LA ETAPA DE LA LUCHA.

Ya en el poder, el leguiísmo tuvo una primera etapa parlamentaria, oratoria y constitucionalista, con don Mariano H. Cornejo y don Javier Prado como pro-hombres. Fueron los días gárrulos de la Asamblea Nacional. El señor Leguía dejaba hablar y, a veces, hablaba él también. Luego vino una segunda etapa de fuerza, de violación de las mismas normas constitucionales que habían sido dictadas por la Asamblea Nacional. Esta etapa de fuerza, más conforme con la manera de ser del señor Leguía, estuvo representada sobre todo por el señor Leguía y Martínez. Había sido el señor Leguía y Martínez no comerciante sino poeta, profesor y político liberal avanzado y había conocido siempre la pobreza y a veces la miseria; entonces era un viejo magistrado y jurisconsulto, historiador y prosador notable. Sus notas características eran las de ser muy honrado, muy austero y muy apasionado: gran enemigo de sus enemigos y gran amigo de sus amigos.

 

Con corajuda lealtad y dando a la lucha política el cariz de una guerra santa contra el civilismo, el señor Leguía y Martínez asumió ufanamente la responsabilidad de las medidas de fuerza del gobierno. Comenzaba en aquella época — post-guerra — el apogeo de los "gobiernos fuertes", "de las dictaduras organizadoras", de la "crisis de la democracia". Al cabo de algún tiempo, barridas e intimidadas las fuerzas de oposición, los áulicos, temerosos de la honradez y de la energía de Leguía y Martínez, cerraron el paso a su candidatura naciente, propiciando la reelección. Leguía y Martínez se apartó del gobierno, quiso lanzar su candidatura, fue apresado y deportado ante el regocijo tácito de muchos de los genuinos enemigos del leguiísmo temerosos de este hombre con menos control que su primo.