Una desviación burguesa normal hubiera hecho de don
Manuel un hombre práctico, acaso un hombre de negocios o un politicastro liberaloide.
El representativo de esa desviación burguesa de la vieja aristocracia cuya influencia
social y económica estaba periclitando después de haber sobrevivido a su inopía
política se llamó también don Manuel: don Manuel Pardo, capitalista y jefe de partido,
encarnación de la fusión operada socialmente entre aquella aristocracia genealógica
y los enriquecidos recientemente con el guano.
Pero este otro don Manuel tiene el amor a la soledad,
el orgullo, la afición literaria, la falta de sensualidad para el dinero o el poder.
Y se concentra en sí mismo. Se vuelve introvertido.
Acaso sea don Nicolás de Piérola quien encarne otra
actitud dentro de la misma clase dominante. No va Piérola al acomodo dentro de la
situación creada, pero tampoco va al retraimiento. Encarna, como Pardo, la acción;
pero, como González Prada, la protesta, en este caso circunscrita contra la plutocracia.
Hay en él algo de la antigua nobleza, sobre todo la de origen provinciano, que,
descontenta con la nueva oligarquía, busca el apoyo popular.