de andanzas del caudillo, pero muy distinto en sus gustos y maneras y además sospechoso al civilismo por su campechanería, su franqueza y su rotundidad aprendidas en las salitreras de Tarapacá.