LA ETAPA DEL APOGEO.

Coincidió con el apartamiento de Leguía y Martínez la exacerbación del desenfreno caudillista con sus caracteres de sumisión y adulación. El caudillaje, de tan vieja raigambre en el Perú, resurgió aquí hipertrofiado. El señor Leguía no tenía del caudillo antiguo la vida aventurera y arriesgada, pero sí la leyenda viril, la seducción y la inescrupulosidad. Careciendo del lastre de las ideologías, podía maniobrar ágilmente por los altibajos de la política, apoyarse en elementos heterogéneos y cambiar de política. Siendo masón grado 33 tuvo el apoyo del clero, con el cual siempre fue deferente. Habiendo sido chauvinista hizo la paz con Chile, país de cuyo odio hizo plataforma, y con Colombia, con cuyas fuerzas combatieron en el río Caquetá, cedido ahora, las tropas peruanas en el primer gobierno leguiísta. Siendo oligarca, habló en algunos discursos de socialismo. Ajeno a las reivindicaciones de la raza oprimida, exaltó a "nuestros hermanos los indios". Con optimista resolución, abordaba las soluciones, ajeno al miedo ante las responsabilidades. Sin trabas éticas ni de casta, una vez satisfecha su ambición, aceptaba a quien habiendo sido su enemigo de ayer, quisiera acomodarse bajo su égida. Deferente y afable, su sonrisa y su sobrio acicalamiento en el vestir, contrapesaban a la luz fría de sus ojos y la dureza de su mentón. Lejos de encerrarse en Palacio gustábanle las fiestas sociales, las veladas teatrales, el hipódromo, el juego de carnaval. Era un caso de lo que la siquiatría llama "extraversión". Extravertido y eufórico, al lado de su sensualidad para el poder había en el fondo de sus actitudes mucho de inconsciencia. Así se explica, acaso, cómo pudo resistir sin fatigas once años intensos en el poder, no obstante sus sesentitantos años. No era el suyo, en suma, el viejo y sombrío caudillaje bárbaro a base de violencia elemental que quizá ahora tiene un representante en Gómez; era el caudillaje amansado, que empleaba, por cierto, la intimidación, pero, al mismo tiempo y, acaso en mayor grado, la corrupción.

 

En su primer gobierno, para asegurarse la tranquilidad en lo que respecta al Parlamento, había arremetido el señor Leguía contra la Junta Electoral Nacional y contra la mayoría parlamentaria. Ahora, después de haber destrozado el principio de la alternabilidad legal en el poder, al apelar a la revolución frente a un no comprobado plan de impedir la calificación de las elecciones, entró en un camino mucho más franco: la prisión y deportación de varios diputados que habían ingresado al Parlamento surgido después de la revolución, la violación de las normas constitucionales sobre las garantías individuales no obstante la acción, enérgica por un instante, del Poder Judicial, la expropiación de "La Prensa", periódico donde se había parapetado la oposición, la metodización de un régimen resuelto a perdurar. Y el país recibió todos estos actos con atonía, sobre todo porque fueron eliminados bien pronto quienes pudieron ponerlo de pie. Y es que el régimen democrático mismo estaba podrido en el Perú. Nombres e instituciones que teóricamente hubieran merecido respeto supersticioso, se hallaban desprestigiadas o eran miradas con indiferencia, ya sea por su propia falta de raigambre en las entrañas de la nacionalidad, ya sea por falta de esa conciencia alerta que Gabriel Alomar ha llamado "virilidad civil".

 

La base de la democracia es el sufragio y el sufragio no se había aplicado plenamente en el Perú. En los primeros tiempos de la República, primó la famosa costumbre de "la toma de las mesas", por medio de la cual quien se apoderase de la plaza pública, lugar donde debían tener lugar las elecciones, las había ganado, surgiendo después de esas escenas de violencia, dualidades o trialidades que el Parlamento resolvía, la mayor parte de las veces, con criterio político. Por otra parte, el gobierno intervenía por medio de la fuerza pública y de las autoridades. Así, nunca hubo genuina lucha electoral. La única vez que triunfó el bando de oposición, fue en 1872, al surgir el partido civil y la candidatura de Manuel Pardo pero en este triunfo intervinieron decisivamente la actitud complaciente de las Juntas Preparatorias de Julio de 1872 y la reacción popular contra el golpe de fuerza de los hermanos Gutiérrez. Más tarde, a partir de 1895 la intriga reemplazó a la violencia. La Junta Electoral Nacional, nombraba, entre los contribuyentes, a los miembros de la junta de registro provincial que hacía el registro electoral de la provincia y nombraba las comisiones receptorales de sufragio. También dependía de la Junta Electoral Nacional el nombramiento de las juntas escrutadoras de provincia y de las juntas escrutadoras departamentales. En estos y otros aspectos era formidable la acción de la Junta Electoral Nacional. Y en cuanto a su composición, ella estaba en manos del partido en el gobierno porque si bien se estatuyó que cuatro de sus miembros fuesen elegidos por el Poder Judicial, se estableció luego que ocho lo fueran por el Legislativo y uno por el Ejecutivo. Un testimonio tan circunspecto como el del doctor Manuel Vicente Villarán acusa a la Junta Electoral Nacional de haber acomodado listas de contribuyentes, realizado falsos sorteos, aceptado tachas imaginarias, elegido presidentes de la escrutadora departamental a agentes de los candidatos. Al lado de esto, se ejercitaban todos los medios por los cuales el gobierno puede intimidar y puede corromper.

