Consecuente con su prédica en pos del voto libre, Piérola propició en el poder la
reforma electoral. Su proyecto sufrió enmiendas y adiciones en el Parlamento, y
de esta mezcla resultó la ley de 1896 que creó el voto público directo y entregó
el control de la maquinaria del sufragio a la Junta Electoral Nacional, agrupación
centralista con personeros del gobierno, de las cámaras y del poder judicial, que
regía todo el proceso electoral interviniendo también
los contribuyentes.
Por la transacción de Piérola con los civilistas, fue elegido, de común acuerdo
y después de muchos conciliábulos, don Eduardo López de Romaña. Hubo falta de acierto
en la elección de este hombre; y ello con el abandono que Piérola hizo con cívica
abnegación de su influencia palaciega apenas dejó de ser presidente, acentuó la
ligazón mayor del civilismo al poder, y, más tarde, la marcha de los demócratas
a la oposición. Tal como estaba constituida la Junta Electoral Nacional, el gobierno
mandaba en ella y al gobierno lo manejaban los civilistas. Piérola era un caudillo
con entusiastas y heterogéneos adeptos, como ningún caudillo de otrora; pero el
civilismo era una casta. Estando en el gobierno esta casta y siendo ella formada
por los propietarios urbanos y rústicos, los contribuyentes de eficaz acción en
las elecciones, lógicamente resultaban civilistas. Además el voto era público y
en consecuencia los ricos podían comprarlo. Piérola se había puesto la soga al cuello
con la ley de 1896. Los medios legales le quedaron vedados para regresar al gobierno.
Fue así cómo se retiró de la lucha en 1903 ante la elección de Candamo, en 1904
ante la elección de Pardo, en
1908 ante la elección de Leguía. Ni siquiera Alcalde
de Lima pudo ser el hombre que había iniciado la modernización de la capital
y que la había hecho progresar como nadie.
No hay ninguna época más triste que ésa en toda la historia republicana. El país
tenía al estadista que había manifestado excepcional eficiencia
desde el poder y
que contaba con el cariño de las masas; y los círculos dominantes lo posponían.
Ya no podrá decirse de él, como antes, que era un vulgar conspirador de oficio;
ni podía temerse que se dejara arrastrar como gobernante a esas locas innovaciones
propias de jóvenes inexpertos ni a esos bruscos desconocimientos del privilegio
de los poderosos, que hace tan temibles ante esos poderosos a los leaders de las
ideas avanzadas. Ni siquiera podía alegarse el rencor tradicional del civilismo
apagado por la promiscuidad en el gobierno del 95 al 99. Muerto Candamo, que al
fin y al cabo era el jefe de ese pequeño conjunto de señorones que
manejaba el Perú, al verse ellos carentes de dirección la buscaron entre la mocedad
de su casta y por "droit de naissance" ungieron con fidelidad monárquica, a don
José Pardo y Barreda, el hijo del fundador del partido, un joven estirado, decorativo
y "buen mozo", prefiriéndolo al mayorazgo de la familia porque aquél ya había campeado
en las esferas de la dirección del Estado logrando una especie de mayorazgo en la
vida pública. Desairado con esta preferencia dinástica el presidente de la junta
directiva del partido civil don Isaac Alzamora, abogado y catedrático eminente,
se alejó para
siempre del Perú.