No son de negar el talento, la cultura, la buena fe de los hombres cultos en las clases prominentes, algunos de cuyos miembros pueden ser modelo de seriedad intelectual y de probidad. Pero pecaron por desidia, por intermitencia en el trabajo, por preocupaciones desorientadoras, ya sea sociales (en el sentido corriente o mundano), ya sea profesionales. Allí está una de las causas de las deficiencias tradicionales de la Universidad de San Marcos. Otra de esas causas está en el régimen de selección y formación del profesorado dentro del amplísimo y probablemente no igualado concepto de la autonomía con que se regía San Marcos. Los profesores se elegían entre sí; elegían, a su vez, a los decanos; éstos con una delegación de profesores, elegían al Rector. No había ningún órgano de control o de supervigilancia en este cerrado intercambio de servicios, en este rígido ligamen entre hombres y puestos. Fácilmente tuvo que surgir la oligarquía. No importa que, a veces, se aceptara a gentes que por su origen o su raza no pertenecieran a esa oligarquía; siempre se trataba de gente sumisa o inofensiva que, por lo demás, eran servidores o escolta pues no influían en la dirección o en el espíritu de la Universidad.
Y de allí la rebelión estudiantil que surgió en 1919 y que, entre contingencias derivadas de la situación política y social del país, culminó en 1930. Naturalmente que hubo otros factores coadyuvantes en esa crisis. La maduración de las clases medias, anhelosas de mejor cultura y de desplazar no sólo en el plano político sino aún en el intelectual a la clase plutocrático-aristocrática, la explica globalmente. El ejemplo dado en Córdoba (Argentina), el fervor democrático y social resultante del fin de la guerra europea y de la revolución rusa actuaron también en forma decisiva.
La lucha por la reforma universitaria derivó hacia la solidaridad de los estudiantes con el proletariado. Solidaridad romántica, sin definido contorno doctrinario al principio. Acción oratoria y eventual pero de formidables proyecciones. El símbolo de ese acercamiento (1918-1924) fue, evidentemente, Haya de la Torre. La generación de principios del siglo, predominantemente académica, había tenido su representativo en Riva-Agüero; la generación posterior, literatizante y bohemia, había tenido su representativo en Valdelomar; esta generación tuvo su representativo en el muchacho que creó las Universidades Populares y que comandando una densa multitud de obreros y estudiantes detuvo con su protesta callejera la consagración del Perú al Corazón de Jesús.