 

Se ha visto ya cómo dentro de este régimen el retorno de Piérola al poder se hizo imposible (1). Pero cuando en 1912 el régimen de la Junta Electoral Nacional fue derogado y se creó un tipo de elecciones descentralizadas, los miembros de las juntas provinciales de registro y de las escrutadoras fueron elegidos por mayoría y minoría de los contribuyentes de provincia en asamblea pública, seleccionándose a dichos contribuyentes de las listas formadas por el ministerio de Hacienda en vista de los padroncillos respectivos; de las juntas provinciales de registro salían los demás organismos electorales. La experiencia demostró pronto que las asambleas de contribuyentes eran un fracaso y que además de errores y deficiencias, abundaban los fraudes en los padroncillos mediante omisiones o inclusiones indebidas y maliciosas. Si antaño "tomar las mesas" era decisivo, ahora se volvió decisivo dominar la mayoría de la asamblea, con la cual se conseguía detentar los llamados "elementos legales", pues dicha asamblea nombraba mesas receptoras propicias y junta escrutadora complaciente. “En rigor, la asamblea elije — dice el doctor Villarán en su estudio ya citado. — Los votos populares adornan una elección y honran al candidato pero no son indispensables para el triunfo".

 

A su pecado original, idéntico a través del tiempo y de los distintos regímenes de sufragio, la democracia en el Perú unió otros vacíos y corruptelas. Por su origen, el Parlamento carecía, en conjunto, de prestigio, si bien solía tener algunas individualidades respetables. La cámara de diputados estaba constituida por representantes de las provincias, sin que se atendiese en lo más mínimo a la proporcionalidad de la población electoral. Provincias con escaso o nulo electorado tenían igual importancia representativa que los grandes núcleos culturales y económicos. Como estas provincias nominales o seminominales eran muy numerosas, resultaba que menos de la mitad del electorado ungía a la mayoría de la Cámara. De ahí resulta el predominio de los caciques provinciales en el parlamento y un descenso en su nivel espiritual. Lúcido y penetrante fue el estudio que, demostrando este y otros males de nuestra democracia, hizo Víctor Andrés Belaúnde en el discurso de apertura de la Universidad en 1914. El Parlamento entonces ya tendía a la burocratización, a intervenir en la vida administrativa, no para fiscalizarla sino para obtener nombramientos y prebendas, produciéndose la monstruosa paradoja de un Ejecutivo que legislaba por su influencia incontrolada en las Cámaras y un Legislativo que administraba mediante los nombramientos. Tendía ya asimismo, a dar mayorías rígidas, devotas, extremosas que excluían toda oposición; y ello era atribuido también a la elección por tercios ya que el tercio que iba a salir se hacía gobiernista para no ser combatido por el oficialismo en su reelección, y el tercio nuevo lo era por su origen y por gratitud.

 

Todos estos males se acentuaron con el gobierno de Leguía. Si bien fueron suprimidos los tercios, ese fenómeno de relación electoral entre el gobierno y el parlamento se repitió porque el Ejecutivo fue a la reelección. Es justo recordar, empero, que estaban bastante desarrollados antes del segundo advenimiento de Leguía. En este y otros aspectos, Leguía no fue un bólido llovido del cielo e impregnado con desconocidas miasmas. Fue más bien una concreción y una acentuación de males preexistentes que algunos vislumbraron y quisieron curar sin que se les escuchara. Concretamente, en relación con el régimen democrático, aprovechó de la falta de fé y de cariño que para los órganos típicos de dicho régimen había en la masa del país, y de la falta de inteligencia y de popularidad de la oligarquía dominante, detentadora del poder político. Y aprovechó de esto para acentuar los vicios latentes. En las elecciones, el país pasó entonces sin grandes convulsiones a la ubicación desde el palacio de gobierno; por su composición, el parlamento siguió siendo un centro de caciques provinciales, algunos de ellos los mismos de otrora y otros recientemente improvisados; y con más libertad el Parlamento se dedicó a obtener nombramientos y el Ejecutivo legisló.

