"INSTITUCIONES, HOMBRES Y COSAS: TODO HA SIDO FALSIFICADO,   NO  SON   VERDAD  AQUÍ".


 

Profunda debió de ser, a través de todo aquel tiempo, la amargura de Piérola. Sufría una impotencia peor que la que sufriera Santa Cruz cuando, desde Europa, sabiéndose más maduro que nunca en su vocación unitiva y organizadora de Inca, vió desgarrarse a su país en una anarquía a veces trágica y a veces bufa, entre los más bárbaros y soeces caudillejos. Piérola no estaba desterrado; sobre él no pesaba ningún anatema internacional, ninguna catástrofe política; y primaba, antes bien, sobre el recuerdo de la dictadura de 1880, el recuerdo de su reciente labor bienhechora. Y el gobierno iba a manos de los herederos de su peor enemigo, y al lado de gobernantes miopes, surgía un ministro de temible audacia, como Augusto B. Leguía. "La causa de los males públicos está encerrada, dijo Piérola entonces, en su notable discurso del 19 de Junio de 1904, en esta fórmula terrible: instituciones, hombres y cosas, todo ha sido falsificado, no son verdad aquí". "El pueblo peruano, afirmó en ese mismo discurso, sabe que llevo en el corazón sus intereses; que sufro con sus dolores y aliento sus esperanzas; que no tengo otro móvil que servirle; y cuando el mal ahoga o el peligro arrecia viene a mí".

Pero el orgullo y la soberbia de Piérola se acendraron entonces. Ya no era el hombre impaciente y activo de antaño; ahora dejaba hacer con estoica dignidad. Su vieja teoría de que los partidos no necesitan del poder y que pueden colaborar en el progreso del país desde la oposición, se afianzaba en su ánimo a medida que avanzaba en su vejez. Su acento de orador y caudillo se hizo más enfático y más sibilino. Le complacía ser un profeta de ciudadanía. Así como cuando joven había vestido hábitos de sacerdote, ahora, anciano, era sacerdote laico de la Patria. Si bien no llegó a tocar más la materialidad del poder, recibió constantemente y en formas apoteósicas el homenaje de sus adeptos, los muchos alucinados que al conjuro de su prestigio le ofrendaron, a la larga inútilmente, su fortuna, su vida, su porvenir. El se jactaba de haber creado y conservado permanentemente ese partido demócrata al que los reveses no quebrantaban y que confió que duraría después de su muerte. Poco a poco llegó a ser algo que nadie había sido antes en el Perú, una especie de santón y de oráculo. Si el Perú hubiese tenido entonces una crisis internacional o económica, automáticamente lo habría llevado otra vez a Palacio. Pero el país convalecía de la guerra  con  Chile,  la  situación  fiscal  era  relativamente próspera y el civilismo, odiado por el pueblo, sin aureola y sin generosidad, mantenía sin embargo su dominio con su dinero y sus "elementos legales". Ni el mal ahogaba ni el peligro arreciaba.

Muchas fueron las admoniciones cívicas de Piérola entre 1903 y 1912. Para sus partidarios ellas tenían la augusta elocuencia y la definitiva verdad de la Biblia. Sus frases más saltantes fueron inolvidables. Hoy algunas de ellas nos parecen huecas, retóricas, vanas. Manejaba las ideas generales con delectación: "bien público", "ciudadano", "patriotismo", "deber", "ley", "bien", sin ser un filósofo. Escribía y hablaba con atildamiento y eufonía, sin ser un gran literato. Creía difundir elevadas doctrinas, pero ellas — la necesidad de dar primacía al interés colectivo, la excelsitud del sufragio libre, la inconveniencia del egoísmo individual o de grupo, el sentido mesiánico del partido demócrata en la historia republicana — pecaban de elementales. Ignoraba las reivindicaciones de los explotados; no precisó los medios de mermar o destruir los privilegios de los poderosos; no aportó fórmulas para ningún problema social peruano; y salvo su visión federal entre Perú, Chile y Bolivia y su amor a la representación gremial no llegó a prever ninguna de las preocupaciones y tendencias de nuestro tiempo.

Profundo error el del civilismo al no dejar que Piérola volviese al poder. En poco o nada habríase amenguado su preponderancia social; hubiera habido eficiencia y honradez en la administración; y la opinión se hubiese envenenado menos, pues entonces fue cuando se acendró el odio a la "argolla", voceado en editoriales vibrantes por Alberto Ulloa, en el gran diario demócrata y popular "La Prensa", prédica que apenas fructificó en una época posterior. La postergación de Piérola dio origen al advenimiento de Leguía, a la reacción demagógica de Billinghurst en 1912, y fue también el antecedente lejano de la crisis de 1919 a 1930.