Piérola, "el conspirador sempiterno", no se sublevó
ni contra Romaña, ni contra Candamo, ni contra Pardo. El golpe de mano contra Leguía
el 29 de Mayo fue, según se cuenta, ignorado por él hasta el último momento. Es
que, en primer lugar, estaba viejo y su ambición se había ya satisfecho en parte.
Además, su pobreza era grande. Por otra parte no quería conspirar con el ejército.
Su apostolado cívico lo cohibía en cierta forma. Y muchas veces había dicho que
sólo en último extremo había empuñado en anteriores ocasiones las armas.
Tampoco quiso llegar mediante transacciones. En Marzo
de 1909, antes del golpe de mano que sus hijos y sus partidarios más decididos intentaron
contra el presidente Leguía, llegaron a un estado muy avanzado las negociaciones
entre Leguía y el comité directivo del partido demócrata del que Piérola se había
apartado temporalmente. Se trataba, más o menos, de un pacto para que los demócratas
aseguraran algunas representaciones parlamentarias, mediante la llamada "ubicación
de candidaturas". Piérola, instado a opinar, intervino para condenar enérgicamente
estos planes, "completo olvido de los dogmas capitales y con mayor esmero definidos
del credo demócrata así como de sus invariables tradiciones". "Qué quedaría entonces,
decía, en esta tierra, de virtud cívica, de fidelidad a los principios proclamados,
de esperanzas para mañana?". Y agregaba, insistiendo en la necesidad de una
política de abstención: "Abtenerse de participar por incorrecto sendero, en el frangollo
político al que nos
han traído, es obrar y obrar de la manera más eficaz y saludable
posible".