El neoleguiísmo empezó a formarse en 1918 y 1919 por un fenómeno de descontento contra el segundo gobierno de don José Pardo. La guerra europea, dando lugar al aumento de importancia de los productos de exportación (azúcar, algodón, petróleo, etc.) había acentuado también la importancia de las clases medias y populares. Estaba pasando la etapa patriarcal y señorial de la vida peruana y pugnaba por emerger una etapa capitalista. El gobierno del señor Pardo había sido incapaz de convertirse en agente de esa transformación capitalista. Víctor Andrés Belaúnde en 1918, en una de las primeras "Revistas Políticas" de "Mercurio Peruano", preguntaba estupefacto qué se había construido con una inflación tan enorme de las rentas públicas; y un ministro representativo del civilismo aconsejaba frente a ese aumento, en una de sus "memorias", "prudencia y prudencia". Las grandes obras públicas, las urbanizaciones y demás exponentes del progreso material, pudieron entonces ser iniciadas sin necesidad de acudir al capital extranjero, como ocurrió posteriormente. Igual política de dilaciones y de aplazamientos tuvo el civilismo en otros problemas, inclusive el internacional.
Muchos de los miembros de las familias privilegiadas, personajes del gobierno, obstentaban un insolente desdén al plebeyo, ajenos a la envidia y al rencor que los circundaban.
A pesar de sus grandes diferencias intrínsecas, el movimiento a favor de Leguía tuvo, pues, algunas características análogas a los movimientos que, más o menos en la misma época, llevaron al poder por primera vez a Irigoyen en la Argentina y a Alessandri en Chile. Es la marea ascendente de las clases medias y populares rompiendo la valla oligárquica y cayendo, por su ignorancia política, en el caudillaje.
Durante este su segundo período presidencial, el señor Pardo había permitido el surgimiento y el desborde de los elementos de oposición. El partido nacional democrático, risueñamente llamado "futurista", fundado en 1915 por un grupo de intelectuales jóvenes, pudo encabezar esta oposición y si eso hubiera ocurrido, ella habría sido razonable; pero la inhibición del futurismo trajo como consecuencia el predominio de la demagogia para el usufructo del descontento público. De otro lado, los viejos partidos estaban, muerto Piérola, en decadencia; Cáceres, en crisis; y en crisis peor el partido gobernante. Los consejeros, amigos y compañeros del señor Pardo no lograron ponerse de acuerdo ante el problema de la sucesión presidencial; la rivalidad y los intereses menudos "sabotearon" a los hombres de prestigio; y el señor Aspíllaga — un gentleman acaudalado, opaco y circunspecto — sin ningún arraigo en el país y con la triste aureola de su fracaso cuando el propio señor Leguía quiso imponerlo en 1912, quedó como candidato oficial.
El señor Leguía tenía, pues, ante sí a un adversario fácil; su anterior gobierno había sido muy discutido pero se le daba la explicación de que había tenido que capear tremendas tempestades de política internacional e interna; a pesar de todo, había sido el hombre de los gestos agresivos contra Chile, el hombre del "No firmo" el 29 de Mayo; encarnaba la reacción contra la oligarquía a la cual había combatido, si bien antes fue su servidor, el chauvinismo y ciertos vagos impulsos regionalistas y democráticos así como también la tendencia en pro del abaratamiento de la vida, etc.
Después de las elecciones, en las que hubo impurezas por ambos bandos, se produjo el cuartelazo del 4 de Julio de 1919, no por impulso popular sino por menudas intrigas, ante el temor de que el Congreso anulase las credenciales del señor Leguía y eligiese otro presidente.