Prada fue el fundador del radicalismo peruano, flor
de un día cuya ausencia en la evolución ideológica y social ha favorecido el posterior
entronizamiento de las teorías extremistas (primeramente el anarquismo y sindicalismo
y luego el comunismo en el proletariado y en la nueva generación).
El radicalismo de Prada fue completo. La religión era,
por ejemplo, para él, el peor enemigo. "Si la ignorancia de los gobernantes y la
servidumbre de los gobernados fueron nuestros vencedores, acudamos a la Ciencia,
ese redentor que nos enseña a suavizar la tiranía de la Naturaleza; adoremos a la
Libertad, esa madre engendradora de almas fuertes": tal es la fórmula que postula
después de las tremendas acusaciones de su magnífico
discurso del Politeama. "Ya
no profesan — dirá más tarde — con sinceridad el Catolicismo sino dos clases de
hombres: los viejos por falta de combustible en la máquina, los jóvenes por escasez
de lastre en la mollera".
Para él, la Ciencia (así con mayúscula) conducirá algún
día al hombre a la vida de la Razón, es decir, a la felicidad. Los curas no son
sino hombres gordos, rapaces, sensuales, farsantes e imbéciles. Véanse éstos ejemplos
de "Presbiterianas".
Y por todo esto se revelaba profundamente burgués: burgués
ateo, cientifícista "comecuras". Ante el cientificismo ochocentista, gran parte
de la burguesía europea adoptó a fines del siglo XIX ese mismo sentimiento. El novelista
francés Gustavo Flaubert la satirizó al crear su Mr. Homais, el boticario que no
quiere ir a la iglesia "a besar bandejas de plata y a engordar con mi dinero a unos
cuantos bribones que comen mejor que nosotros"; que no acepta "un Dios que se pasee
con un bastón en la mano, aloje a sus amigos en el vientre de las ballenas, muera
lanzando un grito y resucite al cabo de tres días, cosas absurdas en si mismas y
opuestas a las leyes de la física"