 

Debe tomarse en cuenta también para estudiar esta época la penetración capitalista.

 

La penetración capitalista realizada en grande escala durante el gobierno de Leguía no tuvo primordialmente un carácter privado (industrias, empresas particulares, etc.) sino fue en gran parte de carácter financiero o con conexión presupuestal: empréstitos, concesiones, obras públicas, modernización de la capital, urbanizaciones, etc. En ella intervino de preferencia el capital yanqui, aparte de algunos contratistas privilegiados nacionales, parientes muy cercanos, relacionados o adeptos del señor Leguía. Aludiendo a la política de los empréstitos, base para esta exaltación del progreso material, de la "prosperidad" nacional, el financista americano señor Dennis ha hecho su exégesis en un artículo lapidario. Si ser gran financista consiste en pedir prestado para gastar, el señor Leguía lo era, dice Dennis. Pidió prestado aún en las horas buenas de la economía de su país, cuando los gobernantes prudentes buscan precisamente la liquidación o la disminución de la deuda pública; pidió prestado para obras que no siempre eran reproductivas, contradiciendo así el principio de la ciencia hacendaria, según el cual, el empréstito es un préstamo de las generaciones venideras a la generación actual, que debe ser hecho sólo cuando las obras para las cuales se verifica paguen, con el trascurso del tiempo, su costo; pidió prestado como ese jugador de Monte Carlo que hizo un telegrama diciendo: "El sistema funciona admirablemente. Manden más dinero".

 

Para ser el agente de la penetración capitalista en grande escala, el señor Leguía tenía una serie de condiciones. La sicología de los civilistas, sus amigos de antes y rivales de ahora, es una sicología de hacendados señoriales, de propietarios urbanos, de banqueros modestos, de profesores universitarios. Peca ella por su limitación de casta, por su conservadorismo, por su chatura. La sicología del señor Leguía es la de un moderno hombre de negocios. Es pues, una sicología más ágil, más activa, con más seducción y más inescrupulosidad y menos prudencia. Precisamente el civilismo, ungiendo al señor Leguía durante el período comprendido entre 1903 y 1908, procedió como aquellos señorones que entregan la administración de sus propiedades a un mayordomo listo, activo, astuto, sagaz, poniendo en él gran confianza para luego quedar sorprendidos cuando el mayordomo resulta no sólo dueño de esas propiedades, sino acreedor y enemigo implacable de sus antiguos amos.

 

Por lo demás, el desplazamiento de los civilistas durante este predominio de Leguía, sólo fue político. Dejaron sus miembros más conspicuos de ir a Palacio salvo ocasiones urgentes o excepcionales, de formar parte o de influir en la formación de los ministerios y del Parlamento; en algunos casos a esto se unió el viaje a Biarritz, a París o a Nueva York. Leguía no quitó sus privilegios a las grandes familias prominentes; y aun algunas de ellas se beneficiaron directa o indirectamente con el progreso material: por ejemplo, con las urbanizaciones. No hay que olvidar tampoco que Leguía era hacendado y exportador de algodón como muchos de sus enemigos y que tenía vinculaciones familiares con algunos de ellos.

 

El auge económico dio lugar a la formación de muchas fortunas al amparo de la prodigalidad. Sin el control oposicionista — desde la prensa, o el parlamento — se exacerbó este proceso al prodigarse la impunidad. Primó el afán de ser rico; el sensualismo se hizo casi general. Se fue formando una nueva oligarquía con tendencia a coparticipar en el predominio social. Los intereses que se creaban o que pugnaban por crearse, buscaron la deificación del caudillaje. Revivió la tradición limeña de carácter áulico y cortesano, proveniente de las apoteosis a los Virreyes, Restauradores, Protectores y Regeneradores de la República. Fue así cómo se realizó aquel banquete con tarjetas de oro como menús y con cuota inverosímil; cómo en otro banquete la sala del Teatro Forero sirvió de escenario y numerosas damas desde los palcos miraban a los comensales y a las niñas que bailaban danzas clásicas; cómo abundaron los libros álbumes con que periodistas cazurros obtenían pingües sumas publicando loas del Cuerpo Diplomático, de funcionarios y congresales; cómo, en víspera de las épocas electorales, se repetía el peregrinaje a Palacio con tarjetas, medallas y otros obsequios costosos; cómo se hablaba sin rubor del "Júpiter Presidente", del "Gigante del Pacífico", del "Siglo de Leguía". Época pintoresca ésta que dará lugar seguramente más tarde a la novela y la leyenda. Al lado de los homenajes apoteósicos, los enfáticos discursos presidenciales — primero historicistas, luego filosofistas y más tarde retóricos y agresivos, según los secretarios; las violencias y el lujo de Juan, los rumores alrededor de Augusto, la facha y la fraseología de Rada y Gamio, la figura de Salazar, la siniestra crueldad de Fernández Oliva, el apogeo del soplón más genial y de la soplona más ilustre de Lima y tantos otros tipos curiosos...

 

Anteriormente, el Perú había pasado por diversas etapas de exaltación materialista. Durante el gobierno de Echenique con los negociados de la Consolidación, se realizó la primera ascensión de enriquecidos al poder social ¡Oh, días lejanos del guano! Años más tarde, el gobierno de Balta dio lugar a despilfarros con la política de los empréstitos y de las obras públicas. Pero aquellas habían sido épocas fugaces — dos o tres años a lo sumo — con movimientos de pequeñas cantidades de dinero en relación con las de ahora y entonces sin la intervención del capitalismo expansionista con sus peligros inherentes. Ahora, la orgía duraba varios años, se movilizaba mucho dinero, intervenían prestamistas de viejo abolengo en el proceso de expansión económica yanqui en América Latina. Y al mismo tiempo el servilismo áulico evocaba la apoteosis de Bolívar después de Ayacucho cuando en las Iglesias se cantaba con el Evangelio: "Nos diste a Bolívar, glo­ria a ti gran Dios"; y las represiones policiales repe­tían los más inseguros días que los muchos gobiernos arbitrarios habían deparado a la ciudadanía.

 

El desprestigio de los viejos partidos, la ausen­cia de caudillos, la desunión y el egoísmo entre la oli­garquía desplazada del poder político impidieron, jun­to con los factores ya enumerados, la consumación de las diversas tentativas subversivas. Esencial influen­cia ejerció para ello, también, el fortalecimiento del Estado. Antaño, quienes habían ido a la rebelión ha­bían contado con medios de ataque y defensa más o menos análogos a los del gobierno. Ahora, los aviones, las ametralladoras, los elementos bélicos significaban algo costoso y temible de que sólo el Estado podía dis­poner. De otro lado, la reforma de la policía tuvo con­secuencias importantísimas. No sólo porque fueron impedidas o frustradas las algaradas callejeras y el atentado personal, sino porque al organizarse con per­sonal numeroso y escogido los servicios de previsión y de investigación, fueron localizados fácilmente e im­pedidos de actuar con eficacia quienes representaban o podían representar lo que en Derecho Penal se llama "la peligrosidad". Llegó a ser más cómodo, por ello, recibir dinero para conspirar o empezar a conspirar y luego delatar; industria ésta de la delación que pasó a incrementar el número de las escasas industrias nacionales. En los buenos tiempos del primer militaris­mo había sido más fácil ascender al poder que mante­nerse en él; ascender era muchas veces simple cuestión de audacia, de suerte o de valor. Ahora, por el contrario, resultaba más fácil mantenerse en el poder que ascender a él.

 

La razón de ser doctrinaria del leguiísmo, la "filosofía de la Patria Nueva" habíase basado en disímiles frases. Odio a la casta oligárquica civilista, con graves acusaciones contra su actuación histórica. Genio sin paralelo del presidente, "único hombre capaz de salvar al Perú", providencialmente surgido. Necesidad de afrontar y resolver los problemas nacionales, especialmente los de límites y los de orden material. Realización milagrosa del progreso material demostrado por las carreteras, urbanizaciones, pavimentación, etc. Exaltación de lo práctico frente a lo vago, lo difuso y lo funesto de "los doctores" y de "los teóricos". Urgencia de la paz pública a base de un gobierno fuerte para consumar y concluir la prosperidad del país. Al principio, antes de muchos de estos conceptos habíanse esgrimido otros: patriotismo, necesidad de odiar a Chile, esperanza en una solución favorable del problema de Tacna y Arica por el presidente Leguía. Luego acabada esa sonaja con el arreglo chileno-peruano, habíase con escaso éxito iniciado otro: la redención del indio.

 

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(1).—Véase el capítulo "Piérola y el predominio del civilismo".